Arturo Pérez-Reverte testimonia su pasión por el mar en Los barcos se pierden en tierra



Los barcos se pierden en tierraNovelista exitoso y corresponsal de guerra durante 21 años, Arturo Pérez-Reverte es ante todo un hombre de mar, tal como testimonia en su flamante obra Los barcos se pierden en tierra, una colección de escritos que testimonian su pasión por el mundo náutico.

Tras El asedio, la novela en la que abordó el sitio de la ciudad de Cádiz a manos de los franceses en 1812, el escritor español abandona por un momento la ficción para adentrarse en otro terreno que cultiva también a menudo: la recopilación de textos publicados en distintos medios de prensa.

El autor de obras como La tabla de Flandes y El Club Dumas reúne en este caso artículos escritos entre 1994 y 2011 que documentan su pericia en barcos, mares y marinos, un temario que ha servido como escenario de muchas de sus ficciones –entre ellas La carta esférica– pero que en este caso es abordado desde una perspectiva que vincula la autobiografía y la crónica.

“Yo nací junto al mar, yo nací en una ciudad donde el mar está muy presente. Mis recuerdos primeros son yo mismo jugando a la orilla del mar, viendo pasar los barcos a lo lejos, las velas por el mar, esos tíos que bajaban de los barcos con tatuajes y esas mujeres que fumaban y te hablaban de tú en los puertos”, evoca Pérez-Reverte.

“Entonces, yo me asomaba al mar pero aún no formaba parte de ese mar, eran los libros los que me completaban lo que me faltaba, yo leía y decía `un día me iré por ahí, un día viviré aventuras y viajes, y a lo mejor hasta naufrago y desembarco en puertos…`, ese tipo de cosas. Los libros fueron los que me hicieron pensar que el mar era un camino”, relata el escritor.

Los barcos se pierden en tierra, editado por Alfaguara, entrelaza antiguas historias de acciones heroicas, perfiles de avezados marinos ya retirados, luchas con las olas en noches de tormenta, la visión de grandes ballenas y el descubrimiento de distintas especies marinas.

En las breves crónicas periodísticas que integran el volumen aparece siempre un hilo conductor que resalta la belleza del mar y el valor de los navegantes que desafían su furia y logran superarla algunas veces, mientras en otras caen derrotados.

Pérez-Reverte exhibe una gran erudición histórica al reconstruir batallas navales como la defensa de Cartagena de Indias por Blas de Lezo, Trafalgar o Santiago de Cuba, sin olvidar referencias a los ataques piratas o la expedición de Jorge Juan.

El autor de la saga sobre el capitán Alatriste se deja fascinar por la belleza de instantes que él vincula con sus lecturas y sus sueños: así, irrumpen como hitos el relato de la primera vez que observó los movimientos de una ballena en el Cabo de Hornos, la descripción de una escena en la que su hija nada rodeada de delfines o la anécdota sobre la forma en que su tío Antonio combatía tiburones y piratas a puro cuchillo.

En otros textos, Pérez-Reverte deja de lado la épica y saca a relucir su ironía para referirse a fenómenos como los “pijoyates”, las motos acuáticas y los domingueros de agua: “Los pantalanes están llenos de yates a motor y veleros ridículamente enormes, que nadie usa más que un mes al año; pero que sirven para pasear por el club con ropa náutica a la última”, se queja.

La mayoría de los textos que integran la obra forman parte de sus aportes al semanario español XL Semanal –donde escribe un columna titulada “Patente de corso”– pero también hay algunos hasta ahora inéditos que proponen una aproximación iluminadora a la personalidad y el mundo del escritor a través de la que quizá sea la mayor de sus pasiones.

Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) fue reportero de guerra durante dos décadas y es autor, entre otras novelas, de El húsar, El maestro de esgrima, La tabla de Flandes, Territorio Comanche, La piel del tambor, La carta esférica, La Reina del Sur, Cabo Trafalgar, El pintor de batallas, Un día de cólera y la serie histórica Las aventuras del capitán Alatriste.

Con este trabajo, completa la recopilación de artículos iniciada en 1998 con Patente de Corso, al que siguieron Con ánimo de ofender en 2001, No me cogeréis vivo en 2005 y Cuando éramos honrados mercenarios en 2009.


Télam

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