Apuntes sobre una biografía de Orwell


La victoria de Orwell, de Christopher Hitchens¿A vos no te pasa que leés un libro –pongámosle un ensayo, para el caso– y que la primera vez muchas cosas no te quedan bien claras o te pasan desapercibidas? Quiero decir que cuestiones importantes no las entendés a la primera lectura y luego, cuando releés, es como que se van aclarando, ¿no? Me pasa mucho con La teoría del todo, de Stephen W. Hawking, que al contener tanta fórmula y tanto concepto complejo la primera vez entendí bastante pero poco, la segunda algo más y así sucesivamente (dicho libro ya me lleva cuatro o cinco lecturas, al menos, y la verdad que sigue habiendo cuestiones que continúan intrigándome y asombrándome al discernirlas, a pesar de lo escrito anteriormente).

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Acabo de releer La victoria de Orwell, de Christopher Hitchens [1], una biografía intelectual y política del gran escritor inglés (autor de 1984 y el Gran Hermano y de Rebelión en la granja, entre otros) y he de aceptar definitivamente que en un aspecto me produjo un a gran desilusión. No el libro, que es bueno, entretenido y bien escrito. A su través, uno se va enterando de cómo vivió el tipo, de cómo era su época, qué pensó sobre ella, su época, y de cómo actuó al respecto, respetando siempre su propio creer con relación a muchas cosas: la literatura, la política, la realidad de su país y del mundo colonizado (India, Birmania, Africa), los debates intelectuales que había alrededor de esas cuestiones, el estalinismo, el imperialismo, la vida… Incluso te podés enterar que los homosexuales le provocaban escalofríos y que, en fin, su moral cotidiana –llamémosle así– no superaba la media del inglés medio.

Ciñéndome exclusivamente a esta biografía y en un solo aspecto, digamos que Orwell me desilusionó… [2] (Hitchens no: nunca deposité en él ilusión alguna.) El problema es que siempre creí –supina ignorancia la mía– que Orwell había sido anarquista. No obstante saber que muchos, con cierto tino, consideran al anarquismo como conservador y en algún punto de derechas (su negativa a arrebatar el poder a la burguesía allí donde pudieron hacerlo, como Cataluña; su participación en el Frente Popular español; etc. [3]), confieso que los anarquistas me caen simpáticos, desde siempre tengo por ellos el respeto que corresponde a quienes se juegan enteros por lo que profesan y son o fueron víctimas fatales de un sistema y la falta de perspectiva política de sus creencias (Zacco, Vanzetti, Severino Di Giovanni y los militantes de la Patagonia rebelde, entre muchos otros).

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Debo decir que al principio me parecía extraño que, en la segunda página de su libro, Hitchens sostuviera aquello de que “si Lenin no hubiera pronunciado la máxima ‘el corazón ardiente y el cerebro frío’, podría haber sido adecuada para Orwell”. Claro, es tal la aversión del biógrafo por los bolcheviques, el comunismo y su pretendida pero equívoca continuidad: el estalinismo, como la que sentía el propio Orwell, quien consideraba que “los horrores como los de las purgas rusas nunca me sorprendieron, porque siempre había presentido que eso –no exactamente eso, pero algo como eso– estaba implícito en el dominio de los bolcheviques”.

Entonces, si hasta hace poco simpatizaba tanto literaria como políticamente con Orwell –por las razones apuntadas–, tras la nueva lectura del libro la simpatía política se redujo a menos que cero (le sigo reivindicando el valor, su posición en Cataluña y su antiestalinismo, aunque lo llevase al anticomunismo más derechista, si se quiere). Pues resulta que no era anarquista ni quería serlo; que sus ideas económicas estaban mucho más cerca de Keynes que de Marx e incluso de Bakunin y que además solía confesarse privada y públicamente laborista, partido que poseía un ala izquierda entre los socialistas ingleses de aquel entonces.

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Enemigo del colectivismo anarquista y de cualquier otra índole (llegó a sostener que “el colectivismo no es inherentemente democrático, sino que, por el contrario, le otorga a una minoría tiránica poderes tales que los inquisidores españoles jamás soñaron poseer”), era partidario del libre mercado capitalista con algún que otro control estatal, según indica su ya citado biógrafo.

La misma lógica que aplicaban los enemigos de Orwell, al apuntar que su denuncia de los crímenes del estalinismo en la retaguardia española durante la guerra civil lo convertían en los hechos en aliado del fascismo, la aplicaba él mismo al considerar al estalinismo como continuidad lógica y confirmación del bolchevismo y no como su negación. Es decir, en ambos casos: la lógica formal, antidialéctica.

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En alguna época, allá por mis 20 y pico, cuando gozaba de cierta fe en la humanidad, yo creía que el ser humano se emanciparía de la opresión y la explotación por si mismo, y que no haría falta partido, gobierno o poder de ningún tipo para dirigirlo hacia ese paraiso terrenal, a un mundo de amor y paz. Más que La Internacional, me himno dilecto era el de la Alegría de la 9ª de Beethoven. En algún sentido, seguía siendo el adelescente que pataleaba contra el cristianismo infantil pero no podía quitarse de encima esa losa; suponía que algo superior debía haber, una especie de ética superlativa e inmanente que necesariamente debía llevarnos al Parnaso. Pero la historia es más poderosa que el más poderoso de los deseos de los hombres, dijo alguien.

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Orwell era un hombre temeroso. Temía tanto al totalitarismo y por ende a la falta de libertad que no se disponía a correr riesgos (ya los corrieron Lenin y Trotzky y mirá cómo les fue…, habrá pensado). En este sentido puede explicarse su profundo conservadorismo, su apego a la democracia burguesa. Su furibunda denuncia del imperialismo no quita ni agrega nada a ello sino a él, como un demócrata consumado, un progresista de la mejor clase que, sin embargo, no está dispuesto a cambiar un mundo brutal por otro posiblemente mejor sino a morigerarlo allí donde se pueda: control estatal ante el vandalismo capitalista, por ejemplo.

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Obviamente, Orwell no desconocía la implacable lucha de Trotsky y los trotskistas contra el totalitarismo de Stalin y los suyos (el cerdo de Rebelión en la granja lleva su nombre y el Goldstein de 1984 está inspirado en la figura del gran revolucionario ruso); de hecho, sus compañeros de lucha en el frente catalán eran principalmente los anarquistas y simpatizantes trotskistas del POUM; ni siquiera que ellos, los trotskistas rusos, habían sido las principales víctimas de las purgas, lo que denunció públicamente ahí donde pudo (“toda esta cuestión no es meramente increíble como una conspiración genuina –dijo sobre las burdas acusaciones que hacían pesar sobre los trotzkistas durante la farsa judicial que se montó en Moscú–, está muy cerca de ser increíble también como incriminación falsa”), mucho menos del asesinato de Trotsky en Coyoacán por parte de un esbirro de Stalin.

Sin embargo, su democratismo orgánico lo obliga a confundir, primero, toda la política del PC y del estalismo con el bolchevismo y luego a condenar a los antiestalinistas (de izquierda, pongámosles) que luchaban en todos los frentes, como hacedores de su propia destrucción, como creadores del engendro, fatalmente…

Hitchens, presa intelectual y política de su biografiado, coincide con él: dice que el marxismo ha dado en el siglo XX individuos incorruptibles como Andrés Nin y “retorcidos” como el líder norcoreano Kim Il Sung; le resulta imposible comprender que éste último es la negación y no la consumación de la teoría y el método que dice seguir y que erróneamente se supone lo engendró. Llevando al extremo la misma lógica (otra vez formal!), sería como suponer que el marxismo y el bolchevismo –su afirmación– engendraron también al fascismo y por ende al nazismo debido al remotísimo pero cierto pasado socialista de Mussolini, mucho antes de convertirse en aquel siniestro fontoche de emperador romano.

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Hitchens sostiene que “ahora que el tercer milenio avanza y que las revoluciones rusa, china y cubana desaparecen del horizonte, es posible argumentar que la Revolución [norte]americana, con su promesa de democracia cosmopolita, es la única revolución ‘modelo’ que le queda a la humanidad”. Este, pues, es el ‘modelo’ del biógrafo y posiblemente habría sido el del propio Orwell, que sin embargo no lo expuso de manera tan descarnada, al menos que yo sepa. Nadie contemporáneo a dicha revolución podría haber estado en desacuerdo con tal afirmación; pero hacerlo hoy día, tras dos siglos y pico, suena a exabrupto, a identificación lisa y llana con la democracia burguesa y con el imperialismo.

De ahí que que el biógrafo no acepte ni por las tapas aquella máxima leninista para ser aplicada al biografiado. No es que no se ajustara a la verdad y a Orwell; es que su antileninismo –es decir: su antimarxismo– es tan grande que nada dicho por un revolucionario ruso podría ser aplicable al autor de 1984 sin cometer una presunta herejía.

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Es tal la admiración e identificación del biógrafo con el biografiado sencillamente porque la “victoria” de Orwell supone la victoria de Hitchens. A lo largo de todo el libro, la reinvindicación política de Orwell acaba siendo la vindicación del propio autor de la biografía, quien –políticamente hablando– piensa igual que su biografiado, aunque deba hacerle ciertas críticas a su obra de ficción, sobre todo Rebelión en la granja y 1984, porque no se ajustan acabadamente a la premisa que Orwell sí sostuvo a priori (erróneamente) en sus ensayos políticos: la continuidad coherente de la revolución rusa, del marxismo y del leninismo en el estalinismo contrarrevolucionario.

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Hitchens es un profeta del pasado: parece añorar “la medianoche de la historia”, aquel período de surgimiento del estalinismo, del abrazo Hitler-Stalin, de reacción a escala mundial. Si bien sostiene que “siempre habrá habrá Trotskys y Goldsteins e incluso Winstons Smith”, también añade que “debe entenderse con claridad que las probabilidades en su contra son abrumadoras y que, como con el rebelde de Camus, la multitud aullará de alegría cuando los vea arrastrados hacia el cadalzo”. Si en muchos sentidos Orwell era pesimista, Hitchens es desmoralizante: mientras aquél al menos presentaba batalla, éste se da por vencido antes de subir al ring.

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En Rebelión en la granja, además de su alegórica y correcta caracterización del estalinismo como usurpador de la revolución rusa, vale también reconocerle su capacidad anticipatoria, producto de su casi natural pesimismo. Si Trotsky dijo que la burocracia contrarrevolucionaria se hallaba ante una encrucijada histórica fatal, a saber: ser derrotada por los trabajadores camino al socialismo o entregarse al imperialismo para convertirse ella misma en poseedora camino a la restauración capitalista (L.T. creía y luchaba por la primera opción), Orwell previó que ocurriría lo segundo cuando el cerdo Napoleón y su cohorte ya no pueden ser distiguidos del opresor humano y, finalmente, éste es convocado por aquellos para que retorne a la granja y reasuma su papel.

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Desde el principio del libro, Hitchens sostiene que lo mejor de Orwell está en sus escritos políticos y sociales (que conozco a través de cosas sueltas y fragmentos que se publican en esta biografía); incluso llega a afirmar que en 1984 “es la primera y única vez que su obra como novelista se eleva a la altura de sus ensayos”. Yo, sin conocer más de lo que dije, considero todo lo contrario: en sus novelas, tanto en aquella como en Rebelión…, Orwell alcanza el clímax de su pensamiento político más profundo, aunque luego fuese incapaz de llevarlo a la práctica cotidiana.

A pesar de que “en sus ensayos Orwell sentía inclinación por sostener que tanto Lenin como Trotsky tenían alguna responsabilidad en el [surgimiento del] estalinismo”, nos anoticia Hitchens, lo cierto es que en sus ficciones, el autor deja de lado ese prejuicio. En sus dos mejores novelas, allí donde se explayó en un todo artístico y político, el autor inglés pone en claro sus preferencias y hace jugar el rol que a cada uno corresponde, por decirlo de alguna manera.

Para el biógrafo, ello se debe a que “es posible que subconcientemente haya estado atendiendo a las necesidades de la tragedia”. Yo no lo creo, sobre todo teniendo presente que el propio Orwell tuvo a 1984 como “el primer libro en el que intenté, con plena conciencia de lo que estaba haciendo, fusionar el propósito político y el propósito artístico en un todo”, aseguró posteriormente el autor inglés. No hace falta meterse en el subestrato del conciente, entonces, para suponer que Orwell era más lúcido políticamente en sus escritos de ficción que en sus ensayos, a menudo redactados para “propósitos políticos” más que nada coyunturales, por un intelectual preso de sus contradicciones sociales en un período harto complejo.

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Para terminar, digamos el libro hace lo suyo (finalizar) con la siguiente conclusión: “la política es relativamente poco significativa, mientras que los principios, de alguna manera, permanecen, al igual que los pocos individuos irreductibles que se mantienen leales a ellos”. Orwell no hubiera estado más en desacuerdo con lo dicho, pues los principios –equivocados o no– de nada sirven en el mundo real que él vivió y nosotros vivimos, sin una perspectiva política que los haga encarnar en la historia concreta; los principios son estériles o inocuos si no se materializan en una acción política que tienda a cambiar radicalmente un mundo que, parafraseando a Fontanarrosa, vive y ha vivido equivocado. El gran escritor inglés lo sabía y, a su modo, en consecuencia actuó.

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1. La victoria de Orwell
de Christopher Hitchens
Trad. Eduardo Hojman
Emecé Editores (col. Cornucop
ia) – Bs. As., 2003
2.
Tal vez debiera leer otros libros, otras biografías y otros biógrafos antes de emitir semejante declaración… Tal vez…
3.
Estoy convencido de que la experiencia anarquista durante la guerra civil española acabó por poner una lápida al anarquismo como perspectiva política para los trabajadores y las masas en general.


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