cuentos

La Calamidad de una discusión Idiota, cuento de Juan Gabriel Tormo

02/08/2010

En torno a la hoguera, las grandes calamidades del mundo discutían entre sí. -Yo soy la más terrible, y mi nombre es La Guerra. Mi presencia siembra el terror en los corazones. Las madres velan por sus hijos y los hombres derraman lágrimas al despedirse de su amada a quien ya nunca verán. El más grande de los azotes del mundo soy yo. -¡Sueñas, hermana Guerra! Soy yo, La Pena, a quien los hombres más temen. Nada les importa si ellos no sufren. Ni siquiera el dolor de sus pares. Soy yo la más temida y de todas la más odiada. De eso no cabe duda alguna. -Pobre de ustedes, ingenuas. Es a mí, La Muerte, a quien todos temen. Los hombres del mundo sacrifican a padres e hijos a fin de esconderse de mí. Mi presencia los paraliza, llenando sus almas del más profundo temor. Me usan como...

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After office, cuento de Giselle Aronson

02/08/2010

Cruzó la puerta, su mujer se abalanzó sobre él y lo neutralizó con el efecto de su verborrea. Sin permitirle la palabra, lo empujó al dormitorio, avisándole que lo esperaría abajo. Victoriosa, la resignación se apoderó del hombre que, pronosticando su noche, se vistió de fajina para luego asomarse a la puerta de la cocina. Apenas hubo entrado, divisó sobre la mesa la lista que guiaría su tarea en las próximas horas y que plasmaba el deseo de la esposa. En vano intentó prepararse una merienda, un aperitivo, cualquier cosa que lo aliviara de todo el día laboral en la oficina; el poder de un par de ojos, tras las correspondientes pestañas femeninas, taladraba su voluntad en retirada. Cuatro horas transcurrió el señor entre ropa lavada, fuegos y cacerolas, escoba y detergente; guardando, ordenando, doblando, desempolvando, revolviendo, cumpliendo con el mandato de su compañera de hogar que oficiaba de...

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¿Dónde están las llaves?, cuento de Alexander Mendoza

02/08/2010

Amor: Sentimiento de afecto que el hombre experimenta hacia otra persona, por la que desea su felicidad y anhela su presencia. Esa fue la fría respuesta que recibí al buscar la manera de denominar este sentimiento que inunda por completo cada segundo de mi vida, en el diccionario de tapas rojas que encontré en el armario mientras buscaba las llaves que me tenían preso en mi apartamento desde la noche anterior. - Si yo hiciese un diccionario, incluiría en el cuando se tratase de definir sentimientos tan complejos como el amor advertencias y cosas por el estilo- pensé mientras rebullía en el apartamento que a pesar de ser pequeño dificultaba la búsqueda de las llaves por el desorden reinante. Sin embargo, después de recapacitar en mis cavilaciones, llegue a la conclusión de que tal vez el objetivo de un diccionario no es el de advertir. Sin embargo decidí ir...

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El machete, cuento de Diana Beláustegui

02/08/2010

Terminó de anudar el bulto de leña que había preparado, cargó el machete, y reanudó el camino. El sol se teñía de rojo y comenzaba a descender, pero no tenía prisa. Conocía esa zona del monte como al patio de su rancho, como al cogote roto de las gallinas, como a las tripas de las ratas reventadas cada vez que las acorralaba y las desarmaba con el cuchillo. Se pasó la mano ancha por la cara, secándose la transpiración que le corría por los ojos y disfrutando al tocarse la cabeza casi rapada, fresca. Amaba tener la frente despejada. Caminó despacio. Con una sonrisa amplia. El rumor llegó a los pocos metros. Se detuvo cauta, había chanchos hijos de puta que a veces te atacaban de improvisto. Esperó en silencio el siguiente ruido que no se hizo de rogar. No era un animal. Eran hombres. Uno se reía y...

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Nada del otro mundo, cuento de Patricio Romero

01/08/2010

Agustín nunca se consideró atractivo.El comentario de las féminas que estaba acostumbrado a oír es que era “nada del otro mundo”. Desde siempre tuvo unas orejas puntiagudas, unos dientes invasivos y una panza mal atornillada en un cuerpo seco y nudoso. Eso sumado a su carácter gris, tímido y poco dado a la algazara y la aventura le había llevado a tener –cuando ya se aproximaba a los sesenta años- una vida amorosa más bien exigua. Estaba resignado a vivir lo que le restaba de existencia en soledad cuando hizo su aparición en ella Felisa. Era esta una bibliotecaria de su misma edad, de carnes abundantes, mofletuda, mirada miope y con una sonrisa escrupulosa que a Agustín le cautivó. La relación se dio –cómo no- de manera apacible entre tecitos e invitaciones al cine. Eso, al menos, hasta que decidieron intimar. Acordaron hacerlo en el departamento de él en...

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Obsesión, cuento de Esperando Abril

01/08/2010

Creía que había conseguido todo lo que un hombre puede querer en esta vida y se sentía satisfecho y seguro de sí mismo. Incluso, a veces, aparecía altivo ante la mirada de quien no le conocía. Tenía cerca de cuarenta y cinco años, una mujer atractiva, Ana, de la misma edad, un hijo de casi nueve años, Hernán, al que adoraba, un trabajo estable, por el que se atrevió a abandonar Buenos Aires hacía ya cinco años y que le permitía viajar por medio mundo y un nervioso perro, Blas, al que quería como si de otro hijo se tratase. Vivía con su familia en un espacioso piso a las afueras de Barcelona, rodeado de naturaleza y cerca de una playa que visitaba para admirarla cada fin de semana cuando no estaba fuera por trabajo,  y a la que llegaba en menos de veinte minutos haciendo footing. Estaba orgulloso de...

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Feliz primer día del padre, Tincho, cuento de Sebastián Abdala

01/08/2010

Veamos, una o dos veces a la semana Ortega me venía a buscar a mi trabajo a eso de las 18.00, de ahí íbamos al trabajo de Tincho, lo saludábamos, nos daba las llaves de su casa, juntábamos la poca guita que teníamos y armábamos el menú: vino, alfajores y fideos, en ese orden. Después, con Ortega, nos íbamos a San Telmo, donde Tincho tenía su casa, y luedo de acomodar, más o menos, jugábamos con Inés (la gata Jedi) y nos fumábamos uno… El vino que comprábamos era… no me acuerdo el nombre, pero sí sé que nos comprábamos dos botellas de litro y cuarto y muchos pero muchos alfajores. Más tarde Tincho llegaba, nos poníamos medio al día de nuestras vidas raskolnikeanas y seguíamos fumando y bebíamos vino… Mucho vino. Esa noche estábamos de un excelente humor, hacíamos chistes, nos reíamos muchísimo, escuchábamos Quarashi y Estopa y...

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Au Sable, cuento de Joyce Carol Oates

31/07/2010
Au Sable, cuento de Joyce Carol Oates

Agosto, primera hora del atardecer. En la quietud de la casa en la zona residencial, sonó el teléfono. Mitchell dudó sólo un momento antes de levantar el auricular. Y allí estaba el primer tono discordante. La persona que llamaba era el suegro de Mitchell, Otto Behn. Hacía años que Otto no llamaba antes de que la tarifa telefónica reducida entrara en vigor a las once de la noche. Ni siquiera cuando hospitalizaron a Teresa, la esposa de Otto. El segundo tono discordante. La voz. —¿Mitch? ¡Hola! Soy yo, Otto. La voz de Otto sonaba extrañamente aguda, ansiosa, como si se encontrara más lejos de lo habitual y estuviera preocupado por si Mitchell no podía oírle. Y parecía afable, incluso optimista, algo que por entonces le ocurría con poca frecuencia cuando hablaba por teléfono. Lizbeth, la hija de Otto, había llegado a temer sus llamadas a última hora de la...

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El amor propio de Juanito Osuna, cuento de Miguel Delibes

30/07/2010
El amor propio de Juanito Osuna, cuento de Miguel Delibes

Eso sí, Juanito Osuna es amigo de sus amigos; créame, es un tipo estupendo. Le contaría de él y no acabaría. Juanito Osuna se entera en París de que uno está en un aprieto en Madrid y se coge el primer avión. Eso, fijo. Nada le digo en lo tocante a dinero. Ya de chico era igual. Mi amistad con Juanito Osuna viene desde que éramos así. Es un caso de voluntad este muchacho. ¿Qué? Sí, ahora andará por los cincuenta y uno. Es un tipo estupendo, Juanito. Y habrá usted notado que es fuerte. De muchacho ya era así. De un mamporro tumbaba al más guapo. ¡Qué manos! Son como mazas. Lo habrá usted advertido. En el Colegio, el profesor de gimnasia se sentía disminuido. Ejercicio que proponía, Juanito Osuna lo mejoraba. ¡Había que verle en las salidas de paralelas! Ahora ha engordado un poco, pero sigue fuerte...

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El dragón, cuento de Ray Bradbury

30/07/2010
El dragón, cuento de Ray Bradbury

La noche soplaba en el pasto escaso del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes. Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada. -¡No, idiota, nos delatarás! -¡Qué importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera...

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