cuentos

Letanía de la orquídea, cuento de Carlos Fuentes

16/05/2012
Carlos Fuentes

—Mira, ve: ya empezó el invierno. De las espaldas del cielo caía sobre Panamá un torrente de filos claros que escurrían, de la tierra herida en las calles adyacentes, a la Vía España. En la frontera de asfalto las aguas turbias se arrinconaban desorientadas, temiendo sin conciencia la succión del drenaje. Respiración lejana de la ciudad, marcha de rumores, quedaba suspendida en el vapor de las aceras, en el occipucio de las palmas, en los cuerpos estacionados bajo los toldos. Luz visceral, amarilla como la lluvia al abrazar el polvo. Muriel despertó, eran las doce del día. Las ventanas abiertas se mecían hasta formar una esdrújula reticente; las sábanas caían pesadas sobre su cuerpo. Sombra corta de las patas de la mesa, y el silencio dominaba la tos del hombre. Ana ya no estaba; quizá volvería en la tarde, mojada, a pasearse en su cáscara floja. Muriel extendió los...

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El camino, cuento de Isaak Bábel

15/05/2012
Isaak Bábel

Dejé el frente derrumbándose en noviembre de 1917. En casa, mi madre me empacó ropa interior y pan seco. Llegué a Kiev un día antes de que Muravyov empezara a bombardear la ciudad. Mi intención era llegar a Petersburgo. Durante doce días y noches Chaim Tsiryulnik y yo estuvimos escondidos en el sótano de su hotel, el Bessarabka. El comandante del Kiev soviético me entregó un pase para salir de la ciudad. En todo el mundo no existe un lugar más inhóspito que la estación ferroviaria de Kiev. Los cuarteles provisionales de madera afean las inmediaciones de la ciudad desde hace mucho tiempo. Los piojos estriaban los tablones húmedos. Los desertores, los contrabandistas y los gitanos se atiborraban en la estación. Las ancianas gallegas se orinaban paradas en la plataforma. Oscuras nubes cargadas con lluvia y tristeza surcaban bajas el cielo. Pasaron tres días antes de que saliera el...

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La desconocida del Sena, cuento de Jules Supervielle

11/05/2012
Jules Supervielle por Mandello

-Creía que una se quedaba en el fondo del río, pero ya veo que vuelve a subir -pensaba confusamente esta ahogada de diecinueve años que avanzaba entre dos aguas. Sólo poco después de cruzar el Puente Alejandro tuvo un miedo terrible, cuando los molestos representantes de la policía fluvial la golpearon el hombro con sus garfios, tratando, en vano, de engancharla por el traje. Felizmente, se acercaba la noche, y no insistieron. Pescada otra vez -pensaba-. Tener que exponerse ante esas gentes sobre las losas de alguna morgue, sin poder hacer el menor movimiento de defensa ni retroceso, ni siquiera alzar el meñique. Sentirse muerta y que alguien le acaricie a una la pierna. Y ni una mujer, ni una mujer alrededor para secaros y haceros vuestro último tocado. Había, por fin, dejado atrás París, y derivaba ahora entre márgenes decoradas con árboles y pastos; procuraba quedarse inmóvil, durante...

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La amada no enumerada, cuento de Heinrich Böll

08/05/2012
Heinrich Böll

Ellos han remendado mis piernas y me han dado un puesto en que puedo estar sentado: cuento las gentes que pasan por el nuevo puente. Les da gusto atestiguar con número su habilidad, se embriagan con esa nada sin sentido de un par de cifras, y todo el día, todo el día, marcha mi boca muda como la maquinaria de un reloj, amontonando cifras sobre cifras, para regalarles por la noche el triunfo de un número. Sus rostros resplandecen cuando les comunico el resultado de mi turno de trabajo; cuanto más alto es el número, tanto más resplandecen sus rostros y tienen motivo para acostarse satisfechos en la cama, pues muchos miles pasan diariamente por su nuevo puente… Pero sus estadísticas no están bien. Me da mucha pena, pero no están bien. Soy un hombre en quien no se puede confiar, aunque entiendo que despierto la impresión de lealtad....

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Corre más rápido que mi bala, cuento de Bernardo Monroy

02/05/2012
Albert Fish

1 En momentos como estos, mientras más me acerco a los treinta años, pienso en lo patética que es mi vida: mi mejor amigo y roomie es un hipster fanático de Foster The People. Me enamoré de un muchacho de veinte años pero que tiene el desequilibrio mental de un asesino serial sesentón y el físico de un niño de trece. Un fantasma vive en mi casa. A mi edad, me comporto como un adolescente. -Creo que deberías redefinir tu vida, Jonathan. No puedes seguir escribiendo guiones para series televisivas de adolescentes toda tu vida. Debes madurar, ¿sabes? -¿Y tú quien eres para decírmelo, Koji? ¡Eres el alma en pena de un niño que un sacerdote asesinó! ¡No tienes ojos con qué verme! Y era verdad: Koji tenía dos cuencas vacías donde deberían estar sus ojos… como todo fantasma de película de terror japonesa que se dé a respetar....

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La vuelta al mundo, cuento de Massimo Bontempelli

29/04/2012
Massimo Bontempelli

Una sola vez en la vida he firmado una letra de cambio. Yo era muy joven. La letra era pequeña: cien liras. Pero en aquel entonces, y en aquella edad, me parecía enorme. Y crecía; de día en día, a medida que se acercaba la fecha del vencimiento, iba en aumento la importancia de la suma y se acrecentaba el espanto en mi alma. Cuando faltaban cuatro días para la fecha fatal, caí en tal postración que por la noche hube de mandar a buscar al médico. El médico declaró que yo padecía una grave depresión del sistema nervioso y me recetó, para reponerme, que me fuese a dar la vuelta al mundo. El tren partía a la mañana siguiente, a las seis y seis. Arreglé inmediatamente la maleta, y con el alba, llegué a la estación a las cinco y treinta y cinco. (El objeto de la presente...

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Celephais, cuento de H.P. Lovecraft

26/04/2012
H.P. Lovecraft

En un sueño, Kuranes vio la ciudad en el valle, y más allá la costa del mar, y la nevada cumbre que contemplaba el océano, y las galeras pintadas de alegres colores que salían del puerto hacia lejanas regiones donde el cielo y el mar se encuentran. También en un sueño se hizo llamar Kuranes —otro era su nombre en la vigilia—. Posiblemente le era fácil soñar un nombre nuevo porque era el último de su familia y vivía solo entre los indiferentes millones de londinenses. Pocos hablaban con él, pocos recordaban quién era. Su dinero y sus tierras estaban perdidos; Kuranes no se cuidaba de lo que la gente pensara de él; prefirió soñar y escribir acerca de sus sueños. Quienes leyeron sus escritos se burlaron de él; por eso los guardó. Y, finalmente, dejó de escribir. Conforme se alejaba del mundo, sus sueños se volvían más grandiosos...

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¿Cuánta tierra necesita un hombre?, cuento de León Tolstoi

23/04/2012
León Tolstoi

Erase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza. “Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesimos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra.” Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad. “Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada.” Así que decidió hablar con su esposa. -Otras...

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Preciada puerta, cuento de William Goyen

22/04/2012
William Goyen

A Reginald Gibbons –Hay alguien tirado en el campo –vino a decirnos mi hermanito. Eran las ocho en punto de la mañana y hacía tanto calor que la hierba despedía humo y los saltamontes cantaban. Durante días, había corrido la voz de que llegaba un huracán. Desde ayer sentíamos sus indicios: una quietud en el aire seguida por la abrupta ondulación del viento; el cielo parecía más alto y se veía lavado. –Debe ser un molinero borracho que duerme en el pasto o un vagabundo. Hasta puede ser tu tío Bud, quién sabe –me dijo mi padre–. Ve a ver qué es. –Ven conmigo –le pedí–. Tengo miedo. Encontramos a una pobre criatura golpeada que no respondía a los llamados de mi padre. Llevamos a la persona inconsciente a la galería trasera y la acostamos en el sillón. –Me gustaría que no dejes que los chicos vean eso –dijo...

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Matar un elefante, relato de George Orwell

18/04/2012
George Orwell

En Moulmein, en la Baja Birmania, fui odiado por un gran número de personas; se trató de la única vez en mi vida en que he sido lo bastante importante para que me ocurriera eso. Era subcomisario de la policía de la ciudad y allí, de un modo carente de objeto y trivial, el sentimiento antieuropeo era enconado. Nadie tenía agallas para promover una revuelta, pero si una mujer europea paseaba sola por los bazares, seguro que alguien le escupía jugo de betel al vestido. Como policía, yo era un blanco evidente y me atormentaban siempre que parecía seguro hacerlo. Si un ágil birmano me ponía la zancadilla en el campo de fútbol y el árbitro (otro birmano) hacía la vista gorda, la multitud estallaba en sardónicas risas. Eso sucedió más de una vez. Al final, los socarrones rostros amarillos de los chicos que me encontraba por todas partes,...

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