
En torno del ataúd de Olga los cirios habían concluido de arder. Los invitados, que hacía largo rato se mantenían en religioso silencio alrededor del catafalco, comenzaban a agitarse y a preocuparse de la cena. La señora Hellinger, que recibía los pésames y ensalzaba con gran refuerzo de lágrimas y de pañuelo las virtudes de la difunta, se reveló de improviso, en medio de su dolor, ama de casa previsora y de primer orden. Los invitados respiraron con alivio cuando las puertas del comedor se abrieron y, de una mesa resplandeciente, asados, compotas y ensaladas de arenques, les enviaron sus sabrosos perfumes. El viejo Hellinger, después de haber alabado al Señor, bebió con algunos amigos privilegiados el vino superior que reservara para la solemnidad de la noche. Pero no estaban de acuerdo sobre si una inocente partida de Boston lastimaría el dolor general, y resolvieron enviar una diputación a...

Entre el 25 de mayo y el 10 de junio se llevará a cabo la 71 edición de la 









