El mundo perdido: la primera superproducción sobre una obra de Arthur Conan Doyle

Hizo falta el desarrollo y el perfeccionamiento del ‘stop motion’ para poder llevar a la pantalla grande una de las más extraordinarias historias de sir Arthur Conan Doyle.

Rodada en 1925, El mundo perdido (The Lost World) representó la primera superproducción cinematográfica para una obra del gran Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859-Crowborough, 1930), que para ese entonces estaba concluyendo la serie de Sherlock Holmes y era considerado un clásico vivo de las historias de aventuras.

La novela homónima había sido publicada en 1912 con gran éxito, introduciendo por vez primera al profesor George Edward Challenger, personaje que a partir de allí protagonizaría una serie de libros de fantasía y ciencia ficción al mejor estilo Doyle.

El libro narra las aventuras del profesor Challenger y Ed Malone, reportero del periódico Daily Gazette, en su expedición al Amazonas venezolano para recoger evidencia de un supuesto mundo perdido en el que todavía subsisten criaturas prehistóricas, según cree el profesor, por lo cual es tildado poco menos que de loco.

Finalmente, junto al científico Summerlee, al editor McArdle, al aventurero lord Roxton y al guía Gómez, entre otros personajes, alcanzan la cima de la meseta amazónica que ha permanecido aislada del mundo durante milenios y donde sobreviven monstruos de la antigüedad más remota, por lo que los expedicionarios deberán superar incontables peripecias.

No fue sino hasta mediados de la década del 20 que el cine pudo reproducir en pantalla grande y con cierto realismo esta extraordinaria historia de Doyle, gracias a la intervención Willis O’Brien (1886-1962), quien había llevado el ‘stop motion’ a su nivel más alto luego de años de pruebas.

En efecto, El mundo perdido supuso una verdadera revolución en el campo de los efectos visuales gracias a la mencionada técnica que O’Brien no había inventado pero sí desarrollado a un nivel antes inalcanzable, recreando animales prehistóricos con sofisticadas maquetas articuladas de medio metro de altura.

Dos años de duro trabajo le llevó a O’Brien concluir la película que contó con la dirección de Harry O. Hoyt, guión de Marion Fairfax y los protagónicos de Wallace Beery, Bessie Love, Lloyd Hughes y Lewis Stone, entre otros, bajo la supervisión de Arthur Conan Doyle y hasta con un cameo del prolífico autor británico.

Tal fue la perfección alcanzada en esta película por O’Brien en el dominio del ‘stop motion’ y tal la admiración que despertó entre público, crítica e industria, que fue contratado para llevar la técnica al clímax con la maravillosa King Kong, de 1931, y sus dos secuelas: El hijo de Kong (1933) y El gran gorila (1949), filmes –sobre todo el primero– que le valieron reconocimiento universal, que perdura hasta nuestro días.




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