Hambre, cuento de Gustavo H. Mayares

Cuento del escritor argentino Gustavo H. Mayares (Hurlingham, 1962), autor de novelas como Miramar y Crónica de un amor maldito. ‘Hambre’ pertenece a la antología que lleva el mismo título.

Gustavo H. MayaresLa mujer se echa sobre un lado de la cama, boca arriba, extendiendo las largas piernas en diagonal. Sus grandes senos permanecen erguidos. Es extremadamente blanca, como las sábanas; su piel jamás ha recibido la luz del sol.

Se siente relativamente bien; ha comido y descansado. Guarda su tarjeta personal en la bolsa y deposita ésta en la mesita del lado izquierdo, el más cercano, donde hay dos tubos transparentes, uno rojo y el otro azul cobalto sobre una base circular de plástico plateado, en los que viborea el neón.

Ahí están las píldoras, también. No sólo evitan que la mujer pueda ser inseminada y levantan una barrera genética infranqueable para cualquier ETS conocida, sino que la disponen al goce bajo casi cualquier circunstancia. Después de todo, piensa, en el Centro la tratan como si fuera una mujer… normal.

Una inesperada sensación de desgano y depresión la invade. No es la primera vez que algo así le ocurre. Se lleva las manos al rostro, para borrar la realidad y no pensar… Pero no logra evitarlo. ¿A quién culpar por sentirse así…, una mujer… de segunda, descartable? A ella misma, no lo duda. Nadie más la obliga a estar allí, ejerciendo el oficio más antiguo del universo, según dicen.

Sabe que mucho peor es la marginación y el hambre; sobre todo el hambre. Se lo han advertido miles de veces: afuera del Centro hay un mundo violento y hostil, en el cual la ferocidad de todos los seres vivos se ha desatado como un torbellino arrasador. Todo y cualquier cosa por un mendrugo… Afuera cunde el hambre y la desesperación, le repiten desde que era una niña. ¿Hay algo peor?, se pregunta.

Después de todo, en el Centro nunca le faltaron ni le faltarán el alimento ni demás enseres básicos; así, vive sin sobresaltos. Eso es lo importante, se consuela.

Tampoco ha conocido otra vida… Aunque, en ocasiones, sufra de una leve melancolía por reminiscencias de un pasado lejanísimo e inextricable. Pesadillas, le explican

Intenta relajarse. Todavía tiene cinco o siete minutos hasta que llegue el primero del día. No obstante, estira el brazo y enciende los spots de argón. Teme estar demasiado tensa cuando llegue la hora, y esa luminiscencia fucsia que se derrama desde el cielorraso, la distiende y estimula, a un tiempo; permite a sus impulsos más íntimos rezumar fácilmente en los pliegues del sexo. Sea quien sea –o lo que sea– que esté a su lado, arriba o abajo, rodeándola o envolviéndola.

Siguen siendo muchas las criaturas del cosmos que tienen la extraña fantasía de relacionarse con una hembra humana. Le consta.

Entonces cierra los ojos. De memoria, toma el blíster de la mesita y se introduce una píldora en la boca, dejando que se disuelva entre la lengua y el paladar. Le agrada el sabor y el efecto es inmediato. Literalmente, su sensualidad interior la golpea en oleadas. Inspira y traga la saliva dulce; delicioso sabor a frutas tropicales.

Suele usar para si misma esos minutos previos… Pero la sobresaltan los ruidosos pasos múltiples y continuos que llegan desde el pasillo; un trajinar multitudinario, machacante y amortiguado.

Imagina un gigantesco ciempiés, una cabeza brotada de protuberancias, decenas de tentáculos gelatinosos enfundados en nylonex. Imagina la densa baba que brota de una boca informe; forúnculos purulentos diseminados a lo largo y ancho de una monumental deformidad. Y un miembro sexual grotesco y desmesurado crece entre las imágenes que construye su mente.

El trajín se detiene. Alguien –o algo– introduce una tarjeta en la ranura de créditos. Pasan diez segundos y la puerta, imitación de acero pulido, se desliza con un sonido neumático casi imperceptible.

La mujer entorna los párpados y vuelve el rostro hacia la entrada, para ver. Algo parecido a una pupila desorbitada asoma su fosforescencia por la abertura, como si la timidez retuviese a su dueño. El gruñido de excitación, grave y gutural, rebota en las paredes aislantes del habitáculo.

Las manos de la prostituta se crispan involuntariamente, aferrándose a las sábanas. No termina de acostumbrase… Baja los párpados, para no ver. Inspira en profundidad. Va recobrando la compostura; languidez y resignación.

Ahora, oye los pasos nítidamente; decenas de pasos coordinados. Y el gorjeo líquido y cavernoso que parece una respiración agitada. El hedor, además, satura el lugar.

Ella sabe que está frente a la cama; ante su cuerpo desnudo, contemplándola. Lo confirma cuando siente el tentáculo viscoso o la lengua tocándole o lamiéndole el pie derecho, avanzando por la pantorrilla y enroscándosele en el muslo.

El poderoso tirón le disloca la cadera. Alcanza a soltar un quejido mientras abre los ojos… Apenas si ve las enormes fauces, negras y desdentadas. De repente, todo es oscuridad. Y la saliva actúa como un ácido que disuelve la piel blanca y la carne, asimilando las proteínas aún antes de que lleguen al aparato digestivo.

La criatura, satisfecha, escupe los huesos y retoma los pasos; cientos, miles de pasos.



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