Pobre, pobre Lewis Carroll, por Patricia Kempler

Prefacio a El hombre que amaba a las niñas. Correspondencia y retratos, que La Felguera Editores (con traducción de Raquel Duato) publicó en español en 2013 y contiene una antología de la correspondencia y los retratos realizados por Lewis Carroll.

El hombre que amaba a las niñasEstamos ante un caso apasionante. La destrucción o desaparición de la mayor parte de la documentación de Lewis Carroll (cientos de cartas, notas de todo tipo, alguno de sus álbumes de fotografías…) ha sido siempre uno de los mayores misterios de la literatura contemporánea. La familia Dodgson, llamada a convertirse tras la muerte de Carroll (1832-1898) en protectora a ultranza y a cualquier precio de su buen nombre, ha protagonizado continuas operaciones destinadas a reescribir su vida. Sus legatarios y descendientes sometieron todo su archivo epistolar a un sinfín de manipulaciones, muchas veces de forma torpe y evidente, cuyo objetico era ocultar un secreto sobre el que tanto se ha especulado y que aún hoy sigue generando numerosos debates.

Su hermano Wilfred, uno de sus albaceas junto a su otro hermano Edwin, fue el primero que tomó posesión de los bienes materiales del difunto Carroll. En la actualidad, gracias al testimonio de Thomas Vere Bayne, uno de los mejores amigos del escritor, sabemos que Wilfred, nada más ver el impresionante volumen que adquirían cuarenta años de frenética y meticulosa actividad epistolar y como fotógrafo, se sintió completamente desbordado. Carroll contaba con un detallado registro de todas y cada una de sus cartas; los nada más y nada menos que veinticuatro volúmenes que formaban su diario privado son una evidente prueba de aquella inmensa colección de documentos, a lo que debían sumarse los trece volúmenes que formaban su enigmático diario privado, así como una caja de metal, celosamente cerrada bajo llave, donde Carroll guardaba sus secretos más íntimos. Definitivamente, Wilfred estaba abrumado. Fue entonces cuando la familia Dodgson, temerosa de alimentar un escándalo que había comenzado años antes en Oxford, decidió iniciar una incansable y metódica tarea de ocultamiento y falsificación de la verdadera vida del ya famoso escritor —y, no lo olvidemos, también diácono—, que por otro lado siempre les había resultado incómoda. Sus bienes fueron vendidos rápidamente y sin ningún miramiento; sus posesiones, repartidas entre los familiares. El saqueo fue sistemático y su memoria, por lo que podría empañar el buen nombre familiar, decidió maquillarse. Wilfred fue el primero en quemar documentos. Desconocemos las proporciones de aquella primera hoguera, pero parece ser que esa tarea, al menos inicialmente, fue ordenada por el mismo Carroll antes de morir. Según su deseo, un conjunto de cartas y fotografías, cuyo contenido desconocemos, debía ser destruido a cualquier precio. Y así se hizo.

Los sucesivos descedendientes, siguiendo una especie de tradición familiar, cometieron otros tantos actos de deliberada falsificación: no dudaron en mutilar pasajes de sus cartas, tachar párrafos o nombres y, por supuesto, seguir alimentando la hoguera. También decidieron guardar celosamente cientos de fotografías, de las que hasta la fecha tan sólo ha trascendido una pequeña parte. Stuart Collingwood, sobrino de Carroll y el primero de sus biógrafos —quien en 1898 escribió un texto donde su tío era presentado de forma casi ejemplar— inició estas manipulaciones, hasta el punto de que posteriores investigadores dieron con torpes encargos hallados entre la ingente documentación: en uno de estos, una pequeña nota ordenaba “cortar estas páginas”. El texto, según se supo, pertenecía al puño y letra de Violeta Dodgson, sobrina de Carroll.

A pesar de ello, no sabemos con absoluta certeza la razón de esa infatigable actividad. Sin embargo, gracias a aquellas partes de su diario personal y correspondencia que se han conservado y llegado hasta nosotros, sabemos que Carroll se sentía profundamente apenado por un “pecado” que como una losa había caído sobre su persona. La causa de su desdicha en el mayor de los misterios. Este “pecado” debió cometerse en algún momento entre finales de los años 1850 y principios de 1860. Aquel pesar aparece en varios fragmentos contenidos en sus diarios entre los años 1862 y 1867: “pecador, ruin, despreciable; Oh, Dios ayúdame a llevar una vida más santa; … que pueda comenzar una nueva y mejor vida. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil; …mi vergüenza y mi pesar por el pecado, la frialdad y dureza de corazón…; para que me conceda la gracia de perdonar mis pecados del año pasado…; para que mi arrepentimiento sea sincero; … contra la tentación del demonio y las inclinaciones de mi propio corazón pecaminoso”.

El material publicado en esta obra puede aportarnos algunas pistas acerca de este misterio. Precisamente, es en este período de tiempo cuando desaparecieron cuatro volúmenes de su diario. ¿Era su contenido tan escandaloso como para someterlo a la estricta censura? Existen cinco años (1858-1863) de absoluto silencio, pues la totalidad de sus entradas en el diario fueron eliminadas por los improvisados censores. Al finalizar este período, ya había fotografiado a más de un centenar de niñas. Por otro lado, 1865 también fue su año horribilis, ya que recibió la negativa y el abierto rechazo de la familia Liddell, que le prohibió tajantemente acercarse a su hija. Fue en aquellos años cuando aconteció la terrible “mancha” que precipitó la decisión de guardar el secreto. Por lo tanto, el plan fue metódico y claro: los Dodgson sabían bien que era lo que debía ser ocultado a los ojos del mundo y de la misma historia.

Resulta muy probable que su peculiar relación con sus incontables amigas-niñas, tal y como gustaba llamarlas y ya escandalosa en su propia época, fuese el motivo de toda esta operación de maquillaje; cientos de páginas fueron arrancadas y otras tantas presentan insalvables tachaduras y borrones. La hoguera epistolar se alimentó durante décadas hasta mutilar completamente la biografía de Carroll (Virginia Woolf afirmó que una lectura completa de lo que había quedado de su diario producía una impresión extraña: Carroll se mostraba desfigurado y poco acorde a la profundidad y sofisticación que refleja su obra).

La correspondencia publicada en este volumen ilustra la gran obsesión de nuestro hombre por las niñas y su infatigable intento por retratarlas en su pubertad. Su “pureza”, según su particular visión, debía mostrarse desnuda. Es entonces cuando escribe a las familias de las ninfas que iba conociendo, suplicándoles poder retratarlas sin prenda alguna, aunque rara vez utiliza la palabra “desnudar”. Este era su retrato favorito, aquel en que la niña posaba “en su vestido favorito hecho con nada”, tal y como reconoció en una de sus cartas. Para lograr este objetivo, invocaba su acreditado amor por la fotografía, en concreto por los retratos de niñas. Su posición de diácono, de hombre abnegado y entregado al Señor, así como de profesor, parecían avalar la “honestidad” de sus propósitos. Sus habilidades de seducción eran numerosas. Ethel Hatch, una de las retratadas, confesó décadas más tarde que solía pasearse provisto de un maletín repleto de juguetes que no dudaba en mostrar a las niñas como un anzuelo para atraerlas y ganarse su confianza. También hablaba a sus amigos y les pedía que se ganasen los favores de una determinada familia para, de este modo, ser invitado y acercarse a sus hijas.

Su fascinación por la pubertad era, sin embargo, selectiva. Detestaba profundamente a los varones: “Él pensaba que yo adoraba a todos los niños —confesó en una ocasión a un amigo suyo— ¡Pero no soy omnívoro!, como un cerdo. Yo selecciono”. El escritor Brassai, en un ensayo sobre sus retratos, explica el funcionamiento interno de esta adoración: “En cuanto sus sentidos se despertaban y sus senos crecían, era el fin y el honorable clérigo se veía condenado a reemprender la caza”. Sin embargo, tanto él como otros biógrafos (Stilman, Cohen…), rechazan que estemos ante alguien que abusase de las niñas. Todos ellos, de una forma o de otra, recondujeron esta peculiar obsesión en términos de genialidad artística: el mismo misterio que encerraban los acertijos presentes en Alicia en el país de las maravillas o Alicia a través del espejo, debía aplicarse a este asunto. Jamás podría apuntarse de forma clara una respuesta. Los juegos de palabas, tan presentes en su obra, parecen extenderse a su misma vida. “La fotografía es la que permite a este pastor tentado por el diablo exorcizar sus pensamientos impíos”, afirma Brassai, que concluye diciendo que “gracias a ella, la captación de la imagen podía sustituir a la posesión”.

Collingwood, en su día, publicó una treintena de retratos, que no llamaron la atención del público. Sin embargo, varias décadas más tarde, en 1949, un experto en fotografía llamado Helmut Gernsheim dio con un botín inmenso. Perplejo, se hizo con un álbum que contenía 115 instantáneas, algunas de las cuáles se reproducen en esta obra. Además, al observarlos, la mayoría de aquellos retratos producían una sensación extraña e incluso perturbadora. Las niñas aparecían en posturas un tanto forzadas, en medio de decorados exquisitamente preparados por Carroll, como la famosa imagen de “la pequeña mendiga”. Pero Gernsheim desconocía que la colección total de retratos en poder de la familia Dodgson ascendía a más de setecientas obras. Poco a poco se fueron filtrando algunas de estas fotografías, hasta entonces secretas, pero la mayoría siguen aún hoy celosamente guardadas. Posiblemente, entre estas imágenes nunca vistas estén numerosos desnudos, cuya correspondencia revela que este tipo de retratos fueron comunes. Este espinoso asunto, que tanto ha incomodado y lo sigue haciendo a los numerosos carrollianos, ha sido objeto de un intenso debate. Y este debate, obviamente, nunca ha sido pacífico, sino todo lo contrario. Jacques Lacan, en un texto pronunciado el 31 de diciembre de 1966, afirmó que “de la niñita, Lewis Carroll se hizo servidor; ella es el objeto que él dibuja, el oído que quiere alcanzar; ella es a la que, entre todos, él se dirige verdaderamente […] En este punto, la curiosidad indaga para saber cómo Lewis Carroll llegó hasta allí”. Pero esta curiosidad, por lo que ya apuntamos, se queda sin una respuesta clara. El propio Lacan, suspicazmente, salió al paso de esta polémica, aunque haciendo uso de cierta oscuridad. En esta declaración, reconoció que “en la inclinación de Lewis Carroll por la niñita impúber no está su genio […] los psicoanalistas no tenemos necesidad de nuestros clientes para saber el final adónde va a parar eso: en un parque público”.

Su gran obra literaria, que tanto influyó a las vanguardias artísticas del siglo pasado, es también resultado de este gran misterio. Su Alicia fue el alter ego de su amada Alice Lidell; fue a ella a la que encomendó sus sueños y plegarias. Esa veneración, según algunos historiadores y biógrafos, le condujo a suplicar su mano, aún siendo menor de edad, lo que le valió el violento rechazo de la familia de Alice. Y quizás también de los Dodgson. Alice Lidell, la musa a la que conoció cuando esta contaba con apenas diez años, aparece en una docena de fotografías. “¿Estaba Lewis Carroll enamorado de ella? ¿Le amaba aquella niña pese a los veinte años de diferencia que separaban a uno de otro? ¿Tenía él intención de casarse con ella?”, se pregunta Brassai. El escritor y biógrafo Morton Cohen escribe al respecto: “Yo cambié mis puntos de vista al respecto en 1969, cuando por primera vez obtuve de la familia una fotocopia de los diarios. Cuando me puse a leerlos —y me refiero a los diarios completos, no a los extractos publicados, que han dejado en la oscuridad entre un veinticinco y un cuarenta por ciento del texto—, descubrí numerosos fragmentos y pasajes cargados de significación. Eran las partes que la familia decidió que no debían salir a la luz. Al leer por primera vez esas porciones inéditas de los diarios, me percaté de que existía otra dimensión para el “romanticismo” de Lewis Carroll. Sin duda no es nada fácil reconciliar al austero clérigo victoriano con el hombre al que atraían las niñas hasta el punto de encenderle el deseo de pedir en matrimonio a los Liddell, no desde luego diciendo “me gustaría casarme con su hija de once años” ni nada parecido, pero tal vez sugiriendo algo así como “si pasados seis u ocho años siguiera sintiendo lo que siento, ¿sería posible una alianza?” Creo que más tarde volvió a considerar la posibilidad de casarse con otras chicas y que debiera haberse casado. Estoy firmemente persuadido de que hubiera sido así más feliz que soltero y pienso que una de las tragedias de su vida fue no haberlo logrado. Al haber desaparecido esa página decisiva del diariono podemos saber lo que sucedió en aquella época crucial. Desde luego, de alguna manera Charles cometió una ofensa y fue exiliado. En abril de 1865 Dodgson anotó en su diario: “Alicia parece notablemente cambiada, aunque es harto dudoso que sea para mejor. Probablemente está entrando en la fase de la pubertad”. El calvario de un herido y desesperado Carroll, se prolongó hasta el final de sus días. Están sus posteriores cartas a la “niña de sus ojos”, entonces en brazos de otro hombre, donde le reconoce que ella fue siempre la más especial, la más amada, su inalcanzable tesoro.

Este es un libro-objeto, hasta la fecha prácticamente único en castellano por el material incorporado, cuyo valor resulta innegable. Colin Ford, otro de los historiadores de la vida y obra de Carroll, reconoce, con cierta melancolía y tristeza, que nuestro hombre “nunca pretendió publicar sus diarios y habría sido una tortura para él si supiese que tanga gente iba a estudiarlos. Tampoco hizo sus fotos para el gran público; le habría indignado en especial que se publicasen las de sus jóvenes amigas. Pero a través de estas fuentes íntimas parece que llegamos a saber más de su carácter y su mundo interior que con el derroche de ingenio de sus escritos públicos”. Pobre, pobre Carroll.

Fuente: http://eternacadencia.com.ar/blog/ficcion/item/pobre-pobre-carroll.html

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