El horror urbano, realista y político de Mariana Enríquez





“Me interesa sacar el terror de los lugares comunes”, dice la escritora Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) sobre el contenido de su nuevo volumen de cuentos que lleva como título Las cosas que perdimos en el fuego y publica Anagrama.

Son doce relatos que abordan el terror contemporáneo a partir de un trabajo con problemáticas sociales que van de la depresión a la violencia de género, configurando una cautivante obra que habla de la pérdida, el dolor y las formas de la amistad.

–¿Cuál fue el punto de partida para este libro?

–Escribí los cuentos en un lapso bastante largo de tiempo. La unidad se fue dando: escribí otros cuentos en estos últimos años, en otros estilos, pero era inevitable ver que en muchos se repetían ciertas cuestiones: el punto de vista femenino, un horror mucho más realista que en relatos publicados anteriormente, menos presencia de lo sobrenatural, las casas y las ciudades como escenarios. Cuando fueron decantando estos cuentos con su aire de familia, supe que tenía un libro.

–Si bien lo extraño, lo inquietante, está muy presente en todos los cuentos, la acción en el fondo gira en torno a problemáticas sociales: soledad, depresión, violencia de género, maltrato familiar, abuso de drogas y, sobre todo, el miedo.

–Sí. Me interesa sacar el terror de los lugares comunes del género clásico. En realidad, es algo que ya se hace desde hace mucho en el género, no es un acercamiento que se me haya ocurrido a mí… Me gusta usar el terror con elementos urbanos, contemporáneos, realistas. Me encantan los relatos de terror fantásticos o con muchos elementos sobrenaturales, pero no es lo que tengo ganas de escribir en este momento (eso puede cambiar).

Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana EnríquezAunque este trabajo aborda el dolor, lo siniestro, me parece que hace foco, sin lugares comunes, en las formas de la amistad, que aparece no para salvar sino para intensificar las situaciones.

–Es cierto. Pero hay amistades muy distintas. Las cómplices, como la protagonista de ‘El chico sucio’ y su amiga travesti, o las primas de ‘Tela de araña’, que son amistades de ayuda y de entendimiento. Pero otras son más cofradías, enjambres: me interesa la amistad adolescente como tema, su intensidad casi sectaria, todo lo secreto y erótico que tiene, un tipo de lazo irrepetible. Aparece en cuentos como ‘Los años intoxicados’, con sus adolescentes que forman una especie de organismo, o las chicas convocadas por una suerte de psicosis en ‘Fin de curso’. Y por supuesto, en la radicalización de las Mujeres Ardientes del cuento del título, aunque ahí ya no es amistad, creo, sino el intento de formar parte de una organización.




Extracto de la entrevista realizada por Juan Rapacioli
para la agencia de noticias Télam.
Entrevista televisiva: Los Siete Locos

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