El mandarín, novela (capítulo 6) de Eça de Queirós

VI

Eça de Queirós





La tarde declinaba y el sol descendía bermejo como un escudo de metal candente, cuando llegamos a Tien-Hó.

Las negras murallas de la ciudad se alzan al Sur, al pie de un torrente que ruge entre rocas. En la parte de Oriente, la planicie lívida y polvorienta se extiende hasta un grupo obscuro de colonias donde blanquea el ámplio edificio de una Misión católica; y más allá, hacia el extremo Norte, se elevan las eternas montañas de la Mongolia, suspensas en el aire como nubes.

Nos alojamos en una fétida barraca titulada: «Hospedería de la Consolación Terrestre». Me fué reservado el cuarto noble, el principal, que se abría sobre una galería formada por estacas. Estaba ornado de dragones de papel recortado, sujetos por cordeles de los travesaños del techo. Al menor soplo de la brisa, aquella legión de monstruos fabulosos oscilan cadenciosamente con un rumor seco de hojarascas, como tomando vida sobrenatural y grotesca.

Antes de que oscureciese, fuí acompañado de Sa-Tó a contemplar la ciudad, mas pronto tuve que regresar sofocado por el hedor repugnante que exhalaban las viviendas. Todo se me figuró ser negro; las chozas, el suelo cenagoso, los canes hambrientos y el populacho abyecto. Regresé a mi albergue, donde arrieros, mongoles y criaturas piojosas, me miraban con asombro.

—Tiene vuestra merced razón. Es mala ralea. Mas no hay peligro; yo maté, antes de partir, un gallo negro, y la diosa Kaonine debe estar contenta. Podéis dormir al abrigo de los malos espíritus. ¿Quiere, vuestra merced, el té?

—Tráelo, Sa-Tó.

Después de bebernos una taza, conversamos largamente sobre el vasto plan: a la mañana siguiente llevaría la dicha y la tranquilidad a la triste choza de la viuda de Ti-Chin-Fú, anunciándole los millones que le regalaba, millones ya depositados en Pekín. Después, de acuerdo con el mandarín Gobernador, haríamos una cuantiosa distribución de arroz al pueblo, y por la noche habría danzas e iluminaciones, como en una solemnidad pública.

—¿Qué te parece, Sa-Tó?

—En los labios de vuestra merced habita la sabiduría de Confucio… ¡Va a ser un hermoso espectáculo!

Como venía cansado, bien pronto comencé a bostezar; me tendí sobre el lecho, envuelto en mis pieles, hice la señal de la cruz y me dormí pensando en los brazos blancos de la generala y en sus ojos verdes de sirena.

Sería la media noche, cuando me despertó un rumor lento y sordo que envolvía la barraca, como un fuerte viento en una arboleda o una mar gruesa batiendo un paredón. Por la galería abierta, la luna entraba en el cuarto, una luna triste de otoño asiático, dando a los dragones colgados del techo, formas y semejanzas quiméricas.

Me levanté, ya nervioso, cuando una silueta alta e inquieta, apareció a la claridad de la luna.

—¡Soy yo, señor!—murmuró la voz despavorida de Sa-Tó.

Y luego, agachándose a mis pies, me contó en un flujo de palabras roncas su aflicción: mientras yo dormía se esparció por la ciudad el rumor de que un extranjero, el «Diablo extranjero» había llegado con bagajes cargados de tesoros…. Ya, desde el comienzo de la noche, él había entrevisto rostros ansiosos, de ojos voraces, rondando la barraca, como chacales impacientes…. Y ordenó a los koolíes que atrincherasen la puerta con los carros de los bagajes, formados en semicírculo a la manera tártara.

Mas poco a poco, el tumulto fué creciendo…. Ahora acababa de espiar por un postigo, y todo el populacho de Tien-Hó rondaba en torno de la hospedería… ¡La diosa Kaonine no se había satisfecho con la sangre del gallo negro! Además, él recordaba haber visto en la puerta de una pagoda una cabra negra andando hacia atrás. ¡La noche sería terrorífica! ¡Y su pobre mujer, el hueso de su hueso, que estaba tan lejos, allá en Pekín!

—¿Y ahora, Sa-Tó?—le pregunté.

—Ahora… ¡Vuestra señoría!… Ahora….

Callóse, y su figura escuálida temblaba, agazapándose como un perro que se le amenaza con el látigo.

Entonces yo abandoné al cobarde y me adelanté hacia la galería. Abajo, el muro fronterizo, proyectaba una sombra fatídica. Allí se apiñaba una turba negra.

A veces, una figura, rastreando, se adelantaba en el espacio iluminado; espiaba, forcejeaba en las carretas, y al sentir la luz de la luna sobre su cara, retrocedía rápidamente, fundiéndose en la obscuridad; y como el techo del cobertizo era bajo, brillaba un momento algún hierro de lanza inclinado.

—¿Qué queréis, canallas?—rugí en portugués.

A esta voz extranjera, un gruñido salió de las tinieblas; inmediatamente una piedra cayó a mi lado, agujereando el papel encerado de la celosía; después, una flecha pasó silbando cerca de mí, clavándose en un listón.

Descendí rápidamente a la cocina de la hospedería. Mis kaulíes, asustados, batían las mandíbulas de terror; y los dos cosacos que me acompañaban, impasibles, fumaban sus pipas con los sables desnudos puestos sobre las rodillas.

El viejo hostelero de lentes redondos, una vieja andrajosa que yo había visto en el patio echando al aire una cometa de papel, los arrieros mongoles, las criaturas piojosas, todos desaparecieron. Sólo quedó un viejo bebedor de opio, tumbado en un rincón como un fardo. Fuera se veía la multitud que vociferaba.

Interpelé entonces a Sa-Tó, que casi se desmayaba, apoyado en la pared; nosotros estábamos sin armas, los dos cosacos solos, no podían rechazar el asalto. Era, pues, necesario ir a despintar al Mandarín gobernador, revelarle que yo era amigo de Camilloff, un convidado del Príncipe Tong, e intimarle a que acudiera a dispersar las turbas y mantener la ley santa de la hospitalidad.

Mas Sa-Tó me contestó con voz débil como un soplo, que el gobernador, seguramente, era el que estaba dirigiendo el asalto. Desde las autoridades hasta los mendigos, la fama de mis riquezas, la leyenda de las carretas cargadas de oro, inflamó todos los apetitos. La prudencia ordenaba, como un mandamiento santo, que abandonásemos parte de los tesoros, las mulas y las cajas de comestibles.

—¿Y vamos a quedarnos aquí, en esta aldea maldita, sin camisas, sin dinero y sin comida?

—¡Mas con la rica vida, vuestra señoría!

Cedí y ordené a Sa-Tó que fuese a proponer a la turba una copiosa distribución de oro, si ella consentía en regresar a sus casas y respetar en nosotros a los huéspedes enviados por Buda.

Sa-Tó subió a la escalera de la galería, todo tembloroso, y empezó a arengar a la multitud, braceando, lanzando las palabras con la violencia de un can que ladra. Yo había abierto la maleta y le iba entregando sacos de monedas, que él arrojaba a puñados sobre la multitud con ademán de sembrador…. Abajo, a cada lluvia de metales resonaba un tumulto furioso; después, un lento suspiro de gula satisfecha; y luego, el silencio, la suspensión del que espera más.

—Más—murmuraba ansiosamente Sa-Tó, volviéndose hacia mí.

Yo, indignado, le daba nuevos cartuchos, pilas de monedas de medio real envueltas en papel. Ya estaba vacía la maleta…. La turba continuaba rugiendo insaciable.

—Más ¡vuestra señoría!—suplicó Sa-Tó.

—¡No tengo más, criatura! ¡El resto está en Pekín!

—¡Oh, Buda santo! ¡Perdidos! ¡Perdidos!—exclamó Sa-Tó, doblando las rodillas.

El populacho, callado, esperaba aún. De repente, una exhalación salvaje rasgó el aire. Y yo sentí aquella masa ávida, arremeter sobre las carretas que defendían la puerta, formadas en semicírculo. Al choque todo el maderamen de la «Hospedería de la Consolación Terrestre», crugió y osciló.

Corrí a la baranda. Abajo bullía un tropel desesperado en torno de los carros derribados. Los machetes relucían al caer sobre la tapa de los cajones; el cuero de las maletas abríase rasgado por innumerables puñales, y bajo el cobertizo los dos cosacos batíanse como héroes. A la luz de la luna, veía alrededor del barracón agitar teas. Un alarido ronco elevábase, haciendo a lo lejos aullar a los perros; y de todas las viviendas desembocaba y corría el populacho, hombres ligeros armados de chuzos y hoces curvas.

Súbitamente, oí el tumulto de las turbas que asaltaban la galería, buscándome sin duda, creyendo que yo guardaría el mejor de los tesoros, piedras preciosas, joyas. El terror me enloqueció. Corrí a la gradería de bambú que daba al patio. Rompí la valla, y penetré en la cuadra. Mi caballo, preso en las tinieblas relinchaba, tirando furiosamente del cabestro. Salté sobre él, sujetándole por las crines.

En este momento, por el postigo de la cocina que había saltado en astillas, penetró una horda armada de linternas, lanzas, clamando delirante. El caballo, espantado, saltó la valla; una flecha silba a mi lado; después, una piedra me da en el hombro, otra en los riñones, otra hace blanco en el anca del animal, y otra más gruesa, me rasga la oreja. Agarrado desesperadamente a las crines, arqueado, con la sangre goteando de la oreja, galopé en una carrera furiosa, a lo largo de una calle negra. De repente veo delante de mí la muralla, un bastión, la puerta de la ciudad cerrada.

Entonces, alucinado, sintiendo detrás de mí rugir la turba, abandonado de todo socorro humano, me acordé de Dios. Creí en él, gritándole que me salvase: y mi espíritu iba tumultuosamente recordando, para ofrecerle fragmentos de oraciones, de «Salves, Credos», que yacían en el fondo de mi memoria. Tras una esquina, a lo lejos, surgió una humareda de teas; era la turba. Loco de espanto, apreté los talones a los ijares del animal y corrí a lo largo de la muralla que se extendía como una vasta cinta negra furiosamente desenrollada. De repente vi una brecha, un boquete erizado de espinas y zarazas, y fuera la planicie que bajo la luna tenía la apariencia de una gran charca de agua dormida. Lancéme hacia allá, sacudiendo con los talones los ijares del potro, y galopé mucho tiempo por el descampado.

De repente, el caballo y yo rodamos en un surco blando. Era una laguna; mi boca se llenó de agua pútrida, y mis pies se enredaron en las fofas raíces de los nenúfares. Cuando me levanté vi al caballo corriendo muy lejos, como una sombra, con los estribos al viento.

Entonces comencé a caminar por aquella soledad, enterrándome en el fango y cortando a través de matorrales encharcados. La sangre de la oreja caía sobre mi hombro; la ropa enlodada se me pegaba a la piel, y a veces en la sombra, me pareció ver brillar ojos de fieras.

Más lejos, encontré un cercado de piedras sueltas donde yacían, bajo unos arbustos, infinidad de cajas amarillas que los chinos abandonan sobre la tierra y donde se pudren los cadáveres. Me senté sobre una caja postrado de fatiga; mas un olor abominable flotaba en el aire, y al apoyarme sentí la sensación de un líquido viscoso que escurría por las hendiduras de las tablas.

Quise huir. Mas las piernas, temblando, se negaron. Los árboles, las rocas, las hierbas altas, todo el horizonte comenzó a girar en torno mío como un disco muy rápido. Resplandores sanguíneos vibraban delante de mis ojos, y me sentí caído desde muy alto, divagando a la manera de una pluma que desciende. Cuando recobré el conocimiento estaba sentado sobre un banco de piedra, en el banco de un enorme edificio semejante a un convento, que el más grave silencio envolvía. Dos padres lazaristas lavaban cuidadosamente mi oreja. Un aire fresco circulaba; la garrucha de un pozo chirriaba lentamente, y una campana tocaba a maitines. Levanté los ojos y ví una fachada blanca con ventanillas enrejadas y una cruz en lo alto, y entonces, al contemplar en aquella paz de claustro católico como un rincón de la patria recuperada, el abrigo y la consolación, de mis párpados cansados rodaron dos lágrimas mudas.




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