El mandarín, novela (capítulo 2) de Eça de Queirós

II

Eça de Queirós





Transcurrió un mes.

Yo, en tanto, continué, rutinario y triste poniendo diariamente mi hermosa letra cursiva al servicio del Estado, y admirando, los domingos, la pericia con que la espléndida doña Augusta limpiaba la caspa al teniente Conceiro. Era cosa evidente para mí que aquella noche, dormido, leyendo sobre el infolio, había soñado con una «Tentación de la Montaña» bajo formas familiares. Instintivamente, sin embargo, me fui preocupando de la China. Leía los telegramas de los periódicos buscando siempre los que se referían a cosas del Celeste Imperio; mas nada pasaba entonces en la región de las razas amarillas…. La «Agencia Havas» sólo telegrafiaba sobre la Herzegovina, la Bosnia, la Bulgaria y otras curiosidades bárbaras.

Poco a poco fuí olvidando mi episodio fantasmagórico; y al mismo tiempo, como gradualmente mi espíritu se serenaba, volvían a él las antiguas ambiciones que lo habitaron: un nombramiento de Director General, el seno amoroso de Lola, bisteks más tiernos que los de doña Augusta. Mas tales regalos me parecían tan inaccesibles, tan fuera de la realidad, como los propios millones del Mandarín. Y por el monótono desierto de la vida, allá fué marchando la lenta caravana de mis melancolías.

Un domingo de Agosto, de mañana, dormitaba en la cama, en mangas de camisa, con el cigarro apagado entre los labios, cuando la puerta se abrió suavemente y entreabriendo los párpados adormilados, ví inclinarse a mi lado una calva respetuosa. Y luego una voz perturbada murmuró:

—¿El señor Teodoro? ¿El señor Teodoro, del Ministerio de la Gobernación?

Me levanté lentamente sobre mi cama, y, respondí bostezando:

—¡Soy yo, caballero!

El individuo inclinó el espinazo, como a presencia del Rey Bobo se arquean los cortesanos. Era pequeño y gordo: venerables lentes de oro relucían en su faz bonachona, que parecía la personificación del Orden.

Todo tembloroso, balbuceó azorado:

—¡Traigo noticias para su señoría! Noticias de considerable importancia. Mi nombre es Silvestre…. Silvestre Juliano y C.a…. Un criado servicial de vuestra excelencia…. Llegaron en el correo de Southampton…. Nosotros somos Corresponsales de Traigand, y C.a de Hong-Kong.

El hombre calvo sofocóse; y agitando nerviosamente en su gruesa mano un sobre repleto, con un sello de lacre, negro, prosiguió:

—Vuestra excelencia debe de estar prevenido. Nosotros no lo estábamos…. El azoramiento es natural…. Lo que esperamos es que nos conserve su confianza. Vuestra excelencia es en esta tierra una flor de virtud, espejo de bondad. Aquí están los primeros cheques sobre Bhering and Brothers de Londres…. Letras a treinta días sobre Rothschild.

A este nombre, resonante como el mismo oro, salté velozmente del lecho.

—¿Qué es eso, señor?—grité.

Y él, gritando mas, blandiendo el sobre, alzado sobre la punta de las botas, exclamó:

—¡Son ciento veinte millones de pesetas sobre Londres, París, Hamburgo y Amsterdán, en letras a su favor! ¡A su favor, excelentísimo señor! ¡Por casas de Hong-Kong, de Shang-Hai y de Cantón, de la herencia del Mandarín Ti-Chin-Fú!

Sentí temblar el mundo bajo mis pies y cerré un momento los ojos. Mas de pronto, comprendí que yo era desde aquel momento como una encarnación de lo sobrenatural, recibiendo de ella mi fuerza y sus atributos. No podía considerarme como un hombre, rebajándome con explicaciones humanas. Para no interrumpir la línea hierática de mi indiferencia, me abstuve de ir a sollozar de alegría, como me lo pedía el alma, sobre el vasto seno de la viuda de Marques.

De ahora en adelante ostentaría la impasibilidad de un Dios o de un Demonio; me calcé con naturalidad y dije a Silvestre Juliano y C.º estas palabras:

—Está bien. ¡El Mandarín! Ese Mandarín se portó conmigo como un caballero. Ya sé de lo que se trata. Es una cuestión de familia. Deje ahí los papeles. Buenos días, Silvestre, Juliano y C.º.

Y se retiró, retrocediendo, con el cuerpo inclinado respetuosamente.

Entonces abrí de par en par la ventana, y, asomando la cabeza, respiré el aire cálido, como un corzo cansado.

Después miré hacia abajo, hacia la calle, donde la burguesía, saliendo de misa pululaba entre dos filas de carruajes. Mis ojos se fijaban, inconscientes, ora en las joyas de las mujeres, ora en los brillantes metales de los arreos. Y de repente la idea de mi grandeza me llenó de satisfacción. ¡Todos aquellos carruajes podrían ser míos! Ninguna de las mujeres que veía, dejaría de ofrecerme su seno desnudo, a la menor indicación de un caprichoso deseo. Todos aquellos hombres de levita y guantes negros se postrarían delante de mí como ante un Cristo, un Mahoma o un Buda, si yo arrojase sobre ellos un puñado de cheques de mis ciento veinte millones de pesetas sobre los principales Bancos de Europa.

Me apoyé en la baranda y reí viendo la agitación efímera de aquella humanidad subalterna que se consideraba libre y fuerte, mientras allá arriba, en la habitación de un cuarto piso, yo tenía en la mano, en un sobre lacrado, el principio de su flaqueza y de su esclavitud.

Entonces, satisfacciones del Lujo, regalos del Amor, orgullos del Poder, todo, todo lo gocé con la imaginación, en un instante y en un solo sorbo. Mas luego una gran saciedad me fué invadiendo el alma, y sintiendo el mundo a mis pies, bostecé como un león harto.

¿De qué me servían por fin tantos millones, sino para traerme, día por día, la desoladora afirmación de la vileza humana?

¡Y así, al choque de tanto oro iba desapareciendo ante mis ojos, como humo, la belleza moral del Universo! Se apoderó de mí una inmensa tristeza mística. Caí sobre una silla, y con el rostro, entre las manos, lloré copiosamente.

Al poco tiempo la viuda de Marques abrió la puerta, toda vestida de seda negra.

—¡Le estarán esperando para comer!

Salí de mi amargura para responderle secamente:

—Yo no como.

—¡Más quedará!

En aquel momento estallaban cohetes a lo lejos. Me acordé de que era domingo, día de toros; de repente una visión brilló, relampagueando, atrayéndome deliciosamente: era la corrida vista desde un palco, después de una comida con champagne, ¡y a la noche una orgía como una divina y suprema iniciación! Corrí a la mesa. Llené mi cartera de letras sobre Londres. Descendí a la calle con el furor de un buitre que hiende el aire en busca de su presa. Pasaba un carruaje vacío. Le detuve gritando:

—¡A los toros!

—¡Son diez reales, mi amo!

Introduje la mano en la cartera cargada de millones y saqué las monedas que tenía: 75 céntimos….

El cochero fustigó el anca de la yegua y siguió refunfuñando. Yo balbuceé:

—Tengo letras… ¡Aquí están! Tengo letras sobre Londres, sobre Hamburgo….

—No sirven….

¡Setenta y cinco céntimos!… Y corrida, cena de lord, andaluzas desnudas, todo este sueño expiró como una pompa de jabón dentro de mi alma.

Odié a la humanidad. Otro carruaje atestado de gente alegre, por poco me atropella.

Cabizbajo, cargado de millones sobre Rothschild, volví a mi cuarto piso. Pedí perdón a doña Augusta, aceptando humildemente la comida que se dignó servirme; y pasé esta primera noche de riqueza, bostezando sobre el lecho solitario, mientras fuera, el alegre Conceiro, el mezquino teniente con veinte duros de sueldo mensuales, reía con la viola un alegre «fado».


A la mañana siguiente, mientras me afeitaban, reflexioné sobre el origen de mi riqueza. Era evidentemente sobrenatural y sospechoso.

Mas como mi racionalismo me impedía atribuir estos tesoros imprevistos a la generosidad de Dios o del Diablo, ficciones puramente escolásticas; como los fragmentos del positivismo que constituían el fondo de mi filosofía, no me permitían la indignación de «las causas primarias, de los orígenes esenciales», pronto me decidí a aceptar el fenómeno y a utilizarlo con largueza. Por lo tanto, corrí atropelladamente al «Londón Brasilian Bank».

Allí arrojé por el enrejado un cheque sobre el «Banco de Inglaterra», de mil libras, gritando esta deliciosa palabra:

—¡En oro!

Un cajero me respondió con dulzura:

—Tal vez le fuese más cómodo en billetes….

Respondí sécamente:

—¡En oro!

Llené mis bolsillos; y en la calle tomé un coche. Me sentí extremadamente gordo; tenía en la boca sabor de oro y una sequedad de polvo de oro en la piel de las manos; las paredes de las casas parecían brillar como largas láminas de oro, y dentro de mi cerebro rodaba un mar de ondas de oro.

Abandonado a la oscilación de los muelles, rebotando como un ordre mal seguro, dejaba caer sobre la calle la mirada torva de mis ojos llenos de amargura. En fin, tirando el sombrero sobre la nuca, estirando la pierna, empinando el vientre, bostecé formidablemente.

Mucho tiempo rodé así por la ciudad, bestializado en un goce de Nabab.

Súbitamente, un brusco apetito de gastar, de disipar oro, vino a llenar mi pecho como una ventolina que hincha una vela.

—¡Pára, animal!—grité al cochero.

El coche se paró. Miré a mi alrededor, con los párpados entornados, buscando un objeto caro que comprar: joya de reina o conciencia de estadista; nada ví, y precipitadamente entré entonces en un estanco.

—¡Cigarros! ¡de peseta! ¡de diez reales!

—¿Cuántos?—preguntó servilmente el estanquero.

—¡Todos!—respondí brutalmente.

A la puerta, una pobre enlutada, con el hijo encogido en el seno, me extendió su mano transparente.

No hallando una sola pieza de cobre entre mis bolsillos cargados de oro, la rechazé con impaciencia, y con el sombrero echado sobre los ojos, me metí entre la turba.

Fué entonces cuando ví, adelantándose, la poderosa figura del Director General; inmediatamente me hallé con el dorso curvado y el sombrero cumplimentador en la mano. Era el hábito de dependencia; mis millones no me habían dado aún la verticalidad de la espina dorsal.

En casa desparramé el oro sobre el lecho y me revolqué en él mucho tiempo, gruñendo sordamente.

La torre de al lado dió las tres; y el sol descendía llevándose consigo mi primer día de opulencia. Entonces, acorazado de libras, ¡corrí a divertirme!

¡Ah, qué día! Comí en un gabinete del Hotel Central, solitario y egoísta, con la mesa atestada de botellas de Burdeos, Borgoña, Champagne, Rhin, licores de todas las comunidades religiosas… ¡como si quisiera saciar de una vez la sed de treinta años! Después, tambaleándome, entré en un lupanar. ¡Qué noche! La alborada clareó detrás de las persianas y me encontré reclinado en un diván, exhausto y semidesnudo, sintiendo el cuerpo y el alma desvanecerse, disolverse en aquel ambiente tibio donde erraba un olor suave de polvos de arroz, de hembras y de punch.

Cuando volví a la travesía de la Concepción, las ventanas de mi cuarto estaban cerradas, y la vela expiraba con resplandores lívidos, en su palmatoria de latón. Entonces, al llegar junto a la cama, ví una cosa horrible; estirado, a través de la colcha, yacía la figura del Mandarín muerto, vestido de seda amarilla, con la coleta suelta, y entre las manos, como muerto también, tenía un papagayo de papel.

Abrí desesperadamente la ventana. Todo desapareció y sólo hallé sobre mi lecho, un viejo paletó.




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