El nombre del juego es muerte, novela de Dan J. Marlowe: capítulo 1

“Mi admiración para Dan J. Marlowe, autor de El nombre del juego es muerte: lo más negro de la novela negra”, ha dicho Stephen King de la novela del norteamericano Dan J. Marlowe (1914-1986).

A continuación, en exclusiva, el primer capítulo de la novela publicada este mes por La Bestia Equilátera.





El nombre del juego es muerte, novela de Dan J. MarloweDesde el asiento trasero del Oldsmobile veía los blancos guantes de algodón del chico sobre el volante, mientras doblábamos de Van Buren a Central Avenue. La fachada de piedra del banco me encandiló con su brillo bajo el intenso sol de Phoenix. Aquel edificio parecía tan grande como las montañas moradas del linde del desierto.

Junto a mí, Bunny mascaba chicle tranquilamente, con las manos en las rodillas. Adelante, el chico tenía la cara blanca como la tiza, pero estacionó el coche perfectamente en un espacio estrecho frente al banco.

Nadie decía una palabra. Bajé del lado de la acera, y Bunny bajó del otro lado y rodeó el coche para reunirse conmigo. Sus anteojos oscuros y su pelo amarillo brillaban al sol. Su barba de una semana ocultaba la pálida y gruesa cicatriz de la garganta. Enfrente, el gran reloj indicaba las tres menos cinco. Debajo, en otro dial, la larga aguja de un termómetro marcaba más de treinta y cuatro grados. Un hombre en mangas de camisa remoloneaba bajo el reloj.

Cruzamos la acera y atravesamos las puertas de vidrio del banco. Yo mido casi un metro ochenta, pero Bunny me llevaba quince centímetros. Veía la bolsa de lona enrollada bajo su brazo. En el vestíbulo, el aire acondicionado me mordió el sudor de la cara y los brazos. Bunny encabezó la marcha hasta el hall de la planta baja. Él fue a la izquierda, yo a la derecha. Dos guardias en la planta baja.

Mi guardia le indicaba a un viejo cómo llenar un talonario de depósito. Me deslicé detrás del guardia, y cuando vi que Bunny alzaba el brazo le asesté un culatazo con mi Smith & Wesson. Se desplomó en silencio. El viejo siguió escribiendo. Oí un gorgoteo ahogado del guardia de Bunny. Eso fue todo.

Eché un vistazo en torno mientras desenfundaba la Colt Woodsman. Eliminados los guardias, teníamos el camino libre. Unos quince clientes, desperdigados. Disparé la Woodsman tres veces, despedazando el vidrio de las ventanillas. El vidrio astillado produce un ruido impresionante. En el cavernoso hall, el vidrio y la pequeña Woodsman retumbaban como una batería naval en una vitrina.

—Atención —exclamé—. Si todos se quedan quietos, nadie saldrá lastimado.

Nadie se movía. Nadie respiraba. Bunny saltó sobre la puerta baja del frente. Me calcé la Woodsman en los pantalones y volví a empuñar el Smith & Wesson. Si alguien nos hacía una jugarreta, podría necesitar las tres balas de calibre más grueso que había conservado al dirigir el tráfico con la Woodsman.

Detrás de la baranda, dos mujeres culonas se acurrucaban contra la puerta que conducía al interior de las ventanillas, con bandejas vacías en las manos. Justo donde debían estar a las tres menos dos. Bunny les señaló la puerta con el arma. Ellas lo miraron de hito en hito, intimidadas. Dentro de las ventanillas no había un sonido. Bunny golpeó la mandíbula de la mujer más cercana con la automática. Ella cayó de costado, gimiendo. Alguien abrió la puerta desde adentro. Bunny entró rápidamente, arreando a todos hacia el fondo. Empezó a abrir los cajones. Metió fajos de billetes de cien y de veinte en la bolsa. Todo lo demás fue a parar al piso.

Yo solo oía los gimoteos de la mujer caída y el estrépito que hacía Bunny vaciando y tirando cajones. Algo se movió a mi izquierda. Giré, y el movimiento cesó. En el balcón de arriba detecté un rápido borrón gris. Tumbé al guardia con el primer disparo. Bunny ni siquiera volvió la cabeza.

Dos minutos, calculé, tras eliminar a los primeros guardias. Dos y medio, a lo sumo. Ahora estarían sonando alarmas en toda la ciudad, pero en sesenta segundos nos habríamos ido. Giré despacio, escrutando el balcón y la planta baja. Nada. Bunny salió por la puerta, abrazando la bolsa contra el pecho. Saltó la barandilla, aterrizó en puntas de pie. Yo lo seguí a dos metros, y atravesamos raudamente el vestíbulo. Bunny intentaba abrir la puerta exterior de la derecha cuando oímos estampidos a nuestras espaldas. Gran parte de la puerta voló hacia la acera. Una ola de calor seco entró por el vidrio astillado.

Bunny se aflojó el cuello y reanudó la marcha hacia el Oldsmobile. En la acera di media vuelta y pulvericé la mitad restante de la puerta. Un disparo alto y uno bajo. Causó un ruido tremendo. Si alguien intentaba cruzar el vestíbulo, esa lluvia de vidrio lo haría recapacitar.

Al girar vi que el hombre en mangas de camisa que estaba bajo el reloj se metía corriendo en una tienda. Me dirigí al coche. Casi solté un grito cuando vi que el chico se había acobardado. Habíamos ido hasta St. Louis para buscar un conductor, y ahora se acobardaba. En vez de quedarse al volante sin llamar la atención, había salido corriendo del coche para abrirnos las puertas. Su cara parecía queso húmedo.

Bunny entró de un salto por la puerta delantera. El chico me echó una ojeada y rodeó el coche para volver al volante. Se oyó una detonación. El chico relinchó como un caballo con cólicos. Corrió en círculo tres segundos y cayó frente al coche, con los guantes de algodón blanco en la calle mugrienta y las piernas en la acera. Le habían volado el costado izquierdo de la cabeza.

Bunny soltó la bolsa y se puso al volante. Yo aún no me había sentado cuando oí que el coche carraspeaba mientras él ahogaba el motor. Se me cortó la respiración. Cuando Bunny intentaba arrancar, me bajé y miré hacia el banco, busqué con ojos en la nuca al que había disparado la escopeta. Al fin el motor respondió. Recobré el aliento, pero un guardia gordo salió del banco con la pistola en alto y apuntó.

Juro que sus pies se despegaron del suelo cuando me disparó. Las chances debían ser de sesenta mil contra uno, pero me dio en el brazo izquierdo. Me aplastó contra el coche. Me estabilicé con una mano en el pecho y le descerrajé dos balazos en el vientre. La gente que tenía la ventana abierta lo habrá oído en toda la ciudad.

Me derrumbé en el asiento trasero y Bunny se largó de allí. El Oldsmobile corcoveó cuando pasamos sobre el chico. Vi que el hombre en mangas de camisa que estaba enfrente bombeaba frenéticamente su escopeta atascada. Alcé el Smith & Wesson, pero volví a bajarlo. Aún necesitaba cada bala. No podía darme ningún lujo. A la media cuadra cerré las puertas del coche.

—¡Pañuelos! —le grité a Bunny mientras volábamos por Central y pasábamos una luz roja para entrar en Roosevelt—. Tira esos anteojos. Baja la velocidad. Mézclate con el tráfico. —Sin mirar atrás, me arrojó dos pañuelos por encima del hombro, se quitó los anteojos oscuros y alzó una boina azul del asiento. Se la caló sobre la cabeza amarilla. Sin anteojos y con el pelo tapado, parecía otra persona.

Junté sus pañuelos con el mío y traté de parar la hemorragia del brazo izquierdo, bajo la manga corta de la camisa. No conseguí nada. Todos esos comentarios sobre el impacto inicial de la bala y la conmoción sin dolor son puras patrañas. La sentí entrar y la sentí salir. Como una lima filosa y candente.

Volví a cargar el Smith & Wesson. No presté atención a la melaza tibia que me bajaba por el brazo, salvo para impedir que me goteara los pantalones. Miré los semáforos. El chico tenía calculados los semáforos hasta Yavapai Terrace, pero no teníamos al chico. No podía quedarme quieto. No veía el momento de volver al sur de Van Buren.

Sospecharían que nos dirigíamos a una carretera. Al este, la 80 hacia Tucson y Nogales, si nos habían visto girar en Roosevelt. Al norte, hacia Prescott o Wickenburg, si no nos habían visto. Incluso al oeste, hacia Yuma y la costa. Ya habrían bloqueado las arterias principales. Aún no podíamos salir de la ciudad.

Habíamos pasado la calle Siete mientras yo trataba de vendarme con los pañuelos, la Doce mientras recargaba. La primera luz roja nos detuvo en la Dieciséis. Esperamos en tenso silencio, rodeados por coches con gente. Se me fruncieron las tripas. Abrí la boca para decirle a Bunny que acelerase, pero me mordí la lengua. Hasta ahora ni siquiera habíamos oído una sirena.

Una vez en marcha, seguimos hasta la Veinte y doblamos hacia el sur. Aún no había recobrado el aliento cuando volvimos a cruzar Van Buren. Dejamos atrás Adams y Washington, atravesamos la vía para entrar en East Henshaw, doblamos hacia el centro en el semáforo. Seguimos hasta la Doce, giramos a la izquierda, luego a la derecha. Reluciendo al sol bajo un eucalipto, el Ford negro nos esperaba en Yavapai Terrace, a poca distancia de una tienda china para evitar que los mocosos se le acercaran. Bunny estacionó detrás. Estábamos a cinco kilómetros del banco, como máximo.

—Tráeme algo para el brazo —le dije a Bunny. Salió del Oldsmobile, fue hasta el Ford y regresó con mi chaqueta y una camisa—. Rásgala en jirones y átala alrededor de la herida. Con fuerza.

El calor, el polvo y la náusea me atosigaron mientras él obedecía. Me contuve, me limpié la sangre seca del brazo y me eché la chaqueta sobre el hombro izquierdo para ocultar el tosco vendaje.

Miré a ambos lados de la calle desierta, me bajé y seguí a Bunny hasta el Ford. Observé el bulto de dos manijas que había hecho con la bolsa, y por primera vez me pregunté cuánto habría allí. Con una bolsa de veinte kilos, con un veinticinco por ciento de billetes de cien y el resto de veinte, un hombre puede alzarse con doscientos mil dólares. Siempre que logre escapar.

Dejaríamos el Oldsmobile allí. Bunny avanzó para echar un vistazo, luego retrocedió hacia la Doce. Se dirigió al sur, despacio. Los nombres de las calles eran indios —Papago, Pima, Cocopa, Mohave, Apache— pero la zona era mexicana. Los tupidos árboles eran achaparrados y nudosos. Las pequeñas y amontonadas casas, ampolladas por el sol, eran precarias. Los jardines eran marañas de maleza. Bunny entró en Durango y estacionó a mitad de cuadra, frente al sedán Dodge azul oscuro. Aspiré profundamente mientras él frenaba.

—De acuerdo —dije—. Nuevo libreto. Escucha con atención. No puedo salir de aquí. No iremos a la cabaña del cañón.

Con el chico muerto y con mi brazo herido, teníamos que cambiar los planes. Hurgué en la bolsa. Los primeros tres fajos que saqué eran billetes de cien. Quince mil dólares en mi mano. Volví a guardar dos, encontré dos fajos de billetes de veinte, me metí los tres en el bolsillo.

—Nos separamos aquí, grandote. Llévate el Dodge. Alójate en un motel barato. No te olvides de quitarte la tintura amarilla del pelo. Pasado mañana, después del anochecer, lárgate de allí y ve hacia el este. Aléjate de las carreteras 80 y 66. Vuelve a la 70. Roswell, Plainview… por allí.

Traté de pensar en todo.

—Lleva la bolsa. En Memphis dirígete al sur, hacia Florida. La costa del golfo. Escoge un pueblo chico. Cuando llegues, una vez por semana envíame mil dólares en billetes de cien. Que no sean billetes nuevos. Correo certificado. A Roy Martin, Entrega General, Correo Central, Phoenix, Arizona. ¿Entendido? En marcha. Me reuniré contigo en cuanto pueda viajar.

Bunny bajó del Ford, lo rodeó y abrió la puerta de mi lado. Su cara grande y ruda tenía una expresión solemne. Nos dimos la mano, recogió la bolsa y cruzó la calle soñolienta para ir al Dodge, haciendo crujir la gruesa polvareda con los zapatos. Los coches que pasaban habían dejado una capa de polvo en el Dodge. Bunny abrió el baúl, metió la bolsa y bajó la tapa. Con la mano en el picaporte, me miró y me saludó antes de subir y largarse. Bunny no había llegado a la esquina cuando recordé que el resto de mi ropa estaba en el Dodge. Estiré la mano hacia la bocina, pero la retraje. Tenía problemas más urgentes que la ropa.

Me quedé sentado con una sensación de abatimiento. La explosión de adrenalina se había agotado. Mi mente seguía acelerada, pero mi cuerpo estaba aturdido.

Dejar que Bunny se llevara la bolsa no había sido parte del plan, pero por ahora era lo mejor. Yo debía tomar ciertas precauciones, y la primera regla del juego es que no te agarren con el dinero encima. Si tienen que endulzarte para que cantes dónde está, una condena de veinte años a perpetua puede reducirse a una condena de siete a diez. Al menos, para seguirte cuando vuelves a la calle. En esta pequeña correría, sin embargo, el enfrentamiento con los guardias podía alterar el esquema, si habían estirado la pata. El que estaba en la acera…

Un trabajo limpio, salvo por mi brazo agujereado. Y salvo por ese chico idiota. Si se hubiera quedado en el coche, yo no estaría sentado allí, improvisando porque un plan impecable se había malogrado. Sí, y si mi tía tuviera ruedas, sería bicicleta.

Traté de despejarme. Tenía mucho que hacer. Debía encontrar un médico. El médico sería un problema, pero lo resolvería en el momento oportuno. Me acomodé frente al volante y puse el Ford en marcha, y luego pasé un mal rato. Bunny había trabado el freno de mano con una fuerza que era excesiva para mi debilitado brazo izquierdo. La sal de la transpiración me hizo arder la vista hasta que al fin logré destrabarlo. El vendaje estaba empapado.

El sol que atravesaba el parabrisas me quemó los ojos cuando doblé la primera esquina. Aminoré la marcha al ver un par de letreros en los jardines, una inmobiliaria y un plomero. El tercero se ganó la lotería: Santiago E. Sanfilippo, médico. Pasé despacio. Un garaje conectaba con la vivienda. No había coche en el garaje ni frente a la casa.

No tenía tiempo para planes exquisitos. Crucé la entrada y me metí en el garaje. Me eché la chaqueta sobre el hombro izquierdo y atravesé el pasillo cubierto que conducía a la casa. Vi el consultorio a través del vidrio de la puerta. Tuve que golpear dos veces. Abrió un hombre con pantalones blancos y bata blanca. Un estetoscopio sobresalía de un bolsillo.

El doctor Sanfilippo era un sujeto alto, delgado y apuesto, de apariencia juvenil, tez morena y ojos negros. Tenía un bigote que parecía una ceja mal ubicada. Por el modo en que me miró, no se alegraba de verme. Mi silencio lo impacientó.

—¿Sí? —preguntó de mal modo. No vi ni oí a nadie en el consultorio—. Esta es una entrada privada. —Miró mi Ford por encima de mi hombro—. ¿Ese coche es suyo? ¿Por qué lo ha metido en mi garaje?

—Soy un paciente, doc —le dije.

—Entonces vaya por la entrada de los pacientes —rezongó—. Pero antes saque ese vehículo de ahí.

—Negociemos, doc. —Le mostré el Smith & Wesson, que casi le rozaba el vientre. Retrocedió en línea recta hasta tropezar con el escritorio. Entré y cerré la puerta—. ¿Está solo?

—Estoy solo —admitió con cara larga—. No guardo drogas en el consultorio —añadió. A pesar de su nombre, su inglés era mejor que el mío.

—Adentro, doc. —Le hice señas con el arma y lo seguí desde el abarrotado consultorio hasta una salita de paredes blanqueadas con una pileta en una esquina. Todo se veía muy limpio. Había un teléfono en el consultorio, pero ninguno en la sala de examen. Había una sola puerta, y yo me interponía. En la pared había un diploma enmarcado y me acerqué para leerlo. Parecía genuino, y luego me senté en un taburete blanco junto a la mesa de examen. No quería que un abortista improvisado me escarbara el brazo.

El doctor Sanfilippo me observaba con cautela. Me quité la chaqueta del hombro, y frunció el bigote al ver la camisa rasgada y empapada que me rodeaba el brazo.

—¡Madre de Dios! —jadeó en español. Echó una ojeada a una radio desvencijada apoyada sobre un armario verde. Volvió a mirarme el brazo—. Sabe que tengo que denunciar esto —murmuró.

—Y lo hará —dije para tranquilizarlo—. Pero usted es médico. Primero va a vendarlo. —Extendí el brazo—. Ahora mismo.

Sus rasgos lisos y pulcros aún expresaban conmoción.

—Esos guardias del banco… —murmuró, y tragó saliva. De pronto se le humedeció la cara.

—El brazo, doc —le recordé. Así que los guardias habían muerto. Sin saberlo, el doctor Santiago E. Sanfilippo había cruzado una línea invisible.

Se lavó las manos en la pileta, se las secó, me quitó el vendaje y me examinó el brazo.

—Calibre grueso —dijo profesionalmente. —Así es —concedí.

Se volvió hacia el armario verde. —Media ampolla de…

—Sin anestesia —interrumpí.

Se encogió de hombros. El que sufriría sería yo, y por su parte, cuanto más, mejor. Estaba recobrando el aplomo. Se sentía superior a ese sujeto sudoroso que lo amenazaba con un arma y tenía un agujero sangriento en el brazo. Pronto planearía mi captura. Presentí que este muchacho me facilitaría las cosas.

Puso una bandeja con objetos filosos en la mesa, y yo extendí una toalla sobre mis rodillas. Limpió, frotó, sondeó, desinfectó y vendó. Fue más brusco de lo necesario.

—No se mueva hasta que le ponga un cabestrillo —rezongó al terminar.

—Sin cabestrillo —dije. Recogí el extremo seco de la toalla y me enjugué la cara. Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta, echada sobre mis rodillas, y saqué el fajo de cincuenta billetes de cien dólares. Rompí el sello y me lo guardé en el bolsillo. Formé tres pilas de cinco billetes cada una sobre la mesa, y las empujé hacia él.

—Buen trabajo, doc.

Su expresión cambió de golpe. Se relamió los labios, mirando los billetes con sus ojos negros. Estiró la mano con vacilación, recogió el dinero, lo hojeó nerviosamente, lo guardó en una billetera y se guardó la billetera en el bolsillo.

Me levanté y empujé hacia él el taburete donde me había sentado.

—Siéntese, doc. Bien quieto. —Miré el espejo que había sobre la pileta y vi mi pelo corto y negro y mi cara dura y bronceada. Puse el arma sobre el borde. Abrí el agua y encontré una toalla limpia. Encorvado, podía verle los pies. Si lograba saltar sobre mí antes de que yo empuñara el arma, era más hábil de lo que yo creía. Con una mano me lavé el aceite y la tintura del pelo, y el bronceador de la cara y el cuello. Cuando bajé la toalla, Sanfilippo miró incrédulamente mi tez clara y mi pelo canoso.

—Usted es… un viejo —exclamó.

—Cuarenta y cuatro, doc. —Me palmeé el pelo cortado al rape—. ¿Esa nieve en la montaña? Muchos años de lavar tintura. —Se quedó boquiabierto. Lo miré de arriba abajo. Aunque era delgado, supe que no podría llevarlo a cuestas—. Camine hasta el coche delante de mí. Voy a amarrarlo y lo dejaré en el garaje.

No le gustó. Lo meditó. Pude haber predicho el momento en que respiró aliviado. ¿Le habría pagado si iba a matarlo? Claro que no. El muy imbécil no cayó en la cuenta de que si yo hubiera querido dejarlo transmitir la denuncia por radio no me habría visto sin la pintura de guerra. Siguiéndolo desde la sala de examen, recogí de su bandeja de instrumentos un objeto con mango de hueso y quince centímetros de acero. Me lo calcé en el cinturón.

En el pasillo saqué la Woodsman y me la puse bajo el sobaco, para tenerla bien a mano. Frente al coche, Sanfilippo se volvió y me miró expectante. Me mantuve a prudente distancia.

—Creo… que no me siento bien —murmuré, meciéndome sobre los talones. Caí lentamente, apoyándome en el brazo sano. Con los párpados entornados, vi la mirada de sorpresa de Sanfilippo. Yo tenía la mano derecha cerca de la empuñadura de la Woodsman, para frenarlo si se me venía encima o si intentaba huir del garaje. No esperaba que hiciera nada de eso. Había clasificado a ese hombre como un presumido, y mi ego me exigía ponerlo a prueba.

Me echó otra ojeada y giró hacia el Ford. Abrió la puerta trasera, y oí que revisaba el asiento. Pasó al asiento delantero. Exclamó algo en español, y volvió a la parte trasera. Yo le había pagado con billetes de cien. El botín tenía que estar en el coche.

El doctor se daba maña. No vi lo que usó —solo veía sus piernas bajo el Ford—, pero abrió la tapa del baúl en un santiamén. Oí un chirrido de metal roto cuando forzó las cerraduras de mis cajas de herramientas y las registró como un indio pelando un choclo. Volvió a maldecir entre dientes, y rodeó el coche al trote. Se acostó en el asiento trasero, dejando fuera las piernas.

Me puse de pie y me acerqué. Sanfilippo tenía un cuchillo, y estaba rasgando el asiento. En un par de lugares había llegado a los resortes. Saqué el instrumento quirúrgico del cinturón. El doctor apuñalaba el asiento, maldiciendo como loco, y de pronto reparó en mi presencia. Empezó a girar, y le clavé diez centímetros y medio entre la segunda y la tercera costilla. Me miraba por encima del hombro con ojos negros e incrédulos. Extraje el instrumento y se lo clavé de nuevo, luego lo aferré del cinturón y lo saqué del coche. Cayó como un globo desinflado, al principio despacio y luego con rapidez.

Aún empuñaba el cuchillo. Le dejé el instrumento clavado después de limpiar el mango. Me agaché para sacarle la billetera del bolsillo, la vacié, la limpié y la arrojé junto al cadáver. Para cualquier investigador sería un caso transparente: asesinado mientras perseguía a un ladrón desde el consultorio. Y, como bonificación, no habría balas que se pudieran comparar con las que habían liquidado a los guardias del banco.

Saqué el Ford del garaje y me dirigí hacia un gran motel de la 19 y Van Buren, el Tropics. Entré y me registré, con la chaqueta sobre el brazo vendado.

—Disfrutaré de su hospitalidad hasta que mi oficina me consiga una nueva línea de muestra —le dije al maduro recepcionista—. Anoche me asaltaron en Nogales y me desvalijaron. Ropa, muestras, cámara… se llevaron todo. Le pagaré una semana.

El recepcionista me expresó sus condolencias mientras me daba el vuelto.

—Hay tiendas excelentes a un par de cuadras, caballero. Lamento lo que le ha ocurrido. Espero que disfrute su permanencia con nosotros.

Tomé la llave con el número 24 y llevé el coche hasta esa unidad. Entré y cerré la puerta con llave. Me lavé la cara, me repantigué en un sillón, apoyé los pies en una banqueta y cerré los ojos. Necesitaba relajarme. Lo último que pensé antes de dormirme fue que la gente del banco tendría que pagar un dineral por esos vidrios.

 

Viví una semana en ese sillón, al margen de breves viajes al restaurante del motel. Sin cabestrillo en el brazo, no me animaba a meterme en la gran cama de dos plazas. El primer movimiento imprudente habría vuelto a abrir la herida. Con cabestrillo, habría sido como anunciarme con un cartel. Me quedé en el sillón.

Después del primer día no dormí mucho, pero dormitaba todo el tiempo. La mañana siguiente descubrí a un mozo avispado en el restaurante, le di una lista y lo mandé a comprar ropa, aclarándole que pidiera camisas de manga larga. Volvió con una mercadería que habría provocado la envidia de un ave del paraíso. Al principio me irrité, pero después pensé que no vendría mal que la gente mirase la ropa en vez de mirarme a mí.

Los periódicos de esa primera mañana estaban de parabienes. Dos guardias muertos en osado robo en pleno día. Los asesinos escapan con 178.000 dólares. Un delincuente y dos guardias abatidos en el tiroteo.

Miré un par de veces esa cifra de 178.000 dólares. Aun concediendo que el presidente del banco incluyera su cuenta de crédito personal —no sería precisamente una novedad—, era un detalle bonito.

Los periódicos suponían que uno de los prófugos estaba herido. Las descripciones eran interesantes, y bastante variadas. Un testigo declaraba que éramos cinco. Casi todos coincidían, sin embargo, en que había un sueco corpulento y un mexicano menudo. Como he dicho, mido casi un metro ochenta, pero he notado que un auténtico grandote no siempre parece tan grande. Solo hace que los demás parezcan pequeños.

Interviene el FBI, clamaban los periódicos. El viejo FBI. Hacía dieciséis años que no hablaba con ellos, y no planeaba hacerlo en los próximos dieciséis. Las huellas del chico los llevarían a St. Louis, y buscarían y rebuscarían en todos los pueblos intermedios. No les serviría de mucho: cuando se fue de St. Louis, el chico no sabía adónde iba, y Bunny o yo siempre lo acompañábamos para asegurarnos de que no hablara de más. Era improbable que las autoridades nos fastidiaran en la costa oeste de Florida.

En una página interior había un breve párrafo. “Médico apuñalado en garaje”, decía el titular en tipografía pequeña. La nota continuaba: “El cuerpo de Santiago E. Sanfilippo, médico de treinta y un años…”. Lo leí tres veces antes de dejar el periódico. La policía habría salido en busca de todos los matones y drogadictos conocidos. Eso tapaba el último agujero que el chico había abierto en nuestro plan por no quedarse en el coche.

No temía que apresaran a Bunny. Se mimetizaba con el ambiente. Era uno de los motivos por los que lo había escogido, aparte de su aplomo y su confianza en mí. Hace rato que estoy en este oficio. Dos sujetos con agallas y una indiferencia absoluta por las consecuencias tienen tres chances en diez de lograr un asalto bien planificado. Si uno de ellos sabe disparar como yo y el otro es Bunny, las probabilidades mejoran mucho.

La primera semana tuve fiebre casi todo el tiempo. El brazo necesitaba tratamiento, pero no podía darme ese lujo. Tomaba aspirinas a granel. Cuando la herida no palpitaba, picaba. La dejé palpitar y picar. La segunda semana la temperatura bajó, pero mis piernas parecían fideos. Me despertaba de mis siestas sudando a chorros, y tenía que cambiarme toda la ropa.

Me sentía solo en ese cuarto. Cuando me oculto en otras partes del país, siempre tengo un perro o un par de gatos. Me gustan los animales. De la gente puedo prescindir.

Durante los primeros cinco días los titulares anunciaron que nos habían visto en medio país, desde Guantánamo, en Cuba, hasta Nome, en Alaska. Después nos degradaron a la página nueve, y luego desaparecimos de las noticias. La tercera semana volví a interesarme en el menú, en vez de limitarme a tragar algo. El brazo se pondría bien. Un par de veces, cuando el dolor era insoportable, pensé en ir hasta Nogales en busca de un médico. Decidí no correr el riesgo. Aunque no vigilaran el resto del mundo, vigilarían esa frontera con México.

A mediados de la tercera semana fui en auto hasta el correo central. Desde la escalinata del frente podría haber arrojado una piedra en diagonal hasta el banco que habíamos asaltado. Vi que habían cambiado las puertas de vidrio.

Tenía una billetera llena de documentación falsa que identificaba al inexistente Roy Martin. Había dos sobres en la ventanilla, y firmé para recibirlos. En el coche rasgué el primero y saqué diez billetes de cien dólares pulcramente envueltos en papel impermeable. El segundo era un duplicado. No había ningún mensaje. El remitente era Dick Pierce, Entrega General, Hudson, Florida. Bunny había cumplido el plan.

Cinco días después llegó otro sobre. Siete días después no llegó nada.

El empleado del correo me entregó un telegrama dirigido a Roy Martin. Me alejé de él y lo abrí. problemas aguanta no hagas nada te llamaré. dick.

Miré aturdido los afiches de reclutamiento de las paredes del correo. Bunny estaba en problemas, sí, pero no eran los problemas que cabía esperar. El telegrama chirriaba. Al asociarnos, habíamos convenido en que un mensaje de cualquiera de ambos pidiendo un cambio de planes tenía que ir con la firma “Abie”.

Pero eso no era nada comparado con otro detalle. Aunque hubiera vivido hasta los ciento cuatro años, Bunny nunca me habría llamado por ningún motivo. La puñalada que le había dejado esa cicatriz morada en la garganta le había afectado las cuerdas vocales. Bunny era mudo.

Bunny no había enviado el telegrama.

Solo podía haberlo enviado alguien que hubiera interceptado un sobre con mil dólares para Roy Martin. Volví a mirar el telegrama. Lo habían despachado en Hudson, Florida.

Regresé al Tropics y busqué Hudson en un atlas. Era un pueblo al sur de Perry, en la carretera 19, camino a Tampa.

Me fui del motel.

El hombro ya no estaba resentido, pero todavía estaba rígido. Tendría que aguantar. Calculé que podía recorrer quinientos o seiscientos kilómetros por día sin matarme. Cinco días.

Conociendo a Bunny, sabía que había un solo modo en que podían haberlo sacado del juego.

Tenía una cuenta pendiente en Hudson, Florida.

Me senté al volante.




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