Otros tres poemas de Sergio Manganelli


Sergio ManganelliPoema 43

Anoche viajé sin luces.

Regresando en la memoria
hacia esa patria
de exilio inevitable
que es la infancia.

Y supe cuan riesgoso
es conducir la pena.

Las pupilas
debieran venir
con limpiaparabrisas.

Poema 44

Viene la muerte y se instala
en tu riñón
tu boca
o tus pulmones,
te taladra la sien
o desquicia tu sístole
y tu diástole.

Se amarra
como un ancla de inciertos
en tu hipófisis,
tapona tus arterias
o te ahoga
de tos sanguinolenta.

Le hace zancadillas
al frágil porvenir
y se come tus huesos
como un pac-man,
o invade tu torrente
con furias de probeta
y vergüenzas genéticas.

La cosa es que ahí está.

Apática y paciente,
callada, estéril, prolija.

Tan ingenua y tan muerte.

Usa cada mañana tu cepillo de dientes.

Se sienta a tu costado
en la mesa del bar,
amarga tu café,
ahuyenta a tus afectos,
y hace un guiño burlón
ante cada punzada
o mareo de alerta.

Ella sabe que al fin de cuentas gana.

Pero uno no es tan fácil.

Uno silba hacia adentro
aquello de Beethoven,
sonríe fugitivo,
abraza con más pausa,
prueba todos los postres,
entibia cada copa,
rehúsa puñaladas dialécticas
y revive en las faldas
que vuelan en la acera.

Mañana nos veremos
y si no, paciencia.

Poema 45

“O tal vez ese viento,
que te arranca del aburrimiento
y te deja abrazada a una duda,
en mitad de la calle y desnuda”
Joaquín Sabina

“Se prohíbe la mendicidad”
presumía el histérico letrero
en la puerta del bar,
miré al pocillo
y protesté con la boca
aún amarga:

Prohíbo que te enfríes,
que perfumes a invierno,
incites al amor
o retrases el sueño.

Qué tentación mandar! -pensé-
como un pretor flamante
en su silla de Roma.

Y dispuse más firme:

Prohíbo la orfandad,
los padres sin memoria,
los pibes sin infancia.

Prohíbo la tortura
y la sangría absurda de la barbarie urbana.

Prohíbo el dolor
y su luctuosa partitura de muecas.

Prohíbo que me espanten las brumas
y las intermitencias.

Prohíbo la usura
que desguaza naciones y enluta las paneras.

Prohíbo sea del prójimo
la mujer codiciada.

Prohíbo la jauría
de los inquisidores.

Prohíbo que haya pobres
durmiendo en las veredas.

Prohíbo que la muerte aquiete las caricias
y hiele la entrepierna.

Prohíbo al que predica
parábolas de lucro.

Prohíbo que prohíba
el mandamás de turno.

Prohíbo que las emociones gocen
de menos chance que los emoticones.
Prohíbo que te inquietes
y cierres la ventana.

Prohíbo el pelotón
de fusilar franquezas.

Prohíbo al almanaque
multiplicar semanas.

Prohíbo los quirófanos
de extirpar la esperanza.

Prohíbo la sordidez
de los que nunca aman.

Les prohíbo a tus ojos
cerrar de madrugada.

Prohíbo que tu pecho
se estremezca en mi magia.

Y para concluir este códice
de ajado desaliento,
solo pido un deseo,
una tregua,
un absurdo,
una impúdica gracia:

Que ya nunca me asalte
una noche sin tu alba.


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