Una banda sonora para Julio Cortázar, por Pedro de la Hoz


Julio Cortázar por Alberto Jonquiéres

A cada gran escritor lo acompaña una música de fondo. Nicolás Guillén con claves de trova y son; Alejo Carpentier, sumergido en las aguas vanguardistas de Caturla, Roldán, Stravinski y Va­rese; Gabriel García Márquez con sus vallenatos; Borges con una triste milonga en la bruma.

Julio Cortázar es jazz, puro jazz. De manera recurrente y explícita, tanto en su obra como en la propia vida. Respetaba el tango como se respeta a la lengua materna, podía discurrir sobre las novedades de la vanguardia europea de la medianía del siglo, dígase Stockhausen o Boulez; sintió curiosidad por lo que comenzó a llamarse hacia el final de su existencia músicas del mundo; y destinaba una parte de su discoteca a grabaciones del clasicismo. Escribió incluso en Un tal Lucas el deseo de morir escuchando el último quinteto de Mozart. Pero a ese mismo pasaje añadió:

… y el solo de piano de I ain’t got nobody en los dedos de Earl Fatha Jones.

El jazz entra y sale una y otra vez en la obra de Cortázar. Suelen citarse tres momentos paradigmáticos de esa entrañable relación con el complejo musical fraguado en el seno de las comunidades afronorteamericanas en el cruce de los siglos XIX y XX y luego, hasta nuestros días, desarrollado con suficiente aliento como para ser considerado una de las fuentes sonoras de mayor irradiación universal. Esos momentos se localizan en el relato ‘El perseguidor’, publicado en el volumen de cuentos Las armas secretas en 1959; el capítulo 17 de la mo­numental novela Rayuela, que vio la luz en 1963; y la crónica ‘La vuelta al piano de The­lo­nious Monk’, que refleja la experiencia de escuchar al in­novador maestro norteamericano en un concierto ofrecido en Ginebra en 1966.

Esta última quizá sea una de las páginas más iluminadoras sobre el género que se hayan escrito, no solo por la fuerza evocativa de la narración sino por subrayar algo que escapa muchas veces a la crítica: la libertad como una utopía en los dominios del jazz. En Rayuela, el conocedor se revela en las reuniones del Club de la Serpiente. Las voces cruzadas de los personajes en el capítulo 17 y los temas que se escuchan, al igual que las canciones que irrumpen en el capítulo 106, ofrecen una galería jazzística que ilustra las filias del escritor. No hay que hacer caso de la ortodoxia defensa que hace Oliveira de los tangos de la vieja guardia ni de su rechazo a la revolución del bebop. Jerry Roll Mor­ton, Louis Armstrong, Lester Young, The­lonius Monk, Bessie Smith, Eddie Lang, Oscar Petersen y Bix Beider­becker campean por la narración en un recorrido que va desde los orígenes en Nueva Orleans hasta los efluvios del free jazz.

Al Cortázar jazzista más raigal, sin embargo, hay que buscarlo en ‘El perseguidor’. El protagonista es Johnny Carter, un saxofonista norteamericano que encarna en la ficción la realidad de ese monstruo sagrado que se llamó Charlie (Bird) Parker. Cortázar dedica el relato a la memoria de este y en una entrevista explicó el origen del texto:

Yo acababa de descubrirlo como músico, había ido comprando sus discos, lo escuchaba con un infinito amor, pero nunca lo conocí personalmente. Me perseguía la idea de ese cuento y al principio con la típica deformación profesional, me dije: ‘Bueno, el personaje tendría que ser un escritor, un escritor es un tipo problemático’. Pero no me decidía (…) Y en ese momento murió Charlie Parker. Yo leí en un diario una pequeña biografía suya en la que se daba una serie de detalles que yo no conocía. Por ejemplo, los periodos de locura que había tenido, cómo había estado internado en Estados Unidos, sus problemas de familia, la muerte de su hija, todo eso. Fue una iluminación. Terminé de leer ese artículo y al otro día o ese mismo día, no me acuerdo, empecé a escribir el cuento. Porque de inmediato sentí que el personaje era él; porque su forma de ser, las anécdotas que yo conocía de él, su música, su inocencia, su ignorancia, toda la complejidad del personaje, era lo que yo había estado buscando.

En el relato, Bruno, el crítico de jazz y biógrafo de Carter-Parker, es el alter ego de Cortázar y trata de explicarse lo inexplicable; la naturaleza y el alcance de la creación de un músico fuera de serie. La clave está en el pasaje donde se desencuentran el protagonista y el también genial Miles Davis durante una sesión de estudio. El saxofonista interrumpe la grabación y grita: “Esto lo toqué mañana”. Otra historia también merece ser contada: la relación del escritor con el jazz lo llevó a admirar a una intérprete cubana del género, Maggie Prior, a quien conoció y escuchó en La Habana. La investigadora Rosa Marquetti ha dicho de ella:

Nadie puede confirmar las fechas de su nacimiento (en Santiago de Cuba, al parecer en enero de 1942) y muerte. No abundan fotos suyas y las cintas con su voz, transidas de tanto olvido, decidieron desaparecer. Sin embargo, su nombre está irremediablemente ligado a la historia de ese género en Cuba y también a momentos relevantes de otros no menos importantes. Leonardo Acosta afirma que fue ‘Maggie Prior, la única cantante además de Delia Bravo que se mantuvo durante más de treinta años dedicada al jazz’. El jazz es su seña identitaria.

En el 2009, al cumplirse 25 años de la muerte de Cortázar, Aurora Bernárdez, su primera esposa y albacea, dio a conocer una serie de textos del escritor rescatados del olvido bajo el título Pa­peles inesperados. Entre estos, un poema resulta elocuente, ‘Blues for Maggie’:

Ya ves
nada es serio ni digno de que se tome en cuenta
nos hicimos jugando todo el mal necesario
ya ves, no es una carta esto
nos dimos esa miel de las noches, los bares
el placer boca abajo, los cigarrillos turbios
cuando el cielo raso tiembla la luz del alba
ya ves
yo sigo pensando en ti
no te escribo, de pronto miro el cielo, esa nube que pasa
y tú quizás en tu malecón mirarás una nu­be
y eso es mi carta, algo que corre indescifrable y lluvia.
Nos hicimos jugando todo el mal necesario,
el tiempo pone el resto, los oseznos
duermen junto a una ardilla deshojada.


Fuente: Granma

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