Pampa de furias, novela (capítulo 29 / final) de José Adolfo Gaillardou


José Adolfo Gaillardou

Capítulo 29: LA DESPEDIDA SIN PARTIDA

–Hay que cargar todo…¡Hay que irse!… ¿Qué van a esperar?… ¿qué el hambre los consuma?… ¡Aquí está la carta donde Mario nos dice que debemos llegar hasta este punto de Córdoba y preguntar por don José Ibarrizábal… que ya está todo arreglado… Mario lo dice y hay que hacerle caso… ¡Vamos!… Hay que dejar… este infierno… Ya empecé a cargar mis cosas… ¿Por qué no se mueven?… –gritaba Diana como enloquecida.

–Y… ¿si esperamos un poco nada más…Ya no queda nadie por aquí. Todos se han ido… En el pueblo sólo queda la estación del ferrocarril y la comisaría. Y ésos están porque no se pueden ir…

–¿Cómo se van?… ¿Cómo pueden irse? –seguía preguntando con voz débil Bruno.

–Si se quedan mueren resecos.

¿Adónde se van?

–A cualquier parte. Cualquier parte es mejor que esto –repetía Diana con irritación y rebeldía.

–Bendito sea Dios.

–¡¡Sí!! ¡Sí!… Bendito sea… Vamos a cargar todo o le prendo fuego.

–¡Mujer!…

–¡Sí! ¡Mujer!… y bien mujer. Una mujer cansada que quiere que los hijos no se mueran de hambre y de sed, tapados por la tierra. Una mujer con todos los ovarios.. ¿Qué hay?… ¿No quieren venir? Me voy con mis hijos…

–Bueno… vamos. Pero no hay por qué gritar tanto… Todos estamos cansados… Todos nos quisiéramos ir, pero… uno no tiene toda la culpa, es que uno quiere ciertas cosas…

–Querer la muerte; es querer.. esto. Yo no me quedo un solo día más –mientras Diana se desahogaba, los hijos al verla en ese estado se echaron a llorar y le abrazaban las piernas.

–Vamos a marchar, Vicente.

–Yo me quedo –respondió secamente Vicente sin levantar la vista del suelo, desde donde había estado escuchando a Diana.

–Vamos… Esto no va a cambiar… Ya hace casi once años que está igual… Vamos… –insistió Bruno con algo de temor y queriendo convencer al cuñado.

–¡No! –fue la respuesta terminante.

–Nos iremos nosotros entonces –dijo mirando a Diana.

–Esto ha terminado –respondió Diana.

Todo lo envolvió un enorme silencio que duró horas. En esas horas se fueron cargando los muebles más grandes con la ayuda muda de Vicente. En los baúles se fueron poniendo las cosas más chicas, sobre la ropa. Las pocas aves que quedaban, se encerraron en la jaula se colocaron debajo del carro. Nadie se dijo una sola palabra durante ese tiempo. Ni siquiera se miraban a la cara. Cuando se iban a enfrentar bajaban la mirada.

Vicente, desde hacía unos meses, había perdido totalmente el cariño hacia sí mismo y por consiguiente, la noción de su propio destino. El pelo descuidado casi le llegaba a tapar el cuello, la barba renegrida, comenzaba a caerle sobre el pecho, transformando su personalidad de hombre ágil y dispuesto al trabajo y a la alegría, en un abandonado, indiferente a cualquier corriente de la suerte. Como la vieja casa había sido derrumbada, ahora dormía en el galpón de Bruno, sobre un sucio catre, entre el olor desagradable de los cueros, la lana, y las bolsas de cerda. Dormía a veces con los animales que entraban para resguardarse del frío y del viento. Se pasaba las horas enteras sentado, fumando, con los ojos clavados en la distancia, los codos apoyados en las rodillas y sin decir una sola palabra. Comía o no comía, le importaba poco. Cuando tenía unos pesos bebía sin que nadie lo viera. Dejó de escribirle a sus hermanos que insistían en que les contestara. Ahora estaba ayudando a cargar el carro grande con las cosas de los últimos que habían sido vencidos.

Cuando Bruno fue a buscar los caballos, vio a lo lejos contra el horizonte una nube negra. Era una nube igual a las miles que viera en tantos años, y de las que siempre esperaron que se descolgara un poco de agua. No hizo caso, pero la miró largo rato y siguió con los caballos… “Cuando salga el sol, aquella nube desaparece… Además para esa hora debemos estar en marcha ya…!. Los caballos entraron al corral y fueron atados.

Diana miraba dolorida a Vicente que se quedaba solo y en el estado espiritual que se encontraba. Quiso hablarle:

–Hay que afeitarse, Vicente… y, el pelo, está largo… ¿Sabes?… Te hace viejo… y sos más joven que yo…

Vicente no escuchó y siguió serio. Miró el cargamento desde la puerta de la cocina y preguntó como en el aire:

–¿No se olvidan nada?

–¡Todo!… –contestó Diana sin despegarle los ojos y también en el aire.

Los hijos estaban en la pieza cada uno arreglando sus cosas. No querían dejar ni lo más pequeño. Yuyo cargó con la paloma. Ceniza con el perrito, Terito el gato y Gatura con sus muñecas de trapo.

Bruno terminó de arreglar las últimas cosas para la marcha, engrasó y revisó los aperos. Hecho esto, se dirigió a la cocina para tomar algo y partir. Vicente estaba allí, en un rincón, con el mate. Diana preparaba el desayuno. Bruno se sentó y quiso hablar las últimas cosas con su cuñado.

–Bueno… Aquí no te queda nada, pero, te queda todo lo que teníamos.

–Gracias –contestó Vicente.

Se había hecho un silencio cuando el techo comenzó a cantar.

–¿Lloviendo?… –preguntó Diana casi con un grito de asombro.

–¡Parece! –contestó Bruno–. Algo de tormenta había esta madrugada.

–Y va a llover mucho –respondió Vicente sin salir de su postura–. …Es tormenta baja… y hay olor a agua muy cerca –continuó después de un breve silencio.

–¿Es posible?… Que tampoco nos deje viajar una nube cualquiera.

–No va ser una nube… Va ser el cielo entero –afirmó Bruno, que regresaba de la puerta donde había mirado la tormenta.

–¿Qué hacemos con las cosas cargadas?…–preguntó Diana como si en la mirada hubiera florecido el delirio.

–Descargarlas mujer… Si no tenemos lona para taparlas, habrá que descargarlas… Y, rápido porque se está viniendo fuerte… –respondió Bruno y quitándose el saco, salió a la carrera para el carro. Cerca lo siguió Vicente y Diana. Ya las gotas eran abundantes y el rumor del cielo indicaba que aquello era de verdad.

Bruno se subió sobre la carga y comenzó por alcanzarle a Vicente las cosas más pesadas. Diana corría con las mantas y los colchones. Cuando los hijos vieron a la madre entrando las cobijas y ropas, se quedaron como pensando…

–Están haciendo cosas de grandes.

–¿Cuándo van a dejar de jugar?…

–Después si uno hace cualquier pavada, lo retan.

–Yo sabía que iba a llover –dijo Ceniza.

–¿Por qué sabías?

–Porque el perrito anoche se estaba bañando con tierra.

Ahora ya las cosas se ponían serias. El agua caía cada vez con más fuerza. Vicente corría con baúles, sillas, camas, espaldares. Por allí se detuvo en medio del agua y tiró el sombrero en un charco, se tomó con las dos manos la camisa y sin desprender botones, de un solo tirón, la hizo pedazos quedando medio desnudo. El agua fría al castigar en la piel lo hizo sonreír cerrando los ojos. Bruno lo miró y sintió una enorme alegría. Diana se asombró al ver así a Vicente; hacía tanto tiempo que no lo veía con ese gesto. Bruno siente que también le molestaba la ropa y lo imita. Los dos hombres siguen trabajando bajo el agua, con el pecho desnudo. Diana ya no puede salir al patio. Recibe desde la puerta lo que le alcanza Vicente. Cuando el carro queda casi descargado, la lluvia se ha convertido en un diluvio, la cortina es tan densa que a diez metros no se distinguen. Pero Bruno y Vicente siguen atravesando el muro vertical de agua, hasta terminar. Ya se han formado charcos grandes; para caminar con más comodidad, se han quitado las zapatillas y arremangado Bruno las bombachas y Vicente el overol. La chata chica que llevaría a remolque del carro grande, con los arados y algunas herramientas, eso queda cargado. Le hace bien mojarse, así se lavan.

Los caballos estaban inquietos, porque la lluvia venía ahora con algo de viento y castigaba fuerte. Los hombres se dieron al trabajo de desatarlos. No se hablaban pero estaban rebosando de alegría, fácil era notarlo al verlos trabajar. Los animales buscaron reparo dando el anca al castigo y bajando la cabeza.

Ya está todo el trabajo de descargar terminado.

–Se hizo rápido –dijo Bruno en voz alta, para hacerse oír.

–¡Ajá! –contestó Vicente con toda la boca abierta.

Diana está sacando las ollas y cacerolas de los cajones para ponerlas otra vez en sus lugares. Los hijos la miran sin saber qué pensar.

–¿Cómo, no nos íbamos?…–preguntó Terito con mucho interés en su atravesada lengua.

–¿Quién habló de irse…? –contestó la madre concentrada en su trabajo, mientras se quitaba un mechón de pelo empapado, que le molestaba en los ojos.

–¿Entonces nos quedamos?… –insistió Yuyo para resolverse a dejar su carga, y para estar seguro de cuál era la última decisión de los grandes.

–¡Qué pregunta!… ¡Seguro que nos quedamos! –respondió Diana corriendo de un lado a otro, buscando entre la ropa un vestido seco para cambiarse.

Ceniza, Yuyo y Terito, se miraban y cuando la madre no los miraba, se largaron a reír, tapándose la boca. Gatura que estaba muy entretenida hamacando a Jesús, los miró y también se unió a los hermanos para festejar el chiste que les hicieron los padres.

El agua seguía cayendo sin contenerse, teniendo el espacio un interminable depósito que los truenos anunciaban. Comenzó a correr de las partes altas, buscando su nivel en forma de torrente. Los hombres estaban todavía bajo el agua, en medio del patio, sin decidirse a entrar. No querían abandonar el espectáculo maravilloso que el cielo les ofrecía como única gracia desde hacía varios años. Pocas veces se vio algo así: Que dos hombres inmóviles en medio de La Pampa quedaran absortos en la contemplación de la tierra recibiendo el oro de las nubes para el pan de sus hijos.

Bruno se acercó a Vicente. Cuando se miraron, descubrieron que los dos tenían los ojos llenos de lágrimas, que estaban llorando bajo el agua. Quisieron sonreírse y no pudieron hacerlo; ambos abrieron los brazos y se unieron con increíble fuerza. Quedaron largo rato abrazados desagotando a tirones la emoción contenida en el pecho, los dos cuerpos semi desnudos de los hombres, crecían rodeados por la densa cortina, que ahora, sin viento, bajaba a plomo sobre la llanura.

–¿Qué lindo, no?… –preguntó Bruno separándose del abrazo con una recia palmada en la espalda.

–¡Ajá! –contestó Vicente pasándose las manos por la cara para sacar el agua de la barba,

–¿Qué hacen afuera?… –gritó Diana desde la cocina–. Aquí hay ropa seca para los dos.

–Bueno mujer, allá vamos –respondió Bruno alegremente y marchando en esa dirección seguido de Vicente.

Cuando entraron, Vicente quiso ir primero hasta el galpón donde tenía sus cosas. A su regreso Diana había preparado café caliente que los hombres bebieron, después de quitarse la ropa mojada, pero sin quitar la vista de la puerta, desde donde se podía ver la gran fiesta de los campos. Diana se acercó a la ventana, y con los ojos en la lejanía, murmuró seriamente:

–Yo decía que tenía que llover, pero no me hacían caso.

Bruno y Vicente que la escucharon rieron para sí disimulando.

–¡Hermana!… ¿Dónde tienes un espejo?… –preguntó Vicente con los ojos vivos y alegres,.

–¿Para qué demonios quieres espejo?…

–¿Cómo para qué?… ¡Para afeitarme! –diciendo esto sacó la navaja y la brocha del bolsillo.

–Y también la tijera… Que Bruno es buen peluquero…

Bruno festejó el chiste con una carcajada, y Diana apareció con el espejo y los ojos dañados por algo de adentro. Abrazó fuerte al hermano y se llevó un pañuelo a la cara, agregando con firmeza en el tono:

–¡Bueno!… y que sea rápido todo, que mañana tengo mucho que hacer.

FIN


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