Pampa de furias, novela (capítulo 28) de José Adolfo Gaillardou


José Adolfo Gaillardou

Capítulo 28: VISIÓN

Bruno y Vicente agotaron todos los cansancios detrás de sus pasos; también la buscó mucho la policía, y la buscaron los vecinos y la buscaron todos, pero Cardo no aparecía, ni aparecería nunca entre las cosas de la vida. Cardo estaba definitivamente sola, en ella, en un mundo distinto. Estaba, quieta.

El día que enterró a “El Tigre”, comenzó a llorar y siguió andando llevada por el llanto. Caminó, caminó hasta las márgenes del monte y allí se internó. Andaba con el llanto a cuestas, cuando la sorprendió la noche. Seguía monte adentro, abriéndose paso entre las ramas espinosas, rasgándose las carnes y las ropas. Casi desnuda y sangrando entera, con sed, con hambre, hasta que cayó rendida y se volvió a levantar cien veces, hasta la última caída, hasta perder todo control. Allí quedó, perdida, abandonada en la noche del monte, que caía sobre ella con todos sus misterios y sus secretos. De ella llegaría a saber algo, vaya a saber quién ni cuándo, uno de aquellos, que por los montes de La Pampa, cuidaban su libertad, desde hacía tiempo puesta a precio por la justicia. Tampoco él se detendría en el examen, acostumbrado a llevarse la muerte por delante a cada paso. Llegaría a sabe algo, si es que los jabalíes, los pumas, las gatos de monte, los caranchos o los cuervos, dejaban un recuerdo de su cuerpo pegado al esqueleto. Allí había dejado Cardo su largo llanto, el estremecimiento débil y enfermo de su alma, el cristal de su carcajada abierta, sombría y desolada, y toda aquella ternura virgen que un día por maldad, le manosearan. Allí había quedado, a flor de tierra, de su tierra, la poca tierra del largo de su cuerpo.

Cuando don Abel Morales, llegó desde Buenos Aires con el nuevo administrador, se enteraron que las disposiciones tomadas por él, de desalojar a los chacareros, eran atribuciones que Luis, independientemente, se había tomado. Don Abel, buscaba encarnizado que la justicia lo apoyara para castigar a los culpables de la muerte de su hijo. Pero como el verdadero culpable no se encontró, la justicia fue justa.

La edad de don Abel y las nuevas costumbres de la ciudad, le hicieron preferir la venta del negocio, y marcharse de La Pampa.

Los colonos de toda esa zona, lamentaron la muerte del doctor Luis Morales, de distintas maneras:

–Un perro menos –decía uno.

–Por fin reventó, ese miserable –pensaba otro.

–¿De qué le sirvieron las leyes al doctor? –preguntaba el tercero.

–Que se vaya a robar al infierno.

–No lo salvó ni la plata que nos chupó.

–Está bien muerto este hijo de… don Abel.

–Así tenía que terminar.

–Este muerto hacía falta.

–Era hora que nos libráramos.

–Es un muerto que da asco… y alegría…

–Un muerto de mala muerte.

–Un muerto de velorio mudo.

–Nada bien se puede hablar de él.

–Un muerto sin virtudes.

–Con poca suerte el desgraciado.

–Se la ganó bien el porquería.

–Vivió trabajando por ella.

–Cuesta muchas muertes una muerte, así.

–Si el viejo se queda le pasa igual.

–Esperemos que el que venga sea mejor.

–Tendrá que ser… si no.

–Es malo hablar mal de un muerto –interrumpía alguna mujer.

–No se habla nada entonces.

Y así, uno y otros se acordaban de alguna manera del doctor Luis, pero todos coincidían en una cosa, en ser poco cariñosos con el muerto. Luchó en vida por conquistar esa muerte, a fuerza de querer morir como murieron muchos por esos lados.

Vicente y Bruno comenzaron el trabajo de desarmar el techo y las paredes de la casa vieja. Rescataron de los escombros, lo que podía ser útil, lo que podía venderse. Los muebles que se trajeron del camino estaban destrozados. La mitad de las cosas, se habían perdido entre la arena. A medida que iban sacando los tirantes de las chapas, los marcos de las puertas y ventanas, el alambre tejido del patio chico, los postes; aquello quedaba convertido en un montón de residuos, de cosas inservibles, de basura. Era difícil darse cuenta, adivinar, sentir, a través del pequeño lomo sobrante de barro y cal, que allí se levantaba, en ruinas, la vida enorme transcurrida durante tantos años. Ahora sólo eran restos, paredes caídas de un mundo que destrozó la guerra del cielo negado, del cielo siempre ausente, demasiado alto. Aquello en su inmovilidad era la historia; todo lo que se había podido recoger de la vida de un chacarero, para la historia agraria de La Pampa. Era lo que mañana en media hora, el viento, puro capricho y puro juego, lo cubriría para borrar el último recuerdo. Era nuevamente el principio, la nada misma dentro del todo común de lo mortal. Verlo a la distancia era someterse a dividir el pensamiento, cien veces, respondiendo a la pregunta ¿Qué será?, era conjugar lágrimas frente a la presencia de una verdad, de una idea de justicia, de un reclamo a los hombres de la tierra. Era decir fuertemente con toda la boca y el pecho abiertos, sin miedo y sin vergüenza, con orgullo masculino, con temblor emocionado: allí… allí entre esos escombros, hicieron nido los pioneros de La Pampa, un día en que las nubes llegaron cargadas de presagios a los sueños… Allí los hombres de otras tierras y otros cielos, lisos como el agua y sencillos como el pan, un día clavaron su corazón y su mirada en forma vertical sobre lo agreste de esta tierra, para definirse llanamente, entregando un abrazo abierto y recibiendo un sol de amaneceres para edificar destinos. Allí, por cualquier parte de La Pampa, por donde los ojos caigan cansados en la tarde, por donde caminemos, por donde se nos ocurra pronunciar un nombre, con la mirada quieta y el pulso decidido, allí donde ahora se levantan como centinelas torturados los ranchos abandonados, las taperas, los escombros, allí han palpitado entrañas poderosas, tremendas, que volcaron sobre la comba de los surcos con un temblor en cada fibra, el hijo medio gringo y medio tierra, pero todo argentino, como un agradecimiento, queriendo pagar con eso, las tantas bondades recibidas de esa tierra, que silencio a silencio, le penetró los socavones de la sangre, el túnel medular, los puentes de la idea, para llegar a quererla tanto, como si fuera aquella lejana tierra perdida por la Italia de su santísima fe. Ahora, se amontonaban los inviernos, uno sobre otro, llenando de esqueletos la llanura, blanqueando en las arpas de los costillares, como pequeños hemisferios de hueso limpiados y cuidados por los cuervos y los buitres, que rondaban vigilantes, las altas extensiones, donde el viento seguía pasando como una caricia lacerando celosamente los perfiles vencidos de los médanos. El viento seguía enterrando en pequeños remolinos, los caracoles, las estrías, las cabriolas, los pétalos que formaba con la arena; seguía paleteando sin premura, genialmente, sobre la tela horizontal de sus dominios, los azules apretados, las variantes del marrón, los grises de abandono y los fuertes amarillos de todo lo viviente. El monte entero levantaba sus brazos al cielo, prestándole manos a la tierra para el rezo, implorando con la voz de sus raíces disecadas, una gota, una gota, una sola gota de agua. Ahora… apenas quedaba, y a lo lejos, en el recuero de lo bueno, un tierno rumor de canzonettas parpadeando por las noches… Quedaba apenas, un puñado de hombres en cuyas credenciales… de las frentes se leía: Señor Capitán de las Manceras… Señor Machetero de los Vientos… Señor Combatiente de los Trigos… Señor Teniente de los Surcos… Señor Soldado de las Llanuras… Señor Almirante de las Nubes… Señor General de los Arados… Señor Fogonero de la Luna…Señor Fraguador de la Simiente… Señor Centinela de las Tormentas… o simplemente señor jornalero de horizontes.

Quedaba aquella pequeña brigada de hombres, que ahora estaban con las manos calladas, esperando, preparando un nuevo contrabando de ilusiones para sangrar de nuevo bajo los cielos de La Pampa. Y morirían allí porque eran los fuertes, los vitales, los puros; eran los que no precisaron firmar contratos con la tierra para que ella los guardara, los retuviera un solo minuto. Aquéllos eran los “Machos” –como decía Pietro–. Tenían la muerte comprada a plazos y la iban pagando poco a poco, descascarando el calendario con las uñas, con la sonrisa guardada en los baúles que llegaron por el mar, allá junto al acordeón de ocho bajos que está desde hace años, apretando una vieja fotografía de mujer. Ellos estaban y estarían allí, firmes como mojones en el tiempo. Algunos tenían todavía una mirada ultramarina y en el paladar, a veces, un gusto a aguas cargadas de puertos; ésos eran los que vinieron escondidos en los vientres de las gringas paridoras, eran los hijos de mujeres elegidas por Dios para llenar de hombres La Pampa; sangre toda torrente y toda amor, labradora en el predio y molinera en las vendimias; eran los herederos indiscutidos del dolor del viento y la alegría de la tierra. Eran una sola garganta de gavillas en el grito frutal de los amaneceres del cereal. Los que quedaban, no eran sólo fuertes ni valientes, eran la patria misma redoblando en los destinos; eran el espejismo que tallaba en los comienzos, un futuro de soldados siempre vencedores de la tierra. Eran los hombres de la tierra, de esa tierra sin cielo, de esa PAMPA DE FURIAS, que tanto hacía doler cuando se amaba.

De la venta de aquellas chapas del techo y los tirantes, se consiguieron algunos pesos para comprar semilla. Hay que seguir trabajando. Ahora no duele tanto sembrar y que no salga nada, ya se está acostumbrado.

–No importa que no llueva. Lo importante es trabajar –discutía Bruno.

–Es una lástima –agregaba humildemente Diana.

–Se siembra… Si llueve, bien, si no también. Si para el viento, bien, si no… –continuaba Vicente.

–Que sea lo que Dios quiera.

–El estómago, está acostumbrado, los ojos están de acuerdo. Nadie se opone a nada, y esta mujer tiene miedo… Yo no sé –opinaba Bruno con un movimiento de hombros.

–¡Bah!… que más da… mujer –aconsejaba Vicente a su hermana.

Vicente se encontraba demasiado solo frente a la tierra. Muchas tardes se encontraba con los reproches…”¿Por qué no pensaste que un día te ibas a sentir solo? Dejaste ir la vida y hora te pesa… ¿Qué será de Anita, la hija de Ricardi?… Aquella hermosa joven que tanto hizo para que yo la quisiera.. Claro que en aquellos tiempos, había que jugar un poco con el amor. La vida es demasiado hermosa… Ahora la soledad se agranda, el tiempo ha pasado, y todo se ve distinto. Hasta miedo se siente, de estar solo… Menos mal que trabajando, se está siempre acompañado…”.

Todo lo sembrado ese año, todo lo trabajado, se hizo aire…


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