Pampa de furias, novela (capítulo 27) de José Adolfo Gaillardou


José Adolfo Gaillardou

Capítulo 27: EL DESALOJO

Luis cargó dos escopetas en el camión, además de un hacha, una soga, y una cadena larga. La pistola y la carabina irían con él.

–A la chacra de Moretto –fue la orden que dio con voz decidida.

Cuando el camión se detuvo en el patio grande de la casa vieja. Cardo se encontraba amasando el resto de harina que le diera Diana. Ella escuchó el ruido de los motores. (Detrás del camión apareció el coche de Luis) y no levantó la vista de su trabajo. Ceniza y Yuyo que jugaban cerca del molino, salieron corriendo con la noticia a la madre, pero Diana ya estaba atenta. Tres hombres se dirigían hacia la casa. Uno de ellos era Luis, que empuñaba una pistola. Diana no precisa preguntarse nada, todo se adivina al ver la decisión de los hombres… “Si Bruno y Vicente no hubieran salido esta mañana…” –piensa Diana–. Entran al patio chico y llegan hasta la puerta de la cocina. Cardo levanta la vista y reconoce al monstruo. Un frío le recorre todo el largo de su cuerpo, pero no se le advierte.

–¡Vamos! Tenés que volar de aquí. Agarrá tus porquerías pronto, que no puedo perder más tiempo con ustedes… –le gritó Luis empuñando el arma con firmeza.

Cardo vuelve su vista al amasijo y sigue enterrando las manos y trabajando aquella masa, con el mismo cuidado y la misma lentitud que lo estaba haciendo hace unos segundos. Luis está parado con las piernas abiertas y la cabeza algo baja, mirando a Cardo como si fuera un toro en celo, que de repente saltará sobre su presa. Sin despegar la vista de ella, con la otra mano, comienza a tirar sillas para afuera. De un solo tirón arranca cortinas y un cuadro.

–¡Carguen toda esta basura!… –le grita a los que esperan en el patio.

Viste botas de caña larga y las usa para sacar a las patadas a ollas, platos y ropa que descuelga y saca de todas partes.

Cardo continúa impasible mientras en su pensamiento juegan unas palabras… “El pan no debe ser interrumpido… Ellos pueden esperar… Todo puede esperar menos el pan…”. Tiene los brazos, la cara, el pelo, las manos, con harina y sigue como si a su alrededor no estuviera ocurriendo nada. Esto le da confianza a Luis que sigue con los muebles, mesas, aparador, perchero, cobijas, papeles.

–¡Rápido!… carguen todos estos cachivaches… –insiste en alta voz sin soltar el arma de su mano derecha.

Los hombres meten las cosas más chicas en bolsas y luego desde el suelo, las arrojan con fuerza al interior de la caja del camión.

Luis dirige la operación con energía. Ahora los hombres están desarmando la cama chica. Uno sale con el colchón al hombro, otro con el elástico. Todo va a parar en un solo montón al fondo del camión. Luis ya no hace caso de Cardo ni ella se interesa por lo que está ocurriendo: sigue amasando y amasando sin descanso. Luis da una coz a un cajón con cartas y fotografías. La casa va quedando limpia y el camión se va llenando. “El Tigre” y “El Pampero” miran asombrados al ver la mudanza tan extraña. A Luis termina por sublevarlo al último límite, aquello de que Cardo no se dé por enterada de lo que está ocurriendo.

–La infeliz ésta, ni sabe lo que le está pasando… Vamos a ver si se entera dentro de dos minutos. Te vas a ir a hacer tortas a la calle… ¡Imbécil!… Carguen este cascajo, para que baile, así se entretiene esta noche… –vocifera Luis mientras tiraba por la puerta el fonógrafo y una pila de discos.

Desde la otra casa Diana observa detenidamente, el movimiento. Se ha encerrado con los hijos y mira a través de la ventana. Está serena…¡Qué raro!… Tiene un mechón de pelo que le cae sobre un ojo y ni siquiera parpadea. Se humedece los labios y piensa… “Veremos qué hacen cuando vengan aquí… A Cardo no la veo. ¿No estará?… Aquí estoy yo para esperarlo…”.

Ahora Luis está terminando de cargar algunas cosas de la pieza de Vicente.

–¡Carguen lo más grande!… No pierdan tiempo con los andrajos –agrega Luis tirando por la ventana los cuadros de Pietro y de Dominga.

Cardo sigue delante del enorme amasijo; de tanto en tanto cuando oye alguna maldición, quisiera reírse, pero se detiene pensando… “¡Primero está el pan… después habrá tiempo para reír… Esto no se puede interrumpir por una pavada… Es sagrado…”.

Ahora le ha tocado el turno a la mesa donde Cardo trabaja.

–¡Vamos!… Idiota… tenés que volar. Demasiado bueno he sido con ustedes… Movete o te sacamos a patadas.

Cardo se ha detenido y los mira con asombro, con los ojos del espanto porque se ve rodeada.

–Tengo que terminar esto –dice con voz suave y extrañada.

–Está loca ésta… Hay que proceder de otra manera.

Cuando ella ve que Luis se le acerca y la toma con brutalidad por la cintura, ella entierra las manos en el amasijo y se aferra a él.

–¡No!…No… esperen. Todavía falta… El pan es mío… Un rato más y ya estará… Todavía no… –gritaba desesperada Cardo.

En la voz de esa mujer resonaba el tono dramático de un tiempo de tierra cansada, que de repente se aviva con una llamarada y florece en las ruedas molineras obedeciendo el capricho de un viento pasajero. Había un tono de distancia y de miedo, que hizo estremecer a ese hombre sin alma, pero que, para cubrir sus temores soltó una carcajada agria y burlona. Luis sostenía en el aire a ese montón humillado y escarnecido de carne desoladoramente humana. Ella demandaba el auxilio de un grito pequeño, mientras blandía por el aire los remos de sus brazos que mantenían en cada mano, el trozo de amasijo con el puño cerrado como la boca de un muerto. Los cabellos eran la bandera hecha ramaje deshilachado, de un esqueleto arrancado del fondo de las aguas. El rictus amargo de sus labios formaba el diagrama macilento de una vida quebrada, destruida, entregada. Mantenía en sus ojos, a veces, el opaco color de lo que anda sin destino. Ahora, el mismo que quebrara su tallo de alegrías, era el que pretendía talar de un escupitajo, el último residuo de su vida. La llevaba bajo un brazo como quien levanta un perro. Ella no soltaba su puñado de amasijo, ni su voz la entregaba con blandura:

–No… Todavía no… También hay pan para ustedes… Pero falta.

–¡Vamos animal…! Yo te voy a dar pan.. ¡Mamarracho! –y al decir esto, la arrojó a unos metros fuera de la casa. Ella al caer quedó inmóvil–. No vaya a ser que se te caiga algo encima y te tengamos que pagar por buena –agregó Luis y tomándola de un brazo la arrastró hasta el patio.

Cardo quedó sin sentido y con los puños apretados. “El Pampero” se acercó, la miró con ternura y comenzó a pasarle la lengua por la cara.

Para Luis, hay todavía una cosa importante que hacer. Ordena las cosas con la idea firme.

–Traigan esa cadena.. Pásenla por la ventana, y agarren el mojinete… Que abrace todo y saquen la otra punta por la puerta. Muy bien… Ahora aten aquí la soga gruesa y atraquen el camión. Se prende en el gancho de remolque y se le pega un tirón, fuerte, para que se venga todo abajo… Esta es la única manera que hay que hacer para librarse de esta plaga. No tiene que quedar nada en pie.

El pesado camión hace rugir su motor. Las manos se aferran al volante, los ojos se clavan en la huella, el cuerpo se inclina levemente hacia delante y una de las piernas afloja la palanca pedal que impulsa con fuerza la máquina. Hay un ruido de chapas, vidrios rotos, maderas que se quiebran, paredes que dan contra el suelo. Una nube de polvo envuelve las ruinas y se levantan hacia el cielo como una enorme mano que quisiera buscar un apoyo en el aire. El camión detiene la marcha y la cadena es desenganchada.

–Ahora pasen la tranquera del camino y tiran todo en medio de la calle –ordena Luis y los hombres obedecen.

Cuando el techo de la casa se desplomaba, Cardo había recobrado el conocimiento. Hasta sus oídos llegó un quejido de dolor que le hizo incorporarse de un salto y correr hasta los escombros. Volvió a oírse la queja pero esta vez, más apagada. Cardo reconoció la voz, era “El Tigre”, su perro amigo, que había sido aplastado por los tirantes del techo.

Bruno y Vicente, se encuentran en el monte, pero hasta ellos ha llegado el rugir del motor cuando imponía su fuerza para destruir un nido. Se miraron a un mismo tiempo. La casa estaba lejos pero se vio caer. Se vio desde la distancia venirse al suelo, como si de desinflara. Cuesta levantar una casa, cuesta un tiempo pacífico donde se van acomodando lentamente centímetro a centímetro, además de las ilusiones, la cucharada de barro, el ladrillo, el adobe, o la paja retorcida, si es el rancho criollo. Cuesta llegar al techo, conseguir la protección y la luz. Cuesta en las manos del obrero, en los cálculos del pobre y en el alma del que sueña. Luego cuesta mantenerla (llenarla; además de una mesa y una cama), hace falta aquello que reviste las paredes de un tono amable, de un aire de caricia, de un todo de amor, que le pone el hombre y su ternura, cuando la pequeña hoguera encendida se alarga hasta los límites del cariño. Mantenerla más tarde en el orgullo de la dignidad familiar y cotidiana. Cuesta cuidarla en el honor y en la honradez, de que no se manche con sombras ni con burlas. Cuesta vigilar las hendiduras por donde no deben salir los secretos de la intimidad hogareña que van formando hora por hora, el caudal de aquella fuerza que nos defiende de todo cuando la marea insiste en derribarnos. Cuesta, cuesta toda una vida de sacrificio cuando Dios se ha dignado pintarla con hijos y adornarla con el material que ellos bien merecen, por ser hijos. Cuesta hacerla fuerte para que los vientos o los egoísmos, no la volteen. Para que resista el tiempo, para que soporte todo: cuesta, además de conseguir el pedazo de tierra donde se afirmarán los cimientos, conseguir el pedazo de cielo, bajo el cual se levantará como una consigna, el conjunto de cuatro paredes y un techo. Una casa cuesta años para lograr que sea de uno, con el aire y las costumbres de uno, con las virtudes y defectos de uno. Una casa cuesta… Dios mío si cuesta… Y en qué pocos segundos se ha venido abajo. Desde lejos parecía un rompecabezas, que tocando una pieza se desarma. Las alas de un pájaro grande que se acostó en el suelo. Pero eso, sólo a la distancia, porque allí en el lugar, estaba derrumbado el cielo, triturado por las mandíbulas del lobo que se había quedado mirando hacia el camino en actitud de vigía. Uno de los perros chicos, el de Ceniza, como si comprendiera el crimen salió a hacerle frente. Luis no tiene más que agacharse y recoger un látigo de trenza larga, que ha escapado del cargamento. El animal contiene su pequeña furia y aguarda.

Bruno y Vicente desatan los dos caballos del carro y montando rápidamente se largan a toda carrera. Bruno tiene los ojos y el corazón en un solo punto. La sospecha se le agranda en la imaginación… “¡Todavía no han llegado a casa”… Vicente los sigue a todo lo que da el animal. Trae un gesto firme y su mirada parece expresar: “Esto tenía que ocurrir”…

–Deben ser más de uno –grita Bruno.

–¡Claro, que son varios!…

–Crucemos campo y entremos por atrás –ordena Bruno.

Luis espera el camión, y luego se dirige a la casa donde Diana lo aguarda a puertas cerradas. El hombre, lleva el demonio en el alma y se acerca con la misma decisión, pistola y látigo en la mano. Diana tiene la escopeta entre sus manos, levanta los gatillos con todo cuidado. Tiene las mandíbulas apretadas y los ojos serenos; luego lleva el arma hasta sus labios y la besa sin quitar la vista del camino. Los hijos se han hecho un solo abrazo temblando, sin saber qué preguntarse, pero sabiéndolo todo. Luis avanza a grandes trancos y ella apoya el caño del arma en el marco de la ventana, agachándose para no ser vista.

–¡Ahora le toca a estos mugrientos!… Si joden mucho le prendo fuego a lo que queda… –vocifera Luis mientras acorta distancia.

–Quiero verte, ya que sabés tanto, si te sabés atajar la que se viene –piensa Diana con pasmosa decisión y apoyando la cara sobre la culata para tomar puntería–. No quiero errar… Esperaré a que esté bien cerca.

Bruno y Vicente ya vienen llegando. Los caballos están agotados, pero, felizmente falta poco. Ellos castigan sin lástima. Luis está llegando también. Diana lo aguarda. Los niños parecieran rezar… ¡No erres, mamita! El perrito de Yuyo está al lado de ellos, mirando las manos que empuñan la escopeta y mueve la cola en gesto de expectativa como si dijera: “Bueno hombres, por fin una mujer, va a arreglar cuentas con este perro grande”… y no aguantando más, sale por su cuenta saltando por la ventana que da al lado opuesto, y rodeando el rancho, cuando Luis apenas si está a cincuenta metros, lo ataca con toda valentía. El galope de los caballos se ha detenido. Los hombres saltan al suelo. Luis levanta el látigo y lo descarga con todas sus fuerzas en el lomo del animalito. Cuando éste soltaba un alarido de dolor, los dedos de Diana se contraen y el índice presiona. Suena el estampido de un disparo. Bruno salta en ese momento por la ventana trasera seguido de Vicente. Tras el estruendo de la descarga Luis se contrae llevando las manos al pecho y retrocede con un gemido de toro salvaje, grueso, áspero y seco. Los dos hombres se han largado del camión gritando, con las manos en alto (tienen armas pero no son criminales):

–No tiren.. Somos peones… No tiren…

Bruno se abalanza sobre Diana y le arrebata la escopeta. Ella se desliza por la pared y cae arrodillada.

–¿Qué has hecho?

–¡Lo maté!… ¡Lo maté…! Por fin está muerto… –decía Diana fríamente.

Se había equivocado. Lo que le ocurrió a Luis, es que fue alcanzado por algunas municiones en el pecho, y el ardor de la penetración lo hizo contraer. Además él lo ignoraba, pero, la sangre que le empapó las manos lo asustó, como lo asustó la inesperada sorpresa de que llegaran a quererlo matar. No los creía capaces de eso, de que además de ser chacareros tramposos –como él decía– fueran asesinos. Luis corrió a resguardarse entre los escombros de la casa que terminaban de desalojar. El miedo le hizo perder las armas. Corrió encorvado y como si quisiera con las manos, contener la sangre, hasta donde estaban las chapas retorcidas y maderas rotas. Cardo lo vio llegar. Ella tenía entre sus brazos, el cuerpo sin vida de “El Tigre”. En los puños cerrados, todavía quedaban restos del amasijo; ahora estaba manchado, no sólo de tierra sino de sangre del perro, de esa sangre que brotaba a borbotones de la herida hecha por la punta de una chapa al clavársele en el cuerpo, y bajaba por los brazos hasta penetrar en sus ropas destrozadas y llegarle a la piel, todavía caliente. Desgreñada, de pie, con la cara manchada de harina y las ropas sangrientas, ofrecía un espectáculo conmovedor y fantástico, teniendo como escenografía de fondo, las ruinas, el esqueleto de una vida, el cadáver de un hogar. Con el perro muerto su figura crecía, se agigantaba. Los brazos en forma de cuna, mostrando los muñones del pan malogrado entre sus dedos, donde se retenía el coágulo monstruoso, parecían darle solemnidad a la magnitud del acontecimiento. Ella tenía los ojos firmes, detenidos en la figura de aquel hombre que ahora buscaba, quejándose, un lugar de resguardo entre esas sombras, estaba inmóvil esperando sin pensar, la terminal de sus pasos. Ahora sí… Ahora venía el tiempo de reír y de reír a carcajadas. Luis al llegar a un hueco, donde tiene que entrar casi de rodillas, no alcanza a ver un tirante que ha quedado en forma de puntal, sosteniendo la mitad del techo, lo roza con la espalda y aquella cuña zafa de su punto débil de apoyo, derrumbándose. Ha quedado imposibilitado de moverse, pero no apretado. Ahora debe esperar hasta que pueda recibir ayuda de la gente que ha venido con él. Cardo afloja los brazos y el muerto cae como un trapo a sus pies. Tiene un gesto amargo, reseco. Aquellos ojos, que no ha despegado del lugar donde sabe que se halla Luis, ahora parecen inflamarse de odio. Entre tanto Vicente ha salido al patio y distingue a Cardo que camina lentamente en dirección al horno donde hace apenas unos minutos ha estado cortando leña para calentarlo. Vicente piensa que ha llegado el momento de enfrentarlo solo, y corre con la boca seca y llena de venganza. Mucho tiempo estuvo esperando este tiempo, ahora serán sus propias manos quienes den cuenta total a este pájaro de aventura:

–¡Atraquen el camión aquí! ¡Rápido, animales! –gritaba desesperado Luis desde el escondite, a su gente que estaba inmóvil junto al camión.

De repente siente pasos entre las maderas y mira. Lo asalta el terror. Allí tiene la imagen de la muerte, pero ésta no esgrime una guadaña, no, empuña un hacha de desmontar y la tiene tomada con las dos manos.

–¡No, por favor, Cardo!… ¿Qué vas a hacer?… Acuérdate que nos hemos querido mucho… Te lo ruego… ¡No me mates! ¡No me mates!… ¡No quiero morir!… ¡No quiero morir!… –suplicaba temblando de miedo y casi llorando Luis. Había juntado las manos en tono de súplica dentro de aquel cerco, donde apenas cabía su cuerpo–. Querida, no hagas eso… Sálvame y te prometo… Te juro que te haré dichosa… Te haré…

Cardo, serena como si no escuchara, como si estuviera haciendo algún trabajo que le mandara alguien, con la misma impasibilidad con que hacía el pan, con la misma seguridad, levantó por el aire con todo el largo de sus brazos, el hacha, y como si estuviera partiendo leña para el horno, la descargó con toda la fuerza de su alma sobre aquellas promesas que empezaban a surgir atropelladas, de la boca temblorosa y de los ojos en lágrimas del hombre que imploraba con las manos como en un rezo; el hacha cayó y se enterró en el hombro. Se escuchó un ¡ay! Tremendo, agudo, que traspasó la sangre. Ella, inconmovible, tranquila, desenterró su herramienta de las carnes y nuevamente la blandió por el espacio. Todavía la miraban los ojos de Luis, la miraban con lágrimas y dolor, arqueó algo su cuerpo hacia atrás para buscarle mayor impulso al golpe y luego la bajó incrustándola en la cabeza. Por fin cayó. Cardo, con los brazos enharinados y ensangrentados por el otro muerto, dejó el hacha a un costado y comenzó a librar el lugar, de algunas chapas y maderas, cuando descubrió el cuerpo caído, de lo que estorbaba, hizo un gesto de repugnancia y luego comenzó a gritar, levantando nuevamente el hacha:

–Estoy loca… Sí… Pero hoy quiero matar a mi locura… Quiero matarla… Ahora ya no estaré loca… No estaré más loca… –y vuelve en incontenible furia destrozando parte por parte el cuerpo del doctor Luis–. Estoy matando mi locura… –En ese momento aparece Vicente y la arrebata de un tirón. El hacha quedó clavada en ese montón de prepotencia, de odio, de ruindad, de valentía, que cuando se vio sin armas, indefenso, bajó a la cobardía de no saber morir, suplicando y rogando por el miedo espantoso de dejar la vida, donde tanto daño y heridas había cometido.

–¿Cardo?… –gritó Vicente para reanimarla. Ella quiso reír pero la agitación no la dejó. De un ademán brusco se zafó de las manos del hermano y retrocedió espantada.

–¡Déjenme!… Maté mi locura… La maté… –al decir esto salió corriendo hasta donde estaba el muerto amigo, el muerto de su alma, el perro.

Bruno viene corriendo en esa dirección, cuando ve a Cardo envuelta en sangre y tierra y harina, que se agacha para levantar al animal sin vida. Luego de buscar la dirección del viento, camina lenta y silenciosamente. Vicente está pensativo observando el cuadro cuando Bruno se acerca.

–Todo escombros… –le dijo Vicente señalando el cuerpo deshecho.

–Lo que él quiso destruir, fue lo que lo mató –reflexionó Bruno.

–¡Ajá! La inocencia y la tierra.

–Va a estar contento el infierno, con éste.

Diana está rodeada de sus hijos y le tiemblan las manos con el pensamiento que insiste en preguntarse: “¿Lo habré matado?… pero, no soy una asesina”…

Bruno y Vicente se acercan hasta el camión:

–El patrón está muerto –le dice Vicente al primero.

–Carguenló si quieren y se lo llevan al comisario.

–Mejor que venga el comisario y lo vea –sostuvo Vicente.

–Diganlé la verdad. Que una mujer lo mató a hachazos.

–¿Nosotros no somos culpables, señor? –pregunta asustado uno de ellos.

–Ustedes sabrán, si han hecho algo –contesta Bruno.

–Son poca cosa para ser eso –agrega Vicente con intención de herirlos.

–La justicia sabrá… –sostuvo Bruno y no dando más importancia se dirigió hasta su casa.

El camión salió a toda velocidad. Diana lo ve partir y piensa… “El resto de la culpa… Pero la culpa grande ya está muerta… y yo lo maté…”. Cuando Bruno le refiere lo que ha sucedido, Diana respira hondo.

–Ahora estoy más tranquila. Quería saber si estaba definitivamente muerto. No importa quién lo mató. Importa que esté muerto –repetía Diana con todo el odio y a la vez la liberación de las palabras.

Cardo marchaba solemnemente en dirección a la cumbre de un médano; mientras tanto, le hablaba a su compañero asesinado…

–Has visto, Tigre, ya no tengo miedo… Lo maté al miedo… Está muerto en la misma casa del miedo… Ahora tengo ganas de llorar… Los ojos me duelen… Quiero saber si tengo lágrimas… Como aquéllas que tenía, un poco antes de bailar un vals con el miedo… Aquéllas que mojaban la cara… No estoy triste… No me duele nada…y quiero llorar… ¡Yo no tengo viento!… También lo maté al viento… ¡Qué raro!… Ahora me pega en la cara y no adentro… ¡Tigre!… –grita con toda la voz mirándolo fijo– ¡Tigre!… ¿Oyes?… Ya no me duele el viento… Ya no me duele…¿Y el pan dónde ha quedado?… ¿Dónde?… Lo mató el pan. Quiso desalojar al pan, y el pan lo desalojó a él… El mismo techo lo hizo todo… apretó el amasijo y lo apretó a él… Fue la venganza del pan.. El pan tiene razón…tiene todas las razones, él se la quiso quitar y lo mató… Fueron estas manos que ayudaron al pan para la muerte… Ya no están frías además…

Ahora, había llegado a la misma cumbre del médano. El sol, ocultaba su cara de vergüenza. Un cielo opaco era el único testigo de aquella escena donde parecían darse cita, las honduras de todas las resignaciones con un esbozo completo de las culpas. Aquello, que parecía refirmar la existencia del fatalismo terrestre. Cardo frente a ese cielo, en su apostura de paréntesis, ponía el tono doloroso en medio del desierto de arena. Cardo era el resto de una batalla contra la adversidad, librada pecho a pecho contra el estatismo mortal de la llanura. Era un poco de vida en las manos de Dios palpitando con todas las miserias, como un insulto, como una pústula, mostrando la verdad. Allí estaba mostrando la fuerza de su debilidad, opuesta mil veces contra los embates de mil castigos. Todavía caminaba, todavía movía los brazos, tenía corazón para enterrar un perro muerto, con los ritos con que se entierra un ser humano. Parecía desaparecer de pronto en el aire que la rodeaba, estremecerse frente al horizonte, cuando el plano chato del suelo mostraba su figura balanceante de hilachas, su marrón oscuro, permanente, buscando pegarse en los muros del cielo arenoso, su andar flotante sobre las distancias hasta llegar a ella misma. Allí estaba, llorando ahora, con lágrimas puras, verdaderas, su liberación interior por la muerte del miedo, la muerte de la culpa, la muerte de los vientos de su alma, la muerte del perro amigo, y lloraba con lágrimas recién nacidas llegadas hasta ella, por el camino de la inocencia y desde un largo tiempo atrás.


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