Pampa de furias, novela (capítulo 26) de José Adolfo Gaillardou


José Adolfo Gaillardou

Capítulo 26: EL PAN

Con la ayuda de Cardo, volcaron media bolsa de harina sobre la mesa y habían comenzado a hacer el amasijo cuando entró Ceniza seguido de Yuyo.

–Mamá, ya se está calentando el horno.

–¿Quién lo prendió? –preguntó asombrada la madre.

–Nosotros.

–Pero todavía falta mucho…

–Mucho, mucho –preguntó Yuyo con un poco de resignación.

–Hasta la tarde.

Y estuvieron rodeando el amasijo hasta que fue puesto en los moldes. Luego lo taparon con una lona y esperaron que se levantara un poco, pero, ellos hicieron guardia alrededor de la mesa. El horno estaba a punto desde temprano, con la vigilancia de Ceniza. Ya fue imposible esperar más y allá fue el cargamento de masa dividido en moldes de chapa. Ceniza, Terito, Yuyo y Gatura estaban allí, como centinelas inmóviles frente a la puerta del horno. Cuando la madre abrió la puerta para vigilar la marcha del cocimiento, todos asomaron la nariz y un resplandor brillante les apareció en los ojos. Cuando Diana cierra de nuevo, las miradas se entrecruzan como buscando una pregunta: ¿Cuándo estará?

El olor queda en el espacio para hacer pasar las lenguas por los labios resecos. Yuyo no se puede quedar con la pregunta en silencio:

–¿Todavía falta?…

–¡Está crudo!…

–¿Y así crudo no podemos comer un pedazo? –agrega Terito.

–Hace mal… Tienen que esperar que se cocine y luego que se enfríe.

–¡Eh! Yo tengo ganas.

–Todos tenemos ganas. Pero hay que esperar.

–A mí el pan caliente nunca me hizo mal –agrega Yuyo con gran seriedad.

Bruno mientras tanto, está en la herrería. Calienta en la fragua un fierro para hacer ganchos de balancines. Hay un pensamiento que lo trastorna desde hace unos días. Nadie está enterado a no ser él y Vicente, que en ese momento está con una llave sacando las rejas del arado. Hace largo rato que no hablan una palabra. Entre ellos ya debe estar todo dicho seguramente.

–Le va costar sacarnos –exclamó Bruno de repente.

–Dice que la justicia lo ampara –contestó Vicente rápidamente.

–Vea la novedad… ¿Acaso la justicia, alguna vez estuvo de nuestro lado?…

–Nosotros no estamos en los libros que ellos estudian.

–Tendremos que escribirlo –respondió Bruno golpeando fuerte.

–Un libro de justicia chacarera, sin papel sellado ni preparativos, sin máquinas de escribir y sin testigos.

–Terrestre y campesino. Escrito con la punta de una reja a puro sudor.

–Todo con mayúsculas –respondió Vicente con voz firme.

–Un libro de sueño rendido por cansancio.

–Nos pedirá el desalojo con la justicia –volviendo al tema, dijo Vicente.

–Ya no espera ni acepta nada. Quiere la tierra.

–Lo dijo él mismo.. “¡No quiero chacareros en el campo!”

–”Tengo órdenes de sacarlos, como sea…”. ¡mentiras! Cosas de él nomás –agregó Bruno dolorido.

–Vendrá con la policía, si nos empacamos.

–Con plata o sin plata no nos da ni yerba.

–Todavía nos trató de tramposos. Y nos echó del negocio.

–¡Jué puta!…–exclamó Bruno mientras golpeaba con los ojos casi nublados por la irritación. Respiraba violento y le parecía ver en el hierro que golpeaba, la imagen de Luis. Mientras seguía escuchando a Vicente, el martillo apuraba involuntariamente los golpes. Descargándolos sobre la visión.

–Dijo que nos tratará como a perros, que es lo que merecemos… que ya está cansado de oír lamentaciones… Que somos unos llorones… que no sabemos nada más que pedir fiado…Que no venderá un clavo a tramposos como nosotros… y yo tenía que escucharlo y aguantar… Prefiero estar aquí antes que en la cárcel… –Vicente seguía hablando sin reparar que Bruno estaba enloquecido descargando el martillo con las mandíbulas fuertemente apretadas. Luego quiso enfriar el gancho y al dirigirse a la tina donde estaba el agua, también le pareció ver allí la imagen de Luis. Fue donde Bruno ensartó el rostro de Luis con una puñalada de hierro caliente al rojo. El dardo al entrar en el agua, soltó un gemido eléctrico y ferruginoso, como de escuerzo atravesado por una estaca de madera.

En ese momento le brotaban de la frente a Bruno, gruesas gotas de sudor que se mezclaban con las huellas amargas del gesto. Yuyo entró a toda carrera con un pan caliente entre las manos, y gritando de alegría.

–Papá…, papá… Pan…, pan –y lo pasaba de una mano a la otra no pudiendo soportar el calor…–. Mamá me dijo que te lo enseñara, mirá, agarralo que me quema… ¡Tomá!… –y encontró la forma de librarse de él, poniéndolo sobre el yunque.

Apenas lo soltó, sacudió las manos en el aire, y no esperó una sola palabra del padre. Salió a todo lo que le daban la piernas hasta donde se encontraban sus hermanos, contemplando la gran fiesta de la horneada, colgados de las polleras de la madre, que se movía con lentitud, pues a cada momento sentía en el vientre dolores que le hacían recordar el lugar donde debía estar, y no frente al calor trabajando con la pala de madera. Bruno quedó con los ojos clavados, enterrados en el pan cuadrado y grande que le dejara su hijo.

–Contentos porque tienen pan… después de ocho días. Qué vergüenza… Un pan.. contentos por un pan y en esta casa, donde se han sacado tantas bolsas de trigo, como para alimentar un regimiento durante diez años –dijo Vicente que estaba tendido en el suelo, trabajando debajo de la máquina de arar, sin fijarse que bruno se había quedado estático frente a ese volumen dorado y oloroso que parecía sonreír sobre la dureza del yunque, mostrando su contento de haber regresado en pan, hasta el lugar desde donde partiera. Bruno, encadenó su imaginación a las últimas palabras de Vicente, y murmuró casi para sí, recordando las palabras de Luis:

–”Con plata o sin plata, no les vendo más harina, no les vendo más azúcar…”. –Bruno abrió los ojos enormemente grandes cuando creyó ver la imagen del verdugo sobre el pan, y levantando en alto el martillo lo descargó sobre él con todas las fuerzas, gritando: …¡Maldita miseria!… –Del corazón hecho migaja salió un vapor que envolvió la cara de Bruno como una caricia; era un aroma sano y limpio, de pan hecho con las manos de la casa. El martillo al hundirse despedazó casi sin ruido el cuerpo sagrado y noble del pan, que desparramó a los costados los pequeños trozos humeantes, que le devolvían el gesto sacrílego del hombre, con una alegría blanca en la miga. Vicente creyó haber sentido un martillazo en el alma y con una gesto rápido, miró hacia el yunque. A Bruno le temblaba el martillo en su mano derecha, que se aflojaba lentamente, a la par que el gesto de odio de sus labios, y la expresión de venganza de sus ojos, se iba tornando blanda. Sus pupilas comenzaron a buscar el gesto del arrepentimiento, para bajar al rictus sereno del perdón. Luego como impulsado por el terror de lo cometido, se lanzó al suelo y buscó de rodillas hasta la última migaja; las depositaba en el hueco de la mano, que apoyaba contra el pecho. Recogió hasta la más pequeña, luego raspó con las uñas, lo que quedaba adherido al yunque por el impulso del golpe. Mientras tanto, Vicente se quedó mudo observándolo. Ahora buscaba en la base del martillo hasta no dejar nada, mientras pensaba…: “Yo , no quise hacer esto… Yo, realmente… no, no fui… Pero sí, he sido yo… y con esta mano… pero, fue sin querer…No sé lo que pensaba… Luis tiene la culpa… pero, de todas maneras lo hice yo, y con estas manos…”. –Se miró un segundo la mano y golpeó con ella a puño cerrado sobre el yunque, con toda fuerza. El dolor le hizo contraer el gesto, pero, lo ocultó. Buscó los trozos más grandes y salió hacia la cocina, llevando el cargamento con tanto cuidado como se lleva un niño recién nacido. Antes de colocarlo en el cajón lo llevó a los labios varias veces con los ojos humedecidos y los labios apretados. Cuando salió se dio cuenta que la mano le sangraba. Se la había reventado con la fuerza del golpe dado sobre la masa de acero. Levantó la vista y vio del otro lado de la casa, frente al horno, la escena que lo terminó de conmover. La madre colocaba los panes que sacaba con la ancha pala, sobre una mesa baja, hecha de cajones, y especialmente para ese trabajo, mientras los hijos buscaban con la punta del dedo, aquel que estuviera menos caliente. Bruno quiso sonreírse, pero, tuvo que dar vuelta la cara y pensar en otras cosas si no quería largarse a llorar como un chiquilín. Se dijo: “… Bruno, uno será hombre y será fuerte, pero, hay estas cosas… que, uno no sabe y los ojos pican…Éste sí que es el pan que hace llorar…”


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