Pampa de furias, novela (capítulo 25) de José Adolfo Gaillardou


José Adolfo Gaillardou

Capítulo 25: JESÚS

Bueno, para comer, poco ha quedado en la casa. Ahora hay que tomar el lado del monte con la escopeta y los perros, si se quieren vencer estos tiempos. Algo siempre se encuentra: una perdiz, una martineta y hasta alguna liebre.

Las aves se vendieron todas en Buenos Aires. Las ovejas, la que no se carneaban a tiempo se morían de hambre. Lo único que aguantaba era la vaca lechera, y eso porque se cuidaba como a la niña del ojo, para que no le faltara leche a las criaturas. Las herramientas, se fueron vendiendo poco a poco, para conseguir con ese dinero, lo más esencial para vivir: harina, por ejemplo, para el pan casero.

Luis ganó con la muerte de Alirio, no sólo porque le quedó el campo que tanto deseaba tener, sino porque se quedó con todas las herramientas y muebles y algunos animales, en una palabra hasta con el último clavo. No importaba que la mujer todavía estuviera viva y necesitara dinero para pagar la cura. Él presentó una cuenta que preparó con inteligencia de almacenero poco honrado. Se la presentó a él mismo, y él mismo se la pagó. Cuando alguien le preguntó:

–¿Y la mujer de Alirio?…

–Está loca y se va a morir.

Ahora le quedaba uno, nada más. Mejor dicho dos, pero son una sola cosa: Bruno y Vicente. Y como aquello del alquiler del campo, fue descubierto como una maniobra de Luis para sacarlos. La cosa fue que Bruno escribió a Mario en Buenos Aires, y éste se dirigió directamente al dueño del campo en sus escritorios y allí se enteraron de la verdad. Con aquello ganaron que Luis acentuara el odio, y que ahora, ni siquiera yendo con la plata en la mano les vendiera un kilo de azúcar. Tenían que mandar un tercero que cuando era descubierto, también le negaba la mercadería. Ahora estaba declarada la batalla.

–Nos ganará nomás –decía Bruno.

–Se quiere quedar con todo –agregó Vicente.

–Los campos que agarró él, no vuelan tanto.

–Hasta esa suerte tiene.

–Sembró cebadilla en los médanos y ya se achataron.

–Firmes quedaron –comentó Bruno.

–Él puede hacerlo… No le importa perder tiempo. Sabe que mañana…

–La plata hace todo –interrumpió Bruno.

–Menos gente decente.

–Hay días que tengo ganas de cargar todo y mandarme a volar.

–Costumbre que tiene la gente de querer irse. En todos lados será pobre.

–Pero no le verás la cara a esta miseria por lo menos.

–No se puede dejar tampoco, porque se te va en el carro entre las cosas. Se te mete en cualquier parte y te acompaña igual. Ella es consecuente, no nos deja así nomás. Lo que se deja es la tierra.

–Esta tierra, es la que no se puede dejar. La miseria está en ella, en otro lado. No aguanta mucho tiempo y se va sola. Mario lo decía.

–Pero también decía: no morirá hasta que el hombre pobre no la mate –respondió Vicente.

–Yo no entiendo eso.

–Yo no entiendo mucho, pero será algo así, como arrastrar con la mugre y quedarse limpio.

–¿Qué mugre?… La mugre de ser pobre, no te la vas a sacar de encima nunca.

–¡No!… La otra mugre… Él decía, barrer con la mugre de los ricos. Yo creo que la plata la debiera tener el que trabaja.

–¿No se estará volviendo anarquista Mario?…

–Yo no sé si será… socialista, anarquista o comunista. Lo que digo es que tiene razón –sostuvo Vicente.

–Y sacarlos… ¿Cómo?… Esa clase de mugre, es dura sacarla.

–No hay duro que no afloje. Hay que quitarle lo que tienen a las buenas o a las malas.

–Quién le quita a Luis lo que tiene.

–Un montón de hambrientos. Con palos nada más. La cosa es juntarse y que quieran ir.

–Pero eso es robar –respondió Bruno.

–¿A quién, a otro ladrón?…

–Pero esos ladrones las tienen todas del lado de ellos.

–Lo que pasa, es que el día que haya mucha hambre, se arma nomás.

–Mario dice cosas muy lindas… También decía que esta tierra, llegará el día que será nuestra… Válgame el día que lo sea.

–Alguno a lo mejor, lo llegará a ser… Porque esto es nuestro.

–Para qué la quiere el dueño… Compró hace cuarenta años desde Buenos Aires, y ni siquiera ha hecho un solo viaje para ver dónde tiene los campos.

–Por fotografía la compró –expresó Vicente.

–Uno cincha el lomo a lo burro y la mejor parte, siempre se la lleva él. No digo que nosotros perdemos siempre.

–Es el poderoso. Nació así y va a morir así. El día que lo hagan trabajar para comer, vamos a estar mejor, yo creo.

–Mario sabrá mucho pero me parece que sueña un poco también. Mirá que nos entreguen tierra a nosotros para que la trabajemos y la paguemos como podamos… Ése está loco. ¿Cómo le llamó a eso?…

–La reforma agraria –contestó Vicente.

–Que nosotros la trabajamos y por eso la merecemos, está bien, que te la prometan en cada discurso, también está bien, pero de ahí a que sea cierto… Primero vamos a llegar a la luna.

–El gobierno tiene la culpa. Éste, que tenemos…

–Y quién tiene la culpa de este gobierno.

–Nosotros.

–Siempre nosotros; nosotros tenemos la culpa de todo. También tenemos la culpa de que cayera ceniza. Y hablando de ceniza, ¿no dijo el gobierno, que nos ayudaría, que vendría a ver esto. Bueno, ¿vino?… ¡No se le vio el polvo por ningún lado!

Sin embargo en todos los diarios salió que había venido. Yo no los vi tampoco.

–Entonces es allí donde yo pienso, que para qué nos vamos a ir de aquí, si vamos a estar en todas partes igual.

–Nos quedamos. Ya lo sé que nos quedamos. Aunque el doctor no quiera.

–Nos quedamos porque es nuestro, aunque nos cueste pensar que no es cierto… Aunque nos duela –sostuvo Bruno.

Una mañana Diana se encontraba en el corral. (Los últimos días, los había pasado muy afligida. Sentía que sus entrañas se agrandaban cada vez más. No le faltaría mucho para que naciera). Miraba el ternero de la lechera y lo vio demasiado ternero. En ese momento sintió un tirón en sus entrañas, seguido de un dolor que ella conocía bien con el nombre de: La hora ha llegado. Alcanzó a apoyarse en el ternero y quedó un minuto inmóvil; acarició el lomo del animal y dijo a media voz… “Ya se está haciendo demasiado grande éste también…”.

Maneó la vaca casi sin agacharse, luego se arrodilló para ordeñar. Ese trabajo debía hacerlo ella esa mañana. Vicente y Bruno fueron al pueblo desde antes de aclarar…¡Espera!… Pero, de repente aquello se movía y tenía que apretar con fuerzas las ubres del animal para aguantar el dolor… Un poco más hasta llegar con la leche… Hasta la vaca se dio cuenta, porque en dos o tres oportunidades, volvió la cabeza para ver quien ordeñaba. Estaba desconociendo las manos. Diana clavó el mentón en el pecho y siguió hasta que terminó su trabajo; apenas tuvo tiempo de desatar el ternero. Se incorporó con dificultad, tomó el balde de la leche y sosteniéndose el vientre con la mano caminó. Caminó unos quince metros y cayó, quiso gritar, llamar a alguien pero, allí no había nadie que pudiera ayudarla en ese momento. Se arrastró como pudo, apoyando las manos, hasta el galpón, que era lo más cercano. Allí estaba la guachita de Ceniza, sobre un montón de pasto. Durante la noche, le había nacido un corderito negro. Llegó hasta el fardo de bolsas vacías, desparramó algunas en forma de cama, y allí se tendió. Quedó de espaldas con la cabeza clavada y la boca entreabierta. La guachita le clavó los ojos asombrada y dejó de comer. Estaba de pie junto a su hijo con las orejas paradas, como buscando la forma de intervenir con alguna ayuda. Diana esperó allí con serenidad… pasó un tiempo corto… y comenzó a sentir el desalojo interior. Se ayudó con las manos como pudo. Se quitó el pañuelo de la cabeza y lo puso bajo el cuerpo nuevo. Se quedó unos minutos esperando acostumbrarse a ese nuevo dolor que produce el vacío en el vientre. Luego miró hacia el tirante y vio la tijera de tusar colgada a la altura del primer travesaño, contra las chapas. Tenía que alcanzarla; estiró una mano, pero, tuvo que hacer un esfuerzo mayor: incorporarse a medias hasta lograrla. Cortó y se separó del hijo. Lo envolvió en el pañuelo grande y quedó unos minutos más, descansando… La guachita debió pensar: Tuvo la misma suerte que yo… Al rato salió del galpón con el hijo en brazos, caminando muy despacio. Llegó hasta la cocina y encontró agua caliente. Cuando cerró la puerta tras de sí, sintió por primera vezmla voz nueva de su hijo. Diana terminó el trabajo y se acostó vencida, con deseos y necesidad de descansar, de entrecerrar los ojos. Al poco rato Ceniza andaba levantado buscando a la madre. Al entrar y encontrarla acostada con aquella novedad, quedó asombrado.

–Sí, anoche lo compré… Es un hermanito –dijo Diana, con esfuerzo–. –Tras Ceniza entró Yuyo y tuvo que repetir la noticia:

–Pasó la cigüeña grande y lo compré… Ahora, vayan a buscar la leche que está en el patio, frente al portón del galpón… y la ponen en el fuego… –Ceniza y Yuyo salieron callados y pensativos.

–¿Le habrá costado mucho? –preguntó Ceniza.

–Le habrá costado mucho o le habrá costado poco –dijo Yuyo–. ¡No sé!… Pero mejor me hubieran comprado un pantalón en vez de gastar plata en otro hermano.

Ceniza lo miró y sonriendo con picardía le dijo mientras caminaban en dirección al galpón:

–No seas zonzo… ¿Todavía no los sabés?…

–¿Qué?…

–¡Eso de la cigüeña!…

–¿Qué, no lo trae la cigüeña?…

–Claro que no.

–¿Y quién lo trae?…

–No viste las vacas. No viste las ovejas –contestó Ceniza entusiasmado.

Yuyo miró al hermano y se quedó pensando…

Esa mañana Ceniza y Yuyo, hicieron hervir la leche y prepararon el desayuno para todos. La hermanita pedía pan.

–No hay pan –informó Ceniza–. Hace cuatro días que no hay pan.

–Pucha… y tanto que me gusta –rezongó Gatura.

–¿Y cuando va a haber?… –preguntó muy interesado Terito.

–¡Quién sabe! –respondió Ceniza.

–¿Por qué no hay?… –quería saber Yuyo.

–Papá fue al pueblo a buscar harina.

Así era, esa mañana Bruno y Vicente, habían cargado en el carro chico, la cama grande con espaldares de bronce, que fuera de los viejos y un ropero que ya no se usaba. El herrero les dio unos pesos por la cama, y el ropero lo negociaron en la carpintería. Con eso consiguieron que el panadero les vendiera un bolsa de harina, compraron cigarrillos, y regresaron. Cuando se acercaban a la chacra, Yuyo fue el primero que se adelantó con la noticia:

–Papá…, mamá compró un nene.

–¿Qué?

–Un nene chiquito, así –contestó Yuyo y con las manos dio el tamaño, haciendo un gesto como si levantara un puñado de agua–. Bruno bajó del carro y apuró sus pasos al encuentro de Diana. Al entrar, su mujer dormía; él se acercó despacio pero, se despertó, entreabrió los ojos mostrando una pálida sonrisa y Bruno preguntó:

–¿Pero… cuándo?

–Esta mañana… cuando fui a ordeñar…

–¿En el corral?… –preguntó Bruno con grandes ojos.

–¡No! en el galpón… al lado de la guachita… –contestó débilmente Diana.

–¿En el suelo?… –insistió él con asombro y con el gesto duro.

–Sobre unas bolsas…

–¿Y?…

–Con la tijera de tusar –interrumpió ella.

Bruno se quedó sin saber qué decir. Apretó el entrecejo y los dientes; levantó la vista hasta el Cristo que colgaba de la cabecera de la cama, lo miró con un gesto donde afloraron todas las huellas de dolor y de resignación, estrujó el sombrero entre sus manos, y con la mirada firme en él, murmuró:

–Nació igual que vos…

Luego miró largo rato a su hijo, pasó la mano por la frente de su mujer y salió.

–¿Está bien?… –preguntó Vicente, que estaba encendiendo el fuego.

–Sí. Nació en el galpón, entre las bolsas.

–Menos mal –contestó Vicente como si la fatalidad les hubiera concedido con eso, la gracia de no hacerlo nacer entre la bosta el corral.

–Otro macho salió.

–Y sin partera.

–La guacha hizo de partera.

Diana se había quedado pensando en las palabras que pronunció Bruno cuando miró al Cristo… “Nació igual que vos… igual que vos… Nació igual que vos… Sí… Estaría bien…”.

Al día siguiente, no hubo forma de hacerla quedar en cama.

–Estoy bien y tengo que hacer el pan…

–Bueno, mujer –contestó resignado Bruno al ver que nada podía hacer…

–No tengo nada grave, para estar en cama –murmuraba mientras se vestía.

–¿Y qué nombre le pondremos?

–Jesús –respondió sin vacilación Diana.

–Jesús… Bueno, no suena mal –pensó Bruno y salió para el monte a buscar pasto para la lechera.

–¡Sí!… Jesús… –dijo para sí Diana.


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