Pampa de furias, novela (capítulo 24) de José Adolfo Gaillardou


José Adolfo Gaillardou

Capítulo 24: LA SEPULTURA DESCONOCIDA

–¡Danielito!… ¡Juan José!… Vengan… –llamó la madre.

–Aquí estamos –respondieron al poco rato los niños.

–Hay que llevar la comida al Papá, que ya es la hora… Hoy salió tarde y no precisa cambiar caballos.

–¿Qué?… ¿Se quedó dormido?… –preguntó asombrado Danielito.

–No, señor, no se quedó dormido… los dormidos son ustedes… Hoy hubo tormenta de tierra temprano, y no pudo salir. No se veían ni las manos.

–¿Estaban sucias?…

–No, sabandija. Estaba oscuro y además los animales no caminan. Bueno, basta de charla… Él lleva la ollita, y usted el plato y los cubiertos –indicó la madre entregándole a cada uno sus cosas.

¿Y cuando va terminar de arar, papá?…

–Cuando pueda; ahora esas cosas no pueden saberse… Vayan por el caminito… Si viene viento fuerte, se sientan al lado del alambrado.

–Sí, mamá.

–Un beso y a volar que se enfría –dijo Teresa, y los acompañó hasta el camino, que nacía frente a la puerta del corral, a treinta metros de la casa. Cuando Daniel y Juan José salieron al encuentro del padre, ella alzó la vista y miró al cielo. Un manchón negro, avanzaba del lado del sur. La tormenta de tierra no estaba lejos pero, no tan cerca como para no dar tiempo para ir y volver a sus hijos… –. Vuelvan corriendo, que viene tierra –gritó cuando ya habían hecho algo de camino.

Quinientos metros largos, separaban la casa, del lugar donde Alirio se encontraba arando. Él estaba atento a ese cielo y pensó que debía regresar cuando terminara la vuelta de la amelga. Pero el viento arrebató los cálculos de Alirio y su mujer. Apenas si Daniel y Juan José habían hecho la mitad del camino, cuando la nube oscura ya los envolvía. Alirio bajó las palancas que levantaron las rejas, y haciendo dar vuelta a los caballos, emprendió el regreso al trote largo de los animales. Teresa, espantada corrió al camino pero ya todo estaba privado de la vista bajo una oscuridad impenetrable.

–¡Danielitooo!… ¡Juan José…! –gritó desesperada con todas sus fuerzas.

Hasta ellos no llegó la voz. El viento la arrastraba en sentido contrario. Ya han caído y se han levantado varias veces. El viento juega con la debilidad de sus cuerpos como si fueran plumas. Danielito es el mayor, va a cumplir siete años, y Juan José, tiene poco más de cinco. Son demasiado chicos, pero, a veces casi jugando, saben hacer cosas importantes. Ahora están allí tomados de las manos, buscándose entre sí, caminando agatas para llegar al alambrado. El más chico llora, pero Daniel es fuerte y lo abraza contra su cuerpo. Hay que exponer la cara entre las manos para encontrar aire. Es tan densa y firme la oscuridad que no se alcanzan a ver el uno del otro. Vuelven a caer, pero las manos están fuertemente aferradas y siempre siguen juntos.

–¡Mamá!… Mamita –grita llorando Juan José.

–¡Mamá!… grita más fuerte Danielito, creyendo que hay posibilidades de ser escuchados, o creyendo que la madre puede oírlos de cualquier parte.

El pampero está desatado y además lleva consigo la noche y la muerte. Alirio cree haber tomado el camino y apura los caballos; la noche es impenetrable en la mitad del día. Ahora ya no hay manera de resistir la fuerza y Daniel y Juan José ruedan como una paja, un yuyo. El viento los ha desatado en su furia, y Juan José ya casi no se le oye; Daniel todavía presa del pánico se desespera por encontrar algo en que asirse. Alirio se toma con todas sus fuerzas de las palancas y grita a los animales, que disparan en la noche por el mismo camino de Daniel y Juan José, castigados por el viento que quema al rozar como una lima. Vienen a encontrarse los dos en la muerte con el fuego del pampero.

–Juan José, mamá…, papá… –grita apenas Danielito.

De repente un ruido de cadenas de ocho caballos a la carrera atravesando el muro. Alirio se ha tomado fuertemente de las riendas para mantenerse en el asiento. Pasan. Por el mismo lugar donde un pequeño llanto se debatía, pasan… Ha callado el gemido y la lucha de Daniel y Juan José. Los cascos de ocho caballos; uno, dos, cuatro, ocho, treinta y dos cascos, pasan, a la par del viento, a través del muro de tierra en el aire y por sobre esos dos puñados de carne que apenas si llegaron a ser un gemido: Daniel y Juan José. Siguen agrandándose los pechos de las bestias y un temblor se prende de los remos delanteros que caen al vacío para hundirse luego en la blandura de arena del camino. Teresa busca en la noche con los brazos extendidos hacia delante y los ojos cerrados. El ruido de cadenas está cerca; cuando Alirio calcula por la firmeza del piso, el lugar donde se encuentra, levanta las palancas y las rejas se hunden frenando la carrera. Ella está cerca y el grito llega.

–¡Dónde están?… ¿Dónde están?…

–¿Quién?…

–Danielito y Juan José… ¿Dónde están?…

–No sé… –exclamó Alirio desde la oscuridad.

Fue todo lo que dijeron hasta que se encontraron y corrieron; la llama del pánico los envolvió. Corrieron con la mordaza del monstruo en la garganta, gritando desprendidos de control y de razón.

–Daniel… Daniel… Por todos los cielos… Juan José…

–¡Hijos!… –fue la voz ronca y ancha de Alirio.

En la casa, en la cuna hecha de cajones, con el sueño en los ojos, con la puerta abierta al patio, y olvidada por el miedo que la arrastró al camino, donde andaba la muerte estacionando sus tentáculos, y a la altura del suelo, estaba el de meses. El hijo último.

–¡Danielitooo!… ¡Juan José!… –allá iba la voz haciéndose pedazos contra el viento.

–¡Muchachos!… Aquí… –iba casi cortada de palabra sin encontrar un hueco de luz para colgarla.

Es difícil caminar. El viento voltea contra el suelo lo que encuentra a su paso. No se puede respirar; aquello es demasiado denso. Han corrido detrás del viento un largo trecho; no se puede saber cuanto. Tampoco se puede saber donde están. Sólo en el grito se identifica el lugar de la tragedia y el dolor.

–Hijitos.. ¿Dónde están?… ¿Dónde?… ¡Queridos!…

–¡Mujer!… ¿dónde estás?… ¡El camino está aquí!…

–No sé dónde voy… No sé… donde están ellos… Ellos… mis queridos… Muertos; están muertos… ¿Dónde?… Daniel… Juan José…

–Nos estamos perdiendo… No camines… Aquí debe estar el camino… Hay que regresar… No están aquí… ¿Por qué no gritas?… Para saber…

–Aquí… estoy aquí… –se oye la voz de Teresa alejada, pero sin precisar el rumbo. El viento extravía, castiga.

La noche los ha separado; ya no pueden regresar. Están a la deriva en ese mar sin fondo de negrura que se extiende y aprisiona. Los gritos desgarran el pecho hasta la sangre. La lucha es patética. Ella se arrastra golpeada por los sacudones sin rienda de la tromba terrestre. Él, acosado camina de rodillas hasta que puede enderezar sus piernas, para correr, para gritar, enronquecido y seco.

–Nadie los encontrará… ya están enterrados.

Alirio escuchó demasiado cerca la voz y se arrojó sobre ella; allí estaba su mujer abandonada a la ventura del viento.

–Te enterrará, hay que levantarse… Fuerza mujer…

–Alirio… Alirio… El viento los ha enterrado vivos… Yo sé…

–Todavía no hay que hablar así… Vamos… ahora hay que caminar…

A fuerza de querer ganarle a la vida, Alirio arrancó a su mujer de la tumba que ya comenzaba a cubrirla. Ahora marchan juntos pero no se sabe hacia dónde.

–Si solamente diera un minuto de tiempo.

–Si calmara apenas medio minuto… se verían, pero yo sé que nunca se verán…

Ahora están sobre los surcos que abrió el arado. El tiempo ha pasado sin medida entre ellos. Los agotó en el llanto; el de ella un llanto de ahogo, caliente y amargo; el de Alirio, seco, ronco, profundo. El tiempo les sigue desvaneciendo todas las posibilidades. Ellos caminan. Quieren el regreso. El sol no se descubre. Los caminos se han borrado… Son tres horas de tiempo en la noche… y además ahora viene el recuerdo: hay otro hijo en la casa y está segura que ha olvidado la puerta al salir… Ahora quiere regresar pero… ¿Dónde está el camino?… Quién puede saber dónde está el camino, y justamente el camino de regreso. A veces, es tan fácil regresar. El camino de retorno es doloroso, pero es fácil. A veces es tan difícil regresar. El más difícil de todos los caminos. Alcanzar con los ojos un sendero de colores, caminar por él hasta las mismas alturas del arco iris, y luego encontrarse de pronto que son fríos, que allí está la muerte, el final, y pedir en ese momento el retorno, buscar lo andado, querer encontrar los caminos, pero se han detenido los informes y está el dolor y la tristeza aguardando para siempre. Pero eso sólo a veces, porque a veces el regreso lo tenemos en las manos y lo volcamos gota a gota en el camino para tener lumbre, para llorar y llorar hasta el mismo límite de la hondura final. Pero, eso no siempre, porque a veces (como ahora) no hay camino hacia delante ni hacia atrás; no hay avanzada ni regreso, todo es un círculo fantástico que parte y termina en el mismo lugar. Que marcha detenido, que vive muerto, que solamente gira, y nos encuentra con la máscara colgada del cuello. Es caminar sin moverse teniendo que avanzar, con la angustia en el pecho. En el momento mismo de preguntarse: ¿Dónde estamos?…

–¿Dónde estamos?… Santo cielo… –preguntaba Teresa sin cansancio, sin reconocer en la oscuridad cerrada ni su propia voz–. La puerta… La puerta quedó abierta… ¿Por dónde hemos venido? Dios mío…

–¡Dios!… No seas tan perro –gritó en seco el corazón de Alirio.

El viento surca bramando los filtros del espacio y comienza lentamente a aclarar. Las ráfagas arrebatan del cielo la cola del monstruo que pasó y el sol va apareciendo en la mitad de la tarde.

–¿Dónde estamos? –pregunta Teresa con espantado asombro y desorientación.

–No sé bien.. Pero.. Aquélla es la casa de Moretto. No es la nuestra.

–¿Cómo estamos aquí?… ¿Por dónde vinimos?… ¿Dónde está nuestra casa? La puerta está abierta –exclama ella y sale corriendo.

–Bruno… Vicente… Soy yo, Alirio…

–¿Qué pasa?… –contestó Bruno al tiempo que un salto lo puso sobre el marco de la puerta.

–Estamos perdidos… Mis hijos… Los ha enterrado el viento. Los ha enterrado… –grita enloquecida la mujer, casi sin voz, pero con un acento patético, como si la muerte se le hubiera colgado del cuello–. Yo quiero ir… La puerta estaba abierta.

–Todavía podemos estar a tiempo. Cálmese, aquí hay caballo de sulky. En seguida estamos. –Bruno termina de hablar y corre hacia el galpón.

–¡No!… No hay tiempo… Corriendo, corriendo estaremos primero… Pero, ¿dónde queda la casa, Alirio? –grita desorientada por la desesperación.

–Espere… Venga. El sulky estará en un momento. –Vicente quiere atajarla pero Teresa ya ha desaparecido a toda carrera.

–¡No!… Se hará tarde –alcanzó a decir Alirio y salió tras ella.

Bruno y Vicente ataron los caballos y salieron en esa dirección. Se largaron a la búsqueda de los hijos de Alirio. Era querer encontrar la propia nada.

El viento había aplanado la llanura dejando una superficie como de espejo. Podía verse un yuyo a cuarenta metros. Daniel y Juan José ya no se verían más. La tarea de encontrarlos muertos va ser larga, penosa y difícil. Habrá que buscar debajo no se sabe por dónde, y cavar no se sabe hasta dónde, y remover y remover no se sabe hasta cuándo. Ellos están allí, debajo de una capa de tierra que creció en unas horas, pero bajará tardando no se puede saber cuánto tiempo, una semana, dos, tres, meses, quizá años. El encargado de entregar los hijos muertos, es el mismo viento que los sepultó. Que quite de allí ese mar de arena que trajo por el aire, preñado de desolación y angustia. El silencio cayó sobre la chatura tremenda de La Pampa como escondiendo la cara de la complicidad, hasta que el grito desgarrador hizo astillas la tarde. Teresa se había enfrentado con el momento de pasar a la locura. De ella era el grito que hizo estremecer a Bruno y a Vicente. Fue un alarido filoso que atravesó las vértebras y se incrustó en la lejanía. Toda la garganta expresando el espanto y el horror, la tragedia sin misericordia, de quien se cree estar en el derecho de ser misericordioso. La realidad triste y desnuda del triple crimen cometido sin poder denunciar a nadie. Ahora sólo queda el grito temblando en las estrías heladas de la monstruosidad más bárbara que pudiera concebirse. Pero todo está entre nosotros, aguardando en los rincones y un día aparece. Se desata las ligaduras de la lengua, comienza la función mortal y se presenta de pronto lo increíble, aquello que ni siquiera hemos leído, creado por la imaginación, que ni siquiera se nos ha ocurrido pensar porque sería dudar (frente a esa idea) del pacífico y normal patrimonio de la razón común, aquello que no está en la fantasía, que no cabe allí, por ser demasiado fantástico, que es sacrílego y mordaz, que supera todos los límites; eso, eso aguarda siempre, pacientemente, en los estantes más remotos, en el centro de la mesa, en medio de la noche, en las estanterías y en los paseos, en las tardes, en los amaneceres, aguarda, aguarda hasta que un día suelta las amarras y se hace presente para estremecer con su barba misérrima, con su ponzoña, con su crimen callado; imperdonable. El grito que apretó el pecho de Teresa, era un grito más que se unía a la cadena, pero sin embargo era más terrible que todos. Superaba a los hijos muertos y enterrados en la arena. Este grito lo cubrió todo… Todo… En el cajón, donde aguardaba con el sueño en los ojos, el más pequeño de los tres, ahora, sólo aguardaba manchas de sangre, ropitas deshechas, y sangre, ropas revueltas y sangre. En el suelo, al costado inmediato, un enorme manchón de sangre con un calcetín. En aquel sangriento festín había ido rodando hasta esconderse en el rojo inocente de la mancha, un calcetín. Allí en la pieza contigua que hace las veces de comedor o cocina, todavía, y a los tirones con los últimos pedazos, anda el cerdo grande. El cerdo dejado para cría, reservado para la reproducción, el entero, el cojudo, flaco y permanentemente hambriento, andaba allí con restos del hijo por el aire. Se había comido hasta los huesos del niño… Y ella fue la primera en llegar hasta la casa; de ella partió el grito, y luego cayó como si fuera un trapo sobre el piso ensangrentado, sin una mueca en la cara: apenas el grito que impresionó la tarde y cayó.

Bruno y Vicente se rindieron a lo imposible en la búsqueda, y se acercaron hasta la casa con el recuerdo del grito y el temblor en los oídos. Ella estaba inmóvil en la cama. Alirio la había recogido del suelo cuando llegó, y colocado sobre el lecho con el mismo respeto y cuidado con que se trata a un muerto. Alirio estaba allí, en la cocina, con las ropas bañadas en sangre, de rodillas en el suelo, y esgrimiendo un enorme cuchillo que enterraba y sacaba con increíble fuerza del cuerpo descuartizado del animal. Le abría las entrañas y hundía en ellas sus manos. Lo partía en pedazos haciendo de hacha con el arma sin decir una palabra y serenamente como si fuera un trabajo que hiciera todos los días de su vida. Los labios firmes apretados, cerraban el último capítulo del día y los ojos sin extravagancia, sin odios, sin miedo a nada, estaban clavados en la carne, todavía palpitante, como si quisiera encontrar algo en la impresionante montaña roja. Cortaba, abría, destrozaba, sólo la respiración se había agitado, y el sudor comenzado a correr como un río por la frente. Luego sumergió las manos en forma de ganchos en las propias entrañas y arrebató de ellas, pelo y carne molida pero blanda. Carne de su hijo. Fue sacando y apartando a los costados con religioso cuidado, hasta la más pequeña partícula que encontrara.

Bruno y Vicente se quedaron inmóviles en la puerta. Costaba trabajo comprender, que lo que estaban contemplando era verdad. Entretanto Alirio envolvió los puñados de carne y sangre en los mismos trapos que habían sido sus ropas y luego buscaba algún lugar dónde faltara la puñalada y enterraba de un solo golpe el cuchillo hasta el cabo. Le hachó las partes en pedazos y le hizo migajas la cabeza. Luego arrastró todo al medio del patio en un solo montón y le atracó leña, ramas. Bruno y Vicente, callados, comenzaron a juntar papeles, astillas y le ayudaron a preparar la hoguera. Ellos querían hablarle, pero, pensaban: “¿Qué cosa se le puede decir?… ¿De qué se le puede hablar?… ¿Qué palabra?… Para decirle algo que no diga nada, mejor callar”… El fuego se incendió y levantó sus lenguas al cielo como dos manos juntas que buscaran pedir perdón.

Alirio pasó hasta la pieza y desde la puerta repasó con la mirada el cuerpo tendido largo a largo en la cama, su mujer, de cuerpo pequeño y pequeños ojos, de boca pequeña y manos duras callosas y también pequeñas. Estaba mansamente rendida, entregada. Tenía un gesto suave, lleno de bondad y de una blandura tierna casi angelical. Dormía sin pensamientos, sin ideas, sin sueños. La respiración era lenta y acompasada como el sueño de una recién nacida. Él la miró profundamente con los ojos hachados y brillantes. Buscó en su ropa el lugar donde no estuviera rojo de sangre y se limpió las manos. Se dirige hasta el aparador de los cubiertos y botellas y del último estante, extrae una caja de cartón del tamaño de una de zapatos. Coloca allí los restos de lo que él cree que es su hijo. Coloca la caja sobre la mesa que está contra la pared. Con tranquilidad busca por los cajones hasta dar con un paquete de velas, que las va colocando alrededor y encendiendo. De repente se detiene como si un pensamiento lo asaltara, y se mete en el dormitorio de dos trancos, de allí regresa con un Cristo de bronce de unos veinte centímetros de largo, clavado sobre una cruz de madera de cedro lustrado. Busca en la pared, con la mirada, frente al muerto rescatado, un clavo. Ahora necesita un clavo y lo busca por cajones hasta dar con él. Toma el Cristo por los pies y le da con la frente espinada de Jesús sobre la cabeza del clavo haciendo las veces de martillo, hasta que consigue enterrarlo lo suficiente. “… Por fin sirve para algo esta porquería…” –pensó del crucificado mientras golpeaba. Allí quedó el símbolo cristiano ensangrentado, ostentando la memoria del gran sacrificio, a unas dos cuartas sobre la superficie de la caja. Bruno y Vicente que están aguardando fríamente mudos, se quitan el sombrero y se corren para estar bien de frente. Alirio se queda inconmovible como una estatua, tiene los ojos clavados en el crucifijo y piensa: “…Yo soy Cristo… Estoy lleno de clavos como los tuyos… Por todas partes me salta sangre… son más hondos que todos los que se clavaron en el mundo… Me los clavó la tierra… Yo tengo una cruz como la tuya, enterrada en el cuerpo desde hace muchos años… Una cruz de vidrios rotos y gusanos… No la pude postergar para sonreírme un solo día de mi vida… Mi cruz no lloró nunca ni pidió clemencia… No se arrastró como la muerte… Peleó con amor, luchó y no ha muerto todavía… El día que muera quedará vertical y suspendida, como una pluma, como un centinela… Yo soy Cristo… También soy Cristo con tanta historia como vos, con tantas llagas, pero con menos bronce… Yo no tendré bronce ni casa donde me cuiden muerto y repetido… No tendré paredes para mostrar mi dolor que fuera… Mi cruz andará siempre con hambre y con arañas y víboras, y sal y ácidos y mugre… Yo soy Cristo con las manos cortadas dedo por dedo, con los labios quemados… Cristo en carne viva íntegramente… Abandonado solo, dividido en cada uno de los que doblan las espaldas sobre el surco para encontrar el pan lleno de sangre… No preciso tener quién hable de mí, ni me recuerde, porque siempre estaré en todos ellos… Mi cruz no es de madera, es mucho más eterna… Te miro y me das risa… Sos pequeño al lado mío… No sufriste otro dolor que el de los clavos… Yo en cambio traigo el pus, los humores, las pústulas desde la otra vida… Me dolieron adentro y aguanté con resignación y con grandeza, mostrando limpia de rencores a la vida… Yo soy Cristo chacarero, ensartado en un arado y con las puntas de las rejas incrustadas en el pecho… ¡Yo soy Cristo!… ¡Carajo si soy Cristo!…

El silencio dejaba filtrar apenas el ruido del viento por los filos de las chapas del techo. Alirio no bajaba los ojos del crucifijo, Bruno ha cruzado las manos sobre el pecho y Vicente se ha recostado en una pierna. Es el momento en que nadie puede mirarse a la cara.

La solemnidad y el silencio duró toda la noche agotando velas y cansancio. A la mañana siguiente, apenas aclaró, Alirio echó una pala al hombro y colocándose la caja bajo el brazo, salió seguido de Bruno y Vicente que levantaron al paso, dos palos: uno más largo que el otro. Alirio marchaba lentamente, con la frente bien alta y sin una mueca de dolor en el rostro, sin una lágrima en los ojos, el cortejo compuesto por Bruno y Vicente se desliza como dos paréntesis hacia el mismo lado, encorvados y baja la cabeza. Van en dirección al médano grande, al más alto. Cuando tienen que ascender hacia la cumbre, se hace pesado; las piernas se entierran, en la arena blanda. El viento de ayer ha dejado aquello convertido en una enorme laguna, que ahora duerme entre las ondulaciones y cabriolas quebradizas, que repiten los caprichos del dibujo, uno tras otro. Por fin están en el final del camino, en la parte más alta. En ese momento el sol, refinaba su curiosidad y estiraba su cuello para asistir al acto del sepelio majestuoso. El cielo tenía un curioso color marrón liso, tan liso, como un cielo pampeano después de una tormenta de viento. Al pizarrón de ese cielo le habían pasado el borrador sin dejarle una sola nube. Alirio levantaba la pala y la enterraba cavando un foso pequeño pero con bastante profundidad. Luego depositan la caja envuelta en una cobija, y comienzan a cubrirla con puñados de tierra. Todos se han arrodillado y están en el trabajo. Luego Alirio se quita la faja y cruzando los palos fabrica la cruz atándolos fuertemente. Luego, antes de terminada de cubrirse la tumba, coloca la cruz en forma horizontal, dando la cabecera al naciente.

Continúa echando tierra hasta que queda totalmente cubierta. Alirio, no quiere que sobre la tierra haya nada que indique el lugar donde enterró a su hijo, ya que desconoce dónde la tierra le enterró los otros dos la tarde de ayer. Desde hoy toda esa tierra es una sola tumba para él.

–Está cristianamente enterrado –fue lo primero que habló Alirio desde las últimas veinticuatro horas.

–Que descanse en el cielo –contestó Bruno como un murmullo.

–¡Vamos!… dejemos esto tranquilo –agregó Vicente con tono de dolorido y amargo a la vez.

Diana aguardó a su marido y a su hermano durante toda la noche.

–La tierra le comió dos hijos… Al más chico se lo devoró el chancho cojudo –refirió Bruno secamente.

–Alirio se vengó… Le arrancó el hijo de la panza, a puñaladas –agregó Vicente.

A Diana le corrió un frío por todo el cuerpo que le hizo abrazarse a sus hijos. Luego preguntó:

–¿Y ella?…

–Como muerta… En toda la noche ni se ha movido… –contestó Vicente.

–Duerme, como si no hubiera pasado nada… Para mí, que no se despierta –agregó Bruno.

Cuando pasaron diez días, Diana se llegó con Bruno hasta la casa de Alirio, mientras Vicente le cuidaba los hijos de ella. Al llegar encontraron a Alirio en traje de viaje.

–¿Y Teresa?… –preguntó Diana con interés.

–En el manicomio –contestó Alirio con dureza.

–¿Y cómo?… exclamó asombrado Bruno.

–Cuando se despertó, empezó a saltar y a cantar… Ni siquiera me conoció.

–¿Y adónde está?… –insistió Diana.

–En Pico… De ahí vengo… se quedó cantando la pobre, como si tal cosa… Tengo una rabia… y una tristeza…

Bruno y Diana creyeron conveniente regresar después de acompañarlo un largo rato. Alirio estuvo sereno, pero no movía los ojos del lugar donde los clavaba por bastante tiempo. Habló poco o nada.

–Nos vamos, Alirio.

–Bueno.

–Hasta cualquier día –dijo Bruno en tono amable y de despedida.

–¡Bueno!… –contestó Alirio.

Y emprendieron el viaje de regreso en el sulky. Esa misma tarde tuvieron la noticia. Alguien pasó por el camino, lo vio balancearse. Alirio, había saldado sus cuentas con La Pampa. Le encontró salida a su tristeza de tierra y a su rabia de suerte. Desembocó en esa soledad gigante con la suavidad de un enorme péndulo que partía del travesaño alto del jagüel… “Se ahorcó Alirio el chacarero” y la voz corrió como un santo y seña por los altos medanales… Nadie preguntó ¿por qué? Ese día fue el único día de su vida que no tuvo nada que hacer, y decidió colgarse frente al espejo profundo del pozo, que en regalo de poca agua lo miró de abajo. El agua que él tanto esperó del cielo lo miró largamente desde su escondite en el fondo de la tierra. Allí, se hizo el nudo corredizo. Tenía para el trance su traje nuevo, el de los acontecimientos. Cuando su cuerpo se llenó de silencio, quedó vertical en el espacio lleno de sol, de pie en el aire, como debía morir él. Los cuervos merodearon una ronda de graznidos y de un solo ademán, le arrancaron la última mirada.


Comenta con FB

comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

 

USO DE COOKIES

Este sitio utiliza cookies para una mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento a nuestra Política de Cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies
www.scriptsell.netwww.freepiratemovie.comBest Premium Wordpress Theme/Best Premium Wordpress Theme/