Pampa de furias, novela (capítulo 23) de José Adolfo Gaillardou


José Adolfo Gaillardou

Capítulo 23: EL DIÁLOGO FANTÁSTICO

Llegó el invierno sin que una sola nube descargara la limosna de una gota de agua. Mientras los días avanzaban, el pampero jugaba con su lengua de cepillo y trasladaba sus poderes consultando médanos, para salir nuevamente en busca del coraje y la voluntad del hombre. Parecía decir en su constante ir y venir; “…Aquí no quedará nada…nada…nada…nada”… Se afinaba en la nota musical, rayando las leguas interminables de la tierra, extendiéndose como una enorme llaga infecciosa sobre la quietud de la chatura infinita. Los campos, con heridas frescas, de los años malos que habían pasado no se resistieron mucho y doblaron la cintura a la incertidumbre. Aquella enfermedad, estaba lejos de curarse. Secos los “cardos rusos” rodaban empujados por el viento, como enormes fantasmas dislocados. El desenfreno prolongaba su potencia y los médanos se erguían como senos majestuosos, dando la impresión que querían amamantar al cielo. Por las noches el viento jugaba con la vida: colocaba arena contra las paredes de las casas, hasta levantarse y cubrir totalmente las aberturas de las puertas hasta convertirse en tumbas, desde donde el hombre tenía que escapar por los agujeros de las ventanas y trabajar con una pala, hasta librar el paso de su mujer y sus hijos. Sepultaba íntegros a los arados o herramientas que encontraba. Los animales caían de sed y de hambre. Eran visitados por esa sepultura rodante, y grano a grano se iban acomodando a los costados, hasta conseguir la obra de enterrarlos vivos. Guardaban la presa hasta que un día cualquiera, en la mitad del diálogo, se levantaba un remolino y descubría la osamenta para ofrecérsela a los cuervos. El cataclismo en el desierto viboreaba por todos los senderos, se acoplaba a la agonía para corregirle sus cuentas con la muerte, para sumarle de nuevo los poderes y ensamblar en complicidad con el viento, un destino de páramo, sobre el prodigio de la tierra generosa.

Cardo comenzó su largo palabrerío con el viento y en compañía de los perros. Solía aparecer frente a él, con una acentuada faz de amistad y sus palabras se reducían únicamente a contestar, a contestar a alguien o a algo que no era fácil descubrir, entender en forma objetiva… “¡Sí…! ¡Sí…! se lo diré todo, todo… ya lo sabrán… quiero que me hables. No puedo vivir sin tus palabras…”.

Luego salía a caminar y regresaba envuelta en las nubes de polvo. En la casa ya se habían acostumbrado y no extrañaban demasiado su ausencia. Le gustaba perderse en los guadales, caminar sobre ellos y enterrarse hasta las rodillas. Una rara morbosidad la atraía a esos paisajes. Regresaba a su soledad en el enorme caserón, y allí a la luz casi muerta de una lámpara, conversaba con los perros de sus interminables problemas y secretos. Tomaba entre sus manos, la cabeza del “Tigre” o del “Pampero” (que ya de viejos casi ni se movían) y como si se encontrara encerrada en su propio confesionario, volcaba ese mundo lejano y arisco que le andaba adentro, como una obsesión. Reía por momentos incontroladamente, manteniendo la mueca de una risa dolorosa, dramática. A los costados de su boca, se habían ahondado los surcos y mostraban los reflejos de una estatuaria impresión, donde el delirio insistía en castigar la carne. Se sentaba frente a ellos y les hablaba de una culpa del hombre; de una justa culpa involuntaria que había penetrado las vértebras del paisaje. Los perros escuchaban como lamentando no tener palabras para contestar. Parecían entender a esa mujer, herida, castigada, por vaya a saber qué insondables misterios de la razón o del ser. De tanto en tanto se miraban entre sí con fraternal cariño; las manos de Cardo se ahuecaban para acariciar la enorme cabeza de “Pampero”, era allí donde el perro se sentaba, como dispuesto a gozar con el regalo de su cuento; el animal, parecía un niño que espera para dormirse, las palabras llenas de fantasía iluminada de la abuela. Allí comenzaba:

–Hoy, me encontré nuevamente con él… ¿Sabían?… ¡Sí!… hoy cuando salí a buscar lágrimas en el médano grande, y me dijo:

–No dejaré de venir, hasta que no me canse de ver al hombre llorar y pedir perdón por el daño que me ha hecho.

–¿Te ha hecho daño?… –le preguntaba yo, y él me contestaba:

–Me ha quitado la tierra… La tierra era mía, y él vino y me la quitó a manotazos… y yo me fui triste… Me escondí en el monte porque tenía frío… Luego vino y también me lo quitó… Entonces me encontré perdido en el aire… Por eso estoy enojado con él… porque el monte era la ropa que tenía la tierra y el hombre se la quitó y no le dio un solo árbol… El hombre es mezquino…Malo… ahora esta tierra tiene frío y hambre de árboles… Ella me lo ha contado… Por eso vengo y le traigo esta sábana de médanos… para que no tenga frío… Yo antes jugaba con las flores, me llenaba el cuerpo de perfumes y los llevaba despacio, tranquilo, por los caminos… Ahora no tengo nada.

Luego bajaba la cabeza y volvía a mirarse en los ojos del animal y continuaba:

–Todo eso me contó… Me lo contó a mí porque soy su amiga. Cuando todos se volvían contra él yo lo defendía… Por eso se hizo mi amigo. Además yo me enamoré de él porque es delicado y es fuerte, macho, sencillo, salvaje, puro… Por eso me entregué a él con todo mi cuerpo y me hizo feliz… No lo dejará nunca, estoy segura, nunca… Esta noche me duelen las entrañas y vendrá a consolarme de este dolor… Es el único sincero y capaz… ¿Lo oyes cómo ronda…? ¿Cómo canta…? ¿Cómo ríe…?

Cardo caminaba hasta la ventana y la abría de par en par. Largas llamaradas de vientos penetraban en su alcoba, apagaban la luz, removían el lecho. Tomaba sus largos cabellos y los sacudía con fuerza haciéndolos flamear. Ella reía.

–Te esperaba, querido, te esperaba… Tómame, aquí tienes mis lágrimas. Abrázame fuerte… fuerte… ¡Ay!… Me tumba tu abrazo… No puedo resistirte… ¡Bárbaro maravilloso…! Terriblemente bárbaro mío… No puedo más, se me doblan las piernas.

Y así caía sobre el lecho, daba vueltas en él con una furia incontenible. Un torbellino agrio y sangriento, se suspendía en el espacio con el mensaje mortal de su locura. El viento establecía en ella sus estancias. Los martillos de la poderosa imaginación, agrupaban las sonoridades del espasmo con una irritada sensación de muerte. Del fondo de su ser emergían los caminos hasta extraviarla en un sueño generado por las arpas vitales e invisibles, de una paulatina degradación sexual. Allí se dormía entre las largas horas de la noche.


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