Una habitación pequeña, cuento de William Sansom


William SansomLa hermana Margherita fue escoltada con gran ceremonia hasta el umbral de su nueva habitación, pequeña y sin ventanas, pero, una vez allí, la madre superiora y las otras monjas se disculparon y la dejaron sola con las cinco obreras asignadas para la ocasión, que de inmediato procedieron a cumplir con las tareas encomendadas.

Mientras tres de las artesanas manipulaban los largos tablones de plástico —casi parecían planchas de asbesto mezclado con cabellos y cáscaras—, las otras dos colocaban un firme enrejado de bronce delante del manómetro, que ya había sido empotrado en una de las paredes internas. Las tres mujeres atareadas con los tablones montaban una especie de guardia improvisada en el umbral, y las dos que estaban adentro podían levantar la vista de su trabajo en cualquier momento para vigilar cualquier movimiento dilatorio de Margherita.

Pero Margherita se había acomodado en silencio en el borde de la cama y parecía contenta de estar allí sentada, mirando ociosa los preparativos de su nueva habitación, una habitación que, por supuesto, nunca había visto antes.

Sin embargo, no era muy diferente de todas las otras habitaciones del convento. Las paredes, pintadas al temple, eran de color verde claro; el linóleo reluciente que revestía el piso tenía el mismo color. Había pocos muebles: solo su cama, una estructura simple y lustrosa de nogal, cubierta por una colcha de seda verde; un pequeño prie-dieu, tapizado con una tela similar; una mesa; y en un rincón una diminuta estufa eléctrica. Por lo demás, era una habitación despojada; las superficies de una limpieza inmaculada y el orden reinante eran indicios de que nadie la utilizaba. Un aire de melancolía lo envolvía todo, el mismo que aflora en el brillo mortalmente pulcro de las salas de estar de las casas en las afueras; salas pequeñas y cuidadas, que jamás reciben visitas, que día tras día esperan, cuando la luz de la tarde comienza a morir, que les llegue el susurro del polvo o que alguien deje caer un libro en su impoluta monotonía. Pero era obvio que la luz de la tarde jamás había entrado en la habitación de Margherita, porque no había ventanas por donde pudiera entrar. Solo en eso se diferenciaba de los otros cuartos, pero la diferencia bastaba y sobraba, porque el carácter de una habitación depende tanto de los ángulos bañados por la luz difusa como de cualquier otro detalle de la decoración. La nueva habitación de Margherita no tenía ventanas, entonces, pero estaba iluminada por tubos ocultos de luz eléctrica de un blanco azulado que daban una luminosidad similar a la luz de la tarde, pero incolora y proveniente de una fuente indefinida, y quizás por eso más monótona, porque su esencia misma era artificial. Esa luz iluminaba con inquebrantable severidad el ramillete de grandes margaritas blancas que la madre superiora había colocado en un florero junto al prie-dieu, como una muestra de su imparcialidad personal.

Hasta el momento, Margherita se había conducido con encomiable y serena reserva. Su actitud plácida podría haberse confundido con complacencia, pero Margherita no era en absoluto indiferente: conocía su posición y observaba los afanosos movimientos de las obreras con interés. Quizás la presencia de las otras mujeres fuera lo que le permitía mantener una actitud tranquila ante los procedimientos fatales.

Margherita estaba en vías de ser emparedada. Dentro de unos minutos, los últimos tablones serían clavados en su lugar y ella abandonada para siempre en compañía de sí misma y de su pequeña celda sin aire. Y tendría muchas horas para arrepentirse de su pecado. Había sido sentenciada por “lo habitual” —de lo cual, de hecho, había sido culpable en más de una ocasión— y lo único que le quedaba ahora era soportar el “tratamiento prescripto”. Por el momento, sin embargo, las artesanas le brindaban una vaga sensación de compañía; era difícil imaginar una vida sin gente con aquellas cinco artífices trabajando a su alrededor. Por lo demás, Margherita aceptaba como algo inevitable el proceso de su sentencia: era lo tradicional y lo usual; jamás se le habría ocurrido criticar una costumbre tan venerable y tan profundamente arraigada. Si uno espera que sucedan cosas desagradables, estas resultan más fáciles de aceptar, sobre todo si no hay que aceptarlas en el mismísimo instante siguiente.

Las tres mujeres del umbral casi habían completado la cuarta pared. Manejaban el material, que era muy liviano, con fluida destreza; empuñaban martillos y agujas sin esfuerzo, con la despreocupada confianza de un obrero acostumbrado a manipular sus herramientas. Unían entre sí los tablones, sellando cada orificio con un clavo, y además cosían con firmeza los espacios libres en la alfombra del zócalo y en el friso tapizado del cielorraso para asegurarse de que no entrara ni una gota de aire en la habitación. Cuando solo les faltaba cubrir una pequeña abertura, dejaron las herramientas y, apoyándose contra la nueva pared divisoria, se pusieron a charlar para hacer tiempo; sería imposible fijar el último tablón hasta que las otras obreras no hubieran terminado con el manómetro.

El instrumento, del cual solo podía verse el dial, ya estaba firmemente empotrado en la pared. Pero dado que cumplía la función de registrar la disminución del oxígeno en la atmósfera y que, por lo tanto, su implacable aguja le indicaría a Margherita la velocidad de aproximación del instante de asfixia, podía suceder que Margherita sintiera la tentación de destruirlo en algún momento crítico, quizás convencida de que el instrumento era el agente de la muerte y no su mentor; por estas razones, se acostumbraba colocar sobre el dial un enrejado de alambre de bronce como protección contra manos intrusas. El manómetro debía ser preservado a toda costa: era un refinamiento tradicionalmente indispensable. De lo contrario, ¿cómo asegurarse de que la persona encerrada tendría una justa apreciación de la proximidad de su muerte? ¿Cómo podría captar los pormenores de sus últimas horas? Por ejemplo, a falta del mensaje exacto del manómetro, podría sufrir un desmayo prematuro y, en consecuencia, morir antinaturalmente pronto, o el optimismo inherente a su carácter podría llevarla a menospreciar la posibilidad de la muerte y posponer así, con la fuerza de esa creencia, incluso las atrofias físicas y por lo tanto prolongar artificialmente la llegada de la muerte. En cualquier caso, el acto de morir se vería despojado de su proporción natural, y eso era contrario a la filosofía del convento. Las cosas debían tomar el rumbo previsto a cualquier costo. La estimulación artificial, los atajos, las ilusiones estaban estrictamente prohibidos: la experiencia real, según las leyes de la naturaleza, era la base primordial sobre la cual se ordenaban todos los asuntos, incluyendo el confinamiento-hasta-la-asfixia.

Por supuesto, ya se había argumentado que las ilusiones eran ilusiones según las reglas naturales —después de todo, las ilusiones como tales ocurrían dentro de la maquinaria de las mentes naturales y no ocurrían en ningún otro lugar—, pero, no obstante, las más altas autoridades en la materia habían propugnado la concepción de una norma arbitraria, a la que definieron como la experiencia real de la mayoría. Sin embargo —la queja era constante—, ¿cómo podía probarse que una mayoría cualquiera era más real que su correspondiente minoría? Las personas situadas en la escala móvil entre la carne y el espíritu eran unidades difíciles de sopesar. Sí, era cierto que podía haber más personas de una determinada clase, pero ¿era la clase correcta? ¿Cómo se evaluaba si una persona era “real”? Por ejemplo, podía haber una mayoría de unidades demasiado carnales, pero esa mayoría, si bien convincentemente numerosa, ¿podía ser también convincentemente sub-real? En un mundo siempre cambiante, entre individuos siempre cambiantes, ¿quién era real, en qué momento, ahora? Las mentes simplistas sostenían, despreocupadas, que no había cambio alguno, que el viejo mundo seguía siendo el mismo de siempre y que la naturaleza humana nunca, pero nunca, cambiaba. Y esa fue la respuesta que dieron las autoridades en la materia; en aquella etapa de la doctrina, tras haber dedicado una sonrisa de desdeñoso disgusto a sus interlocutores, enarcaron sus blancas cejas y succionaron sus descarnadas mejillas para, acto seguido, invocar ubicuas panaceas como “el sentido común” o incluso —¿implicando acaso un velado retorno conspirativo a la carne?— “el instinto común”.

Pero esos problemas no preocupaban a Margherita mientras observaba a las obreras, que, habiendo concluido por fin la tarea, se alejaron unos pasos para contemplar su trabajo con satisfacción. Miraron sonrientes a Margherita, como si desearan ser felicitadas por su habilidad manual; Margherita, por su parte, les agradeció sonriendo y asintiendo con un gesto de aprobación. Las tres conversaron sobre el manómetro durante unos minutos; después, las otras dos empezaron a dar vueltas por la habitación, pasando con incomodidad los dedos por la cama y las paredes, visiblemente ansiosas por encontrar una excusa para irse. Margherita también se sentía cada vez más incómoda en su compañía: percibía un vacío en la manera de relacionarse con ella, como si ya la hubieran abandonado. Ya no compartían un interés común. Habían agotado el único tema que les importaba a las tres, el manómetro. La atmósfera resultaba cada vez más irritante, y por eso Margherita casi se alegró cuando las otras artesanas, que aún estaban afuera, comenzaron a bostezar ruidosamente y por fin llamaron a las dos que quedaban adentro con quejas de que todavía las esperaban muchos deberes y que estaban perdiendo valiosas horas de trabajo.

Ante la oportunidad, las dos que estaban adentro dieron un respingo y se chocaron, tan apuradas estaban por despedirse de Margherita. Pocos segundos después habían desaparecido por la única abertura que quedaba en la pared. Margherita se sintió aliviada al verlas irse. Solo cuando ya estaban clavando el último tablón alzó una mano en dirección a ellas, con un leve ademán de reserva. Entonces deseó con todo su corazón que regresaran. Pero era demasiado tarde. Estaba sola.

Permaneció de pie en el centro de la habitación durante unos minutos, saboreando despacio el nuevo silencio, el silencio sin respiración, y las primeras sensaciones que le provocaba el hecho de estar completamente sola. Las cuatro paredes, el piso, el cielorraso; de hecho, seis paredes con sus ocho esquinas inmaculadas. Sus ojos recorrieron las superficies con parsimonia, una por una, y de pronto advirtieron su similitud: no había ninguna abertura, ninguna familiar puerta cerrada, ningún marco de ventana, solo las paredes lisas y continuas. Parecía imposible que existiera un lugar como ese. Tal vez hubiera una puerta a sus espaldas. Los sentidos le decían que debía de haber una puerta. Giró sobre sus talones, y quedó de cara a una pared. ¡La puerta la estaba eludiendo, se las ingeniaba para quedar siempre a sus espaldas! Pero, por mucho que girara en el lugar, la puerta era demasiado inteligente: ¡desaparecía todo el tiempo, justo a tiempo! Una vez creyó atisbarla por el rabillo del ojo, un rectángulo neblinoso a punto de desaparecer, como la sombra que una luz fuerte deja en la pupila. Varias veces fingió que iba a girar hacia a un lado y luego giró de improviso en la dirección opuesta. Incluso trató de disimular sus pensamientos, como si la omnisciente puerta pudiera leerle la mente. Pero todas y cada una de las tácticas resultaron inútiles: ¡la puerta era, de lejos, demasiado inteligente para ella!

Entonces miró los canales ocultos de donde provenía la luz… hasta le pareció posible oír el sonido de esa luz. Aguzó el oído. Sí… Un zumbido, ¡un leve ronroneo continuo! Por un instante, sus esforzados sentidos le acercaron ese zumbido compañero, pero, en cuanto se relajó un poco, el sonido se desvaneció; después de todo, ni siquiera existía; allí no había más que silencio; una luz silenciosa, inmóvil, pintada.

Se encogió de hombros. La habitación era impasible. Nada se movía, no proyectaba ningún carácter. Era despojada, pero compacta. No tenía calidez, pero tampoco era fría. No hacía eco a ningún sonido, pero tampoco consumía el sonido. Lo que ocurría en esa habitación ocurría por sí solo y sin ayuda de la habitación, contra un fondo neutro que nada proyectaba ni absorbía. Margherita fue hasta la cama y se sentó. Sus pasos golpearon en el linóleo con un sonido exacto, sin eco, sin amortiguación. Apoyó la cabeza en las manos y miró el suelo. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Pero aquella habitación sin carácter no obstante parecía estar viva, parecía contener movimientos invisibles e inaudibles, como si su función fuera ocultar las cosas que ocurrían del otro lado de sus paredes. Irradiaba la energía impasible de la sala de espera de un cirujano, con la puerta de conexión cerrada y vigilante; era como el interior de una enorme heladera donde no había movimiento real salvo la sensación, casi perceptible, del hielo formándose del otro lado de las paredes, quizás dentro de las paredes mismas. Por supuesto que la habitación también trasmitía un presagio de fatalidad inminente, pero eso era natural, y la propia Margherita lo sentía, aunque hasta el momento no había experimentado ninguna aprensión profunda, resignada como estaba bajo el peso de la tradición inevitable. A pesar de su descomunal consecuencia, ciertas tradiciones se imponen con gracia; uno las ve venir, llegan de a poco, sin el impacto de lo súbito, como un serpenteante río de lava invasora.

Margherita se levantó de la cama y fue hacia el manómetro. El dial era bien visible detrás de su escudo de bronce; la aguja señalaba con firmeza un número, sin temblar, circundada siempre por una serie de números imperturbables que, por supuesto, no se movían. Era una guirnalda de números —algunos rojos, otros negros— inscriptos y carentes de sentido. Las unidades aumentaban de a cientos, la abundancia de letras O y la enorme sumatoria no significaban nada para una imaginación acostumbrada a contar de a dos o de a tres. Eran cifras vacuas, incalculables. Si algo expresaban para Margherita, era solo una cantidad sin fin: tendrían que pasar miles de letras O antes de que ocurriera algo; había miles de litros de oxígeno que consumir, cientos de horas cúbicas que dejar pasar. Margherita se alejó del instrumento imposible, caminó hasta la estufa eléctrica y la encendió, sin importarle que el pequeño filamento voraz derrochara su oxígeno, sin importarle su exigua riqueza en horas.

Habían pasado muchos años desde el noviciado de Margherita, y ella ya estaba acostumbrada al confinamiento solitario. La idea de la soledad no escondía terrores para ella. Se arrodilló en el prie-dieu y dirigió una plegaria a la organización en la cual creía. Luego se levantó y volvió a la cama. Permaneció sentada allí, en contemplación. El filamento resplandeciente consumía su aire; la inmóvil y hambrienta barra bermellón la asesinaba en silencio. Pero Margherita ni siquiera pensaba en que eso aceleraría su muerte; en realidad, aún no se había dado cuenta de que iba a morir. Había pensado muchas veces en la muerte, pero nunca en la suya. Jamás había podido imaginar su propia muerte, de hecho ni siquiera lo había intentado: era una idea inconcebible. Incluso ahora no había ninguna prueba alarmante que orientara su pensamiento en esa dirección. Estaba entera, sana, bien alimentada, caliente, respiraba. Sus manos seguían siendo manos, contaban las cuentas del rosario, cada dedo era tan sensible como siempre; su cuerpo era el mismo, sentía los dolores habituales en el hombro izquierdo y una especie de calambre en la base de la espalda, también del lado izquierdo; tenía la boca agradablemente fresca, los ojos un poco cansados; era su cuerpo, tal como lo conocía y como lo sentía por dentro cada día. La idea de que su cuerpo fuera a desintegrarse sencillamente no se le pasaba por la cabeza. A pesar del voto de humildad, una confianza animal la unía a la vida; su entidad estaba viva y, dado que su función era vivir, no podía imaginarse muerta, ni tampoco era capaz de comenzar a pensar en un sentido tan negativo. Por supuesto que el ambiente que la rodeaba era sinónimo de muerte para su cerebro pensante. Pero en eso también se dejaba engañar, porque la tradición y su ceremonial habían superado su propia verdad y, por lo tanto, solo la idea era verdadera ahora.

No obstante, transcurridas unas horas, Margherita se inquietó. Había meditado, pero no había podido perderse en la meditación. La meditación era una práctica de por sí difícil, pero ahora ni siquiera podía concentrarse. Algo la distraía. ¿Tal vez algo que había en la habitación? “¿Por qué será que esta pequeña habitación me distrae tanto —pensó—, si es exactamente igual a todas las otras pequeñas habitaciones del convento?”. Pero, a diferencia de las otras, esa habitación la perturbaba. Hasta que por fin se dio cuenta: era la falta de ventanas. Pensó: “Sola en mi celda, por más absorta que esté en mis meditaciones, siempre me siento acompañada en alguna medida por la presencia de la ventana. Un cuadradito de cielo, un pequeño cuadrado de infinito”. (Pero era mucho más que eso. Por ejemplo, también estaban las pequeñas sombras que rodean todas las ventanas: la sombra justo encima del marco superior, donde la oscuridad siempre parece más profunda, y la sombra debajo del antepecho, donde realmente es más profunda, porque el suelo no refleja la luz. Las ventanas y las puertas se imprimen con profundidad en la conciencia del niño en los primeros años; son las vías de salida a regiones misteriosas, las vías de entrada por donde pueden ingresar las primeras formas del terror, las primeras imágenes del amor. Son mucho más que puertas y ventanas; son rectángulos de aventura, misterio y esperanza infinitos. Son un consuelo mental que dura para siempre; uno no debería alejarse jamás de estos hechos percibidos en los primeros momentos).

Margherita miró con mayor curiosidad el verde al temple que la rodeaba. Vio, por primera vez, el espacio cerrado sin ventanas. Las primeras sensaciones de incomodidad la perturbaron, y aunque permaneció sentada en actitud de meditación, sus ojos miraban, rápidos, hacia los costados, revelando con urgencia el blanco que rodea el iris; los ojos se movían pero la cabeza continuaba quieta. Al no poder meditar, el vacío absoluto de las horas enclaustradas se reveló en toda su magnitud. El simulacro de solaz se había derrumbado, no sabía en qué ocuparse, no tenía más recursos. La soledad descendió sobre ella y, reconcentrada en sí misma, se miró las manos vacías, monótonas, y los pies sin dirección. Pudo ver, como si estuvieran dispuestas en estratos, las horas que aún le quedaban en la pequeña habitación: una interminable escalera de horas, no descendente, como en realidad debería ser, sino ascendente. Veía la extensión de las horas, pero nunca el límite. Dado que debía experimentarlas ahora, minuto a minuto, parecían infinitas; fuera de aquella habitación, pensando en otra persona en su misma situación, habría podido ver con claridad el límite; desde una perspectiva crítica, podría haber contraído el tiempo a una duración razonable. Pero ahora que ella misma era el sujeto, las horas no tenían un final claro; hasta la vida parecía monótonamente larga.

Entonces, en forma extraña, la idea misma de que la vida era interminable aportó un final. Por “interminable” en realidad había querido decir: “de una longitud inconmensurable”. Pero en virtud de no poder medir el tedio —dotándolo por lo tanto de proporción, aunque de longitud insoportable—, ahora vislumbraba una extensión absoluta, y una extensión debe tener fin. Entonces, por primera vez, consideró la posibilidad de que la vida tuviera fin. Quizás, espantada frente a la gran escalera de las horas, comenzó a esperar el fin, y su deseo le permitió sentirlo con claridad, con tanta claridad que, si aquellas horas neblinosas realmente hubieran formado una escalera, ella podría haber visto el borde de la alfombra del último escalón, las varillas de bronce, el espacio uniforme del rellano. Pero las horas no eran de alfombra, eran una sucesión de aprensiones grises, que a veces formaban las letras de la palabra “horas”, otras veces no tenían forma sino solo peso, y entonces la hora final no podía ser vista pero sí, quizás, sentida, pero el aspecto de esa última hora todavía se le escapaba; la muerte continuaba siendo inconcebible.

No obstante… Margherita había sentido la idea de la muerte, aunque no de la propia. Podía pensar en la muerte por un lado y en ella misma por el otro y saber que esas dos ideas estaban relacionadas, aunque no pudiera captar la forma del vínculo. Y así, sentada en la cama verde, con las manos todavía cruzadas, en la pequeña habitación solitaria en donde nada se movía, ni siquiera el calor, ni siquiera la luz, en donde todo estaba absolutamente inmóvil, en donde solo se oían sus propios movimientos, y el susurro de su falda sonaba con una fatalidad exacta y solitaria, Margherita empezó a tenerse lástima. Por fin pudo decirse: “Voy a morir”. Y de una manera remota comenzó a sentirlo, y a lamentarlo, mientras las primeras lágrimas no derramadas se le agolpaban en la garganta. De pronto se sentía pequeña, ignorada, abandonada por las personas que había conocido y por el lugar que la había nutrido. ¡La habían dejado sola! A ninguna de sus hermanas le importaba su suerte, quizás hasta habían dejado de pensar en ella. Cruzó el linóleo hasta el prie-dieu e intentó, una vez más, rezar. Pero todo el tiempo pensaba: “Voy a morir”.

Durante sus plegarias sintió el peso de la muerte. “Esta persona, este ‘yo’ que soy yo, estas manos y estos recuerdos y estos deseos íntimos y estos amargos disgustos que me son tan familiares, esta sombra precisa que subyace a mis pensamientos, todo esto va a morir. Dejará de ser. No quedará nada de todo esto”. Entonces pensó las siguientes palabras, a medias inmersa en la plegaria: “No puede ser”. Y luego: “¿Pero qué hay de Dios? ¿Dónde estará Dios cuando este ‘yo’ cese de rezar aquí, debajo de Él? Yo lo siento en mi plegaria, y es en mi pensamiento donde Él adquiere forma. Entonces, ¿qué pasará cuando ‘yo’ ya no esté para sentirlo…?”.

Muchas horas más tarde se persignó y se levantó. Tenía la mente embotada, el aire se había vuelto confuso y denso ante sus ojos. ¿Tal vez un vaso de agua? Fue hasta la cama a buscar la jarra. Había un poco de pan, ¿pero dónde…? Se habían olvidado de dejarle una jarra de agua. ¡Eso sí que estaba mal! ¡Pensar que habían olvidado un detalle tan vital de la ceremonia! Esa conducta tan despreocupada menoscababa el sentido de la ceremonia. ¿Pero la ceremonia sería en realidad tan importante como siempre había creído? Tal vez sus hermanas habían pensado que no valía la pena consagrar sus energías a la ceremonia, quizás estuvieran impacientes por hacer otras cosas. Incluso era probable que en aquel mismo momento una de ellas —quizás la mismísima madre superiora— hubiera recordado la jarra e ido a preguntarle en persona a una de las artesanas; no obstante, aun cuando la artesana hubiera dicho la verdad, cosa bastante dudosa dadas las circunstancias, era probable que la madre superiora se hubiera olvidado por completo de la jarra en la primera oportunidad. Estaba claro que sus compañeras de otrora ya no tenían el menor interés en ella, que sus pensamientos habían pasado tranquilamente a otras cuestiones. Ella, Margherita, era asunto terminado. Incluso habían apresurado la ceremonia que le pondría fin y olvidado un detalle tan importante como el agua, y eso demostraba que la habían olvidado incluso antes de abandonar la pequeña habitación. ¡Cuán desconsideradas eran sus hermanas, y cuán traicionero su afecto!

Margherita lamentaba en lo más profundo la desatención. Ahora que a todas luces era evidente que la ceremonia no tenía importancia, parecía igualmente poco importante que ella fuera a morir. Ahora parecía ser un error, un sinsentido. Todos sus esfuerzos serían vanos, moriría sin ser vista, sin ser oída, sin ser sentida, incluso sin ser recordada. Desesperanzada, alzó el florero lleno de margaritas y bebió el agua amarga y amarillenta que había entre los tallos, y varios de ellos le cayeron, desprolijos, sobre la cara mientras bebía.

Volvió a poner el florero en su lugar; sus ojos recordaron el manómetro. Caminó hasta el instrumento zapateando apurada sobre el linóleo y espió a través del escudo de bronce.

Se quedó sin aliento: por la sorpresa, por el impacto, por el miedo y, por primera vez, por la falta de aire. ¡La aguja del manómetro estaba a solo diez unidades de las estrellas azules de la marca de peligro! Sin hacer ningún sonido, sin inútiles demostraciones, sin un solo titubeo, lentamente había seguido su curso inexorable, dejando atrás las unidades con su despiadada aguja de acero. “¡Si por lo menos vibrara!”, pensó Margherita.

—Pero es firme, tiene la misma firmeza de las agujas de esos relojes eléctricos. No las vemos moverse —susurró con voz entrecortada; las palabras se iban revelando temerosas—, pero se mueven; podemos sentir que el tiempo se acorta, pero no podemos ver cómo se acorta de un minuto a otro, porque en cuanto captamos el minuto, ya se ha ido, la aguja ya ha avanzado unos segundos más.

Se llevó los dedos a la cara para tantear sus rasgos, como si necesitara reasegurarse de su forma.

—¿Y qué ocurre? ¿Aumenta la velocidad? ¿Todavía de manera imperceptible pero, no obstante, aumenta? ¿La presión aumenta a una velocidad exacerbada?

Cuando retiró la mano de su cara, estaba húmeda, tan húmeda como si hubiera tocado el vidrio de una ventana mojado por la lluvia. Sintió que le faltaba el aire. Entonces, tratando de concentrarse, comenzó a tomar largas inspiraciones y a hacer una pausa entre una y otra con los pulmones vacíos. Parecía estar respirando peso, no aire. Respirar ese peso era muy difícil, demandaba un gran esfuerzo; la falta de aire la hacía transpirar. De pronto, repentinamente ágil, como un gato que despierta de un salto en mitad del sueño, alargó los brazos y tironeó del cable de la estufa eléctrica; el enchufe se desprendió y rodó sobre el linóleo con un ruido hueco. ¡Cómo se le había ocurrido permitir que ese artefacto devorara sus preciosos minutos de oxígeno! Miró el enchufe, jadeante, con los nudillos cada vez más blancos por la presión de apretar y aflojar los puños.

¿Por qué había atacado el cable de la estufa con semejante salvajismo? ¿Acaso porque el aire de la pequeña habitación era cada vez más caliente, más incómodo y caliente? ¿Porque el avance de la aguja la había obligado a subir de golpe su escalera de horas, y la repentina proximidad del fin la inundaba de un deseo igual de repentino de vivir? Nunca antes había sentido ese deseo. En aquellas horas interminables, la muerte le había parecido remota; inevitable, sí, pero remota. Ahora estaba peligrosamente cerca. Miró en todas direcciones, moviendo la cabeza con lentitud a causa del calor, pero con el pensamiento veloz. A toda costa anhelaba encontrar una manera de prolongar las horas que antes había deseado acortar. Pero las horas inmisericordes ahora le comprimían los oídos, le pesaban sobre los ojos en el aire opresivo, un aire que se adelgazaba y al mismo tiempo se tornaba más espeso. Sus ojos finalmente regresaron a la aguja del manómetro, que incluso en aquel corto lapso había avanzado dos unidades más.

Con el deseo de vivir comenzó a asomar el arrepentimiento. Ya no sentía lástima de sí misma porque la habían abandonado. Ahora anhelaba con todas sus fuerzas recuperar lo que podría haber sido. Su arrepentimiento consumía el pasado: “¡Y pensar en todo lo que podría haber hecho, con tanto tiempo por delante!”. La sensación de tornarse físicamente más pequeña que había caracterizado su ánimo lastimero revertía ahora en arrepentimiento positivo. Llevada por el pensamiento, se sentía cada vez más grande, su mente arremetía, apelaba a todos los recursos posibles, parecía aumentar de tamaño con la fuerza del ataque. ¡Tanto tiempo desperdiciado, tantas oportunidades perdidas, tantos esfuerzos no concretados! Ahora, a medida que los segundos iban extinguiéndose, veía su pasado como un bloque de tiempo cuyos minutos, todos y cada uno, deberían haber sido utilizados con eficiencia intachable. Solo podía imaginar una energía inagotable que había sido derrochada en forma voluntaria; olvidaba la necesidad del descanso, del desorden, del letargo, de la melancolía, de la digresión, todas las tendencias negativas a través de las cuales, en lucha no complementaria, existen las energías positivas. No, en el cerebro sudoroso, jadeante y como lleno de plomo de Margherita solo retumbaba el unilateral arrepentimiento de no haber usado más y mejor los minutos de su vida. Podría haber hecho esto, podría haber hecho aquello, podría haber plantado aquella avenida de limoneros, podría haber apoyado esta obra de caridad, podría haber continuado con su diario íntimo, podría haberse ocupado de reequipar la lechería, podría, en la cima de una montaña, un cierto amanecer, haber apreciado más plenamente el mensaje del cielo iridiscente, y podría haber ejercitado sus sentidos para poder luego recrear una y otra vez ese amanecer, podría haber multiplicado a su amante por muchos amantes, o podría haberlo desdeñado, encarcelándose dentro de un caparazón de virtud construido con impecable e incansable afán. Fuera lo que fuese, lo único cierto era que lo había dejado sin hacer. Por mucho que hubiera hecho, siempre podría haber hecho más. Por mucho que hubiera visto, siempre podría haber sentido más hondamente. Por mucho que hubiera sentido, siempre podría haber profundizado y conservado mejor sus sentimientos.

Se levantó una vez más, y la cama crujió; los encastres de la estructura de madera parecían quejarse bajo una presión invisible. Volvió a arrastrar los zapatos por el linóleo hasta alcanzar el manómetro. Los pies le pesaban muchísimo; cada cosa que hacía, la hacía bajo un gran peso. Se le vencía la cabeza. Se había trasladado muchas veces desde la cama hasta el manómetro. Y cada vez, aunque sus pasos eran más lentos, al ver que la aguja se acercaba, e incluso a pesar del creciente deseo de acostarse y dormir que la invadía, su deseo de vivir aumentaba. Mirando el dial a través de la reja de bronce, vio que la aguja se cernía, con tanta firmeza como la sombra del sol, sobre la segunda unidad ubicada debajo de las estrellas azules.

Sofocada, con los hombros flojos, sacó el prie-dieu de su lugar y lo arrastró hasta el manómetro. Se arrodilló bajo el dial y se quedó mirándolo, inmóvil; ya no se atrevía a quitarle la vista de encima. ¿Y si la aguja saltaba de golpe hacia adelante? Si Margherita la miraba fijo, podría anticipar el movimiento y conocer íntimamente la velocidad de su agonía.

A medida que el oxígeno disminuía y la presión era cada vez más intensa, a medida que el tiempo se acortaba y las estrellas azules se acercaban, a medida que las unidades aceleraban su marcha y el anhelo de vivir de Margherita, igualmente veloz, luchaba por desacelerarla, la pena por el pasado se transformó en un arrepentimiento viril por el futuro. Vagas imágenes de temas que hasta entonces no habían despertado su interés de pronto la cautivaron: la construcción de una nueva ala en el lado sur de la antigua fortaleza conventual —¡era espantoso saber que nunca jamás llegaría a verla!—; la instalación de un lavarropas eléctrico… tarde o temprano eso ocurriría, y ocurrirían muchos otros cambios, pero ella, la difunta Margherita, nunca jamás podría verlos… Aferró los costados del prie-dieuy, mirando a través del escudo de bronce, pensó en los problemas de la doctrina, de la conducta, de la plegaria, problemas que ya nunca podría resolver. Pensó con creciente envidia en las grandes bondades de la vida, en las cáscaras de las frutas maduras en otoño, en la capa de hielo que tapizaba los caminos en febrero, en las corrientes de aire en invierno, en las enormes hojas oscuras que matizaban el verdor de los árboles en mitad del verano, y sobre todo en los cielos que acompañaban las estaciones, los cielos que siempre había mirado en busca de consuelo, miles de cosas buenas que jamás volvería a ver ni a sentir. Nunca volvería a verlas. Ya no había esperanza. No obstante, ¡seguía pareciéndole inconcebible que no hubiera ninguna esperanza! La esperanza le corría por las venas. Pero el renovado peso de la razón subyugaba cruelmente sus sentidos, aplastando toda esperanza. Empezó a tironear de los delgados alambres de bronce del escudo con sus pálidas uñas bien limpias. Una uña se abrió paso, deslizándose entre los alambres como un gusano, y quedó apuntando directo hacia la aguja, oliéndola, sin poder tocarla. Su boca empezó a farfullar; tenía los labios flojos y entreabiertos, babeaba.

¿Cuántas horas había soportado en esa habitación? ¿Cien? ¿Tal vez días? No había manera de calcularlas. La última hora de todas cayó, pesada como el plomo, sobre su cuello inclinado; Margherita se deslizó del prie-dieu al suelo. Su dedo todavía señalaba el manómetro, pero ya sin fuerzas. El velo cayó a un costado, y reveló la tonsura monjil lisa como un huevo de hormiga. El intolerable peso del sueño la arrastraba, le cerraba los párpados, obturaba los labios inflamados y sin aliento, le aflojaba los músculos de las mejillas cada vez más azules. Se olvidó del futuro.

Sus ojos solo añoraban una prueba del presente, la visión del vuelo de un pájaro, el color de una flor, la presión de los brazos de su hombre, el sabor de una fruta. ¡Qué intenso habría sido ese sabor! Abrió los labios y dejó asomar una lengua hinchada, cada vez más gruesa, y lamió con suavidad el aire.

La visión del sabor de la fruta se desvaneció, tal como se habían desvanecido, en perfecto orden, el deseo del futuro, el arrepentimiento por el pasado, la imposibilidad inicial de creer en la muerte, y entonces, por fin, como una nadadora en aguas demasiado profundas, empezó a luchar, ya sin la parte racional del cerebro, como un animal, sin capacidad de reflexión pero con capacidad de moverse, guiándose tan solo por instinto. La cabeza desnuda se sacudía de un lado a otro, los brazos trazaban lentos movimientos de rana que se debilitaban con cada embestida. Poco después, dejaron de moverse.


No miras abajoWilliam Sansom nació en Londres en 1912. Considerado uno de los mejores cuentistas ingleses de la posguerra, tardó en establecer su vocación. De joven viajó por Europa, trabajó en un banco y fue redactor publicitario. Durante la Segunda Guerra Mundial, se alistó como bombero voluntario –particularidad que lo vincula a otro gran escritor inglés, Henry Green, admirador de Sansom– y prestó servicio en Londres durante los bombardeos alemanes. Esa experiencia la contó en sus ficciones y crónicas con un grado de precisión y verosimilitud perturbadoras. Un ejemplo es “La pared”, el primer cuento que publicó gracias a que un amigo lo hizo llegar en secreto a la revista Horizon. Terminada la guerra, Sansom se dedicó por completo a la literatura. Fue un autor muy prolífico. Escribió novelas –The Face of Innocence, The Body–, colecciones de cuentos –Fireman Flower, Three, Something Terrible, Something Lovely–, crónicas de viajes, libros infantiles y una biografía de Marcel Proust. Su obra revela el genio de un escritor que adopta modalidades y estilos muy distintos en cada uno de los géneros que explora. Fue actor amateur y se casó con la actriz Ruth Grundy. Escribió para el cine, el teatro y la televisión. Gozó en vida del sereno reconocimiento de sus contemporáneos más famosos y dio curso a su sentido de la observación en libros autobiográficos, entre los que se destaca el de su viaje a Escandinavia, The Icicle and the Sun. Murió en 1976.

El cuento que publica ZL integra el volumen No mires abajo publicado en 2012 por La Bestia Equilátera, con traducción de Teresa Arijón.

 

 

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