Guerra y paz, novela (13ª parte / capítulo 14 / final) de León Tolstoi


León Tolstoi

Decimotercera Parte / XIV

La princesa María regresó a Moscú a principios del invierno. Por los murmuradores supo enseguida la situación de los Rostov y, sobre todo, que «el hijo se sacrificaba por la madre», según decían.

«No esperaba menos de él», pensó, llena de gozo, porque el hecho le confirmaba que merecía el amor que le tenía.

En vista de ello, su amistad, casi su parentesco, con la familia la movieron a pensar en hacerle una visita.

Pero, al recordar sus relaciones con Nicolás en Voronezh, temió verlo. Al fin, cogiendo firmemente con las dos manos las riendas de su voluntad, fue a casa de los Rostov dos semanas justas después de su llegada.

¡Qué casualidad! A quien primero se tropezó fue a Nicolás, porque para llegar a la habitación de la Condesa tuvo que pasar por la de él.

Pero, en vez de expresar la alegría que ella esperaba, el rostro de Nicolás adquirió al vuelo una expresión fría, de sequedad, de orgullo, que ella no había visto nunca en él. Después de informarse del estado de su salud le acompañó hasta la habitación de su madre y allí la dejo.

Al despedirse la Princesa, le salió al encuentro y la acompañó hasta el recibidor con aire grave y frío. A las preguntas de María, nada contestó.

«¿Qué mal le he hecho yo? ¡Déjeme en paz!», parecía contestarle con la mirada.

Y cuando se alejó el coche de la Princesa, exclamó delante de Sonia, en voz alta, incapaz de reprimir su despecho:

‑ ¿A qué viene? ¿Qué quiere? ¡Detesto a esas mujeres y sus amabilidades!

‑ ¡Ah, Nicolás! ¿Cómo puedes hablar así? ‑ replicó Sonia disimulando mal su satisfacción ‑. Es muy buena y mamá la quiere mucho.

Nicolás no respondió ni volvió a hablar de la Princesa. Pero la anciana Condesa comenzó a mentarla cien veces al día a raíz de su visita. La alababa, rogaba a su hijo que fuera a verla, expresaba el deseo de tenerla al lado con más frecuencia. Pero, al mismo tiempo, la ponía de mal humor hablar de ella.

Nicolás callaba y su silencio enojaba a la Condesa.

‑ Es una muchacha muy digna y muy buena ‑ decía la madre ‑. Debes ir a hacerle una visita. No quiero que te aburras a nuestro lado. Debes tener amistades.

‑ ¡Pero si no las necesito, mamá!

‑ Antes hubieras deseado verla continuamente; ahora no la quieres. Con franqueza, hijo mío, no te comprendo. Dices que te aburres, y te niegas a ver a la gente…

‑ No he dicho que me aburra…

‑Pero sí que no quieres verla. Es una mujer dignísima. Antes te gustaba; ahora, en cambio… ¡Todos me ocultáis vuestros verdaderos sentimientos!

‑ No, mamá, te equivocas.

‑ Si te pidiera algo enojoso… Pero te pido que hagas una visita, que seas cortés. Bueno, ya te lo he pedido. De hoy en adelante no volveré a mezclarme en tus asuntos, puesto que tienes secretos para tu madre.

‑ Si tanto lo deseas, iré.

‑ A mí me da igual. Lo decía por ti.

Nicolás suspiró, se mordió el bigote, trató de desviar la atención de su madre de aquel asunto.

Pero al día siguiente, y al otro, y al otro, la Condesa sacó a relucir el mismo tema.

Entre tanto, el frío e inesperado recibimiento de Nicolás convenció a la princesa María de que tenía razón al no atreverse a ir a ver a los Rostov.

«No cabía esperar otra cosa. Por suerte, no tengo nada que ver con él, únicamente quería volver a ver a la anciana, que fue siempre muy bondadosa conmigo y a quien debo mucho», se decía, llamando en su ayuda al orgullo.

Pero tales razonamientos no tenían la virtud de calmarla; cada vez que recordaba la pasada visita la asaltaba una especie de remordimiento, y, aunque estaba firmemente resuelta a no volver a casa de los Rostov y a olvidarlo todo, se sentía siempre como en una postura falsa, y acabó por tener que confesarse que la atormentaba la cuestión de sus relaciones con Nicolás. Su tono frío, correcto, no se derivaba de sus sentimientos ‑ estaba segura ‑, sino de alguna otra cosa, y hasta que consiguiera explicarse lo que era aquella cosa no estaría tranquila.

A mediados del invierno se hallaba en el cuarto de estudio, repasando las lecciones de su sobrino, cuando le anunciaron la visita de Nicolás Rostov.

Firmemente resuelta a no hacerse traición ni a demostrar enojo, llamó a la señorita Bourienne y entró con ella en el salón.

Le bastó una mirada para comprender que Nicolás estaba allí para pagar una deuda de cortesía, y decidió mostrarse igualmente cortés.

El empezó por hablar de la salud de la Condesa, de los conocidos comunes, de las últimas noticias de la guerra, y cuando transcurrieron los diez minutos que exige la buena educación, saludó y se puso en pie.

La Princesa sostuvo muy bien la conversación con ayuda de la señorita de compañía, pero, al levantarse Nicolás, estaba tan fatigada de haber hablado de cosas que no le incumbían, y tan abrumada por la dolorosa idea de las pocas alegrías que la vida le proporcionaba, que, con las brillantes pupilas fijas en el vacío, continuó sentada e inmóvil, sin advertir que Nicolás se hallaba de pie ante ella.

Nicolás la miró y, para disimular que se había dado cuenta de su ensimismamiento, cruzó todavía algunas palabras con la señorita Bourienne. Luego volvió a mirar a la Princesa. Seguía sentada e inmóvil; su dulce semblante tenía una expresión de sufrimiento.

De súbito, Nicolás la compadeció. Pensando vagamente que quizá fuera él la causa de aquel dolor, quiso pronunciar una palabra amable, pero, no encontrándola, dijo:

‑ Adiós, Princesa.

María salió de su ensimismamiento, ruborizándose, y exhaló un profundo suspiro.

‑ ¡Ah! Perdone, Conde. ¿Se va usted ya? ¿Y el almohadón para la Condesa?

‑ ¡Un momento! Voy a buscarlo ‑ rogó la señorita Bourienne, echando a correr.

María y Nicolás callaban. De vez en cuando cambiaban una mirada.

‑ Sí, Princesa ‑ habló al fin Nicolás sonriendo con melancolía‑. Todo parece reciente, y, no obstante, ¡cuánta agua ha corrido desde que nos vimos por vez primera en Bogutcharovo! Entonces nos juzgábamos desgraciados, y, sin embargo, ¡cuánto daría yo por volver a aquellos tiempos! Pero eso es imposible…

La Princesa clavaba en él sus ojos radiantes. Parecía esforzarse por comprender el sentido misterioso de aquellas palabras que le explicarían lo que él sentía por ella.

‑ En efecto ‑ contestó ‑, pero no debe usted lamentar lo pasado, Conde. Usted recordará siempre con placer su vida actual, porque los sacrificios que está haciendo…

‑ No puedo aceptar sus alabanzas ‑ se apresuró a decir él, interrumpiéndola‑. La verdad es que no dejo de dirigirme reproches. Pero, en fin, esto es muy poco interesante y divertido…

Su mirada volvió a adquirir una expresión fría, seca. Mas la Princesa había vuelto a ver en él al hombre que amaba, y se dirigía a aquel hombre.

‑ He creído que me permitiría esta confianza. Como estamos tan unidas las dos familias… Nunca creí que mis cumplidos le parecieran excesivos. Pero ya veo que me he equivocado.

Empezó a temblarle la voz.

‑No sé por qué, pero antes era usted muy distinto a como es ahora… ‑ prosiguió, rehaciéndose.

‑ Existen motivos a millares ‑ repuso Nicolás recalcando sus palabras ‑. De todos modos, gracias, Princesa.

«Ya lo comprendo; ahora lo comprendo todo ‑ decía una voz en el alma de la Princesa ‑. No es sólo esa mirada de expresión bondadosa y franca, no es sólo la belleza externa la que vi en él. Es su alma noble, valiente, abnegada. Ahora él es pobre y yo soy rica. Esto explica su actitud… Pero ¿y si no fuera así…?»

Sin embargo, al recordar su antigua ternura, al reparar en la expresión bondadosa y triste de su rostro, se convenció de que estaba en lo cierto.

‑ ¿Qué le ocurre, Conde, qué le ocurre? Dígamelo usted ‑ exclamó acercándose a él involuntariamente ‑. Debe decírmelo.

El callaba.

‑ Ignoro las razones que tiene para adoptar esa actitud…, pero me resulta penoso, puede usted creerlo… No quisiera verme privada de su antigua amistad.

Las lágrimas brotaban de sus ojos, temblaban en su voz.

‑ Tengo tan pocas alegrías, que perder una más me resulta muy doloroso. Perdóneme. Adiós.

De improviso se echó a llorar y se dirigió a la puerta.

‑ ¡Princesa! ¡Espere! ¡En nombre de Dios, espere! ‑ exclamó Nicolás ‑. ¡María…!

Ella se volvió. Por espacio de unos segundos se miraron en silencio. Y lo que parecía imposible, lejano, se convirtió de improviso en algo muy próximo, posible, inevitable.

En el otoño de aquel mismo año, Nicolás Rostov y la princesa María se casaron…

FIN


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