Guerra y paz, novela (13ª parte / capítulo 13) de León Tolstoi


León Tolstoi

Decimotercera Parte / XIII

El casamiento de Natacha con Bezukhov, en 1813, fue el último alegre acontecimiento que presenció la familia Rostov. En aquel mismo año murió el viejo conde Ilia Andreievitch y, como sucede siempre en estos casos, tras su desaparición, la familia se deshizo.

Los sucesos del año anterior: el incendio de Moscú, la muerte del príncipe Andrés y la desesperación de Natacha, la muerte de Petia y el dolor de la Condesa, fueron rudos golpes que hirieron, uno tras otro, al anciano Conde. No pareció comprender, ni podía en realidad, el porqué de aquellos acontecimientos, por lo que, inclinando dócilmente la blanca cabeza, aguardó el nuevo golpe que acabase con él. Ora aparecía como asustado, ora se mostraba extraordinariamente animado y activo.

El matrimonio de Natacha, con los mil detalles que lo rodeaban, le ocupó la atención unos días: encargaba comidas y cenas, se esforzaba a ojos vistas por aparentar alegría. Pero ésta no se comunicaba a los demás, como en otros tiempos, sino que, muy al contrario, suscitaba la compasión de los que le amaban y conocían.

Después de la marcha de Pedro y de su esposa se calmó y comenzó a quejarse de aburrimiento. Al cabo de pocos días cayó enfermo y hubo de guardar cama. A pesar de las palabras consoladoras de los médicos, comprendió desde un principio que no saldría de su enfermedad. La Condesa permaneció sentada a su cabecera por espacio de dos semanas. Cada vez que le daba una medicina, el Conde, sin decir una palabra, le cogía la mano y se la besaba. El último día le pidió perdón, sollozando, y, a pesar de que su hijo no estaba allí, le pidió también a él le perdonara por haber disipado su fortuna, única gran falta de que se sentía culpable. Después de comulgar, se extinguió dulcemente, y al día siguiente la multitud de amigos y conocidos que fueron a rendirle los últimos honores llenó el departamento alquilado por los Rostov.

Las mismas personas que habían comido y bailado en su casa en tantísimas ocasiones, las mismas que tanto se habían burlado de él, sentían entonces pena y remordimiento y se decían para justificarse: «Sí, era un hombre admirable. Hoy ya no se encuentran hombres así. ¿Quién está exento de debilidades…?»

Precisamente cuando le iban tan mal los negocios, que no se podía suponer cómo concluirían, el Conde murió de improviso.

Nicolás se encontraba en París con las tropas rusas cuando le participaron el fallecimiento de su padre. Enseguida pidió la excedencia y, sin aguardar a que se la concedieran, se despidió de sus superiores y volvió a Moscú. Un mes después, desenmarañados los asuntos de la casa Rostov, la situación era clara: su padre había contraído una enormidad de pequeñas deudas cuya existencia nadie sospechaba. Estas deudas se elevaban al doble del haber.

Parientes y amigos aconsejaron a Nicolás que renunciase a la herencia, pero el joven, que consideraba esta renuncia como un reproche a la memoria de su padre, no quiso oír ni hablar de ello. De modo que la aceptó y, con ella, la obligación de pagar las deudas.

Los acreedores habían guardado silencio largo tiempo, en vida del Conde, a causa de la influencia indefinible pero profunda que ejerció su bondad sobre ellos. Ahora recurrieron, sin previo aviso, a los Tribunales. Como suele suceder en parecidas ocasiones, obedecieron al impulso de unos celos disimulados, y gentes como Mitenka y otros, que recibieron del Conde regalos importantes, fueron los acreedores más exigentes. No se dio a Nicolás tregua ni respiro, y las mismas personas que lloraban al Conde ‑ el causante de sus pérdidas ‑ se ensañaban, implacables, con el joven heredero, que era inocente y se encargaba de pagarles.

Ninguno aceptó ni uno solo de los arreglos que propuso Nicolás. Al ser vendidas por necesidad, las posesiones tuvieron que cederse a bajo precio y la mitad de las deudas quedaron sin pagar. Nicolás aceptó de Bezukhov, su cuñado, treinta mil rublos para poder pagar lo más imprescindible, y para que no le detuvieran ‑ pues los acreedores le amenazaban con la cárcel ‑ pensó en reanudar el servicio.

Pero volver al ejército, donde figuraba en el cuadro de ascensos con el grado de comandante, le fue imposible porque él era el último apoyo de su madre. Por este motivo, y a pesar de las pocas ganas que tenía de permanecer en Moscú, donde todo el mundo le conocía, y no obstante su repugnancia a la vida civil, aceptó un empleo, renunciando al venerado uniforme, y se instaló con su madre y Sonia en un departamento de la calle Sivtez‑Vrajek.

Natacha y Pedro, desde San Petersburgo, tenían una idea poco clara de la situación de Nicolás. Éste había aceptado el préstamo de su cuñado con ánimo de ocultar su miseria. La situación de Nicolás era particularmente penosa porque, con sus mil doscientos rublos de sueldo, debía no sólo alimentar a su madre y a Sonia, sino vivir de manera tal que su madre no se diera cuenta de su pobreza. La Condesa no podía comprender la vida sin el lujo que había conocido desde la infancia, y como no se daba cuenta de los conflictos que creaba con ello a su hijo, exigía a cada momento un coche para ir a ver a una amiga, carne de calidad superior para ella, vino para su hijo, dinero para hacer regalos a Natacha, a Sonia, al mismo Nicolás.

Sonia se ocupaba del manejo de la casa, cuidaba de su tía, soportaba sus caprichos y ayudaba a Nicolás a disimular la pobreza en que se hallaban. Nicolás se sentía deudor de Sonia y, viendo lo que la muchacha hacía por su tía, admiraba su paciencia y su abnegación. Sin embargo, procuraba mantenerse espiritualmente alejado de ella. Le reprochaba su exceso de perfección, que no hubiera nada censurable en ella. Sonia poseía, verdad es, todo lo que inspira aprecio a las gentes, pero poco de lo que nos hace amarlas.

Habiendo tomado al pie de la letra la carta en que ella le devolvía la libertad, la trataba como si hubiera olvidado lo pasado.

La situación de Nicolás fue de mal en peor; porque la sola idea de hacer economías con su sueldo era un sueño. Es más: no sólo no economizaba, sino que, para satisfacer las exigencias de su madre, contraía pequeñas deudas.

La situación no parecía tener salida. La idea de su matrimonio con una rica heredera que sus parientes le propusieron le repugnaba. Otra solución, la muerte de su madre, ni siquiera le pasaba por el pensamiento. No deseaba nada, no esperaba nada, y, en el fondo de su alma, experimentaba un austero placer en aquella pasiva aceptación de su suerte. Evitaba tropezarse con antiguas amistades, con su compasión y su oferta compasiva de ayuda; evitaba toda distracción y placer, y en casa tampoco se ocupaba en nada, salvo en tener paciencia con su madre, andar en silencio por la habitación y fumar pipa tras pipa. Parecía fomentar aquel humor sombrío, única cosa que le ayudaba a soportar la vida.


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