Guerra y paz, novela (13ª parte / capítulo 12) de León Tolstoi


León Tolstoi

Decimotercera Parte / XII

Desde la noche en que Natacha supo que Pedro partía, aquella noche en que, con una sonrisa alegre y burlona, dijo a la princesa María que él tenía el aire de salir del baño…, con la chaqueta corta…, los cabellos recortados…; desde aquel mismo instante, un sentimiento secreto, ignorado por ella misma, pero invencible, empezó a despertar en su interior.

Su expresión, su andar, su mirada, su voz, todo se modificaba. La fuerza de la vida, la esperanza de una felicidad insospechada, brotaban en ella y pedían que se les diera satisfacción. A partir de aquel día, Natacha pareció olvidar todo lo acaecido anteriormente. Ni una sola vez volvió a quejarse de su suerte, no dedicó ni una palabra al pasado, no volvió a temer a hacer planes alegres para el porvenir. Hablaba poco de Pedro, pero cuando la princesa María pronunciaba su nombre, una luz desvanecida hacía tiempo volvía a brillar en sus ojos y una singular sonrisa desplegaba sus labios.

Esta transformación que se producía en Natacha empezó por asombrar a la princesa María y, cuando la comprendió bien, la entristeció. «Amaba tan poco a mi hermano, que ha podido olvidarlo en cuatro días», se decía al observar aquel cambio. Pero cuando tenía ante sí a Natacha no le hacía ningún reproche, no le guardaba rencor. La fuerza vital que se despertaba en la joven y se apoderaba de ella era, evidentemente, tan involuntaria e inesperada que cuando la veía se daba cuenta que no tenía derecho a reprocharle nada.

Natacha se abandonaba tan por entero y tan sin reservas al nuevo sentimiento, que no trataba de ocultarlo, y ya no estaba triste, sino alegre y contenta.

Cuando, después de su explicación con Pedro, entró María en su dormitorio, Natacha le salió al encuentro.

‑ ¿Lo ha confesado? ¿Lo ha confesado? ‑ preguntó.

Y una expresión gozosa y lastimera a la vez, como si quisiera hacerse perdonar su dicha, se pintaba en su rostro.

‑ Hubiera querido detenerme a escuchar detrás de la puerta, pero sabía que tú me lo dirías.

Por comprensible y conmovedora que fuera para la princesa María la anhelante mirada de su amiga, y a pesar de la pena que le produjo su ansiedad, en el primer instante la hirió su actitud. Se acordaba de su hermano y de su amor por ella. «Pero ¿qué le vamos a hacer si es así?», pensó. Y con semblante triste y un poco severo contó a Natacha todo lo que le había dicho Pedro. Natacha se sorprendió de que estuviera dispuesto a marcharse a San Petersburgo.

‑ ¡A San Petersburgo! ‑ repitió como si no comprendiera.

Pero, al fijarse en la triste expresión del semblante de su amiga y adivinar el motivo, se echó a llorar de repente.

‑ María, dime lo que debo hacer. Temo ser mala. Haré lo que tú digas… Enséñame…

‑ ¿Le amas?

‑ Sí ‑ murmuró Natacha.

‑ Entonces ¿por qué lloras? Lo celebro por ti ‑ dijo la Princesa, que, a causa de aquel llanto, perdonaba la alegría de Natacha.

‑ La boda no se celebrará enseguida, sino más adelante. ¡Pero piensa en lo feliz que seré cuando sea su esposa y tú la de Nicolás!

‑ ¡Natacha! Te he rogado ya que no me hables de eso. Hablemos de ti.

Las dos callaron.

‑ Pero ¿a qué va a San Petersburgo? ‑ inquirió de súbito Natacha; luego se apresuró a decir ‑: Vale más así, ¿verdad, María? Vale más así.


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