Guerra y paz, novela (13ª parte / capítulo 11) de León Tolstoi


León Tolstoi

Decimotercera Parte / XI

Pedro no pudo conciliar el sueño aquella noche. Se estuvo paseando por la habitación, ora frunciendo el ceño como quien piensa en algo dificultoso, ora encogiéndose de hombros y estremeciéndose, y a veces sonriendo feliz. Pensaba en el príncipe Andrés, en Natacha, en su amor por ella. Se arrepentía de su conducta anterior, se dirigía mil reproches, se perdonaba. A las seis de la mañana todavía no estaba acostado.

«Pero ¿qué hacer si es imposible de otro modo? Es preciso aceptar las cosas conforme vienen», se dijo.

Luego se desnudó deprisa, se metió en la cama, feliz y conmovido, mas sin sentir ya dudas ni indecisiones.

«Por extraña, por imposible que pueda parecer esa felicidad ‑ se dijo ‑, tengo que hacer lo que pueda para que se case conmigo.»

Al día siguiente volvió a comer en casa de la Princesa.

Al recorrer las calles, pasando entre las casas quemadas, admiró la belleza de las ruinas. Los tubos de las chimeneas, las demolidas paredes, le recordaron, por su aire pintoresco, el Rin y el Coliseo. Los cocheros, los viandantes que le salían al paso, los carpinteros que aserraban las vigas, los comerciantes, con sus caras alegres, miraban a Pedro y parecían decirle:

«¡Ah, ya le tenemos aquí! Veremos lo que ahora sucede.» Al llegar ante la casa de la Princesa le asaltó una duda: ¿sería, de veras, allí donde había visto a Natacha, donde habían hablado?

«Quizá lo haya soñado. Quizás al entrar vea que no hay nadie.»

Pero en cuanto se halló en el salón, la pérdida de la libre disposición de su ánimo y todo su ser le anunciaron su presencia. Llevaba el mismo vestido negro, de graciosos pliegues, e iba peinada del mismo modo que la víspera, pero parecía otra. De haber estado así la noche anterior, la hubiera reconocido en el acto.

Estaba lo mismo que cuando la conoció casi niña y luego, muy pronto, ya prometida del príncipe Andrés. Sus ojos brillaban alegres e interrogadores, su rostro adoptaba una expresión tierna muy particular.

Pedro hubiera querido quedarse un rato después de comer, mas la princesa María tenía que salir y se fue con ella.

Al día siguiente volvió muy temprano y pasó toda la tarde en casa de la Princesa. A pesar de que María y Natacha estaban encantadas de esta visita y aunque todo el interés de Pedro se concentraba ahora en aquella casa, esta vez la conversación se agotó. Pedro pasaba de un tema insignificante a otro y se interrumpía con frecuencia.

Aquel día, Pedro se quedó hasta tan tarde, que Natacha y la Princesa se miraban como si se preguntaran cuándo iba a decidir marcharse. Pedro se daba cuenta, pero no podía irse. Estaba molesto, se sentía incómodo, mas se quedaba porque le era materialmente imposible ponerse en pie. La princesa María fue la primera en levantarse, quejándose de dolor de cabeza, y se despidió.

‑ ¿De modo que se va mañana a San Petersburgo? preguntó a Pedro.

‑ No, no pienso irme ‑ repuso él, sorprendido. Y al punto rectificó, azorado ‑: ¿Habla de mi viaje a San Petersburgo? ¡Ah, sí!, me voy mañana. Pero no me despido de usted. Ya pasaré por aquí para ver si desean alguna cosa ‑ contestó.

Natacha le tendió la mano y salió.

En vez de irse también, María volvió a sentarse y ‑con su mirada profunda, radiante, observó grave y atentamente a Pedro. Se había desvanecido el dolor de cabeza de que se quejaba poco antes. Suspiró profundamente y esperó como si se dispusiera a sostener una larga conversación.

La confusión, la incomodidad que experimentaba Pedro ante Natacha desaparecieron de pronto y fueron reemplazadas por una conmovida animación. Acercó su silla a la de la Princesa.

‑ Sí, voy a decírselo ‑ dijo respondiendo a su mirada como hubiera respondido a sus palabras‑. Princesa, ¡ayúdeme usted! ¿Qué debo hacer? ¿Puedo esperar…? Princesa, amiga mía, escuche. Sé que no la merezco. Sé que por ahora será inútil hablarle de mi cariño. Pero deseo ser su hermano. No, no la merezco, pero…

Calló y se pasó la mano por la cara, por los ojos.

‑ Bueno ‑ prosiguió, haciendo un esfuerzo para hablar de manera más razonable ‑. Yo mismo ignoro desde cuándo la amo. Pero estoy seguro de que es a ella a quien he amado toda la vida, y la amo tanto, que no puedo imaginar la vida sin ella. Hoy no me atrevo a pedir su mano, pero, cuando pienso que puede llegar a ser mía y que he de dejar escapar esta posibilidad… ¡Es terrible! Dígame, ¿puedo esperar? ¿Qué debo hacer, querida Princesa? ‑ profirió tras un breve silencio, tocándole el brazo, porque ella no respondía.

‑ Pienso como usted ‑ contestó al fin la Princesa ‑. Hablarle ahora de amor…

María calló. Iba a decir: ‑ «No hay que pensar en ello por ahora.» Pero no lo dijo porque hacía tres días que venía asistiendo a la transformación que se operaba en Natacha y sabía que no sólo no se ofendería de que Pedro le hablase de amor, sino que tal vez esperaba que él se decidiera a hacerlo.

‑ Hablarle ahora… no sería prudente ‑ dijo no obstante.

‑ ¿Qué debo hacer en ese caso?

‑ Confíe en mí ‑ respondió la Princesa ‑. Yo sé…

Pedro la miraba a los ojos.

‑ Diga, diga.

‑ Sé que le ama…, que le amará ‑ rectificó.

Apenas hubo acabado de proferir estas palabras, Pedro, dando un salto y con un gesto de turbación, le asió de la mano.

‑ ¿Por qué lo cree? ¿Cree que puedo esperar? ¿De verdad lo cree?

‑ Sí ‑ repuso sonriendo la princesa María ‑. Confíe en mí; escriba a sus padres. Yo hablaré con ella en el momento oportuno. Lo deseo y el corazón me dice que se realizará. ‑ ¡No, no es posible! ¡Qué feliz soy! ¡No, no es posible! ¡Qué feliz soy! ‑ repetía Pedro besando la mano de la Princesa.

‑Lo mejor será que se vaya a San Petersburgo. Ya le escribiré.

‑ ¿A San Petersburgo? ¿Quiere que me aleje? Sí. Bueno. Pero ¿podré volver mañana?

Al otro día volvió, en efecto, para despedirse. Natacha parecía estar menos animada que la víspera, mas aquel día, al mirarla de vez en cuando a los ojos, Pedro se transfiguraba; le parecía que ya no existía ni él ni ella, sino únicamente un sentimiento conjunto de felicidad. «¿Será posible? No, no puede ser», se decía a cada mirada, a cada gesto, a cada palabra de Natacha, sintiendo henchida de gozo su alma.

Cuando, al despedirse, le cogió la fina y delgada mano, no pudo menos de retenerla un momento en la suya, mientras pensaba:

«Esta mano, ese rostro, esos ojos, todo ese tesoro de gracias femeninas ¿serán míos para siempre, tan míos como mi propio ser? ¡No, es imposible!»

‑ Conde, hasta la vista ‑ dijo Natacha en voz alta ‑. Le esperaré con impaciencia ‑ agregó en voz baja.

Estas sencillas palabras y la mirada, la expresión del rostro que las acompañó, fueron para Pedro, por espacio de dos meses, motivo de recuerdos, de comentarios, de sueños felices. «”Le esperaré con impaciencia…” Sí, sí… Cómo lo dijo? Sí: “Le esperaré con impaciencia…” ¡Ah, qué feliz soy!»


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