Guerra y paz, novela (13ª parte / capítulo 10) de León Tolstoi


León Tolstoi

Decimotercera Parte / X

Se introdujo a Pedro en el espacioso y bien iluminado comedor. A poco oyó pasos y entraron en él Natacha y la Princesa.

Natacha estaba tranquila, pero su rostro volvía a tener la severa expresión de costumbre.

La Princesa, ella y Pedro experimentaban en aquellos instantes un mismo sentimiento de confusión: el que sucede, de ordinario, a una conversación íntima y seria. Como parece difícil volver sobre los temas anteriores, uno se avergüenza de decir cosas superficiales, y, por otra parte, es enojoso estar callado cuando se desea hablar y no fingir. Los tres se acercaron a la mesa en silencio: los criados se pararon y luego acercaron las sillas para que se sentaran. Pedro desplegó la servilleta, decidido a romper el silencio, y miró a Natacha y a la princesa María.

Las dos parecían dispuestas a imitarle. En los ojos de ambas brillaba el placer de vivir, la seguridad que la vida no nos brinda sólo dolor, sino también alegrías.

‑ ¿Quiere un poco de aguardiente, Conde? ‑ preguntó la Princesa.

Estas sencillas palabras disiparon de pronto las sombras del pasado.

‑ Háblenos de usted. Hemos oído referir tantas cosas…

‑ Sí ‑ repuso Pedro con la sonrisa dulce e irónica que le era peculiar entonces ‑. Ya sé que se cuentan hechos en que ni siquiera he soñado. El otro día, durante la comida, María Abramovna me refirió lo que me ha sucedido o estuvo a punto de sucederme. Estepan Estepanitch me indicó también lo que yo debía contar. ¡Qué cómodo es ser hombre interesante! Porque lo soy, por lo visto. Todo el mundo me invita para explicar lo que me ha ocurrido.

Natacha sonrió, quiso decir algo, mas la interrumpió la princesa María.

‑ Dicen ‑ manifestó ‑ que ha perdido usted dos millones en el saqueo de Moscú.

‑ ¿Es cierto?

‑ Sí; no obstante, soy tres veces más rico que antes ‑ contestó Pedro ‑. He ganado la libertad ‑ comenzó a decir en serio. Pero no continuó. Aquel tema de conversación era demasiado personal.

‑ Está volviendo a levantar su casa, ¿verdad?

‑ En efecto. Me lo aconsejó Savelitch.

‑Dígame, ¿sabía que había muerto la Condesa cuando se quedó en Moscú? ‑ interrumpió María, y enseguida se ruborizó al darse cuenta de que su pregunta, después de lo que él acababa de explicar acerca de su independencia, podía hacerle creer que sus palabras encerraban un significado que en realidad no tenían.

‑ No ‑ repuso Pedro sin molestarse por la interpretación que parecía haber dado la Princesa a su alusión a la libertad ‑. Lo supe en Orel y no puede imaginarse lo que me impresionó. No fuimos un matrimonio modelo ‑ añadió con rapidez mirando a Natacha y observando en su rostro la curiosidad, el deseo de saber lo que pensaba de su esposa ‑, pero su muerte me impresionó extraordinariamente. Cuando media entre dos personas una desavenencia cualquiera, la culpa es siempre de las dos; y la culpa de la que conserva la vida es más dolorosa que la de la persona que ya no existe; además, una muerte así, sin amigos, sin consuelo… Lo siento mucho, muchísimo.

Pedro reparó con placer en la gozosa aprobación impresa en el semblante de Natacha.

‑ Sí, y ya le tenemos libre otra vez y convertido en un buen partido… ‑ observó la Princesa.

Pedro se ruborizó y trató de no mirar a Natacha., Cuando se atrevió a mirarla, al fin, vio que su rostro era frío, severo y algo desdeñoso, o así lo pareció.

‑ ¿Es cierto que habló con Napoleón? La noticia corre de boca en boca ‑ dijo la Princesa.

Pedro rió.

‑ No. Ni siquiera una sola vez. Todo el mundo se imagina que estar prisionero es como hallarse de visita en casa de Bonaparte. No sólo no le he visto, sino que ni siquiera he oído hablar de él. Me rodeaba una sociedad poco distinguida.

La cena tocaba a su fin, y Pedro, que en un principio rehuía hablar de su cautiverio, se fue dejando llevar de la emoción de su relato.

‑ Pero ¿es cierto que se quedó aquí animado por la idea de matar a Napoleón? ‑ le preguntó Natacha sonriendo levemente ‑. Lo adiviné cuando nos vimos cerca de la torre Sukhareva, ¿lo recuerda?

Pedro confesó que era cierto, y, guiado poco a poco por las preguntas de la Princesa y, sobre todo, por las de Natacha, se dejó de nuevo arrastrar por el recuerdo de sus aventuras. Primero se expresó de acuerdo con aquella opinión irónica y amable que tenía entonces de los hombres y de sí mismo, pero al referir los sufrimientos y los horrores que había presenciado, empezó a hablar, sin darse cuenta, con la emoción contenida del que revive en su memoria acontecimientos terribles.

La princesa María, con una dulce sonrisa, miraba ora a Pedro, ora a Natacha. Durante el relato sólo veía a Pedro y a su bondad. Natacha, de codos sobre la mesa, seguía las palabras de Pedro con atención, reviviendo con él los sucesos que refería. Y no sólo su mirada, sino sus exclamaciones, las breves preguntas que le dirigía, demostraban a Pedro que comprendía precisamente aquello que él quería dar a entender. Se veía que no sólo captaba lo que él refería, sino lo que quería y no podía expresar por medio de la palabra. Pedro narró también el episodio de la mujer y la niña, por culpa de las cuales le prendieron.

‑Era un terrible espectáculo… Niños abandonados… y algunos entre las llamas… A las mujeres les quitaban las joyas…

Pedro enrojeció de pronto y calló un momento.

‑ De improviso ‑ añadió ‑, llegó un destacamento francés y nos cogieron a todos los que no habíamos quitado nada.

‑ Usted no lo dice todo. Usted debió de hacer algo… algo bueno ‑ observó Natacha.

Pedro continuó su historia. Cuando llegó a la ejecución, quiso pasar por alto sus horribles detalles, pero Natacha le exigió que lo refiriera todo.

Luego habló de Karataiev. Natacha le miraba atentamente.

‑ No se pueden ustedes figurar ‑ dijo deteniéndose ‑lo que he aprendido de ese ignorante.

‑ Hable, hable ‑ insistió Natacha ‑. ¿Dónde está?

‑ Le mataron casi delante de mí.

Y Pedro comenzó a referir la retirada, la enfermedad de Karataiev (su voz temblaba), su muerte. Habló con pasión de sus aventuras: parecía haber descubierto una nueva importancia en todo lo que le había sucedido.

Al propio tiempo, hablar de sí mismo a Natacha le producía el raro placer que proporcionan las mujeres escuchando, pero no las mujeres inteligentes que escuchan tratando de retener lo que se les dice, a fin de enriquecer su espíritu, y, cuando se presenta la ocasión, servirse de lo que se les ha contado para aplicarlo a su situación, sino el que procuran las mujeres bien dotadas de la capacidad de discernir y de asimilarse lo mejor que hay en las manifestaciones del alma humana. Sin embargo, Natacha era toda oídos. No dejaba escapar una sola palabra, ni un matiz de la voz, ni una mirada, ni una contracción del rostro, ni un solo gesto de Pedro. Se apoderaba al vuelo de las palabras inexpresadas todavía, las llevaba a su abierto corazón y adivinaba el sentido misterioso de toda la labor moral del Conde.

La princesa María comprendía y simpatizaba, pero veía además una cosa que absorbía toda su atención: veía la posibilidad del amor y de la dicha entre Pedro y Natacha, y esta idea que cruzó su mente por primera vez le inundó de gozo el corazón.

Eran las tres de la madrugada. Los sirvientes, con rostro triste y grave, entraron para renovar las bujías, pero ninguno de ellos los miró.

Pedro terminó su relato. Con los ojos brillantes, animados, Natacha seguía observándole atentamente: era como si quisiera comprender lo que ya no decía. Lleno de gozosa confusión, Pedro la miraba de vez en cuando y buscaba algo que decir para cambiar de conversación. La princesa María callaba. Ninguno de los tres se daba cuenta de lo avanzado de la hora:

‑ Se habla mucho de la crueldad del sufrimiento ‑ comenzó Pedro‑. Si me dijeran: «¿Quieres volver a ser lo que eras y no pasar lo que has pasado o prefieres vivir nuevamente lo que has vivido?», respondería: «¡Que vuelvan el cautiverio y la carne de caballo!» Cuando se nos arroja de nuestro camino habitual, creemos que lo hemos perdido todo; sin embargo, es entonces cuando se empieza a vivir una vida nueva, una vida provechosa. Mientras dure la existencia, durará la dicha. Todos tenemos mucho por delante, muchísimo, no me cabe duda ‑ agregó dirigiéndose a Natacha.

‑ ¡Sí, sí! También yo querría recomenzar la vida ‑ exclamó ella en respuesta a otra pregunta distinta.

Pedro la miró atentamente:

‑ Sí, sí ‑ repitió Natacha.

Y de pronto, ocultando el rostro entre las manos, rompió a llorar.

‑ ¿Qué tienes, Natacha? ‑ preguntó la Princesa.

‑ Nada, nada.

Natacha sonrió a Pedro a través de sus lágrimas.

‑ Adiós ‑ dijo ‑; creo que ya es hora de que nos vayamos a dormir.

‑ Adiós ‑ contestó Pedro poniéndose en pie.

Al volver a verse, como de costumbre, en el dormitorio, la princesa María y Natacha comentaron lo que Pedro les acababa de contar.

La princesa María no expresó la opinión que se había formado de él. Tampoco Natacha habló de su visitante.

‑ Bien, buenas noches, María… ¿Sabes lo que pienso? Que no hablamos nunca de él ‑ el príncipe Andrés ‑Tememos deshojar nuestros sentimientos y le estamos olvidando.

La princesa María suspiró profundamente. Aquel suspiro parecía confirmar la exactitud de las palabras de Natacha. Sin embargo, María no compartía su opinión.

‑ ¿Acaso se puede olvidar? ‑ preguntó.

‑ Te confieso que al expresarme hoy como lo he hecho me he sentido mejor, mucho mejor. Estaba segura de que Pedro había estimado de veras a Andrés y por eso se lo he contado todo. ¿Hice mal? ‑‑ preguntó ruborizándose.

‑ ¡Oh, no! ¡Pedro es muy bueno…!

‑ Oye, María ‑ volvió a decir Natacha con una sonrisa que le iluminaba el rostro ‑. Pedro ha cambiado mucho, ¿verdad…? Parece más sano, más limpio…, como si acabara de salir del baño… Naturalmente, me refiero a la parte moral…

‑ Sí, ha ganado mucho.

‑ A veces le comparo a papá, con su chaqueta corta y esos cabellos tan recortados…

‑Andrés lo quería mucho. Ahora me doy cuenta.

‑ ¡Oh, sí! No es un hombre vulgar. Se dice que los hombres diferentes son más amigos. Y debe de ser cierto, porque Pedro no se parece en nada a Andrés.

‑ No, pero es muy bueno.

‑ Buenas noches otra vez ‑ dijo Natacha.

Y una frívola sonrisa iluminó su rostro largo rato.


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