Guerra y paz, novela (13ª parte / capítulo 9) de León Tolstoi


León Tolstoi

Decimotercera Parte / IX

Vive conmigo de momento ‑ explicó la Princesa ‑. El Conde y la Condesa vendrán cualquier día. La Condesa se halla en un estado deplorable. Natacha tenía que ver a un buen médico y por eso vino conmigo.

‑ ¿Conoce usted a alguna familia que no padezca en estos momentos? ‑ preguntó Pedro dirigiéndose a Natacha ‑. Yo le vi el mismo día de nuestra liberación. ¡Qué guapo muchacho era!

Natacha le miró y se avivó el brillo de sus ojos en respuesta a aquellas palabras.

‑ No encuentro palabras para consolarla. En absoluto. ¿Por qué habrá muerto un muchacho tan sano, tan lleno de vida?

‑ En estos tiempos sería difícil la vida… si no se tuviera fe ‑ observó la princesa María.

‑ Cierto, cierto ‑ asintió Pedro, interrumpiéndola.

‑ ¿Por qué? ‑ interrogó Natacha, mirándole con atención.

‑ ¿Cómo que por qué? ‑ dijo la Princesa ‑. El solo pensamiento de lo que aquí abajo nos espera…

Sin escuchar a la princesa María, Natacha interrogó con la mirada a Pedro.

‑ Porque únicamente quien cree en la existencia de un Dios que nos guía puede soportar pérdidas como las suyas ‑ prosiguió Pedro.

Natacha abrió la boca para decir algo, mas la cerró de repente. Pedro volvió la cabeza y, dirigiéndose a la Princesa, le rogó que le hablara de los últimos días del Príncipe.

La confusión de Pedro se había disipado, pero, al propio tiempo, se daba cuenta de que su antigua libertad estaba desapareciendo. Advertía que cada una de sus palabras y cada uno de sus actos tenía ahora un juez cuya opinión le era más cara que la de todos los jueces de la tierra. Ahora, mientras hablaba, pensaba en la impresión que podían causar sus palabras a Natacha. No es que dijera aquello que pudiese complacerla, sino que juzgaba desde el punto de vista de ella todo lo que decía.

Maquinalmente, como suele hacerse en estos casos, la princesa María empezó a hablar del estado en que había hallado al príncipe Andrés. Pero las preguntas de Pedro, su mirada inquieta y animada, su rostro tembloroso de emoción, la movieron poco a poco a entrar en detalles de los que no se quería acordar.

‑ Sí, sí, así es, así es ‑ corroboraba Pedro inclinándose y escuchando con avidez el relato de la Princesa ‑. Sí, sí. ¿De manera que se calmó, que se dulcificó después? Con todas las fuerzas de su alma buscó siempre una cosa: ser bueno. Por eso no le tuvo miedo a la muerte. Los defectos que tenía, si es que los tenía, no provenían de él… ¿De modo que se dulcificó…? ¡Qué dicha que se encontrasen ustedes! ‑ exclamó de pronto dirigiéndose a Natacha y mirándola con los ojos llenos de lágrimas.

El rostro de la muchacha temblaba. Frunció las cejas un momento y bajó los ojos.

‑ Sí, fue una dichosa casualidad ‑ concedió tras un momento de vacilación ‑. Sobre todo para mí, fue una suerte.

Calló un momento y añadió:

‑Y él… él… dijo que deseaba mucho verme…

La voz de Natacha se entrecortaba. Se ruborizó, apoyó ambas manos sobre las rodillas y de pronto, haciendo un esfuerzo, levantó la cabeza y comenzó a hablar rápidamente.

‑ Nosotros no sabíamos nada cuando salimos de Moscú. Yo no me atrevía a preguntar por él. De improviso, Sonia me dijo que viajaba con nosotros. Yo no pensaba nada; no sabía bien cuál era su estado. Únicamente experimentaba la necesidad de verle, de estar junto a él‑dijo temblando, sofocada.

Y sin interrumpirse refirió lo que jamás confesara a nadie, todo lo que sintió durante los tres meses de su estancia en Iaroslav.

Pedro la escuchaba con la boca abierta, sin bajar los ojos, llenos de lágrimas. Y al escucharla no pensaba en el príncipe Andrés ni en su muerte, sino en lo que ella refería. La escuchaba y sentía compasión de los sufrimientos que suscitaba en ella su relato.

La Princesa, que se esforzaba por retener el llanto, estaba sentada junto a Natacha y escuchaba por vez primera la historia de los últimos amores de su hermano y de su amiga.

Aquel penoso relato le era evidentemente necesario a Natacha. Hablaba mezclando los detalles más nimios con los más importantes y parecía que no iba a concluir nunca. Varias veces repitió lo mismo.

La voz de Desalles sonó al otro lado de la puerta. Preguntaba si Nikoluchka podía entrar para darles las buenas noches.

‑ Sí, esto es todo, todo… ‑ concluyó Natacha.

Cuando entró el niño, se levantó de un salto y corrió hacia la puerta. Tanta fue su precipitación que se dio de cabeza contra la cerradura, disimulada por una cortina. Lanzó un gemido de dolor o de sorpresa y huyó.

Pedro se quedó mirando el punto por donde había desaparecido y no comprendió por qué experimentaba la súbita sensación de hallarse solo en el mundo.

La princesa María puso fin a su distracción hablándole de su sobrino, que entraba.

El rostro de Nikoluchka, que recordó a Pedro el de su padre, en aquel momento de emoción, le produjo una impresión tal que, después de abrazar al niño, se levantó, sacó el pañuelo y se acercó a la ventana.

Quería despedirse de la princesa María, pero ésta le retuvo.

‑ No, ni Natacha ni yo nos vamos a la cama antes de las tres. Quédese, se lo ruego; ordenaré que sirvan la cena. Baje al comedor; le seguimos enseguida.

En el momento en que Pedro salía de la habitación dijo la Princesa:

‑ Es la primera vez que Natacha habla así de él.


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