El llamado de la selva, novela (capítulo 6) de Jack London


Capítulo 6 / Por el amor de un hombre

Jack London

Cuando en el pasado mes de diciembre a John Thornton se le congelaron los pies, sus socios lo dejaron bien instalado para que se recuperase y se fueron río arriba en busca de una balsa de troncos a Dawson. Todavía cojeaba un poco cuando resca­tó a Buck, pero con la llegada del buen tiempo se recuperó por completo. Y fue allí donde Buck, tumbado a la orilla del río durante los largos días de primavera, contemplando el discurrir del agua, escuchando perezosamente los trinos de los pája­ros y el murmullo de la naturaleza, fue recobrando gradualmente las energías.

Un descanso viene muy bien después de haber viajado cinco mil quinientos kilómetros, y hay que admitir que Buck se volvió holgazán mientras las heridas cicatrizaban, recobraba la musculatura y la carne volvía a cubrirle los huesos. La verdad es que todos (Buck, John Thornton, Skeet y Nig) se dieron la gran vida mientras aguardaban el retorno de la balsa que debía llevarlos a Dawson. Skeet era una perrita setter que de entrada quiso hacer migas con Buck y, a cuyos avances, Buck, casi moribundo entonces, no estuvo en condiciones de oponerse. Tenía ese rasgo protector en exceso que distingue a algunos perros; y del mismo modo que una gata limpia a sus gatitos, lamía y limpiaba las heridas de Buck. Todas las mañanas, en cuanto Buck terminaba el desayuno, se entregaba a su tarea, y Buck aca­bó por esperar sus atenciones tanto como las de Thornton. Nig, igualmente afable, aunque lo de­mostraba menos, era un enorme perro negro, mi­tad sabueso, mitad lebrel, con ojos que reían y un inagotable buen talante.

Para sorpresa de Buck, ninguno de los dos perros tuvo celos de él. Parecían compartir la bon­dad y generosidad de John Thornton. A medida que Buck iba recobrando las fuerzas, le proponían toda clase de juegos absurdos, en los que el propio John Thornton tomaba parte; y así, retozando ale­gremente, pasó Buck su convalecencia y entró en una nueva vida. El amor, un genuino amor apasio­nado, lo invadió por vez primera. No lo había sen­tido nunca en la casa del juez Miller, allá en el so­leado valle de Santa Clara. Cazaba y paseaba con los hijos del juez y mantenía con ellos una relación funcional; con los nietos, una especie de preten­ciosa tutela, y con el propio juez, una digna y res­petable amistad. Pero el amor hecho de fiebre y fuego, que es adoración y locura, sólo lo había sen­tido cuando apareció John Thornton.

Era el hombre que le había salvado la vida, lo que no era poco, pero además, era el amo ideal. Otros hombres se ocupaban de sus perros por sentido del deber y por conveniencia; pero éste lo hacía como si fueran sus propios hijos, porque le salía del alma. Y más aún. Nunca dejaba de saludarlos con dulzura o de dirigirles una palabra de aliento, y cuando se sentaba a hablar con ellos (a «charlar», como él decía) era tan gratificante para él como para sus animales. Solía agarrar con fuerza la cabe­za de Buck entre las manos y apoyar en ella la suya, y lo zarandeaba en el suelo mientras le decía im­properios que a Buck le sonaban como palabras de amor. Para Buck nada era comparable con aquel rudo abrazo y con la música de aquel murmullo de groserías, y era tal el éxtasis que alcanzaba con esos movimientos a un lado y al otro que el corazón pa­recía que iba a salírsele del cuerpo. Y cuando, una vez suelto, se ponía en pie de un salto, con el hocico sonriente, la mirada expresiva y el cuello palpitan­te de sonidos no articulados y se quedaba inmóvil en aquella postura, John Thornton exclamaba con admiración:

-¡Válgame Dios!: ¡si casi estás hablando!

Uno de los procedimientos que tenía Buck para expresar el amor parecía una agresión. Cogía la mano de Thornton con la boca y apretaba tan fuer­temente que la marca de sus dientes en la carne duraba un buen rato. Y del mismo modo que para Buck las obscenidades eran palabras de amor, el hombre comprendía que aquel mordisco era una caricia.

Pero, en general, el amor de Buck se expresaba en idolatría. Aunque se volvía loco de contento cuando Thornton lo tocaba o le hablaba, nunca mendigaba cariño. A diferencia de Skeet, que acos­tumbraba a meter el hocico bajo la mano de Thorn­ton y moverlo con insistencia hasta recibir la cari­cia, o de Nig, que se acercaba en silencio y ponía la gran cabeza sobre sus rodillas, Buck se conforma­ba con adorarlo a distancia. Pasaba horas tumbado, alerta, atento, a los pies de Thornton, mirándole el rostro, concentrado en él, estudiándolo, fijándose con profundo interés en cada gesto, en cada movi­miento o cambio de expresión. O a veces, tumba­do más lejos, a un lado o detrás de Thornton, ob­servaba su silueta y los movimientos de su cuerpo. Y con frecuencia, tal era la comunión en la que vi­vían, la intensidad -de su mirada hacía que John Thornton volviera la cabeza y se la devolviera sin palabras, con un brillo de amor en los ojos que en­cendía el corazón de Buck.

Al principio y durante mucho tiempo no le gustaba perder a Thornton de vista. Desde el mo­mento en que salía de la tienda y hasta que volvía a entrar en ella, Buck lo seguía pisándole los talones. Los cambios de amo que había vivido desde su llegada a las tierras del norte le habían infundido el temor de que ninguno sería para siempre. Te­nía miedo de que Thornton fuera a desaparecer de su vida igual que habían desaparecido Perrault, François y el mestizo escocés. Hasta de noche, en sueños, lo acosaba ese temor. Entonces se sacudía el sueño y se acercaba sigilosamente bajo el inten­so frío a la entrada de la tienda, donde se detenía a escuchar la respiración de su amo.

Pero a pesar del gran amor que sentía por John Thornton, un amor que parecía revelar la leve in­fluencia civilizadora, el empuje de lo primitivo que el norte había despertado en él, permanecía vivo y activo. Tenía la fidelidad y la devoción nacidas al amparo del fuego y del techo, pero había conser­vado la ferocidad y la astucia. Buck era esencial­mente un animal salvaje que dejaba de lado su naturaleza para echarse junto al fuego de John Thornton, y no un perro de las templadas tierras del sur, marcado por generaciones de civilización. Debido a su grandísimo amor por aquel hombre, era incapaz de robarle, aunque no vacilaba un ins­tante si se trataba de otro hombre, y de otro cam­pamento. Y lo hacía con tanta astucia que jamás era descubierto.

Llevaba en la cara y en el cuerpo las marcas de dentelladas de muchos perros, y peleaba con la fiereza de siempre y con una mayor sagacidad. Skeet y Nig eran demasiado tranquilos para buscar ca­morra y, además, pertenecían a John Thornton; pero cualquier perro forastero, fueran cuales fue­sen su raza y su valor, reconocía al instante la auto­ridad de Buck o de lo contrario se encontraba lu­chando por su vida contra un terrible antagonista. Buck era despiadado. Había aprendido bien la ley del garrote y el colmillo y jamás renunciaba a una ventaja ni se echaba atrás ante un enemigo al que hubiera puesto en camino hacia la muerte. Con Spitz y con los más fieros perros de la policía y del correo había aprendido que no hay término me­dio: vencer o ser vencido. La compasión era una debilidad. La compasión no existía en la vida primi­tiva. Se la confundía con el miedo, y estas confu­siones conducían a la muerte. Matar o morir, co­mer o ser devorado, ésa era la ley; y era un mandato que surgía de las profundidades del tiempo y al que él obedecía.

Buck era más viejo que los días que había vivi­do y las veces que había respirado. Era un eslabón entre el presente y el pasado, y la eternidad que lo precedía palpitaba en él con ritmo poderoso, como el de las mareas y las estaciones. Echado junto al fuego de John Thornton, era un perro de amplio pecho, blancos colmillos y largo pelaje; pero detrás de él habitaban los espíritus de toda clase de perros, medio lobos y lobos salvajes, dominadores y pro­vocadores, que probaban el sabor de la carne que él comía, del agua que él bebía, que husmeaban con él el viento, que escuchaban con él y descubrí­an los sonidos de la vida salvaje en el bosque, que inspiraban su estado de ánimo, determinaban sus actos, se tumbaban a dormir con él cuando él lo hacía y soñaban con él y más allá de él, convirtién­dose en materia de sus sueños.

Tan perentoria era la llamada de aquellas al­mas que día a día el ser humano y sus reclamos se volvían más distantes. Una llamada resonaba en lo profundo del bosque y, cada vez que la oía, miste­riosa, emotiva y atrayente, se sentía empujado a volver la espalda al fuego y a la tierra hollada a su alrededor para sumergirse en la espesura y seguir adelante, sin saber hacia dónde ni por qué, ni pre­guntárselo siquiera, tan imperativa era la llamada de las profundidades del bosque. Pero en cuanto llegaba a la suave tierra virgen y a la sombra de los árboles, el amor por John Thornton lo atraía de nuevo hacia el fuego.

Sólo Thornton lo retenía. El resto de la huma­nidad no existía. Si algún viajero de paso lo elogia­ba o le hacía caricias, él lo recibía con frialdad, y si otro le mostraba demasiado interés, se levantaba y se iba. Cuando los socios de Thornton, Hans y Pete, llegaron por fin en la tan esperada balsa, Buck rehusó prestarles atención hasta que se dio cuenta de la estrecha relación que tenían con su amo; a partir de entonces los toleró de una forma, diga­mos, pasiva, aceptando sus atenciones como si les hiciera un favor. Eran tan corpulentos como Thorn­ton, vivían con los pies en la tierra, eran sencillos de pensamiento y discernían con claridad. No ha­bían acabado de maniobrar aún para amarrar la balsa al embarcadero de Dawson, que ya conocían el modo de ser de Buck y no aspiraban a tener con él la relación de intimidad que sí tenían con Skeet y con Nig.

En cambio, el amor de Buck por Thornton au­mentaba cada día. En los viajes de verano, era el único hombre al que le dejaba cargar un fardo sobre su lomo. Nada era demasiado para Buck si Thorn­ton se lo ordenaba. Un día (se habían abastecido con la recaudación de la balsa y habían salido de Dawson en dirección al nacimiento del Tanana), hombres y perros se encontraban en lo alto de un despeñadero que caía en vertical sobre un lecho de rocas desnudas situado a casi cien metros más aba­jo. John Thornton se había sentado cerca del bor­de con Buck junto a él. Un capricho insensato se apoderó del hombre, que reclamó la atención de Hans y de Pete para que vieran lo que se le había ocurrido.

-¡Salta, Buck! -ordenó, señalando la sima con un brazo. Un instante después estaba forcejeando con el animal al filo del abismo, mientras Hans y Pete tiraban de ambos para ponerlos a salvo.

-Asombroso -dijo Pete, cuando todo hubo terminado y hubieron recobrado el habla. Thorn­ton meneó la cabeza.

-No, es fenomenal y terrible a la vez. ¿Sa­béis?, la verdad es que a veces me asusta.

-No quisiera estar en la piel del tipo que te pu­siera una mano encima estando él presente -mani­festó Pete, señalando a Buck con la cabeza.

-¡Caray! -fue la contribución de Hans-. Ni a mí tampoco. .

Fue en Circle City, antes de que acabara el año, donde los hechos dieron razón a los temores de Pete el Negro Burton, un individuo malhumora do y pendenciero, había iniciado una riña con un forastero en un bar, cuando Thornton se interpu­so entre ambos. Buck, según su costumbre, estaba echado en un rincón, con la cabeza sobre las patas, atento a cada movimiento de su amo. Burton, sin avisar, le soltó un puñetazo directo. Thornton sa­lió despedido girando sobre sí mismo y sólo se sal­vó de la caída porque se agarró a la barra del bar. Los que miraban la escena oyeron algo que no fue ladrido ni un gruñido, sino más bien un rugido, y vieron que, desde el suelo, el cuerpo de Buck salta­ba por los aires hacia la garganta de Burton. El hombre salvó la vida alzando instintivamente el brazo, pero cayó de espaldas con Buck encima. El perro aflojó la dentellada del brazo para buscar nuevamente la garganta. Esta vez el hombre sólo consiguió bloquear parcialmente el ataque y sufrió un desgarro en el cuello. Entonces la concurrencia se abalanzó sobre Buck, apartándolo; pero mien­tras un médico controlaba la hemorragia, él per­maneció al acecho, gruñendo con furia, intentan­do atacar y forzado a retroceder ante el despliegue de garrotes. Enseguida se reunió una «asamblea de mineros», que decidió que el perro había sido pro­vocado y lo exculpó. Pero su reputación estaba ser­vida, y desde aquel día su nombre corrió de boca en boca por todos los campamentos de Alaska.

Más tarde, en otoño de aquel año, salvó la vida de John Thornton de una forma completamente distinta. Los tres socios estaban conduciendo una larga y angosta canoa por un dificil tramo de rápi­dos del Forty Mile. Hans y Pete se desplazaban por la orilla manteniéndola controlada con una cuerda de cáñamo que amarraban a un árbol y des­pués a otro, mientras Thornton, que estaba en la embarcación, dirigía el descenso con la ayuda de una pértiga y gritando instrucciones a los socios. Buck, desde la orilla, ansioso y preocupado, se man­tenía a la misma altura que la canoa sin perder de vista a su amo.

En un punto especialmente peligroso, donde había una roca que asomaba por la superficie del agua, Hans liberó la cuerda y, mientras Thornton empujaba con la pértiga la embarcación hacia el cen­tro de la corriente, él corría por la orilla con el extremo del cabo en la mano dispuesto a frenar la ca­noa una vez que hubiera dejado atrás la roca. Pero, tras superar el escollo, la canoa se deslizó aguas abajo llevada por una corriente tan rápida como la presa de un molino, y entonces Hans la frenó con la cuerda, pero fue demasiado brusco. La embarca­ción se tambaleó y volcó sobre la orilla, mientras Thornton, despedido por el impulso, era arrastra­do por la corriente hacia la parte más peligrosa de los rápidos, un tramo de aguas turbulentas en la que ningún nadador podría sobrevivir.

Buck había saltado al agua al instante; y tras cubrir unos doscientos cincuenta kilómetros, dio al­cance a Thornton envuelto en un furioso torbellino. Cuando sintió que el hombre se agarraba de su cola, Buck se dirigió a nado a la orilla, desplegan­do su formidable energía. Pero el avance hacia la margen era lento, y la corriente, increíblemente rápida. Desde un poco más lejos llegaba el omino­so estruendo del lugar donde la corriente cobraba más ímpetu y saltaba convertida en remolinos y es­puma por las rocas que la hendían como los dien­tes de un inmenso peine. La fuerza de arrastre del agua en el último tramo donde comenzaba a preci­pitarse era tremenda, y Thornton sabía que arri­marse a la orilla era imposible. Rozó una roca ma­noteando con furia, se magulló al pasar sobre otra y se dio violentamente contra una tercera. Se afe­rró con ambas manos a la superficie resbaladiza y, soltando a Buck, le gritó, por encima del estruen­do de la agitada corriente:

-¡Vete a la orilla, Buck! ¡Vete!…

A Buck le fue imposible detenerse, barrido río abajo por la corriente, y luchó con todas sus fuer­zas sin conseguir volver. Al oír la reiterada orden de Thornton se irguió parcialmente fuera del agua, alzando cuanto pudo la cabeza como para lanzar una última mirada, tras lo cual giró obe­dientemente hacia la orilla. Nadó con potencia y fue arrastrado fuera por Hans y Pete precisamente en el punto donde ya no se podía nadar y el final era ineluctable.

Sabiendo que el tiempo que un hombre era ca­paz de aguantar aferrado a una roca resbaladiza en medio de una corriente impetuosa como aquélla era cuestión de minutos, los dos hombres fueron corriendo por la orilla hasta un lugar situado bas­tante más arriba de donde estaba Thornton. Ata­ron la cuerda con la que habían estado controlan­do la canoa al cuello y los hombros de Buck, con cuidado de no estrangularlo ni impedirle nadar, y lo arrimaron al agua. El se lanzó con audacia a la corriente, pero no en línea suficientemente recta. Descubrió el error demasiado tarde, cuando estuvo a la altura de Thornton y a apenas media docena de brazadas de distancia, y fue irremisiblemente arras­trado por la corriente.

Hans se apresuró a sujetarlo con la cuerda, como si Buck fuera una embarcación. Con la cuerda así tensada y el ímpetu de la corriente, el tirón hundió a Buck bajo la superficie y bajo la superficie per­maneció hasta que su cuerpo golpeó contra la ori­lla y lo sacaron del agua. Estaba medio ahogado, y Hans y Pete se arrojaron sobre él, haciéndole tra­gar aire y vomitar el agua. Se puso de pie tambale­ándose y se fue al suelo. Hasta ellos llegó la débil voz de Thornton y, aunque no entendieron las pa­labras, se dieron cuenta de que ya no podía resistir más. Pero la voz de su amo actuó sobre Buck como una descarga eléctrica. Se levantó de un salto y sa­lió corriendo por la orilla delante de los dos hom­bres, que se dirigían al punto donde antes se había lanzado. Le ataron otra vez la cuerda y de nuevo lo metieron en el agua; él salió nadando, pero esta vez directamente hacia el centro de la corriente. Había calculado mal en la ocasión anterior, pero no lo haría mal una segunda vez. Hans fue soltan­do cuerda despacio sin permitir que se aflojara, mientras Pete se ocupaba de que no se enredase. Buck esperó a estar alineado con la posición de Thornton; entonces giró y empezó a desplazarse hacia él a la velocidad de un tren expreso. Thorn­ton lo vio venir y, en el momento en que Buck se precipitaba sobre él como un ariete empujado por la fuerza de la corriente, se irguió y se abrazó con ambos brazos al lanudo cuello del perro. Hans amarró la cuerda al tronco de un árbol y, con el tirón, Buck y Thornton se hundieron bajo el agua. Sofocados y jadeantes, a veces uno encima y a veces el otro, arrastrándose sobre el fondo desi­gual, chocando con pedruscos y ramas, viraron ha­cia la orilla.

Thornton volvió en sí boca abajo, mientras Hans y Pete lo hacían rodar enérgicamente hacia adelante y hacia atrás sobre un tronco traído por la corriente. Su primera mirada fue para Buck, sobre cuyo cuerpo laxo y aparentemente sin vida aullaba Nig, mientras Skeet le lamía la cara mojada y los ojos cerrados. Aunque magullado y maltrecho, exa­minó con cuidado el cuerpo de Buck una vez que este recobró el sentido y le encontró tres costillas rotas.

-Está decidido -anunció-. Acamparemos aquí mismo. Y así lo hicieron, hasta que las costi­llas de Buck acabaron de soldarse y estuvo en con­diciones de viajar.

Aquel invierno en Dawson, Buck llevó a cabo otra hazaña, no tan heroica quizá, pero que hizo ascender muchas muescas su nombre en el tótem de la fama, en Alaska. Fue una proeza especial­mente satisfactoria para los tres hombres, que ca­recían de equipo y les permitió realizar el viaje al este virgen, donde aún no habían aparecido los mi­neros. Surgió de una conversación en la barra del Eldorado Saloon, donde los hombres alardeaban de las cualidades de sus perros. Por sus antece­dentes, Buck era el objetivo de aquellos hombres, y Thornton tuvo que defenderlo. Había transcurri­do media hora cuando un hombre afirmó que su perro era capaz de arrancar un trineo con doscien­tos kilos y seguir tirando de él; otro se jactó de que el suyo lo arrancaba con doscientos cincuenta; y un tercero con trescientos kilos.

-¡Bah! -dijo John Thornton-. Buck puede hacerlo con quinientos.

-¿Y arrancarlo del hielo y andar con él cien metros? -preguntó Matthewson, un minero enri­quecido, el que se había jactado de los trescientos kilos.

-Desprenderlo y arrastrarlo cien metros -dijo fríamente Thornton.

-Bien -dijo Matthewson, lenta y deliberada­mente para que todos pudieran oírlo-. Yo apues­to mil dólares a que no. Y aquí están. -Y diciendo esto, arrojó sobre el mostrador un saquito de oro en polvo del tamaño de una salchicha.

Nadie habló. El farol, si es que lo era, había te­nido respuesta. Thornton sintió que una tibia olea­da de sangre le asomaba al rostro. La lengua le ha­bía jugado una mala pasada. Él no sabía si Buck era capaz de arrancar quinientos kilos de peso. ¡Media tonelada! Aquella enormidad lo consternó. Tenía una gran fe en la fuerza de Buck y muchas veces había pensado que sería capaz de arrancar el trineo con una carga así, pero nunca, como en aquel momento, se había enfrentado a la posibilidad real, con los ojos de una docena de hombres fijos en él, en silenciosa espera. Además, no tenía los mil dó­lares, ni los tenían Hans y Pete.

-Tengo ahí fuera un trineo cargado con veinte sacos de veinticinco kilos de harina cada uno -pro­siguió Matthewson, apremiante-; así que no hay ningún problema.

Thornton no replicó. No sabía qué decir. Pa­seó la mirada de un rostro a otro, con la expresión ausente de quien ha perdido la capacidad de pensar y busca en alguna parte el elemento que vuelva a ponerla en marcha. El rostro de Jim O’Brien, un rico minero y antiguo camarada, atrajo su mirada. Fue como una señal que lo impulsó a hacer algo que jamás habría imaginado que podría hacer.

-¿Puedes dejarme mil dólares? -preguntó, casi en un susurro.

-Claro -contestó O’Brien, y puso un volumi­noso saquito al lado del de Matthewson-. Aunque tengo escasa fe, John, en que el animal lo consiga.

El Eldorado arrojó a sus parroquianos a la ca­lle para presenciar la prueba. Las mesas quedaron desiertas, y los traficantes y los cazadores se acercaron a ver el resultado de la apuesta y a hacer las suyas. Varios centenares de hombres, con abrigo y guantes de piel, rodearon el trineo a prudente dis­tancia. El trineo de Matthewson, cargado con qui­nientos kilos de harina, llevaba un par de horas de­tenido, y bajo el intenso frío (más de quince grados bajo cero), los patines congelados se habían incrus­tado en la nieve compacta. Hubo apuestas de dos contra uno a que Buck no lograría moverlo. Se ini­ció una discusión acerca del término «arrancar». O’Brien sostuvo que Thornton tenía derecho a li­berar los patines para que Buck «arrancara» el tri­neo. Matthewson insistió en que «arrancar» in­cluía liberar los patines de las heladas garras de la nieve. La mayoría de los que habían sido testigos de la apuesta inicial se pusieron a favor de Mat­thewson, con lo cual las apuestas subieron en con­tra de Buck a razón de tres a uno.

No hubo quien se arriesgase. Nadie lo creía capaz de tal hazaña. Thornton se había visto apre­miado, con grandes dudas, a aceptar el desafío; y ahora, frente a la realidad material del trineo, con el equipo habitual de diez perros acurrucados en la nieve, la tarea le parecía más imposible aún. Mat­thewson estaba exultante.

-¡Tres a uno! -proclamó-. Apuesto otros mil, Thornton. ¿Qué me dice?

Thornton tenía la duda pintada claramente en el semblante, pero aquello despertó su espíritu de lucha, el que hace crecer al hombre ante las dificultades, le impide aceptar lo imposible y lo hace sordo a todo lo que no sea el clamor de la batalla. Llamó a Hans y a Peter. Los recursos de ambos eran exiguos y, sumándolos a los suyos, los tres socios apenas pudieron reunir doscientos dólares. Aunque aquella cantidad constituía el total de su capital, no vacilaron en depositarla junto a los seis­cientos dólares de Matthewson.

Desengancharon a los diez perros del tiro y su­jetaron a Buck al trineo con su propio arnés. El se había contagiado de la excitación reinante y sentía que, de alguna forma, debía realizar algo grande por John Thornton. Su espléndida apariencia sus­citó murmullos de admiración. Se hallaba en per­fecto estado, sin un gramo de grasa, y los sesenta kilos que pesaba eran otros tantos de coraje y for­taleza. El pelaje le brillaba con el fulgor de la seda. Sobre el cuello y los hombros, su melena se eriza­ba, aun si permanecía quieto, y estaba a punto de levantarse con cada movimiento, como si un exce­so de vigor dotase de vida y actividad cada uno de sus pelos. El amplio pecho y las poderosas patas delanteras estaban en perfecta proporción con el resto del cuerpo, cuyos músculos resaltaban como firmes pliegues bajo la piel. Cuando unos hombres palparon aquellos músculos y proclamaron su férrea dureza, las apuestas bajaron a dos a uno.

-¡Aquí, señor! ¡Escuche! -tartajeó uno de los más recientes magnates mineros-. Le doy ochocientos por él, señor, antes de la prueba, se­ñor. Ochocientos, tal cual.

Thornton hizo un gesto de negación con la ca­beza y se colocó al lado de Buck.

-Tiene que alejarse del perro -protestó Mat­thewson-. Que actúe por sí mismo y con espacio suficiente.

La multitud guardaba silencio; sólo se oían las voces de los que en vano ofrecían apuestas de dos a uno. Todo el mundo reconocía que Buck era un animal magnífico, pero a juicio de todos veinte sacos de veinticinco kilos de harina abulta­ban demasiado para que se animasen a jugarse el dinero.

Thornton se arrodilló al lado de Buck. Le co­gió la cabeza con ambas manos y arrimó su mejilla a la del animal. No se la sacudió juguetonamente, como solía, ni murmuró en su oreja palabrotas de afecto, sino que susurró:

-Muéstrales cuánto que me quieres, Buck. Muéstraselo -fueron sus palabras. Buck gemía de impaciencia.

Los congregados observaban con curiosidad. El asunto tomaba un aire de misterio. Parecía un con­juro. Cuando Thornton se puso de pie, Buck le cogió la mano enguantada con la boca, se la apretó con los dientes y se la soltó lentamente, como sin ganas. Fue su respuesta, no a las palabras, sino al afecto del amo. Thornton dio unos pasos atrás.

-¡Ahora, Buck! -dijo.

Buck tensó las riendas y a continuación las sol­tó unos centímetros. Era así como había aprendido a hacerlo.

-¡Derecha! -resonó cortante la voz de Thorn­ton en medio del silencio.

Buck se inclinó a la derecha, hizo un rápido y violento movimiento hacia adelante que tensó de nuevo las riendas, y súbitamente detuvo el impulso de sus setenta kilos. La carga se estremeció y, de de­bajo de los patines, surgió un seco crujido.

-¡A la izquierda! -ordenó Thornton.

Buck repitió la maniobra, esta vez hacia la iz­quierda. El crujido se convirtió en chasquido, el trineo osciló y los patines se movieron deslizándose unos centímetros hacia un lado. El trineo se ha­bía despegado. Los hombres contenían el aliento, inconscientemente.

-Y ahora, ¡arre!

La orden de Thornton sonó como un disparo. Buck se echó hacia adelante tensando las riendas con su poderoso impulso. Todo su cuerpo se con trajo en un tremendo esfuerzo, con los protube­rantes nudos de los músculos visibles bajo la piel sedosa. Con todo el pecho rozando el suelo, la ca­beza baja y hacia adelante, movía frenéticamente las patas, cuyas pezuñas iban dejando trazos para­lelos sobre la nieve apelmazada. El trineo se balan­ceó, tembló y se deslizó ligeramente. Una pata de Buck resbaló y alguien soltó un gemido. Seguida­mente el trineo avanzó como en una rápida suce­sión de espasmos, aunque en realidad en ningún momento volvió a parar del todo… diez milíme­tros… veinte… cuarenta… Los tirones disminuyeron a ojos vista convirtiéndose, a medida que el trineo ganaba velocidad, en un movimiento uniforme.

Los espectadores recobraron el aliento y vol­vieron a respirar con normalidad sin percatarse de que por un momento habían dejado de hacerlo. Thornton iba corriendo detrás, animando a Buck con palabras de aliento. Se había medido la distan­cia y, según se aproximaban a la pila de leña que marcaba el fin del recorrido de cien metros, empe­zó a surgir un creciente murmullo que explotó en un rugido cuando Buck alcanzó la meta y se detu­vo a la voz de alto. Todo el mundo, incluido Mat­thewson, estaba entusiasmado. Volaban por el aire guantes y sombreros. Los presentes se daban la mano, sin importarles con quién, y hablaban a gri­tos como en una incoherente babel.

Thornton, por su parte, se dejó caer de rodillas junto a Buck. Con las cabezas juntas, el amo mecía la del perro a un lado y a otro. Quienes se acerca ron a ellos le oyeron decir reiteradamente palabro­tas a Buck, en un tono que era a la vez ferviente, dulce y amoroso.

-¡Aquí, señor! ¡Escuche! -farfulló el magna­te minero de antes-. Le doy mil por él, señor, mil dólares, señor… mil doscientos, señor.

Thornton se puso de pie. Tenía los ojos moja­dos. Por sus mejillas corrían sin disimulo las lá­grimas.

-Señor -le dijo al magnate-, no, señor. Pue­de irse al demonio, señor. Es lo menos que puedo decirle, señor.

Buck cogió entre los dientes una mano de Thorn­ton que no dejaba de mecerlo. Como animados por un mismo impulso, los espectadores retrocedieron hasta una respetuosa distancia; ninguno quería ser tan indiscreto como para interrumpirlos.


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