El llamado de la selva, novela (capítulo 5) de Jack London


Capítulo 5 / El duro esfuerzo del camino

Jack London

A los treinta días de haber salido de Dawson, el correo de Salt Water, con Buck y sus compañeros al frente, llegó a Skaguay. Estaban en un estado la­mentable, agotados y exhaustos. El peso de Buck se había reducido de sesenta y cinco a cincuenta ki­los. El resto de los perros, aun pesando menos, ha­bían perdido relativamente más peso que él. Pike, el tramposo, que se había pasado la vida fingiendo y que tantas veces había logrado hacer creer que tenía una pata herida, cojeaba ahora de verdad. Sol-leks andaba paticojo, y Dub tenía una paletilla dislocada.

A todos les dolían terriblemente las plantas de los pies. No podían saltar. Dejaban caer pesada­mente las patas en la tierra trasmitiendo la vibración a su cuerpo, con lo que duplicaban la fatiga de la jornada. No les pasaba nada, excepto que esta­ban muertos de cansancio. No se trataba del agotamiento que sigue a un determinado y excesivo esfuerzo del que cabe recuperarse en cuestión de horas, sino de la lenta y prolongada extenuación provocada por meses de esfuerzo sostenido. Ya no tenían capacidad de recuperación ni reserva de ener­gías a la que recurrir. Habían utilizado todo lo que tenían. Cada músculo, cada fibra, cada célula, par­ticipaba de la extenuación, de la mortal fatiga. Y había motivo. En menos de cinco meses habían re­corrido cuatro mil quinientos kilómetros, los últi­mos tres mil con sólo cinco días de descanso. Cuan­do llegaron a Skaguay estaban en las últimas. Apenas podían mantener tensas las riendas y, en cuesta abajo, les era difícil mantenerse fuera del alcance del trineo.

-¡Adelante, pobrecillos! -los animaba el con­ductor mientras avanzaban tambaleantes por la calle principal de Skaguay-. ¡Fin de trayecto! Después tendremos un largo descanso, ¿eh? Un des­canso magnífico.

Los propios conductores esperaban confiados un prolongado respiro. Habían hecho dos mil kiló­metros con dos días de asueto, y razonablemente y en justicia se merecían un intervalo de descanso. Pero eran tantos los hombres que habían acudido a Klondike y tan numerosas las novias, esposas y demás familiares que no lo habían hecho, que la congestión postal estaba adquiriendo enormes pro­porciones; y además estaban los despachos oficia­les. Nuevas tandas de perros de la bahía de Hud­son habrían de reemplazar a los que ya no valían para el camino. Había que desprenderse de estos últimos y, puesto que un perro poco significa fren­te a un puñado de dólares, el caso era venderlos. Pasaron tres días, en el transcurso de los cuales Buck y sus compañeros descubrieron cuán cansa­dos y debilitados estaban. Después, en la mañana del cuarto día, llegaron de los Estados Unidos dos hombres, que los compraron con arneses incluidos, por cuatro cuartos. Se llamaban Hal y Charles. Charles era de mediana edad, más bien moreno, tenía la mirada miope y acuosa y un mostacho que se retorcía con furia hacia arriba como para com­pensar la aparente blandura del labio que ocultaba. Hal era un joven de diecinueve o veinte años, con un gran revólver Colt y un cuchillo de caza sujetos al cuerpo por un cinturón provisto de cartuchos. Este cinturón era el elemento más llamativo de su persona. Proclamaba su inmadurez, una absoluta e inefable inmadurez. Los dos hombres estaban ma­nifiestamente fuera de lugar, y el porqué de que semejantes individuos se hubieran aventurado a viajar al norte es parte de un misterio que escapa al entendimiento.

Buck oyó el regateo, vio pasar el dinero de las manos del hombre y a las del agente del gobierno, y se dio cuenta de que el mestizo escocés y los conductores de trineos del correo desaparecían de su vida como había ocurrido con Perrault y Fran­çois y con los que los habían precedido. Lo que Buck vio en el campamento al que los llevaron los nuevos dueños fue abandono y suciedad, una tien­da a medio desmontar, platos sin fregar y un de­sorden general; vio también a una mujer, a quien los hombres llamaban «Mercedes». Era la mujer de Charles y la hermana de Hal: toda una familia…

Buck los observó con aprensión mientras aca­baban de desmontar la tienda y cargaban el trineo. Lo hacían todo con gran despliegue de gestos, pero sin un método eficaz. La tienda fue enrollada formando un bulto tres veces más voluminoso de lo que podía haber sido. Guardaron los platos de la­ta sin fregarlos. Mercedes revoloteaba continua­mente saliendo al paso a los hombres y no paraba de charlar haciéndoles reproches y dándoles con­sejos. Cuando ya habían colocado una bolsa con ropa en la parte delantera del trineo, Mercedes su­girió que debería ir en la de atrás; y una vez puesta allí la bolsa y quedar tapada por otros dos bultos, descubrió que le había pasado por alto guardar unas prendas que sólo podían ir en ella, así que hubo que descargarla otra vez.

De una tienda vecina salieron tres hombres que se quedaron mirando la escena entre guiños y sonrisas.

Ya llevan ustedes bastante peso -dijo uno de ellos- y, aunque no me corresponda meterme en sus asuntos, yo en su lugar no cargaría con esa tienda.

-¡Qué esperanza! -exclamó Mercedes, alzan­do los brazos al cielo con afectada consternación-. ¿Cómo demonios voy a arreglármelas sin una tienda?

-Estamos en primavera, ya no volverá a hacer frío -replicó el hombre.

Ella meneó la cabeza con decisión, y Charles y Hal colocaron los últimos trastos encima de la vo­luminosa carga.

-¿Le parece que andará? -preguntó uno de los hombres.

-¿Por qué no? -dijo Charles secamente.

-Oh, está bien, está bien -se apresuró a de­cir el otro, en tono conciliatorio-. Sólo me lo pre­guntaba. Parece que llevan mucha carga.

Charles le dio la espalda y amarró las cuerdas lo mejor que pudo, o sea no demasiado bien.

-Y por supuesto los perros podrán tirar todo el día de ese artefacto -afirmó el segundo de los hombres.

-Desde luego -dijo Hal con helada cortesía, al tiempo que cogía la vara con una mano y blandía el látigo con la otra-. ¡Arre! -gritó-. ¡Adelante! Los perros saltaron y tiraron de las riendas duran­te unos momentos, pero después aflojaron. No po­dían mover el trineo.

-¡Bestias holgazanas, yo os enseñaré! -les gri­tó Hal, disponiéndose a darles con el látigo.

-¡No, Hal, eso no! -intervino Mercedes a gritos, al tiempo que agarraba el látigo y se lo arre­bataba-. ¡Los pobrecillos! Tienes que prometer me que no serás cruel con ellos durante el viaje o yo no daré un paso.

-¡Qué sabrás tú de perros! -exclamó desde­ñosamente su hermano-; y haz el favor de dejar­me en paz. Son perezosos, te lo aseguro, y hay que darles de azotes para que rindan. Ellos son así. Pregunta a cualquiera. Pregúntaselo a uno de ésos. Mercedes dirigió a los hombres una mirada implo­rante; en su bonito rostro se había dibujado un gesto de indecible repugnancia ante el sufrimiento de los animales.

-Si quiere usted saberlo están muy débiles -fue la respuesta de uno de los hombres-. Com­pletamente hechos polvo, ésa es la verdad. Necesi­tan descanso.

Y una mierda -dijo Hal, y Mercedes soltó un «¡Oh!», dolida y apesadumbrada ante el impro­perio. Pero siendo una criatura apegada a los su­yos, se apresuró a tomar partido por su hermano.

-No hagas caso de ese hombre -dijo con intención-. Tú eres quien conduce a nuestros perros, y haz con ellos lo que te parezca mejor.

Nuevamente descargó Hal el látigo sobre los perros, que tiraron de las riendas, clavaron las pa­tas en la nieve y pusieron en el empeño todas sus fuerzas. El trineo resistió como si fuera un ancla. Después de dos intentos, los perros quedaron in­móviles, jadeando. El látigo silbaba sin piedad cuan­do Mercedes intervino de nuevo. Cayó de rodillas ante Buck, con lágrimas en los ojos, y le abrazó el cuello.

-Pobrecitos míos -exclamó llorosa y com­pasiva-, ¿por qué no tiráis más fuerte? Así no os azotarán.

A Buck no le gustó esta mujer, pero estaba de­masiado afligido para resistírsele y lo tomó como parte de la desgraciada jornada.

Uno de los espectadores, que había estado apre­tando los dientes para no estallar, habló entonces:

-No es que me importe lo que os pase a voso­tros, pero por el bien de los perros sólo quiero deciros que podríais serles de grandísima ayuda si liberáseis ese trineo. Los patines están firmemente adheridos al hielo. Tenéis que romperlo.

Por tercera vez se intentó la partida, pero esta vez, siguiendo el consejo, Hal liberó los patines que habían quedado congelados en la nieve. El sobrecargado y rígido trineo se puso en marcha, con Buck y sus compañeros esforzándose frenética­mente bajo la lluvia de golpes. Un centenar de me­tros más adelante, la senda describía una curva y descendía en empinada pendiente hacia la calle principal. Para mantener en pie el inestable trineo habría hecho falta un hombre con experiencia, y Hal no lo era. Al tomar la curva con velocidad, el trineo volcó, desparramando la mitad de la carga mal sujeta. Los perros ni siquiera se detuvieron. El trineo aligerado botaba de un lado a otro tras ellos, irritados por el maltrato recibido y por la carga ex­cesiva. Buck estaba furioso. Apretó la carrera, y el equipo lo siguió. Hal gritaba «¡soo! ¡soo!», pero ellos no le hacían caso. El tropezó y cayó. El trineo volcado pasó con estruendo por encima de él, y los perros prosiguieron a toda marcha, contribuyendo al jolgorio general en Skaguay al desparramar el resto de los trastos por la calle principal.

Unos ciudadanos de buen corazón detuvieron a los perros y recogieron los bártulos desperdiga­dos. Les dieron, además, sanos consejos. Reducir la carga a la mitad y duplicar el número de perros era la fórmula, si querían llegar alguna vez a Daw­son. Hal, su hermana y su cuñado escucharon de mala gana, montaron la tienda y pasaron revista a sus posesiones. La aparición de alimentos enla­tados provocó la risa entre los espectadores, ya que a nadie se le ocurriría llevar latas en la Larga Marcha.

-Mantas para un hotel -dijo uno de los hom­bres que reían y ayudaban-. La mitad de las cosas que lleváis son superfluas: tiradlas. Y la tienda, y todos esos platos. ¿Quién los va a fregar, en todo caso? Dios mío, ¿creéis que viajáis en un Pullman?

Se procedió, pues, a la inexorable eliminación de lo superfluo. Mercedes lloró cuando descarga­ron las bolsas con su ropa y fueron tirando una prenda tras otra. Lloraba en general y lloraba en particular por cada artículo descartado. Sentada con las manos aferradas a las rodillas, se mecía con desconsuelo adelante y atrás. Prometió que no se movería un solo centímetro ni por una docena de Charles. Apeló a todos y a todo, y finalmente se enjugó las lágrimas y se puso a tirar incluso artícu­los de vestir que eran absolutamente necesarios. Y en su afán de tirar, cuando acabó con las suyas la emprendió como un torbellino con las pertenen­cias de los hombres.

Cuando acabaron la carga, aún reducida a la mitad, seguía siendo tremenda. Charles y Hal sa­lieron al anochecer y compraron seis perros más, que, sumados a los seis del equipo original, más Teek y Koona (los huskies comprados en Rink Rapids durante el viaje récord), elevaron el nú­mero de animales a catorce. Pero los perros recién adquiridos, aunque dominados prácticamente des­de un primer momento, no aportaron gran cosa. Tres de ellos eran pelicortos perros de muestra, otro era un terranova, y los otros dos, mestizos de raza indefinida. Los recién llegados no parecían al tanto de nada. Buck y sus compañeros los miraban con desdén, y aunque él les enseñó enseguida su lugar y lo que no debían hacer, no pudo instruirlos sobre lo que sí debían hacer. No se adaptaron a la dura rutina del camino. Excepto los dos mestizos, estaban aturdidos, y el salvaje y desconocido entor­no y el maltrato recibido les habían quebrantado el ánimo. Los dos mestizos carecían de vitalidad; lo único quebrantable en su caso eran los huesos.

Con los perros nuevos, inservibles y desani­mados, y el equipo anterior agotado por cuatro mil quinientos kilómetros de continuo esfuerzo, las perspectivas no eran muy halagüeñas. No obs­tante, los dos hombres estaban bastante conten­tos. Y también orgullosos. Con catorce perros, es­taban haciendo las cosas a lo grande. Habían visto otros trineos que cruzaban el paso hacia Dawson o que venían de allí, pero ninguno con catorce perros. Hay una razón obvia por la que en los viajes por el Artico catorce perros no deben tirar de un trineo, y es que en un solo trineo no cabe la comida para catorce perros. Pero Charles y Hal lo ignoraban. Habían hecho un cálculo teórico, a tanto por perro, catorce perros, tantos días, igual a tanto. Mercedes, que había visto el cálculo por encima, había asenti­do: era todo tan sencillo…

Avanzada la mañana siguiente, Buck encabezó el largo tiro calle arriba. No había animación al­guna en el grupo, ni brío o dinamismo en él y sus compañeros. Partían con un cansancio mortal. Cuatro veces había cubierto Buck el trayecto entre Salt Water y Dawson, y el saber que, harto y can­sado, afrontaba una vez más el mismo camino, lo amargaba. Ni él ni ninguno de los demás perros se entregaba de corazón a la tarea. Los perros nuevos eran tímidos y estaban asustados, los veteranos no tenían confianza en sus amos.

Buck sentía vagamente que no podía confiar en aquellos dos hombres ni en la mujer. No sabían cómo hacer las cosas, y con el paso de los días fue evidente que eran incapaces de aprender. Eran descuidados, carecían de orden y de disciplina. Les llevaba la mitad de la noche montar un precario campamento, y media mañana levantarlo y cargar el trineo, y lo hacían de una forma tan inadecuada que durante el resto del día tenían que detenerse varias veces para volver a acomodar la carga. Hubo días en que no lograron recorrer veinte kilóme­tros. Otros, que ni siquiera consiguieron arrancar. Y no hubo uno solo en el que lograsen cubrir más de la mitad de la distancia que habían tomado como base para calcular la comida de los perros.

Era inevitable, pues, que acabara escaseando. Pero ellos precipitaron la escasez sobrealimentan­do a los perros, con lo que aceleraron también el momento en que habrían de darles menos. Los perros nuevos, cuyos jugos gástricos no se habían formado en hambre crónica y por tanto no sabían extraer de lo escaso el máximo partido, tenían un apetito voraz. Y además, cuando los agotados hus­kies empezaron a tirar poco, Hal decidió que las raciones programadas al principio eran demasiado pequeñas y las duplicó. Y para rematar, Mercedes, viendo que aun con las lágrimas en sus bonitos ojos y la voz temblorosa no lograba convencer a Hal para que les diera un poco más, decidió robar pescado de los sacos para dárselo a los perros a es­condidas. Pero lo que Buck y sus compañeros ne­cesitaban no era comida, sino descanso. Y aunque avanzaran con lentitud, la pesada carga que arras­traban socavaba gravemente sus fuerzas.

Después vinieron las privaciones. Un día Hal se dio cuenta de que se había consumido la mitad de la comida de los perros cuando se había cubierto únicamente la cuarta parte del trayecto; y, además, de que no había ninguna posibilidad de conseguir más. De modo que redujo la ración programada e intentó aumentar el tramo de recorrido diario. Su hermana y su cuñado lo secundaron; pero sus pro­pósitos resultaron inútiles debido a que el peso de la carga era excesivo y a su propia incompetencia. Era fácil dar menos comida a los perros, pero era imposible hacerlos andar más rápido, cuando la in­capacidad de sus amos para salir temprano por las mañanas impedía alargar las jornadas. No sólo no sabían cómo hacer trabajar a los perros, sino que no sabían trabajar ellos mismos.

El primero en caer fue Dub. Pobre ladrón inep­to como era, al que siempre pescaban y castigaban, había sido, con todo, un fiel trabajador. La paletilla que tenía dislocada, sin cuidados ni descanso, fue de mal en peor, hasta que finalmente Hal lo liqui­dó de un disparo con su pesado revólver Colt. Hay un dicho de la región que afirma que, con la ra­ción de un perro esquimal, uno foráneo se muere de hambre, de modo que, con la mitad de la ración de uno, los seis extranjeros al mando de Buck no podían hacer otra cosa que morirse. El terranova fue el primero, seguido por los tres pelicortos de muestra; los dos mestizos se aferraron con más fuerza a la vida, pero al final también cayeron.

A esas alturas, todo rasgo de sociabilidad y de­licadeza había desaparecido de Charles, Hal y Mercedes. Despojado de su encanto romántico, el viaje por el Ártico se convirtió para ellos en una realidad demasiado exigente. Mercedes dejó de derramar lágrimas por los perros, demasiado ocu­pada en llorar por sí misma y en pelearse con su marido y con su hermano. Pelearse era lo único de lo que no se cansaban nunca. La irritabilidad sur­gía de su amargura por la situación y se hizo pro­gresivamente más intensa. La admirable paciencia de la que se arman durante la marcha los indivi­duos que, aun trabajando duramente y padeciendo enormes dificultades, son capaces de conservar la ecuanimidad y de expresarse sin acritud, no vino en auxilio de aquellas tres personas. Ni siquiera podían imaginársela. Estaban entumecidos y sufrí­an; les dolían los músculos, les dolían los huesos, les dolía hasta el alma; de ahí que hablaran con as­pereza y que lo primero que acudiera a sus labios por la mañana y lo último que acudiera por la no­che fueran agravios.

Charles y Hal discutían cada vez que Merce­des les daba la oportunidad. Cada cual creía fir­memente que realizaba una parte del trabajo mayor de la que le correspondía y ninguno de los dos dejaba de proclamarlo a la menor ocasión. Ella to­maba partido unas veces por su marido y otras por su hermano. El resultado era una dura e intermi­nable riña familiar. A partir de una disputa sobre cuál de los dos había de cortar la leña para el fuego (un desacuerdo que concernía únicamente a Char­les y Hal), acababa involucrando al resto de la fa­milia, padres, madres, tíos, primos, personas que se hallaban a centenares de kilómetros de distancia y, algunas de ellas, incluso muertas. Que las opi­niones de Hal sobre arte o sobre la clase de come­dias que escribía el hermano de su madre tuvieran algo que ver con la leña que había que cortar, su­pera el límite de lo comprensible; sin embargo, tan posible era que la discusión tomara ese rumbo como que derivase hacia los prejuicios políticos de Charles. Y que la lengua viperina de la hermana de Charles tuviera algo que ver con la forma de ha­cer una hoguera en el Yukón sólo resultaba obvio para Mercedes, quien vertía numerosas opiniones sobre el asunto, y de paso sobre algunos rasgos de­sagradablemente peculiares de la familia de su es­poso. Entre tanto, el fuego se quedaba sin encen­der, el campamento a medio montar y los perros sin comer.

Las quejas de Mercedes tenían que ver con el sexo. Era guapa, bonita y delicada y durante toda su vida había sido tratada con delicadeza. Pero el trato que ahora recibía de su esposo y de su hermano no tenía nada de delicado. Tenía la costumbre de declararse incapaz. Ellos protestaban. Y como no aceptaban lo que ella consideraba su más esencial prerrogativa femenina, les hacía la vida imposible. Ya no le daban pena los perros y, como estaba ofendida y cansada, insistía en viajar subida al tri­neo. Era bonita y delicada, sí, pero pesaba cin­cuenta y cinco kilos… un suplemento un poco excesivo para agregarlo al peso que arrastraban aquellos animales débiles y hambrientos. Lo hizo durante días, hasta que los perros cayeron agota­dos y el trineo quedó inmóvil. Charles y Hal le ro­garon que bajara y caminase, se lo suplicaron, se lo imploraron, mientras ella lloraba e importunaba al Altísimo con una relación de sus brutalidades.

En una ocasión la bajaron del trineo a la fuer­za. No volvieron a hacerlo nunca. Ella aflojó las piernas como una niña malcriada y se sentó en el camino. Ellos reanudaron la marcha, pero ella no se movió. Cuando hubieron recorrido cinco kiló­metros, y después de deshacerse de parte de la car­ga, regresaron a por Mercedes y, otra vez a la fuer­za, volvieron a subirla al trineo.

La excesiva atención que prestaban a la grave situación de sus asuntos los hacía insensibles al su­frimiento de sus animales. La teoría de Hal, que él aplicaba a los demás, era que había que endurecer­se. Había empezado por predicársela a su hermana y a su cuñado. Como no encontró eco, se la incul­caba a los perros con el garrote. En Five Fingers se acabó la comida para los perros, y una vieja india desdentada les ofreció unos kilos de pellejo de equi­no congelado a cambio del revólver Colt que Hal llevaba en la cadera junto con el cuchillo de caza. Pobre substituto del alimento eran aquellas tiras de pellejo, conservadas tal como habían sido arran­cadas seis meses antes a los caballos muertos de hambre de unos ganaderos. Congeladas, más pare­cían de hierro galvanizado, y, cuando un perro conseguía con gran esfuerzo metérselas en el estó­mago, se descongelaban y se convertían en delga­das e insulsas cintas correosas y en una masa de cerdas caballares irritantes e indigestas.

Y, en medio de todo esto, Buck avanzaba tam­baleante a la cabeza del tiro, como en una pesadi­lla. Cuando podía, tiraba; cuando ya no podía, se desplomaba y así permanecía hasta que los golpes de látigo o de garrote lo hacían ponerse nueva­mente de pie. Su hermoso pelaje afelpado había perdido suavidad y brillo. El pelo le caía lacio y su­cio de barro, o pegajoso y duro por la sangre seca en los lugares donde había caído el garrote de Hal. Sus músculos se habían reducido a unas cuerdas nudosas y la masa carnosa había desaparecido, con lo cual cada costilla y cada hueso de su cuerpo se traslucía con toda claridad a través del pellejo flác­cido, cuyos pliegues revelaban el vacío del interior. Era desgarrador, pero el ánimo de Buck era inalte­rable. El hombre del jersey rojo lo había compro­bado.

Lo mismo que con Buck ocurría con sus com­pañeros. Eran esqueletos ambulantes. Eran siete en total, incluyéndolo a él. La acumulación de sufrimientos los había vuelto insensibles a los latiga­zos o los golpes del garrote. El dolor de los golpes era tan sordo y remoto como lo que veían sus ojos y percibían sus oídos. Estaban vivos a medias, o quizá menos. No eran más que bolsas de huesos en las que todavía alentaba un débil soplo vital. Cuan­do había una parada se dejaban caer medio muer­tos, y el soplo se atenuaba, se debilitaba y parecía extinguirse. Y cuando el látigo o el garrote les caía encima, el soplo se animaba y se levantaban tam­baleantes para reanudar la marcha con paso in­seguro.

Llegó un día en que el afable Billie cayó y no pudo levantarse. Hal, como ya no tenía el revólver, cogió un hacha y allí mismo le asestó un golpe en la cabeza, tras lo cual liberó al cadáver del arnés y lo arrastró a un lado del camino. Buck lo vio todo, lo mismo que sus compañeros, y todos se dieron cuenta de que aquello lo tenían muy cerca. Al día siguiente cayó Koona, y se quedaron en cinco: Joe, demasiado exhausto para tener amargura; Pike, tu­llido y cojeando, sólo consciente a medias y no lo bastante como para escaquearse; Sol-leks, el tuer­to, que todavía se esforzaba lealmente por cumplir su parte y se lamentaba por tener tan pocas fuerzas para tirar del trineo; Teek, que no había viajado tanto como los otros ese invierno y que ahora reci­bía más golpes que los demás por ser el más nue­vo; y Buck, siempre a la cabeza del tiro, pero sin imponer disciplina ni quebrantarla, ciego de debi­lidad la mitad del tiempo, distinguiendo el camino por los reflejos y por el impreciso tacto de sus patas.

Hacía un hermoso tiempo primaveral, pero ni los perros ni los humanos eran conscientes de ello. Cada día el sol salía más temprano y se ponía más tarde. Amanecía a las tres de la mañana y el atar­decer se alargaba hasta las nueve de la noche. El día entero era una llamarada de sol. El fantasmal silencio del invierno había dado paso al intenso murmullo primaveral del despertar de la vida. Era un murmullo que surgía de toda la tierra, colmado de alegría vital. Surgía de las cosas que vivían otra vez y palpitaban, cosas que habían estado como muertas y que no se habían movido durante los largos meses de frío. La savia subía por los vasos y fibras de los pinos. En los sauces y en los álamos estallaban tiernos brotes. Los arbustos y las enre­daderas renovaban su capa de verdor. Cantaban los grillos por las noches, y de día mil especies de ani­males se arrastraban con sigilo buscando el sol. En el bosque alborotaban las perdices y los pájaros carpinteros. Las ardillas chillaban, cantaban los pájaros, y, en el cielo, bandadas de patos salvajes que venían del sur graznaban formados en V para mejor hender el aire.

Desde las laderas llegaba el rumor, la música de invisibles fuentes. Todo se deshelaba, se estre­mecía, se animaba. El Yukón hacía esfuerzos por liberarse del hielo que lo aprisionaba. El río lo derretía por debajo y el sol por arriba. Se formaban bolsas de aire, fisuras que se ampliaban, y los frag­mentos de hielo carcomidos acababan por desapa­recer en el cauce. Y en medio de los estallidos, las turbulencias y las vibraciones de la vida que des­pertaba, bajo el sol resplandeciente y con la brisa que susurraba a su alrededor, avanzaban vacilantes los dos hombres, la mujer y los perros, como pere­grinando hacia la muerte.

Con los perros cayéndose, Mercedes llorando encaramada al trineo, Hal profiriendo maldiciones inútiles y los ojos de Charles con lágrimas de nostalgia, llegaron vacilantes al campamento de John Thornton, a la entrada de White River. En el mo­mento en que se detuvieron, los perros se desplo­maron como si a cada uno le hubiesen asestado un golpe de muerte. Mercedes se secó los ojos y miró a John Thornton. Charles se sentó en un tronco a descansar. Lo hizo muy lenta y concienzudamen­te debido al fuerte agarrotamiento de su cuerpo. Hal llevó la voz cantante. John Thornton le estaba dando el último repaso a un mango de hacha que había hecho con una rama de abedul. Tallaba y es­cuchaba, respondía con monosílabos y, cuando se le pedía, daba escuetos consejos. Conocía el paño y daba sus consejos con la certidumbre de que no se­rían seguidos.

-Allá arriba nos dijeron que la senda por el río se estaba deshelando y que lo mejor que podía­mos hacer era quedarnos -dijo Hal en respuesta a la advertencia de Thornton de que no continuaran arriesgándose sobre el hielo quebradizo-. Dije­ron que no podríamos llegar a White River, y aquí estamos. Y lo dijo con un despectivo retintín de triunfo.

-Y no faltaban a la verdad -contestó John Thornton-. El fondo está a punto de desmoro­narse. Sólo unos necios, con la suerte loca que tie nen a veces, podían hacerlo. Le digo la verdad: yo no me jugaría el pellejo sobre ese hielo ni por todo el oro de Alaska.

-Será porque usted no es un necio, supongo. De todas formas, nosotros continuaremos hacia Dawson -dijo, y desenrolló el látigo-. ¡Arriba, Buck! ¡Venga! ¡Arriba! ¡Arre!

Thornton prosiguió con su tarea. Sabía que era inútil interponerse entre un necio y su nece­dad, y que, por otra parte, dos o tres necios más o menos no cambiaban nada.

Pero los perros no se levantaron. Hacía mucho que habían entrado en una fase en la que sólo lo ha­cían a fuerza de golpes. El látigo restallaba indiscriminadamente y sin misericordia. John Thornton apretó los labios. El primero en levantarse lenta­mente fue Sol-leks. Lo siguió Teek. A continua­ción Joe, con ladridos de dolor. Pike hizo un es­fuerzo extremo: dos veces cayó cuando ya estaba medio erguido, y al tercer intento consiguió tener­se en pie. Buck no hizo esfuerzo alguno. Permane­ció tranquilamente tendido donde había caído. El látigo se cebó en él una y otra vez, pero él ni gimió ni forcejeó. Varias veces Thornton hizo amago de hablar, pero cambió de idea. Se le humedecieron los ojos y, mientras los latigazos continuaban, él se levantó y se puso a caminar inquieto de un lado a otro.

Era la primera vez que Buck fallaba, lo que era motivo suficiente para enfurecer a Hal, que cam­bió el látigo por el garrote. Bajo la lluvia de golpes brutales que le caían encima, Buck se negó a mo­verse. Al igual que sus compañeros, apenas podía levantarse; pero con la diferencia de que él había decidido no hacerlo. Tenía el vago presentimien­to de un desastre inminente. Lo había sentido muy intensamente cuando se habían arrimado a la orilla y ya no lo había abandonado. Como si al sentir bajo las patas la capa fina y quebradiza de hielo se le hubiera manifestado el presentimiento de que un desastre les esperaba en el lugar adonde su amo pretendía llevarlo. Se negó a moverse. Tanto había sufrido y tan extenuado estaba que los golpes no le dolían. Y según continuaban cayéndole, la chispa de la vida en su interior oscilaba y se atenuaba. Es­taba a punto de apagarse. El se sentía extrañamen­te embotado. Era consciente, pero como desde muy lejos, de estar recibiendo golpes. Las últimas sensa­ciones de dolor se extinguieron. Ya no sentía nada, aunque alcanzaba a oír, muy débilmente, el impac­to del garrote contra su cuerpo. Pero ese cuerpo le parecía tan distante que ya no era el suyo.

Y entonces, de pronto, sin advertencia previa y emitiendo un grito inarticulado como el de las fieras, John Thornton se abalanzó sobre el hombre que empuñaba el garrote. Hal se tambaleó y retrocedió como si le hubiera sorprendido un árbol en su caída. Mercedes se puso a chillar. Charles levantó la vista vagamente confundido, se secó los ojos lacrimosos, pero el entumecimiento no le dejó levantarse.

John Thornton, luchando por mantener el con­trol de sí mismo porque estaba poseído por una ra­bia convulsiva que le impedía hablar, se plantó de­lante de Buck.

-Si vuelves a golpear a este perro, te mato -lo­gró finalmente decir, en tono ahogado.

-El perro es mío -replicó Hal, limpiándose la boca sucia de sangre mientras recuperaba el aliento-. Quítese de ahí o se arrepentirá. Pienso ir a Dawson como sea.

Thornton estaba entre él y Buck y no mostra­ba la menor intención de quitarse de en medio. Hal sacó el largo cuchillo de caza. Mercedes chillaba, gritaba, reía, abandonada a su histeria. Con el mango del hacha, Thornton golpeó los nudillos de Hal, y el cuchillo que había soltado cayó al sue­lo. Y cuando intentó recogerlo, volvió a golpearlos. Luego se agachó, lo cogió él y, de un par de tajos, cortó las riendas de Buck.

A Hal no le quedaban arrestos para pelear. Además, tenía que dedicar las manos, o más bien los brazos, a su hermana; por otra parte, Buck es taba demasiado cerca de la muerte y ya no sería útil para tirar del trineo. Minutos después se apartaban de la orilla y marchaban río abajo. Buck oyó que se iban y alzó la cabeza para mirar. Pike iba al frente, Sol-leks, de zaguero, y entre ambos, Joe y Teek. Renqueaban y se tambaleaban. Mercedes iba sen­tada sobre la carga del trineo. Hal llevaba la vara y Charles los seguía dando tumbos.

Mientras Buck los observaba, Thornton se arro­dilló junto a él y, con sus toscas y bondadosas ma­nos, lo palpó buscando huesos rotos. Cuando acabó con el examen sin haber encontrado más que mu­chas contusiones y un tremendo estado de inanición, el trineo se hallaba a unos quinientos metros de distancia. Hombre y perro observaban su lentí­simo avance sobre el hielo. De pronto vieron que la parte trasera se hundía, formando un surco, y que la vara, con Hal prendido de ella, daba vueltas en el aire. Hasta sus oídos llegó el grito de Merce­des. Vieron a Charles girar y dar un paso atrás para escapar, y entonces todo un bloque de hielo cedió, y perros y hombres desaparecieron. Lo único que quedó a la vista fue un inmenso agujero. La senda de hielo por el río se había deshelado.

John Thornton y Buck se miraron.

-Pobre animal -dijo John Thornton, y Buck le lamió la mano.


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2 comentarios sobre “El llamado de la selva, novela (capítulo 5) de Jack London

  • el 12/02/2013 a las 06:28
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