El llamado de la selva, novela (capítulo 4) de Jack London


Capítulo 4 / La conquista del poder

Jack London

-¿Eh? ¿no decir yo? Este Buck valer dos de­monios.

Así habló François a la mañana siguiente cuando descubrió la ausencia de Spitz y a Buck cubierto de heridas. Condujo al perro cerca de la hoguera para observárselas a la luz.

-Spitz pelea como una fiera -dijo Perrault mientras examinaba los desgarrones y los cortes.

-Y Buck como dos -fue la respuesta de Fran­çois-. Y ahora nosotros andar deprisa. No Spitz, no más lío, seguro.

Mientras Perrault empacaba el equipo de acam­pada y cargaba el trineo, François colocaba los arneses a los animales. Buck se dirigió trotando al lugar de líder que hubiera ocupado Spitz; pero François, sin prestarle atención, llevó a Sol-leks a la codiciada posición. A su juicio, era el mejor perro guía que quedaba. Buck saltó furioso sobre Sol-leks, obligándolo a retirarse y ocupando su lugar.

-¿Eh? ¿Qué es eso? -exclamó François, palmeándose los muslos, divertido-. Fíjate en Buck. Como mató al Spitz, piensa coger su puesto. ¡Fuera, fuera! -le gritó, pero Buck se negó a mo­verse.

Cogió a Buck por el cuello y, aunque el perro gruñía de forma amenazadora, lo arrastró a un lado y colocó en su lugar a Sol-leks. Al veterano animal no le gustó y mostró sin ambages que le te­nía miedo a Buck. François no le hizo caso, pero en cuanto se dio la vuelta, Buck volvió a desplazar a Sol-leks, que se apartó sin resistencia.

François se enfureció.

-¡Pero bueno! ¡Por Dios que vas a ver! -far­fulló, mientras volvía al lugar con un garrote en la mano.

Buck recordó al hombre del jersey rojo y se re­tiró lentamente; tampoco intentó arremeter cuan­do Sol-leks fue colocado una vez más en el lugar del perro guía. En cambio, describió un círculo un poco más allá del alcance de François, gruñendo de cólera amarga y vigilando al mismo tiempo el garrote para poder esquivarlo si François le daba un golpe. Buck ya era un experto en cuestión de golpes.

El conductor del trineo continuó con su tarea y, cuando se dispuso a colocar a Buck en su habi­tual lugar delante de Dave, lo llamó. Buck retroce­dió dos o tres pasos. François lo siguió y el perro volvió a retroceder. Después de un rato, François se desprendió del garrote, pensando que Buck te­nía miedo a una paliza. Pero era una abierta rebe­lión. Lo que quería no era esquivar un garrotazo, sino asumir la jefatura. Le correspondía. Se la ha­bía ganado y no se contentaría con menos.

Perrault intervino para ayudar. Los dos hom­bres estuvieron casi una hora corriendo tras él. Le lanzaban sus garrotes, él los esquivaba. Lo maldecían a él, a todos sus antepasados y a todos sus po­sibles descendientes hasta la más lejana de las ge­neraciones futuras, incluyendo además cada pelo de su cuerpo y cada gota de la sangre de sus venas; y él respondía con gruñidos y se mantenía fuera de su alcance. No intentaba huir, sino que se replega­ba sin alejarse del campamento, dando a entender claramente que cuando su deseo fuera complacido él se acercaría y se portaría bien.

François se sentó y se rascó la cabeza. Perrault miró su reloj y soltó un juramento. El tiempo vo­laba, y hacía una hora que deberían haberse puesto en camino. François volvió a rascarse la cabeza, negó con el gesto y dedicó una media sonrisa re­signada al correo, que se encogió de hombros en señal de capitulación. Entonces François fue adon­de estaba Sol-leks y llamó a Buck. Éste se rió como ríen los perros, pero se mantuvo a distancia. Fran­çois liberó a Sol-leks de los arreos y restituyó al animal a su antigua posición. El equipo completo de perros estaba ahora uncido al trineo en una fila continua, listo para la marcha. No quedaba ningún lugar para Buck que no fuese al frente. Una vez más, François lo llamó, y de nuevo Buck se rió y mantuvo la distancia.

-Suelta el garrote -ordenó Perrault.

François así lo hizo, y acto seguido Buck se acercó trotando, con una sonrisa triunfal, y se co­locó en posición a la cabeza del tiro. Enganchadas las correas, el trineo arrancó y, con los dos hom­bres corriendo, la partida se dirigió velozmente hacia el río.

A pesar de haberle dedicado tantos elogios, mu­cho antes de acabar la jornada, François descubrió que había infravalorado a Buck, quien al primer salto asumió los deberes del liderazgo: y en mate­ria de criterio, rapidez mental y acción inmediata, se reveló superior incluso a Spitz, a quien François siempre había considerado insuperable.

Pero donde Buck más destacó fue en la forma de establecer las normas y hacerlas cumplir a sus compañeros. A Dave y a Sol-leks no les importó el cambio de liderazgo. No les incumbía. Lo suyo era trabajar duro y esforzarse al máximo. Siempre que no fuera un impedimento para su tarea, no les im­portaba lo ocurrido. Les habría dado igual que hu­bieran puesto de jefe a Billie, el contemporizador, con tal de que mantuviera el orden. El resto del equipo, en cambio, que se había vuelto revoltoso du­rante la última época de Spitz, se sorprendió ahora que Buck restauraba la disciplina.

Pike, que tiraba inmediatamente detrás de Buck y que jamás había tirado del trineo más que lo es­trictamente indispensable, fue inmediata y reiteradamente sacudido por flojear; y antes de acabar la jornada estaba tirando más de lo que jamás había tirado en su vida. La primera noche de campamen­to, Joe, el resentido, recibió el rotundo castigo que Spitz nunca había conseguido aplicarle. Buck sim­plemente lo aplastó gracias a su peso superior y lo redujo hasta que el otro dejó de morder y se puso a gemir pidiendo tregua.

El comportamiento general del equipo mejoró con rapidez. Recuperó la antigua solidaridad y una vez más los perros corrieron al mismo ritmo. En Rink Rapids se incorporaron dos huskies nativos, Teek y Koona; y la celeridad con que Buck los do­minó dejó sin aliento a François.

-¡Nunca había visto un perro como Buck! -gritó-. ¡No, nunca! ¡Por Dios que vale mil dó­lares! ¿Eh? ¿Qué dices tú, Perrault?

Perrault asintió con la cabeza. Para entonces llevaba batido el récord y ganaba tiempo cada día. El camino estaba en excelentes condiciones, con la nieve firme y dura. No hacía demasiado frío. La temperatura bajó hasta los diez grados bajo cero y así permaneció durante todo el viaje. Los hombres corrían o montaban en trineo por turnos y tenían a los perros en constante movimiento, sin apenas paradas.

El río Thirty Ele, por su parte, estaba relati­vamente cubierto de hielo, y en un día recorrieron lo que de ida les había llevado diez. De un tirón se hicieron cien kilómetros desde la punta del lago Le Barge hasta los rápidos de White Horse. Al atravesar el Marsh, el Tagish y el Bennett (cien ki­lómetros de lagos), su velocidad era tal que al hombre que le tocaba ir corriendo era remolcado atado al extremo de una cuerda. Y la última noche de la segunda semana coronaron el White Pass y bajaron raudos por la pendiente marítima con las luces de Skaguay y las embarcaciones a sus pies.

El viaje estableció un récord. En los catorce días que duró hicieron un promedio de setenta kilóme­tros diarios. Durante tres días, Perrault y François provocaron el entusiasmo en toda la calle principal de Skaguay y fueron abrumados con invitaciones a beber; por su parte, el equipo fue durante mucho tiempo el centro de atención de una multitud de admirados buscadores de oro y conductores de tri­neo. Después, tres o cuatro facinerosos que aspira­ban a «limpiar» la ciudad fueron acribillados a ba­lazos y el interés público se volvió hacia otros ídolos. Después llegaron órdenes oficiales. François llamó a Buck, lo abrazó, y lloró sobre él. Era el fi­nal. Como otros hombres, antes y después, François y Perrault se apartaron para siempre de la vida de Buck.

Un mestizo escocés se hizo cargo de él y de sus compañeros, y junto con una docena más de perros emprendieron el difícil camino a Dawson. Esta vez no se trataba de viajar ligeros de equipaje ni de ba­tir un récord, sino de hacer un descomunal esfuer­zo todos los días arrastrando una pesada carga. Aquel era el convoy del correo que llevaba las no­ticias del mundo a los hombres que buscaban oro en las regiones polares.

A Buck aquello no le gustaba, pero resistía bien el esfuerzo movido por el mismo orgullo que Dave y Sol-leks ponían en el trabajo, y se ocupaba de que los demás, con orgullo o sin él, colaboraran con la parte que les tocaba. Era una vida monóto­na que funcionaba con la regularidad de una má­quina. Los días eran todos iguales. Todas las maña­nas, a una hora determinada, entraban en acción los cocineros, se encendían las hogueras y se desa­yunaba. Luego, mientras unos levantaban el cam­pamento, otros enganchaban a los perros, y, una hora antes de que el cielo oscureciera anunciando el amanecer, se habían puesto en marcha. Por la noche se instalaba el campamento. Unos monta­ban las tiendas, otros cortaban la leña y las ramas de pino para los jergones, y otros acarreaban agua o hielo para los cocineros. También se daba de co­mer a los perros. Para ellos, aquél era el hecho más importante del día, aunque después de comer y du­rante una o dos horas, les gustaba vagar todos jun­tos (eran más de un centenar) sin nada que hacer por los alrededores del campamento. Algunos eran valientes luchadores, pero, después de tres peleas con los más fieros, Buck adquirió la posición do­minante, y a partir de entonces, cuando erizaba el pelo y enseñaba los dientes, los demás se apartaban de su camino.

Quizá lo que más le gustaba era tumbarse cer­ca del fuego con las patas traseras bajo el cuerpo y las delanteras extendidas, erguida la cabeza, con templando las llamas con aire soñador. A veces pensaba en la vasta finca del juez Miller en el solea­do valle de Santa Clara, en el tanque de cemento donde nadaba, en Ysabel, la chihuahua, y en Toots, la perrita japonesa; pero con mayor frecuencia evo­caba al hombre del jersey rojo, la muerte de Curly, el gran duelo con Spitz y las cosas buenas que había comido o le gustaría comer. No sentía nostalgia. Los recuerdos de las tierras soleadas eran difusos y distantes y no le influían. Mucho más poderosa era la memoria hereditaria, que teñía de aparente fami­liaridad cosas nunca vistas antes; los instintos (que no eran sino los recuerdos de sus antepasados con­vertidos en hábito) debilitados por el paso de los años que despertaban y revivían en él.

A veces, en su ensoñación, tumbado y pesta­ñeando, tenía la impresión de que las llamas eran de otro fuego y de que junto a él veía a un indivi­duo distinto del cocinero mestizo que tenía delan­te. Este otro hombre tenía las piernas más cortas y los brazos más largos, músculos fibrosos y nudosos en lugar de redondeados y prominentes. El cabello de este hombre era largo y enmarañado y, bajo él, su cráneo retrocedía hacia atrás a partir de los ojos. Emitía unos sonidos extraños y parecía tenerle pa­vor a la oscuridad, que escudriñaba continuamente aferrando en la mano, suspendida a medio camino entre la rodilla y el pie, un garrote con una pesada piedra en el extremo. Estaba casi desnudo, y una andrajosa piel chamuscada le colgaba de la espalda, pero un vello espeso le cubría el cuerpo. En algu­nas zonas, como el pecho y los hombros, y por la parte exterior de los brazos y los muslos, el vello estaba tan apelmazado que más parecía una piel gruesa. No tenía el tronco erguido, sino que desde las caderas se inclinaba hacia adelante sobre unas piernas que se doblaban por las rodillas. Había en aquel cuerpo una agilidad, o elasticidad, casi felina, y tenía la actitud alerta de quien vive en constante temor y sobresalto por lo que ve y lo que no ve.

Otras veces, aquel hombre velludo se quedaba en cuclillas junto al fuego con la cabeza entre las piernas y se dormía con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas sobre la cabe­za, como si quisiera protegerse de la lluvia con los brazos velludos. Y al otro lado de aquel fuego, en la oscuridad circundante, veía Buck ascuas relu­cientes, por pares, siempre de dos en dos, en las que reconocía los ojos de grandes fieras carnice­ras. Y oía el ruido de sus cuerpos al desplazarse por la maleza y los sonidos que emitían en la no­che. Y allí, soñando a orillas del Yukón, parpa­deando ante el fuego con ojos adormilados, aque­llos sonidos y visiones de otro mundo le erizaban el pelo del lomo y del cuello y entonces emitía un leve gemido o un gruñido débil hasta que el coci­nero mestizo le gritaba, «¡Eh, Buck, despierta!». Aquel mundo se desvanecía y el mundo real le en­traba por los ojos, y se levantaba, bostezaba y se desperezaba como si de verdad hubiera estado dur­miendo.

Fue un viaje dificil por la carga que arrastra­ban, y un esfuerzo tan duro resultó agotador. Al llegar a Dawson habían perdido peso y estaban tan extenuados que habrían necesitado diez días, o al menos una semana, de descanso. Pero a los dos días ya iban bajando por las márgenes del Yukón hacia los Barracks, cargados de cartas para el extranjero. Los perros estaban fatigados, los conductores, de mal humor, y por si fuera poco, nevaba todos los días. Esto quería decir un terreno blando, mayor fricción en los patines y más dificultad para los perros; pero los conductores afrontaban todo aque­llo con prudencia y hacían cuanto podían para que no resultase demasiado duro para los animales.

Los perros eran los primeros en ser atendidos cada noche. Comían antes que los conductores, y ningún hombre buscaba su saco de dormir hasta haber examinado las patas de los perros a su cargo. Aun así, la fuerza de los animales declinaba. Desde el comienzo del invierno habían cubierto tres mil kilómetros, arrastrando trineos a lo largo de tan agobiadora distancia; y tres mil kilómetros hacen mella hasta en los más fuertes. Buck lo soportó y, manteniendo la disciplina, obligaba a los perros de su equipo a cumplir con la parte que les corres­pondía. Pero también él estaba muy cansado. Por la noche, Billie gemía y se quejaba en sueños. Joe estaba peor dispuesto que nunca, y Sol-leks era inabordable, fuera por el lado ciego o por el otro.

Pero de todos, el que más sufría era Dave. Algo le había ocurrido. Se volvió más sombrío e irrita­ble y, en cuanto se montaba el campamento, se preparaba el refugio y allí le daba de comer su con­ductor. Una vez desenganchado y en su hoyo, no volvía a ponerse en pie hasta la hora de ocupar su puesto a la mañana siguiente. A veces, cuando du­rante la marcha recibía una sacudida provocada por un súbito frenazo del trineo, o cuando tiraba más fuerte al arrancar, soltaba un aullido de dolor. El conductor lo examinaba pero no le encontraba nada. Los demás conductores acabaron interesa­dos en el caso. Lo comentaban a la hora de comer o mientras fumaban la última pipa antes de irse a dormir, y una noche decidieron examinar el perro todos juntos. Lo llevaron junto al fuego y palparon y exploraron su cuerpo hasta arrancarle reiterados quejidos de dolor. Algo andaba mal en su interior, pero no pudieron localizar ningún hueso roto ni averiguar nada.

Cuando llegaban a Cassiar Bar, Dave estaba tan débil que hizo el trayecto cayéndose varias veces. El mestizo escocés decidió acabar con aquello, así que lo sacó del tiro y puso a Sol-leks en su lugar. Quería que Dave se tomase un descanso corriendo con libertad detrás del trineo. Pero aún enfermo como estaba, Dave no podía tolerar la exclusión; rezongó con gruñidos mientras lo desengancha­ban y se puso a gemir desconsolado al ver a Sol­leks en el puesto que él había ocupado con eficacia durante tanto tiempo. Porque sentía el orgullo del camino y del arnés, y ni mortalmente enfermo po­día soportar que otro perro ocupara su sitio.

Cuando el trineo arrancó, Dave se puso a correr por la nieve blanda que flanqueaba el sendero bati­do, empezó a darle dentelladas a Sol-leks, a embestirlo para que cayera sobre la nieve blanda de otro lado, y a intentar meterse entre Sol-leks y el trineo, gruñendo y aullando sin parar de dolor y consternación. El mestizo intentó alejarlo con el látigo; pero Dave no hizo caso del cinto urticante y al hombre le habría partido el alma golpearle con más fuerza. El perro se negó a correr obediente detrás del trineo, donde le habría sido más fácil, y continuó marchando con dificultad a un lado, por la nieve blanda, hasta que ya no pudo más. Enton­ces cayó y quedó postrado donde había caído, au­llando de un modo lúgubre mientras la larga cara­vana de trineos corría con rapidez.

Con una última reserva de energía consiguió ponerse en pie y seguirlos a rastras, y una nueva parada le permitió adelantarse dando tumbos y llegar hasta el costado de su propio trineo, donde se detuvo junto a Sol-leks. El conductor se había en­tretenido un momento para pedir fuego al hombre que iba detrás y encender la pipa. Después volvió a su sitio e hizo arrancar a sus perros, que se pusieron en marcha con insólita facilidad, giraron inquietos la cabeza y se detuvieron sorprendidos. También el conductor se sorprendió: el trineo no se había movido. Llamó a sus colegas para que fueran testi­gos de lo que estaba viendo. Dave había cortado a dentelladas las correas de Sol-leks y se había colo­cado directamente delante del trineo, en el sitio que le correspondía.

Con la mirada suplicaba que lo dejasen allí. El conductor estaba perplejo. Sus colegas comenta­ron que a un perro se le podía romper el corazón cuando se le negaba la posibilidad de hacer el tra­bajo que lo estaba matando, y recordaron a otros perros que habían conocido, demasiado viejos para el trabajo o heridos, que habían muerto al ser excluidos del tiro. Y pensaron que, puesto que de to­das formas Dave iba a morir, sería mejor que mu­riera enganchado, feliz y contento. De modo que le colocaron los arreos y él se puso a tirar con or­gullo como antes, aunque más de una vez gimiera sin poder evitar el penetrante dolor de sus entra­ñas. Muchas veces se desplomó y fue arrastrado por los demás, y en una ocasión el trineo se lo lle­vó por delante, y a partir de aquel momento se quedó cojeando de una de las patas traseras.

Pero aguantó hasta llegar al campamento, donde el conductor le hizo un lugar junto al fuego. Por la mañana lo encontró demasiado débil para viajar. A la hora del enganche intentó llegar como fuese hasta el conductor. Con un esfuerzo convul­sivo se puso de pie, vaciló y cayó. Entonces empe­zó a arrastrarse lentamente hasta el lugar donde estaban enganchando a los perros. Adelantaba las patas delanteras y arrastraba el resto del cuerpo, y volvía a hacerlo para ganar cada vez un breve tre­cho. Las fuerzas lo abandonaron, y la última vez que sus compañeros lo vieron yacía jadeando sobre la nieve, mirándolos con anhelo. Pero lo oyeron aullar de forma lastimera hasta que se perdieron de vista detrás de una hilera de árboles.

Allí la caravana se detuvo. El mestizo escocés volvió lentamente sobre sus pasos hacia el campa­mento de donde habían salido. Los hombres deja ron de hablar. Sonó un disparo de revólver. El hombre regresó apresuradamente. Restallaron los látigos, sonaron alegremente las campanillas, los tri­neos se deslizaron velozmente; pero Buck sabía, y lo sabía cada uno de los perros, lo que había ocurri­do detrás de aquella hilera de árboles.


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