El llamado de la selva, novela (capítulo 2) de Jack London



Jack London

Capítulo 2 / La ley del garrote y el colmillo

El primer día de Buck en la playa de Dyea fue una pesadilla. Todas y cada una de las horas estuvieron llenas de conmoción y sorpresas. Lo habían arran­cado de golpe del centro de la civilización y lo ha­bían arrojado bruscamente al corazón mismo de lo primitivo. Ya no era una vida regalada acariciada por el sol, sin otra cosa que hacer que dormitar y aburrirse. Aquí no había paz ni descanso ni un mo­mento de seguridad. Todo era confusión y activi­dad, y no había un solo momento sin que la vida o algún miembro corrieran peligro. Era necesario estar siempre alerta porque aquellos perros y aque­llos hombres no eran perros y hombres de ciudad. Eran todos salvajes que no conocían más ley que la del garrote y el colmillo.

Buck nunca había visto perros que pelearan como lo hacían aquellas fieras, y su primera expe­riencia le enseñó una lección inolvidable. Es verdad que fue una experiencia en cabeza ajena, pues de otro modo no habría sobrevivido para aprove­charla. La víctima fue Curly. Habían acampado cerca del almacén de leña, y Curly, con su talante cordial, se acercó a un fornido husky del tamaño de un lobo adulto, aunque apenas la mitad de gran­de que ella. No hubo advertencia previa, sólo una embestida fulminante, un choque metálico de dien­tes, un retroceso igualmente veloz, y el morro de Curly quedó abierto desde el ojo hasta la quijada.

Era la forma de pelear de los lobos, golpear y re­cular; pero hubo algo más. Treinta o cuarenta perros esquimales se acercaron apresurados para formar un círculo alerta y silencioso en torno a los antagonistas. Buck no comprendía aquel silencio expectante ni la ansiedad con que se relamían. Curly se abalanzó sobre su adversario, que volvió a atacar y a dar un salto hacia el costado. El husky recibió la siguiente embestida con el pecho de for­ma tan peculiar que hizo perder el equilibrio a Curly. No volvió a recobrarlo. Esto era lo que el círculo de perros estaba esperando. La acorrala­ron, gruñendo y aullando, y Curly, entre aullidos de agonía, quedó sepultada bajo aquella masa pelu­da de cuerpos feroces.

Aquello fue tan repentino e inesperado que desconcertó a Buck. Vio a Spitz sacando la lengua escarlata tal como hacía al reírse, y vio a François, que, blandiendo un hacha, saltaba hacia el centro del círculo. Tres hombres armados de garrotes le ayudaron a dispersarlos. No les llevó mucho tiem­po. A los dos minutos de la caída de Curly, los úl­timos asaltantes fueron ahuyentados a garrotazos. Pero ella yacía mustia y sin vida sobre la nieve ensangrentada y pisoteada, hecha literalmente peda­zos, y de pie junto a ella el mestizo profería terri­bles maldiciones. La escena se repitió a menudo como una pesadilla en los sueños de Buck. De modo que así eran las cosas. Nada de juego limpio. Una vez en el suelo, había llegado tu fin. Pues ya se las arreglaría él para no caer nunca. Spitz volvió a reír y sacó la lengua, y desde aquel momento Buck le profesó un odio amargo e implacable.

Antes de haberse recobrado de la conmoción que le provocó la trágica muerte de Curly, Buck experimentó otra peor. François le sujetó al cuerpo un aparejo de correas y hebillas. Era un arnés como el que había visto que, allá en la finca, los mozos de cuadra colocaban a los caballos. Y tal como había visto trabajar a los caballos fue puesto él a trabajar, tirando del trineo para llevar a François hasta el bosque que bordeaba el valle y regresar con una carga de leña. Aunque su dignidad resultó gravemente herida al verse convertido en animal de carga, fue lo bastante sensato como para no re­belarse. Se metió de lleno en la tarea y se esforzó al máximo, por más que todo le parecía nuevo y ex­traño. François era severo, exigía obediencia total y gracias a su látigo la lograba en el acto; por su parte, Dave, que era un experimentado perro za­guero, mordía las nalgas de Buck cada vez que co­metía un error. Spitz, que era el que guiaba, era igualmente experimentado, pero como no siempre podía acercarse a Buck, le lanzaba de vez en cuan­do gruñidos de reproche o echaba astutamente su peso sobre las riendas para forzarlo a seguir el rumbo correcto. Buck aprendía con facilidad y, bajo la tutela conjunta de sus dos colegas y de François, realizó notables progresos. Antes de re­gresar al campamento ya sabía que ante un «¡so!» tenía que detenerse y ante un «¡arre!», avanzar, no le costaba trazar las curvas con amplitud y mante­nerse lejos del zaguero cuando, en una pendiente, el trineo cargado se le venía encima pisándole los talones.

-Tres perros mucho buenos -le comentó François a Perrault-. El Buck tirar como demo­nio. Yo enseñarle deprisa.

Por la tarde, Perrault, a quien le urgía ponerse en camino con el correo, regresó con dos perros más. Billie y Joe, así les llamaba, eran hermanos y esquimales auténticos. Aunque hijos de la misma madre, eran como el día y la noche. El único de­fecto de Billie era su carácter sumamente acomo­daticio, mientras que Joe era el extremo opuesto, malhumorado e introspectivo, siempre gruñón y con la mirada atravesada. Buck los recibió de buen talante, Dave no les hizo el menor caso, mientras que Spitz se puso a provocar primero a uno y des­pués al otro. Billie meneó la cola intentando apla­carlo, salió corriendo cuando vio que su intento era vano y emitió un gruñido (todavía apacigua­dor) cuando los afilados dientes de Spitz le dejaron una marca en el costado. En cambio, Joe, por mu­chas vueltas que diera Spitz, giraba en redondo sobre las patas traseras y le hacía frente: los pelos erizados, las orejas echadas hacia atrás, la boca contorsionada enseñando los dientes, lo esquivaba con el incesante movimiento de su quijada y un brillo diabólico en los ojos. Era la encarnación misma del terror beligerante. Tan terrible era su aspecto que Spitz no tuvo más remedio que re­nunciar a someterlo; y se desquitó corriendo tras el inofensivo Billie hasta los confines del campa­mento.

Al anochecer, Perrault apareció con otro pe­rro, un viejo husky largo, enjuto y adusto, con el rostro plagado de cicatrices y un solo ojo cuyos destellos proclamaban un coraje que infundía res­peto. Se llamaba Sol-leks, que significa «el iracun­do». Al igual que Dave, no pedía nada, no daba nada, no esperaba nada; y cuando con lentitud y parsimonia se encaró al resto del grupo, hasta Spitz lo dejó en paz. Tenía una peculiaridad que Buck tuvo la mala suerte de descubrir. No toleraba que se le acercasen por el lado del ojo ciego. Buck cometió sin querer esa ofensa, y sólo se enteró de su indiscreción cuando Sol-leks giró bruscamente y le rajó un hombro hasta el hueso. A partir de en­tonces, Buck evitó acercarse a él por el flanco del ojo ciego y durante todo el tiempo que estuvieron juntos no volvió a tener problemas. La única ambi­ción de Sol-leks, igual que la de Dave, era que lo dejaran en paz; aunque (según Buck habría de sa­ber más adelante) cada uno de ellos tenía otra, in­cluso más vital.

Aquella noche Buck se enfrentó al gran pro­blema de dormir. La tienda, iluminada por una vela, resplandecía cálida en medio de la llanura he lada; y cuando, con toda naturalidad, penetró en ella, Perrault y François lo bombardearon con maldiciones y con utensilios de cocina hasta que, recobrado de su consternada sorpresa, escapó ig­nominiosamente hacia el frío exterior. Soplaba un viento helado que lo entumecía y le maltrataba el hombro herido. Se echó en la nieve para intentar dormir, pero la helada no tardó en obligarlo a le­vantarse tiritando. Amargado y afligido anduvo va­gando entre las numerosas tiendas, para acabar descubriendo que un rincón era tan frío como cual­quier otro. De vez en cuando se le echaba encima algún perro salvaje, pero él erizaba la pelambre del pescuezo y gruñía (estaba aprendiendo rápido), y el otro lo dejaba seguir su camino.

Finalmente se le ocurrió una idea. Regresaría para ver cómo se las componían sus compañeros de equipo. Para su asombro, habían desaparecido. De nuevo deambuló por el extenso campamento buscándolos y de nuevo volvió al punto de partida. ¿Estarían dentro de la tienda? No, no podía ser, de lo contrario a él no lo hubiesen echado. ¿Dónde po­dían estar, entonces? Con el rabo entre las patas y el cuerpo tembloroso, realmente acongojado, em­pezó a dar vueltas y más vueltas alrededor de la tienda. De pronto la nieve cedió y, al hundirse sus patas delanteras, Buck sintió que algo se agitaba. Dio un salto atrás, gruñendo alarmado, asustado ante lo invisible y desconocido. Pero un pequeño ladri­do amistoso lo tranquilizó, y se acercó a investigar. Una vaharada de aire tibio subió hasta su hocico: allí, hecho un compacto ovillo bajo la nieve, estaba Billie, que, tras emitir un gemido propiciatorio y revolverse en su sitio como demostración de bue­na voluntad y buenas intenciones, se aventuró in­cluso, en beneficio de la paz, a lamerle a Buck la cara con su lengua tibia y húmeda.

Otra lección. ¿Conque así era como lo hacían, eh? Buck eligió confiadamente un sitio y con mu­chos aspavientos y desgaste de energía procedió a cavar un hoyo para él. En un santiamén, el calor de su cuerpo llenó aquel espacio cerrado y Buck se quedó dormido. El día había sido largo y arduo, Buck durmió cómoda y profundamente, aunque bufó y ladró luchando contra las pesadillas.

Y no abrió los ojos hasta que lo desvelaron los ruidos del campamento, que despertaba. En un pri­mer momento no supo dónde estaba. Había nevado durante la noche y estaba completamente sepultado. Los muros de nieve lo oprimían por todas partes, y un estremecimiento de temor le recorrió el cuerpo: el miedo del animal salvaje a la trampa. Era una evo­cación inconsciente del temor de sus antepasados, ya que siendo como era un perro civilizado, excesiva­mente civilizado, que no había conocido ninguna trampa, no podía sentirlo por sí mismo. Todos los músculos de su cuerpo se contraían instintivamente de forma espasmódica, se le erizó el pelo del pes­cuezo y del lomo, y con un gruñido feroz saltó en vertical hacia la cegadora luz del día provocando a su alrededor una nube de nieve refulgente. Antes de aterrizar sobre las patas vio el blanco campamento extendido ante él y, al tiempo que supo dónde esta­ba, recordó todo lo ocurrido desde el momento en que salió a dar un paseo con Manuel hasta la noche anterior, cuando había cavado el hoyo.

Un grito de François saludó su aparición.

-¿No te decir yo? -le gritaba a Perrault el conductor de trineos-. ¡Ese Buck aprender rápi­do, sí, sí!

Perrault asintió gravemente. Como correo del gobierno canadiense, portador de importantes despachos, le preocupaba conseguir los mejores perros y estaba especialmente satisfecho de contar con Buck.

Tres huskies más fueron incorporados al tiro en menos de una hora, completando así un total de nueve, y antes de que hubieran transcurrido otros quince minutos estaban todos sujetos al trineo y avanzaban con buen ritmo hacia el cañón de Dyea. Buck estaba contento de haber salido y descubrió que, aunque la tarea era dura, no le resultaba par­ticularmente desagradable. Le sorprendió el entu­siasmo contagioso de todo el equipo, pero más to­davía le sorprendió el cambio que se había operado en Dave y en Sol-leks. Eran otros perros, comple­tamente transformados por el arnés. La pasividad y la indiferencia los habían abandonado. Estaban alerta y activos, ansiosos de que el trabajo fuera bien y terriblemente irritables ante cualquier cir­cunstancia que, por originar demoras o descon­cierto, retrasase la marcha. El trabajoso avance era para ellos la suprema realización individual, el ex­clusivo fin de su existencia y lo único que les pro­porcionaba placer.

Dave iba enganchado al trineo, detrás tiraba Buck, y luego venía Sol-leks; el resto del tiro iba enganchado en fila india, y a la cabeza guiaba Spitz.

A Buck lo habían colocado a propósito entre Dave y Sol-leks para que pudiese aprender de ellos. Si él era un buen alumno, competentes eran sus maestros, que nunca lo dejaban persistir en el error y reforzaban sus enseñanzas con sus afilados dien­tes. Dave era justo y muy sagaz. Nunca mordía a Buck sin motivo y nunca dejaba de hacerlo cuando hacía falta. Como lo respaldaba el látigo de Fran­çois, Buck encontró que le salía más barato en­mendarse que rebelarse. En una ocasión, durante un breve alto, quedó enredado en las correas y de­moró la salida; Dave y Sol-leks se abalanzaron so­bre él y le administraron una buena paliza. La con­secuencia fue un enredo todavía peor, pero a partir de aquel momento Buck tuvo buen cuidado de mantener las correas en orden; y antes de que se acabara el día tenía tan dominada la maniobra que sus mentores casi dejaron de vigilarle. El látigo de François restallaba con menos frecuencia, y Perrault le hizo a Buck el honor de levantarle las patas para examinárselas con cuidado.

Fue una dura carrera hasta el cañón, porque hubo que cruzar Campo de Ovejas, dejar atrás la cadena de cuchillas y el límite de los bosques a través de glaciares y ventisqueros de centenares de me­tros de profundidad, y pasar la cordillera de Chil­coot, que separa las aguas saladas de las dulces y custodia de forma majestuosa el triste y solitario territorio del norte. Recorrieron a buen paso la ca­dena de lagos que llenan los cráteres de extintos volcanes, y ya avanzada la noche entraron en el enorme campamento situado sobre el extremo principal del lago Bennett, donde miles de busca­dores de oro construían botes, preparándose para el deshielo de la primavera. Buck cavó su hoyo en la nieve y durmió con el sueño de los exhaustos, pero antes del amanecer ya lo obligaron a salir a la fría oscuridad y fue enganchado al trineo con sus compañeros.

Ese día hicieron setenta kilómetros sobre sue­lo firme; pero al siguiente, y durante muchos días más, tuvieron que abrirse camino con mayor es fuerzo y tardando mucho más tiempo. Por lo ge­neral, Perrault iba delante apretando la nieve con raquetas en los pies para facilitar el desplazamien­to del equipo. François, que guiaba el trineo desde la parte delantera, intercambiaba a veces el puesto con su compañero, aunque no siempre. Perrault tenía prisa y se jactaba de conocer bien el hielo, una pericia indispensable, porque en otoño el hie­lo era muy delgado y si había corriente de agua no cuajaba en absoluto.

Día tras día, unos días interminables, se afanó Buck en su tarea. Siempre levantaban campamento en la oscuridad, y los primeros grises del amanecer los encontraban dejando su huella en el sendero y con muchas millas ya recorridas a la espalda. Y siem­pre acampaban después del anochecer, comían un poco de pescado y se arrastraban a dormir metidos en la nieve. Buck estaba hambriento. Los setecientos gramos de salmón secado al sol que constituían su ración diaria desaparecían enseguida. Nunca te­nía bastante y sufría continuos retortijones. En cambio, los otros perros, que pesaban menos y es­taban acostumbrados a aquel régimen, recibían sólo quinientos gramos de pescado y conseguían mantenerse en buena forma.

Enseguida fue perdiendo Buck la delicadeza de su vida anterior. Comilón moroso y refinado, se encontró con que sus compañeros, que acababan antes, le robaban la porción que no había consu­mido aún. No había forma de defenderla. Mien­tras él ahuyentaba a dos o tres ladrones, la comida desaparecía en el gaznate de los demás. El único remedio era comer tan rápido como ellos; y tanto lo acuciaba el hambre que enseguida aprendió a coger lo que no era suyo. Observaba y aprendía. Una vez vio como Pike, uno de los nuevos, un há­bil ladrón y especialista en escaquearse, robaba con astucia un trozo de tocino cuando Perrault le daba la espalda, y al día siguiente Buck se apoderó de todo el tocino. Se armó un gran jaleo, pero nadie sospechó de él; fue Dub, un ladrón torpe al que siempre sorprendían con las manos en la masa, quien recibió el castigo en su lugar.

Aquel primer robo demostró que Buck podía sobrevivir en el hostil territorio del norte. Era la prueba de su capacidad de adaptación, de acomodación a las circunstancias cambiantes, cuya ausen­cia habría significado una muerte rápida y terrible. Indicó, además, el descenso, o mejor aún la quie­bra, de sus principios morales, inútiles ahora y una rémora en la despiadada lucha por la existencia. El respeto por la propiedad privada y los sentimien­tos personales estaban muy bien en las regiones meridionales bajo el imperio de la ley del amor y la fraternidad, pero en el norte, donde prevalecía la ley del garrote y el colmillo, era un necio quien tuvie­ra en cuenta tales cosas, y en la medida en que las acatase no lograría salir adelante.

No es que Buck hiciera tal razonamiento. Sim­plemente era apto, e inconscientemente se adaptaba a su nuevo estilo de vida. Ni rehuía una pelea ni pensaba en las posibilidades. Pero el garrote del hombre del jersey rojo le había inculcado a la fuerza un códi­go más fundamental y primario. Como un ser civili­zado, habría sido capaz de morir por un principio moral, por ejemplo, en defensa de la fusta del juez Miller; pero el alcance de su retorno a lo más primi­tivo ponía de manifiesto ahora su capacidad de re­huir la defensa de una consideración moral y salvar el pellejo. No robaba por el placer de hacerlo, sino obedeciendo al clamor de su estómago. Y por el res­peto al garrote y al colmillo no robaba abiertamente sino con astucia y sigilo. En resumen, hacía las cosas porque era más fácil hacerlas que no hacerlas.

Su evolución (o regresión) fue rápida. Sus músculos adquirieron la dureza del hierro y se hizo insensible a todas las penalidades comunes. Desa­rrolló una economía interna igual que la externa. Era capaz de comer cualquier cosa, por repugnan­te o indigesta que fuera y, una vez ingerida, los ju­gos de su estómago extraían de ella hasta la última partícula nutritiva que la sangre llevaba hasta los lugares más recónditos de su cuerpo, donde se con­vertía en tejido orgánico más fuerte y resistente. La vista y el olfato se le aguzaron notablemente, mientras su oído se volvía tan fino que, aun estan­do dormido, era capaz de percibir el más leve soni­do y saber si era un presagio de paz o de peligro. Aprendió a arrancarse con los dientes el hielo que se le acumulaba entre los dedos; y cuando tenía sed y el agua estaba cubierta de una gruesa capa de hie­lo, la rompía golpeándola con las agarrotadas patas delanteras. Su rasgo más sobresaliente era la habi­lidad de olisquear y prever, una noche antes, de dónde soplaría el viento. Aun cuando no hubiera siquiera una brisa en el momento en que cavaba su hoyo junto a un árbol o un terraplén, el viento que soplaba más tarde lo encontraba indefectiblemen­te a sotavento, cómodamente resguardado.

Y no sólo aprendía por la experiencia, sino que en él revivían instintos hacía tiempo desapareci­dos. Se despojó de la domesticidad de generaciones. Vagos recuerdos ancestrales de los orígenes de la raza, de la época en que las manadas de perros salvajes deambulaban por los bosques primitivos y devoraban sus presas según les daban caza. No le costó aprender a pelear causando un corte profun­do con un súbito mordisco de lobo. Así lo habían hecho sus olvidados antepasados. Fueron ellos los que aceleraron en su interior el despertar de hábi­tos ancestrales, y los viejos ardides que habían im­preso en la herencia genética de la raza se convir­tieron en los suyos. Los incorporó sin esfuerzo ni asombro, como si hubieran sido suyos desde siem­pre. Y cuando en las noches frías y serenas apunta­ba con el hocico a una estrella y aullaba como un lobo, eran sus antepasados, muertos y convertidos en polvo, los que lo hacían desde los siglos pasados y a través de él. Y las cadencias con que Buck ma­nifestaba su sufrimiento eran las suyas, como suyo era el significado que para ellos tenían la quietud, el frío y la oscuridad de la noche. Como demostra­ción de que la vida es un juego de marionetas, el canto ancestral lo invadió por entero y Buck reco­bró su ser original; y todo porque en el norte los hombres habían encontrado un metal amarillo, y porque Manuel era un ayudante de jardinero cuyo salario no cubría las necesidades de su mujer ni las de los varios y pequeños duplicados de sí mismo.


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