La vuelta al mundo en 80 días, novela (capítulo 20) de Julio Verne

05/08/2012


XX

Julio Verne

Durante esta escena, que iba, quizá, a comprome­ter gravemente el porvenir de mister Fogg, éste se paseaba con Aouida por las calles de la ciudad ingle­sa. Desde que la joven había aceptado la oferta de conducirla a Europa, mister Fogg había tenido que pensar en todos los pormenores que requiere tan largo viaje. Que un inglés como él diese la vuelta al mundo con un saco de noche, pase; pero una mujer no podía emprender semejante travesía, en tales con­diciones. De aquí resultaba la necesidad de comprar vestidos y objetos necesarios para el viaje. Mister Fogg hizo este servicio con la calma que le caracteri­zaba, y a todas las excusas y observaciones de la joven viuda, confundida con tanto obsequio, respon­dió invariablemente:

‑Esto es en interés de mi viaje; está en mi pro­grama.

Verificadas las compras, mister Fogg y la joven entraron en el hotel, y comieron en la mesa redonda, donde estaba servida suntuosamente. Después, mis­tress Aouida, algo cansada, se fue a su cuarto, estre­chando antes la mano de su imperturbable salvador.

El honorable caballero pasó toda la velada leyen­do el “Times” y el “Ilustrated London News”.

Si algo debiera haberlo asombrado, era no haber visto a su criado a la hora de acostarse; pero, sabiendo que el vapor no salía de Hong‑Kong hasta el siguiente día, no se preocupó de ello. Paspartú no acudió, sin embargo, por la mañana, al llamamiento de la campanilla.

Nadie hubiera podido decir lo que pensó el hono­rable caballero, al saber que su criado no había vuel­to a la fonda. Mister Fogg no hizo más que tomar su saco, avisar a mistress Aouida y enviar a buscar un palanquín.

Eran entonces las ocho, y la marea, que debía aprovechar el “Carnatic” para su salida, estaba indica­da para las nueve y media.

Cuando el palanquín llegó a la puerta de la fonda, mister Fogg y mistress Aouida subieron al confortable vehículo, y el equipaje siguió detrás en una carretilla.

Media hora más tarde, los viajeros bajaban al mue­lle de embarque, y allí supieron que el “Carnatic” se había marchado la víspera.

Mister Fogg, que esperaba encontrar, a la vez, el buque y a su criado, tuvo que pasar sin el uno y sin el otro; pero en su rostro, no apareció ninguna señal de inquietud, y se contentó con responder.

‑Es un incidente, señora, y nada más.

En aquel momento, un personaje, que lo observa­ba con atención, se acercó a él. Era el inspector Fix, que lo saludó y le dijo:

‑¿No sois, como yo, caballero, uno de los pasaje­ros del “Rangoon” llegado ayer?

‑Sí, señor ‑respondió con frialdad mister Fogg‑. Pero no tengo la honra…

‑Dispensadme, pero creí encontrar aquí a vuestro criado.

‑¿Sabéis dónde está, caballero? ‑preguntó con viveza la joven viuda.

‑¡Cómo! ¿No está con vosotros? ‑dijo Fix, fin­giéndose sorprendido.

‑No ‑respondió Aouida‑. Desde ayer no ha vuelto a verse. ¿Se habrá embarcado sin nosotros a bordo del “Camatic”?

‑¿Sin vos, señora? ‑respondió el agente‑. Pero, permitidme una pregunta, ¿pensabais, por lo visto, marchar en el vapor?

‑Sí, señor.

‑Yo también, señora, y me encuentro muy con­trariado. ¡Habiendo terminado el “Carnatic” sus repa­raciones, ha salido de Hong‑Kong, doce horas antes, sin avisar a nadie, y ahora será menester aguardar ocho días la próxima salida!

Al pronunciar estas palabras “ocho días”, Fix sentía latir su corazón de gozo. ¡Ocho días! ¡Fogg detenido ocho días en Hong‑Kong! Había tiempo de recibir el mandamiento. En fin, la suerte se declaraba en favor del representante de la ley.

Júzguese del golpe que recibió cuando oyó decir a Phileas Fogg, con sosegada voz:

‑Pero me parece que en el puerto de Hong‑Kong hay otros buques.

Y mister Fógg, ofreciendo su brazo a Aouida, se dirigió a los docks, en busca de un buque dispuesto a marchar.

Fix lo seguía, desconcertado. Phileas Fogg, duran­te tres horas, recorrió el puerto en todos los sentidos, decidido, si era menester, a fletar una embarcación para ir a Yokohama; pero no vio más que buques en carga o descarga, y que, por consiguiente, no podían aparejar. Fix comenzó a recobrar esperanzas.

Pero mister Fogg no se desanimaba, e iba a conti­nuar sus investigaciones, aun cuando para ello tuviera que ir hasta Macao, cuando le salió al encuentro un marino que, descubriéndose, le dijo:

‑¿Busca Vuestro Honor un barco?

‑¿Lo tenéis dispuesto a marchar? ‑preguntó mister Fogg.

‑Sí, señor; un barco‑piloto, el número 43, el mejor de la flotilla.

‑¿Marcha bien?

‑Entre ocho y nueve millas, lo menos. ¿Queréis verlo?

‑Sí.

‑Vuestro Honor quedará satisfecho. ¿Se trata de un paseo por mar?

‑No. De un viaje.

‑¡Un viaje!

‑¿Os encargáis de conducirme a Yokohama?

El marino, al oír esto, se quedó con los brazos col­gando y los ojos desencajados.

‑¿Vuestro Honor se quiere reír? ‑dijo.

‑¡No! ‑He perdido la salida del “Camatic”, y tengo que estar el 14, lo más tarde, en Yokohama, para tomar el vapor de San Francisco.

‑Lo siento ‑respondió el piloto‑, pero es imposible.

‑Os ofrezco cien libras por día, y una prima de doscientas libras si llego a tiempo.

‑¿Formalmente? ‑preguntó el piloto.

‑Muy formal ‑respondió mister Fogg.

El piloto se había retirado aparte. Miraba al mar, luchando evidentemente entre el deseo de ganar una suma enorme y el temor de aventurarse tan lejos. Fix estaba sufriendo mortales angustias.

Entretanto, mister Fogg se había vuelto hacia Aouida, diciéndole:

‑¿No tendréis miedo?

‑Con vos, no, míster Fogg ‑respondió la joven viuda.

El piloto se había adelantado de nuevo hacia el caballero, dando vueltas al sombrero entre las manos.

‑¿Y bien, piloto? ‑dijo mister Fogg.

‑Pues bien, Vuestro Honor ‑respondió el pilo­to‑; no puedo arriesgar ni a mis hombres, ni a mí, ni a vos mismo en tan larga travesía, sobre una embarca­ción de veinte toneladas y en esta época del año. Ade­más, no llegaríamos a tiempo, porque hay mil seis­cientas cincuenta millas de Hong‑Kong a Yokohama.

‑Mil seiscientas tan sólo ‑dijo mister Fogg.

‑Lo mismo da.

Fix respiró una bocanada de aire.

‑Pero ‑añadió el piloto‑, habría, quizá, medio de arreglar la cosa de otro modo.

Fix ya no respiró.

‑¿Cómo? ‑preguntó Phileas Fogg.

-Yendo a Nagasaki, en la punta meridional del Japón, mil cien millas, o a Shangai, ochocientas millas de Hong‑Kong. En esta última travesía nos separaría­mos poco de la costa china, lo cual sería una gran ven­taja, tanto más cuanto que las corrientes van hacia el Norte.

‑Piloto ‑dijo Phileas Fogg‑, en Yokohama es donde debo tomar el correo americano, y no en Shan­gai ni en Nagasaki.

‑¿Por qué no? ‑repuso el piloto‑. El vapor de San Francisco no sale de Yokohama, sino que hace allí escala, así como en Nagasaki, siendo Shangai su punto de partida.

‑¿Estáis cierto de lo que decís?

‑Cierto.

‑¿Y cuándo sale el vapor de Shangai?

El 11, a las siete de la tarde. Tenemos cuatro días para llegar, esto es, noventa y seis horas; y con un pro­medio de ocho millas por hora, si tenemos fortuna, si el viento es del Sureste, si la mar está bonancible, podemos salvar las ochocientas millas que nos separan de Shangai.

‑¿Y cuándo podéis marchar?

‑Dentro de una hora. El tiempo de comprar víve­res y aparejar.

‑Asunto convenido… ¿Sois el patrón del buque?

‑Sí, señor; John Bunsby, patrón de la “Tankadera”.

‑¿Queréis una seña?

‑Si no sirve de molestia a Vuestro Honor.

‑Ahí tenéis doscientas libras a cuenta… Caballe­ro ‑añadió Phileas Fogg, volviéndose hacia Fix‑, si queréis aprovechar…

‑Iba a pediros ese favor ‑respondió resuelta­mente Fix.

‑Pues bien; dentro de media hora, estaremos a bordo.

‑Pero este pobre muchacho… ‑dijo mistress Aouida, a quien la desaparición de Paspartú preocu­paba mucho.

‑Voy a hacer por él todo cuanto pueda ‑respon­dió Phileas Fogg.

Y mientras que Fix, nervioso, calenturiento, rabio­so, se dirigía al barco‑piloto, ambos se fueron a las oficinas de la policía de Hong‑Kong. Allí Phileas Fogg dio las señas de Paspartú, y dejó una cantidad sufi­ciente para que lo mandasen a Europa. La misma for­malidad se cumplió en el consulado de Francia, y des­pués de haber tocado en el hotel, donde se recogió el equipaje, volvieron los viajeros al puerto.

Daban las tres. El barco‑piloto número 43, con su tripulación a bordo, y sus víveres embarcados, estaba a punto de darse a la vela.

Era la “Tankadera” una bonita goleta de veinte toneladas, delgada de proa, franca de corte, muy pro­longada en su línea de agua. Parecía un yate de carre­ra. Sus colores brillantes, sus herrajes galvanizados, su puente blanco como el marfil, indicaban que el patrón John Bunsby entendía muy bien en eso de limpieza y curiosidad. Sus dos mástiles se inclinaban algo hacia atrás. Llevaba cangreja, mesana, trinquete, foques, cuchillos y botalones, y podía aparejar bandola para tiempo en popa. Debía marchar maravillosamente, y de hecho había ganado ya muchos premios en las carreras de barcos‑pilotos.

La tripulación de la “Tankadera” se componía del patrón John Bunsby y de cuatro hombres. Eran mari­nos de esos atrevidos, que en todos tiempos se aventu­ran en empresas difíciles y conocen perfectamente aquellos mares. John Bunsby, hombre de 45 años, vigoroso, de tez morena, mirada viva y figura enérgi­ca, actitud bien plantada y muy sobre sí, hubiera ins­pirado confianza a los más recelosos.

Phileas Fogg y mistress Aouida pasaron a bordo, donde ya se encontraba Fix. Por la carroza de popa de la goleta se bajaba a una cámara cuadrada, cuyas paredes se arqueaban por encima de un diván circular. En medio había una mesa, alumbrada por una lámpara a prueba de vaivén. Era aquello muy peque­ño, pero muy limpio.

‑Siento no poderos ofrecer otra cosa mejor ‑dijo mister Fogg a Fix, que se inclinó sin responder.

El inspector de policía sentía cierta humillación en aprovechar así los obsequios de mister Fogg.

‑¡Seguramente ‑decía para sí‑, que es un bri­bón muy cortés; pero es un bribón!

A las tres y diez minutos se izaron las velas. El pabellón de Inglaterra ondulaba en el cangrejo de la goleta. Los pasajeros estaban sentados en el puente. Mister Fogg y mistress Aouida dirigieron una pos­trera mirada al muelle, a fin de ver si Paspartú aparecía.

Fix no dejaba de tener su miedo, porque la casua­lidad hubiera podido guiar hasta aquel paraje al des­graciado muchacho a quien había tratado tan indigna­mente, y entonces hubiera habido una explicación desventajosa para el agente.

Pero el francés no se vio, y sin duda estaba toda­vía bajo la influencia del embrutecimiento nar­cótico.

Por fin el patrón John Bunsby pasó mar afuera, y tomando el viento con cangreja, mesana y foques, se lanzó ondulando sobre las aguas.


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Un comentario para La vuelta al mundo en 80 días, novela (capítulo 20) de Julio Verne

  1. Bitacoras.com on 05/08/2012 at 08:23

    Información Bitacoras.com…

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