La vuelta al mundo en 80 días, novela (capítulo 15) de Julio Verne

31/07/2012


XV

Julio Verne

El tren se detuvo en la estación. Paspartú se apeó primero, seguido de mister Fogg, quien ayudó a su joven compañera a descender al andén. Phileas Fogg pensaba ir directamente al vapor de Hong‑Kong, a fin de instalar allí convenientemente a mistress Aouida, de quien no quería separarse mientras estu­viese en aquel país tan peligroso para ella.

Cuando mister Fogg iba a salir de la estación, se acercó a él un agente de policía diciéndole:

‑¿El señor Phileas Fogg?

‑ Yo soy.

‑¿Es ese hombre vuestro criado? ‑añadió el agente designando a Paspartú.

‑Sí.

‑Tened ambos la bondad de seguirme.

Mister Fogg no hizo movimiento alguno que demostrase la menor sospecha. El agente era un repre­sentante de la ley, y para todo inglés, la ley es sagrada; Paspartú, con sus hábitos franceses, quiso hacer observaciones, pero el agente le tocó con su varilla, y Phileas Fogg le hizo seña de obedecer.

‑¿Puede acompañarnos esta joven dama? ‑pre­guntó mister Fogg,

‑Puede hacerlo ‑respondió el agente.

Mister Fogg, Aouida y Paspartú, fueron conduci­dos a un “palki‑ghari”, especie de carruaje de cuatro ruedas y cuatro asientos, tirado por dos caballos. Par­tieron sin que nadie hablase durante el trayecto, que duró unos veinte minutos.

El carruaje atravesó primeramente la ciudad “negra” de calles estrechas formadas por unos casuchos donde pululaba una población cosmopolita, sucia y andrajosa, y luego pasó por la ciudad europea, embellecida con casas de ladrillos, adornada de palmeras, erizadas de arboladu­ras, y que, a pesar de la hora, temprana, estaba ya reco­rrida por elegantes jinetes y magníficos can‑uqies.

El “palki‑ghari” se paró delante de un edificio de apariencia sencilla, pero que no parecía apropiado para usos domésticos. El agente hizo bajar a sus pre­sos ‑pues podía dárseles ese nombre‑ y los llevó a un aposento con rejas, diciéndoles:

‑A las ocho y media compareceréis ante el juez Obadiah.

Y luego se retiró cerrando la puerta.

‑¡Vamos, nos han agarrado! ‑‑‑exclamó Paspartú dejándose caer sobre una silla.

Aouida, procurando en vano disfrazar su emoción, dijo a mister Fogg:

‑¡Es necesario que me abandonéis! ¡Os veis per­seguido por mí! ¡Es por haberme salvado!

Phileas Fogg se contentó con responder que eso no era posible. ¡Perseguido por ese asunto del “sutty”! ¡Inadmisible! ¿Cómo se habían de atrever a presentarse los que se querellasen? Había sin duda alguna equivocación. Mister Fogg añadió que, en todo caso, no abandonaría a la joven y la conduciría a Hong‑Kong.

‑¡Pero el buque se marcha a las tres! ‑‑dijo Paspartú.

‑Antes de las tres estaremos a bordo ‑respondió sencillamente el impasible caballero.

Quedó esto afirmado tan terminantemente que Paspartú no pudo menos de decir para sí:

‑¡Diantre, cierto será! Antes de las dos estaremos a bordo.

Pero esto no lo tranquilizaba.

A las ocho y media la puerta del cuarto se abrió. El agente de policía volvió a presentarse e introdujo a los presos en la pieza vecina. Era una sala de audiencias, y había un público bastante numeroso compuesto de europeos y de indígenas, que ocupaba el pretorio.

Mister Fogg, mistress Aouida y Paspartú, se sen­taron en un banco frente a los asientos reservados para el juez y el escribano.

Ese juez, el juez Obadiah, no tardó en llegar segui­do del escribano. Era un señorón regordete. Descolgó una peluca colgada de un clavo y se la puso con pres­teza.

‑La primera causa ‑‑‑dijo; pero llevando la mano a su cabeza, exclamó‑: ¡Eh! ¡Si no es mi peluca!

‑En efecto, señor Obadiah, es la mía ‑repuso el escribano.

‑‑Querido señor Oysterpuf, ¿cómo queréis que un juez pueda dictar una buena sentencia con la peluca de un escribano?

Se verificó el cambio de pelucas. Durante estos preliminares, Paspartú hervía de impaciencia porque la aguja le parecía andar terriblemente aprisa en el reloj grande del pretorio.

‑La primera causa ‑repuso entonces el juez Obadiah.

‑¿Phileas Fogg? ‑‑dijo el escribano Oysterpuf.

‑Heme aquí ‑respondió mister Fogg.

‑¿Paspartú?

‑¡Presente! ‑respondió Paspartú.

‑¡Bien! ‑dijo el juez Obadiah‑. Hace dos días, acusados, que os están espiando en todos los trenes de Bombay.

‑Pero, ¿de qué nos acusan? ‑exclamó Paspartú impaciente.

‑Vais a saberlo ‑respondió el juez.

‑Caballero ‑dijo entonces mister Fogg‑, soy ciudadano inglés y tengo derecho…

‑¿Os han faltado a los miramientos? ‑preguntó mister Obadiah.

‑De ningún modo.

‑¡Bien! Haced entrar a los querellantes.

Por orden del juez se abrió una puerta, y tres sacerdotes indios fueron introducidos por un al­guacil.

‑¿No lo decía yo? ‑dijo Paspartú‑. ¡Esos bri­bones no son los que querían quemar a esa joven señora!

Los sacerdotes se mantuvieron de pie delante del juez, y el escribano leyó en voz alta una querella de sacrilegio formulada contra el señor Phileas Fogg y su criado, acusados de haber profanado un lugar consa­grado por la religión brahmánica.

‑¿Habéis oído? ‑preguntó el juez a Phileas Fogg.

‑Sí, señor ‑respondió mister Fogg mirando el reloj‑, y lo confieso.

‑¡Ah! ¿Conque lo confesáis?

‑Lo confieso, y estoy aguardando que esos tres sacerdotes declaren a su vez lo que querían hacer en la pagoda de Pillaji.

Los sacerdotes se miraron. No comprendían al parecer nada en las palabras del acusado.

‑¡Sin duda! ‑‑‑exclamó impetuosamente Paspartú‑. ¡En esa pagoda de Pillaji, ante la cual iban a que­mar a su víctima!

Los sacerdotes volvieron a quedar estupefactos, asombrándose profundamente el juez Obadiah.

‑¿Qué víctima? ‑preguntó‑. ¿Quemar a quién? ¿En medio de la ciudad de Bombay?

‑¿Bombay? ‑exclamó Paspartú.

‑Sin duda no se trata de la pagoda de Pillaji, sino de la pagoda de Malebar‑Hill, en Bombay.

-Y como pieza de convicción, he aquí los zapatos del profanador ‑añadió el escribano colocando un par de ellos encima de la mesa.

‑¡Mis zapatos! ‑‑exclamó Paspartú, quien alta­mente sorprendido no pudo contener esa involuntaria exclamación.

Fácil es comprender lo confundidos que quedaron amo y criado. Se habían olvidado del incidente de Bombay, y éste era precisamente lo que los traía ante el magistrado de Calcuta.

En efecto, el agente Fix había comprendido todo el partido que podía sacar de ese desgraciado asun­to. Atrasando su marcha doce horas había ido a aconsejar lo que debían hacer los sacerdotes de Malebar‑Hili. Les había prometido resarcimiento de perjuicios, sabiendo muy bien que el gobierno inglés se mostraba muy severo con esos delitos, y después por el tren siguiente los había hecho ir en segui­miento de los culpables. Pero a causa del tiempo empleado en dar libertad a la joven viuda, Fix y los indios llegaron a Calcuta antes que Phileas Fogg y su criado, a quienes los magistrados, prevenidos por despacho telegráfico, debían prender al apearse del tren.

Júzguese el despecho de Fix cuando supo que Phileas Fogg no había llegado a la capital del Indos­tán. Debió creer que el ladrón, deteniéndose en una de las estaciones, se había refugiado en una de las provincias septentrionales. Durante las veinticuatro horas, Fix estuvo de acecho en la estación, entregado a mortales inquietudes. ¡Cuál fue después su alegría al verlo aquella misma mañana bajar del vagón en compañía, es cierto, de una joven cuya presencia no podía explicar! Al punto envió contra él un agente de policía, y de esa manera Fogg, Paspartú y la viuda del rajá de Bundelkund fueron conducidos ante el juez Obadiab.

Y no estando Paspartú tan preocupado, hubiera visto en un rincón del pretorio al “detective”, que asis­tía al juicio con interés fácil de comprender, porque en Calcuta como en Bombay y como en Suez, no tenía aún el mandato de prision.

Entretanto, el juez Obadiah había tomado acta de la confesión, que se le había escapado a Paspartú, quien hubiera dado todo lo que poseía por poder reti­rar sus imprudentes palabras.

‑¿Los hechos se confiesan? ‑‑dijo el juez.

‑Confesados ‑respondió mister Fogg.

‑Visto ‑repuso el juez ‑que la ley inglesa entiende proteger igual y rigurosamente todas las reli­giones de las poblaciones indias; estando el delito con­fesado por el señor Paspartú; convencido de haber profanado con sacrílego pie el paviento de la pagoda de Malebar‑Hili, en Bombay, el día 20 de octubre, condena al susodicho Paspartú a quince días de pri­sión y una multa de trescientas libras.

‑¿Trescientas libras? ‑exclamó Paspartú, que sólo se manifestó impresionado por la multa.

‑¡Silencio! ‑dijo el alguacil con áspera voz.

‑Y ‑añadió el juez Obadiah‑, considerando que no está materialmente probado que haya dejado de haber convivencia entre el criado y el amo, y que en todo caso éste es responsable de los hechos y gestio­nes de quienes tiene a su servicio, condeno al señor Phileas Fogg a ocho días de prisión y ciento cincuenta libras de multa. Escribano, llamad a otros.

Fix, en su rincón, experimentaba una satisfacción indecible. Phileas Fogg, detenido ocho días en Calcu­ta, era más de lo que necesitaba para dar tiempo a que el mandamiento llegase.

Paspartú estaba atolondrado. Esta sentencia arrui­naba a su amo. Una apuesta de veinte mil libras perdi­da, y todo por haber tenido la curiosidad de entrar en aquella maldita pagoda.

Phileas Fogg, tan dueño de sí, como si la sentencia no te hubiese alcanzado, no había movido tan siquiera las cejas. Pero en el momento en que el escribano lla­maba a otro juicio, se levantó y dijo:

‑Ofrezco caución.

‑Tenéis el derecho de hacerlo ‑respondió el juez.

Fix sintió frío en sus fibras, pero recobró su tran­quilidad cuando oyó que el juez, atendida la cualidad de extranjeros de Phileas Fogg y su criado, fijaba la caución para cada uno de ellos en la enorme suma de mil libras.

Eran dos mil libras más de gasto para mister Fogg si no cumplía la condena.

‑¡Pago! ‑exclamó el caballero.

Y retiró del saco que llevaba Paspartú un paquete de billetes de banco que dejó sobre la mesa del escribano.

‑Esta suma os será devuelta al salir de la cárcel ‑‑dijo el juez‑. Entretanto, estáis libres.

‑Venid ‑‑‑dijo Phileas Fogg a su criado.

‑¡Pero al menos que me devuelvan mis zapatos! ‑exclamó Paspartú con un movimiento de rabia.

Le devolvieron sus zapatos.

‑¡Bien caros cuestan! ‑‑dijo entre dientes‑. ¡Más de mil libras cada uno! ¡Sin contar que me hacen daño!

Paspartú siguió con actitud compungida a mister Fogg, que había ofrecido su brazo a la joven. Fix espe­raba todavía que el ladrón no se decidiera a perder la suma de dos mil libras y que cumpliría sus ocho días de cárcel. Echó, pues, a andar tras de mister Fogg. Tomó éste un coche, en el cual Aouida, Paspartú y él subieron en seguida. Fix corrió detrás del coche, que se detuvo en uno de los muelles.

A media milla en rada, el “Rangoon” estaba apa­rejando con su pabellón de marcha izado sobre el más­til. Daban las once. Mister Fogg llegaba, pues, con una hora de adelanto. Fix lo vio apearse y entrar en un bote con Aouida y su criado. El agente dio con el pie en el suelo.

‑¡Bribón! ‑‑exclamó‑. ¡Se marcha! ¡Dos mil libras sacrificadas! ¡Pródigo como un ladrón! ¡Ah! ¡Lo seguiré hasta el fin del mundo si es menester; pero al paso que va, todo el dinero robado se habrá ido!

El inspector de policía tenía sus fundamentos para hacer esta reflexión. En efecto; desde que se había marchado de Londres, entre gastos de viaje, primas, compras de elefantes, cauciones y multas, Phileas Fogg había sembrado ya más de cinco mil libras por el camino, y el tanto por ciento que se con­cede a los policías sobre lo recobrado iba siempre bajando.


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Un comentario para La vuelta al mundo en 80 días, novela (capítulo 15) de Julio Verne

  1. Bitacoras.com on 31/07/2012 at 06:14

    Información Bitacoras.com…

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