En Baile con serpientes, el escritor hondureño Horacio Castellanos Moya usa elementos del thriller y la literatura fantástica para retratar un momento particular de la vida política de El Salvador, su país de adopción, en el estilo seco y violento que lo caracteriza pero salpicado de alegorías que no son tan comunes en su obra.
En conversación con la agencia de noticias Télam desde Pittsburgh, Estados Unidos, el escritor dice que empezó lo que iba a transformarse en una novela “como un cuento largo. En ese momento estaba escribiendo cuentos. Pero me bloqueé. Algo no funcionaba, algo faltaba. Eran las serpientes, que cuando aparecieron desataron toda la trama”.
Y agrega que “como tal, (la novela) no fue preparada con el ritual clásico de pensar una trama, un argumento, un procedimiento, sino que fui como tomado, poseído por la intriga, la escribí muy rápido, y en un estado de enfebrecimiento inusual”.
El libro, publicado por la casa Tusquets, tuvo una primera edición en 1996 y esta otra, revisada y definitiva, donde igualmente no están ausentes las obsesiones del escritor: la política centroamericana, las relaciones sociales trabadas por la violencia o el amor y un muy particular humor negro.
Castellanos Moya nació en 1957 en Tegucigalpa, Honduras; criado en El Salvador, ha vivido en otros países de América y Europa; trabajó como periodista en el DF mexicano entre el 2004 y 2006; residió en Frankfurt, Alemania, como escritor invitado; actualmente dicta clases en la Universidad de Iowa, Estados Unidos.
Publicó, entre otros libros, El arma en el hombre, Donde no están ustedes, Insensatez, Desmoronamiento, El asco (casi una reescritura, en clave salvadoreña, del fraseo del escritor austriaco Thomas Bernhard), Tirana memoria, La sirvienta y el luchador y los relatos Con la congoja de la pasada tormenta.
“Esta novela -cuenta Castellanos- sus personajes estrafalarios, hiperbólicos, son una excepcionalidad en el conjunto de mis libros, sobre todo por el modo de escribirla. Si me propusiera escribir algo así, seguramente no lo lograría”.
Pero también “es cierto que las exageraciones y esos elementos fantásticos que después no volvieron a aparecer en mi narrativa, siempre rodean los temas que me obsesionan: la sociabilidad centroamericana, y en este caso, la transición o el paso del terror político al criminal”.
En Baile…, el argumento, casi de novela negra, se dispara cuando un Chevrolet amarillo de los 50 se instala, habitado por un indigente, en un barrio de clase media, despertando la curiosidad (y algo más) de algunos de los moradores, en particular de un joven desempleado que vive con su hermana y su cuñado, que intenta romper la hosquedad del morador del cascajo, y averiguar cómo llegó a esa situación.
“Quizá fuera el momento de la escritura lo que me empujó hacer algo menos `realista´ o más exagerado. Fue durante la posguerra civil en El Salvador, un momento angustiante, de mucha locura, de reconversiones compulsivas de las fuerzas del orden”, asegura.
“Se vivía una situación de miedo, paranoia, falsas acusaciones, persecuciones, delaciones, en fin… nada que no siga pasando hoy mismo. Pero esa transición (de lo político a la criminal) entonces era a cielo abierto -como el coche donde vive Jacinto. Ahora, las cosas están más larvadas, menos expuestas, pero no han cambiado demasiado”, insiste el narrador.
En El asco, las repeticiones y las vueltas y contravueltas de la prosa provocan un clima asfixiante, en un país tomado por las fuerzas de seguridad en lucha contra una oposición civil (armada) que no cedió jamás.
“Cuando el terror pasa de lo político (la política siempre tiene una dimensión criminal) a lo criminal explícito -indica Castellanos- la transición suele ser brutal. Cuando el mendigo de la novela aparece degollado, es la representación misma de esa mutación”.
Según el escritor, esas transiciones “son una especie de patrón, de matriz en ciertos países centroamericanos: la transformación de las llamadas fuerzas del orden, de seguridad, de los ejércitos, en bandas de criminales o en carteles de la droga. El dinero hoy está ahí. Y por esa razón muy pocos quieren discutir la cuestión”.
Y vuelve sobre la novela: “En ese momento estaba escribiendo cuentos, y los cuentos no se escriben en función de un libro; los cuentos se van acumulando y en algún momento ahí puede haber un libro, que es otra cosa”.
Pero “pasó algo raro: me bloqueé, una semana, no más, lo suficiente como para descubrir que ahí, antes que un cuento, tenía una novela. Tenía el auto, el pordiosero, los personajes, los policías… pero faltaba algo, algo que estaba dentro del auto, y que era, justamente, lo que trababa el desarrollo del cuento”.
“Entonces, una mañana me desperté y sabía que lo estaba escondido dentro del auto eran serpientes. Y eso destrabó el bloqueo. Y como han dicho, es cierto que las serpientes suelen ser un símbolo de restitución del orden, de cierta paz en la injusticia, pero en ese momento no lo pensé así, como una alegoría”, explica el hondureño.
Alegorías, por lo demás, “siempre existen en la literatura. Pensemos en (Franz) Kafka. Pero no es la única lectura que puede hacerse de Kafka. El Kafka de Deleuze y Guattari no es el de la alegoría. Convengamos que la alegoría se presta más a la hermenéutica y a las lecturas religiosas. En todo caso, no era mi intención. Salió así. Y de un tirón”, cuenta.
“Es como si hubiera tenido esa novela en un disco duro de la mente, y de pronto se desató, la escribí muy rápido, sin saber muy bien para donde iba porque tampoco había utilizado elementos fantásticos nunca, o reporteros. Baile… tiene un aire a policial negro con un trasfondo político (como todos mis libros), pero ese trasfondo es menos evidente”.
Pero “la crítica política está, muy solapada pero está; implícita, creo que es una crítica al estado paranoico, que es una constante de mi literatura. La de un sistema -que no tiene por qué estar organizado como tal- pero funciona como una máquina de aplastar disidencias, contradicciones, irregularidades. Y eso sucede en la familia hasta llegar a las máquinas estatales”.
Finalmente, Castellanos dice: “La mayor parte de mi vida me he ganado el sustento como periodista, y a veces como docente. Pero siempre es un problema. Porque cuando estoy escribiendo, me es muy difícil hacer otra cosa. La solución que encontraba era renunciar, escribir y encontrar otro trabajo. Pero la situación es muy complicada”.
Pablo E. Chacón

El escritor catalán Luis Goytisolo ganó la 41 edición del Premio Anagrama de Ensayo por su obra Naturaleza de la novela, en el que plantea y desarrolla los aspectos fundamentales de la novela, como qué se entiende por ésta y cuáles son sus orígenes. El libro se publicará en mayo y Librerías –el otro ensayo finalista–, de Jorge Carrión, aparecerá en setiembre





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