La letra escarlata, novela (capítulo 24 / final) de Nathaniel Hawthorne


XXIV. CONCLUSIÓN

Nathaniel Hawthorne

Al cabo de muchos días, cuando el pueblo pudo coordinar sus ideas acerca de la escena que acabamos de referir, hubo más de una versión de lo que había ocurrido en el tablado de la picota.

La mayor parte de los espectadores aseguró haber visto impresa en la carne del pecho del infeliz ministro una LETRA ESCARLATA, que era la exacta reproducción de la que tenía Ester en el vestido. Respecto a su origen se dieron varias explicaciones, todas las cuales fueron simplemente conjeturas. Algunos afirmaban que el Reverendo Sr. Dimmesdale, el mismo día en que Ester Prynne llevó por vez primera vez su divisa ignominiosa, había comenzado una serie de penitencias, que después continuó de diversos modos, imponiéndose él mismo una horrible tortura corporal. Otros aseguraban que el estigma no se había producido sino mucho tiempo después, cuando el viejo Rogerio Chillingworth, que era un poderoso nigromántico, la hizo aparecer con sus artes mágicas y venenosas drogas. Otros había, y estos eran los mas a propósito para apreciar la sensibilidad exquisita del ministro y la maravillosa influencia que ejercía su espíritu sobre su cuerpo, que pensaban que el terrible símbolo era el efecto del constante y roedor remordimiento que se albergaba en lo mas íntimo del corazón, manifestándose al fin el inexorable juicio del Cielo por la presencia visible de la letra. El lector puede escoger entre estas teorías la que más le agrade.

Es singular, sin embargo, que varios individuos, que fueron espectadores de toda la escena, y sostenían no haber apartado un instante las miradas del Reverendo Sr. Dimmesdale, negaran absolutamente que se hubiese visto señal alguna en su pecho. Y a juzgar por lo que estas mismas personas decían, las últimas palabras del moribundo no admitieron, ni aun siquiera remotamente, que hubiera habido, de su parte, la más leve relación con la culpa que obligó a Ester a llevar por tanto tiempo la letra escarlata. Según estos testigos, dignos del mayor respeto y consideración, el ministro, que tenía conciencia que estaba moribundo y también que la reverencia de la multitud le colocaba ya entre el número de los santos y de los ángeles, había, deseado, exhalando el último aliento en los brazos de la mujer caída, expresar ante la faz del mundo cuán completamente vano era lo que se llama virtud y perfección del hombre. Después de haberse acabado la vida con su esfuerzos en pro del bien espiritual de la humanidad, había convertido su manera de morir en una especie de parábola viviente, con objeto de imprimir en la mente de sus admiradores la poderosa y triste enseñanza, que, comparados con la Infinita Pureza, todos somos igualmente pecadores; para enseñarles también que el mas inmaculado entre nosotros, sólo ha podido elevarse sobre sus semejantes lo necesario para discernir con mayor claridad la misericordia que nos contempla desde las alturas, y repudiar mas absolutamente el fantasma del mérito humano que dirige sus miradas hacia arriba. Sin querer disputar la verdad de este aserto, se nos debe permitir que consideremos esta versión de la historia del Sr. Dimmesdale, tan solo como un ejemplo de la tenaz fidelidad con que los amigos de un hombre, y especialmente de un eclesiástico, defienden su reputación, aun cuando pruebas tan claras como la luz del sol al mediodía iluminando la letra escarlata, lo proclamen una criatura terrenal, falsa y manchada con el pecado.

La autoridad que hemos seguido principalmente, esto es, un manuscrito de fecha muy antigua, redactado en vista del testimonio verbal de varias personas, algunas de las cuales habían conocido a Ester Prynne, mientras otras habían oído su historia de los labios de testigos presenciales, confirma plenamente la opinión adoptada en las páginas que preceden. Entre muchas conclusiones morales que se pueden deducir de la experiencia dolorosa del pobre ministro, y que se agolpan a nuestra mente, escogemos esta: ¡Sé sincero! ¡Sé sincero! ¡Sé sincero! ¡Muestra al mundo, sin ambages, si no lo peor de tu naturaleza, por lo menos algún rasgo del que se pueda inferir lo peor!

Nada hubo que llamara tanto la atención como el cambio que se operó casi inmediatamente después de la muerte del Sr. Dimmesdale, en el aspecto y modo de ser del anciano conocido bajo el nombre de Rogerio Chillingworth. Todo su vigor y su energía, toda su fuerza vital e intelectual, parecieron abandonarle de una vez, hasta el extremo que realmente se consumió, se arrugó, y hasta desapareció de la vista de los mortales, como una hierba arrancada de raíz que se seca a los rayos ardientes del sol. Este hombre infeliz había hecho de la prosecución y ejercicio sistemático de la venganza el objeto primordial de su existencia; y una vez obtenido el triunfo mas completo, el principio maléfico que le animaba no tuvo ya en que emplearse, y no habiendo tampoco en la tierra ninguna obra diabólica que realizar, no le quedaba a aquel mortal inhumano otra cosa que hacer, sino ir a donde su Amo lo proporcionase tarea suficiente, y le recompensase con el salario debido. Pero queremos ser clementes con todos esos seres impalpables que por tanto tiempo han sido nuestros conocidos, lo mismo con Rogerio Chillingworth que con sus compañeros. Es asunto digno de investigarse saber hasta qué punto el odio y el amor vienen a ser en realidad la misma cosa. Cada uno de estos sentimientos, en su mas completo desarrollo, presupone un profundo e intimo conocimiento del corazón humano; también cada uno de estos sentimientos presupone que un individuo depende de otro para la satisfacción de sus afectos y de su vida espiritual; cada una de esas sensaciones deja en el desamparo y la desolación al amante apasionado o al aborrecedor no menos apasionado, desde el momento en que desaparece el objeto del odio o del amor. Por lo tanto, considerados filosóficamente los dos sentimientos que hablamos, vienen a ser en su esencia uno mismo, excepto que el amor se contempla a la luz de un esplendor celestial, y el odio al reflejo de sombría y lúgubre llamarada. En el mundo espiritual, el anciano médico y el joven ministro, habiendo sido ambos víctimas mutuas, quizá hayan encontrado toda la suma de su odio y antipatía terrenal transformada en amor.

Pero dejando a un lado esta discusión, comunicaremos al lector algunas noticias de otra naturaleza. Al fallecimiento del anciano Rogerio Chillingworth (que aconteció al cabo de un año), se vio por su testamento y última voluntad, del cual fueron albaceas el Gobernador Bellingham y el Reverendo Sr. Wilson, que había legado una considerable fortuna, tanto en la Nueva Inglaterra como en la madre patria, a Perlita, la hija de Ester Prynne.

De consiguiente Perla, la niña duende, el vástago del demonio como algunas personas aún persistían en considerarla, se convirtió en la heredera mas rica de su época en aquella parte del Nuevo Mando; y probablemente esta circunstancia produjo un cambio muy notable en la estimación pública, y si la madre y la hija hubieran permanecido en la población, la pequeña Perla, al llegar a la edad de poder casarse, habría mezclado su sangre impetuosa con la del linaje de los mas devotos puritanos de la colonia. Pero no mucho tiempo después del fallecimiento del médico, la portadora de la letra escarlata desapareció de la ciudad y con ella Perla.

Durante muchos años, aunque de tarde en tarde solían llegar algunos vagos rumores a través de los mares, no se recibieron sin embargo noticias auténticas de la madre y de la hija. La historia de la letra escarlata se convirtió en leyenda; la fascinación que ejercía se mantuvo poderosa por mucho tiempo, y tanto el tablado fatídico como la cabaña junto a la orilla del mar donde vivió Ester, continuaron siendo objeto de cierto respetuoso temor. Varios niños que jugaban una tarde cerca de la referida cabaña, vieron a una mujer alta, con traje de color oscuro, a la puerta; ésta no se había abierto ni una sola vez en muchos años; pero sea que la mujer la abriera, o que la puerta cediese a la presión de su mano, por hallarse la madera y el hierro en estado de descomposición, o sea que se deslizara como un fantasma a través de cualquier obstáculo, lo cierto es que aquella mujer entró en la desierta y abandonada cabaña.

Se detuvo en el umbral, y dirigió una mirada en torno suyo, porque tal vez la idea de entrar sola, y después de tantos cambios, en aquella morada en que también había padecido tanto, fue algo mas triste y horrible de lo que ella podía soportar. Pero su vacilación, aunque no duró sino un instante, fue lo suficiente para dejar ver una letra escarlata en su pecho.

Ester Prynne había, pues, regresado y tomado de nuevo la divisa de su ignominia, ya largo tiempo dada al olvido. ¿Pero dónde estaba Perlita? Si aún vivía se hallaba indudablemente en todo el brillo y florescencia de su primera juventud. Nadie sabía, ni se supo jamas a ciencia cierta, si la niña duende había descendido a una tumba prematura, o si su naturaleza tumultuosa y exuberante se había calmado y suavizado, haciéndola capaz de experimentar la apacible felicidad propia de una mujer. Pero durante el resto de la vida de Ester, hubo indicios de que la reclusa de la letra escarlata era objeto del amor e interés de algún habitante de otras tierras. Se recibían cartas estampadas con un escudo de armas desconocidas en la heráldica inglesa. En la cabaña consabida había objetos y artículos de diversa clase, hasta de lujo, que nunca se ocurrió a Ester usar, pero que solamente una persona rica podría haber comprado, o en los que podría haber pensado sólo el afecto hacia ella. Se veían allí bagatelas, adornos, dijes, bellos presentes que indicaban un recuerdo constante y que debieron de ser hechos por delicados dedos, a impulsos de un tierno corazón. Una vez se vio a Ester bordando, un trajecito de niño de tierna edad, con tal profusión de oro, que casi habría dado origen a un motín, si en las calles de Boston se hubiera presentado un tierno infante con un vestido de tal jaez.

En fin, las comadres de aquel tiempo creían, y el administrador de aduana Sr. Pue, que investigó el asunto un siglo mas tarde, creía igualmente, y uno de su recientes sucesores en el mismo empleo cree también a puño cerrado, que Perla no solo vivía, sino que estaba casada, era feliz, y se acordaba de su madre, y que con el mayor contento habría tenido junto así y festejado en su hogar a aquella triste y solitaria mujer.

Pero había para Ester Prynne una vida mas real en la Nueva Inglaterra, que no en la región desconocida donde se había establecido Perla. Su culpa la cometió en la Nueva Inglaterra: aquí fue donde padeció; y aquí donde tenía aún que hacer penitencia. Por lo tanto había regresado, y volvió a llevar en el pecho, por efecto de su propia voluntad, pues ni el más severo magistrado de aquel rígido período se lo hubiera impuesto, el símbolo cuya sombría historia hemos referido, sin que después dejara jamas de lucir en su seno. Pero con el transcurso de los años de trabajos, de meditación y de obras de caridad que constituyeron la vida de Ester, la letra escarlata cesó de ser un estigma que atraía la malevolencia y el sarcasmo del mundo, y se convirtió en un emblema de algo que producía tristeza, que se miraba con cierto asombro temeroso y sin embargo con reverencia. Y como Ester Prynne, no tenía sentimientos egoístas, ni de ningún modo vivía pensando solo en su propio bienestar y satisfacción personal, las gentes iban a confiarle todos sus dolores y tribulaciones y le pedían consejo, como a persona que había pasado por pruebas severísimas. Especialmente las mujeres, con la historia eterna de almas heridas por afectos mal retribuidos, o mal puestos, o no bien apreciados, o en consecuencia de pasión errada o culpable, o abrumadas bajo el grave peso de un corazón inflexible, que de nadie fue solicitado ni estimado, estas mujeres eran las que especialmente iban a la cabaña de Ester a consultarla, y preguntarle por qué se sentían tan desgraciadas y cuál era el remedio para sus penas. Ester las consolaba y aconsejaba lo mejor que podía, dándoles también la seguridad de su creencia firmísima que algún día, cuando el mundo se encuentre en estado de recibirla, se revelará una nueva doctrina que establezca las relaciones entre el hombre y la mujer sobre una base más sólida y mas segura de mutua felicidad. En la primera época de su vida Ester se había imaginado, aunque en vano, que ella misma podría ser la profetisa escogida por el destino para semejante obra; pero desde hace tiempo había reconocido la imposibilidad que la misión de dar a conocer una verdad tan divina y misteriosa, se confiara a una mujer manchada con la culpa, humillada con la vergüenza de esa culpa, o abrumada con un dolor de toda la vida. El ángel, y al mismo tiempo el apóstol de la futura revelación, tiene que ser indudablemente una mujer, pero excelsa, pura y bella; y ademas sabia y cuerda, no como resultado del sombrío pesar, sino del suave calor de la alegría, demostrando cuán felices nos puede hacer el santo amor, mediante el ejemplo de una vida dedicada a ese fin con éxito completo.

Así decía Ester Prynne dirigiendo sus tristes miradas a la letra escarlata. Y después de muchos, muchos años, se abrió una nueva tumba, cerca de otra ya vieja y hundida, en el cementerio de la ciudad, dejándose un espacio entre ellas, como si el polvo de los dos dormidos no tuviera el derecho de mezclarse; pero una misma lápida sepulcral servía para las dos tumbas. Alrededor se veían por todas partes monumentos en que había esculpidos escudos de armas; y en esta sencilla losa, como el curioso investigador podrá aún discernirlo, aunque se quede confuso acerca de su significado, se veía algo a semejanza de un escudo de armas. Llevaba una divisa cuyos términos heráldicos podrían servir de epígrafe y ser como el resumen de la leyenda a que damos fin: sombría, y aclarada solo por un punto luminoso, a veces más tétrico que la misma sombra:

EN CAMPO, SABLE, LA LETRA A, GULES


Fin

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