La letra escarlata, novela (capítulo 23) de Nathaniel Hawthorne


XXIII. LA REVELACIÓN DE LA LETRA ESCARLATA

Nathaniel Hawthorne

La elocuente voz que había arrebatado el alma de los oyentes, haciéndoles agitarse como si se hallaran mecidos por las olas de turbulento océano, cesó al fin de resonar. Hubo un momento de silencio, profundo como el que tendría que reinar después de las palabras de un oráculo. Luego hubo un murmullo, seguido de una especie de ruido tumultuoso: se diría que los circunstantes, viéndose ya libres de la influencia del encanto mágico que los había transportado a las esferas en que se cernía el espíritu del orador, estaban volviendo de nuevo en sí mismos aunque todavía llenos de la admiración y respeto que aquel les infundiera. Un momento después, la multitud empezó a salir por las puertas de la iglesia; y como ahora todo había concluido, necesitaban respirar una atmósfera más propia para la vida terrestre a que habían descendido, que aquella a que el predicador los elevó con sus palabras de fuego.

Una vez al aire libre, los oyentes expresaron su admiración de diversas maneras: la calle y la plaza del mercado resonaron de extremo a extremo con las alabanzas prodigadas al ministro, y los circunstantes no hallaban reposo hasta haber referido cada cual a su vecino lo que pensaba recordar o saber mejor que él. Según el testimonio universal, jamas hombre alguno había hablado con espíritu tan sabio, tan elevado y santo como el ministro aquel día; ni jamas hubo labios mortales tan evidentemente inspirados como los suyos. Podría decirse que esa inspiración descendió sobre él y se apoderó de su ser, elevándole constantemente sobre el discurso escrito que yacía ante sus ojos, llenándole con ideas que habían de parecerle a él mismo tan maravillosas como a su auditorio.

Según se colige lo que hablaba la multitud, el asunto del sermón había sido la relación entre la Divinidad y las sociedades humanas, con referencia especial a la Nueva Inglaterra que ellos habían fundado en el desierto; y a medida que se fue acercando al final de su discurso, descendió sobre él un espíritu de profecía, que le obligaba a continuar en su tema como acontecía con los antiguos profetas de Israel, con esta diferencia, sin embargo, que mientras aquellos anunciaban la ruina y desolación de su patria, Dimmesdale predecía un grande y glorioso destino al pueblo allí congregado. Pero en todo su discurso había cierta nota profunda, triste, dominante, que sólo podía interpretarse como el sentimiento natural y melancólico de uno que pronto ha de abandonar este mundo. Sí: su ministro, a quien tanto amaban, y que los amaba tanto a todos ellos, que no podía partir hacia el cielo sin exhalar un suspiro de dolor, tenía el presentimiento que una muerte prematura le esperaba, y que pronto los dejaría bañados en lágrimas. Esta idea de su permanencia transitoria en la tierra, dio el último toque al efecto que el predicador había producido; diríase que un ángel, en su paso por el firmamento, había sacudido un instante sus luminosas alas sobre el pueblo, produciendo al mismo tiempo sombra y esplendor, y derramando una lluvia de verdades sobre el auditorio.

De este modo llegó para el Reverendo Sr. Dimmesdale, como llega para la mayoría de los hombres en sus varias esferas de acción, aunque con frecuencia demasiado tarde, una época de vida más brillante y llena de triunfos que ninguna otra en el curso de su existencia, o que jamas pudiera esperar. Y aquel momento se encontraba en la cúspide de la altura a que los dones de la inteligencia, de la erudición, de la oratoria, y de un nombre de intachable pureza, podían elevar a un eclesiástico en los primeros tiempos de la Nueva Inglaterra, cuando ya una carrera de esa clase era en sí misma un alto pedestal. Tal era la posición que el ministro ocupaba, cuando inclinó la cabeza sobre el borde de púlpito al terminar su discurso. Entre tanto, Ester Prynne permanecía al pie del tablado de la picota con la letra escarlata abrasando su corazón.

Oyéronse de nuevo los sones de la música y el paso mesurado de la escolta militar que salía por la puerta de la iglesia. La procesión debía dirigirse a la casa consistorial, donde un solemne banquete iba a completar las ceremonias del día.

Por lo tanto, de nuevo la comitiva de venerables y majestuosos padres de la ciudad empezó a moverse en el espacio libre que dejaba el pueblo, haciéndose respetuosamente a uno y otro lado, cuando el Gobernador y los magistrados, los hombres ancianos y cuerdos, los santos ministros del altar, y todo lo que era eminente y renombrado en la población, avanzaban por medio de los espectadores. Cuando llegaron a la plaza del mercado, su presencia fue saludada con una aclamación general; que si bien podía atribuirse al sentimiento de lealtad que en aquella época experimentaba el pueblo hacia sus gobernantes, era también la explosión irresistible del entusiasmo que en el alma de los oyentes había despertado la elevada elocuencia que aun vibraba en sus oídos. Cada uno sintió el impulso en sí mismo y casi instantáneamente este impulso se hizo unánime. Dentro de la iglesia a duras penas pudo reprimirse; pero debajo de la bóveda del cielo no fue posible contener su manifestación, más grandiosa que los rugidos del huracán, del trueno del mar, en aquella potente oleada de tantas voces reunidas en una gran voz por el impulso universal que de muchos corazones forma uno solo. Jamas en el suelo de la Nueva Inglaterra había resonado antes igual clamoreo. Jamas, en el suelo de la Nueva Inglaterra, se había visto un hombre de tal modo honrado por sus conciudadanos como lo era ahora el predicador.

¿Y qué era de él? ¿No se veían por ventura en el aire las partículas brillantes de una aureola al rededor de su cabeza? Habiéndose vuelto tan etéreo, habiendo sus admiradores hecho su apoteosis, ¿pisaban sus pies el polvo de la tierra cuando iba marchando en la procesión?

Mientras las filas de los hombres de la milicia y de los magistrados civiles avanzaban, todas las miradas se dirigían al lugar en que marchaba el Sr. Dimmesdale. La aclamación se iba convirtiendo en murmullo a medida que una parte de los espectadores tras otra lograba divisarle. ¡Cuán pálido y débil parecía en medio de todo este triunfo suyo! La energía, o, mejor dicho, la inspiración que lo sostuvo mientras pronunciaba el sagrado mensaje que le comunicó su propia fuerza, como venida del cielo, ya le había abandonado después de haber cumplido tan fielmente su misión. El color que antes parecía abrasar sus mejillas, se había extinguido como llama que se apaga irremediablemente entre los últimos rescoldos. La mortal palidez de su rostro era tal, que apenas semejaba éste el de un hombre vivo; ni el que marchaba con pasos tan vacilantes como si fuera a desplomarse a cada momento, sin hacerlo sin embargo, apenas podía tampoco tomarse por un ser viviente.

Uno de sus hermanos eclesiásticos, el venerable Juan Wilson, observando el estado en que se hallaba el Sr. Dimmesdale después que pronunció su discurso, se adelantó apresuradamente para ofrecerle su apoyo; pero el ministro, todo trémulo, aunque de una manera decidida, alejó el brazo que le presentaba su anciano colega. Continuó andando, si es que puede llamarse andar lo que mas bien parecía el esfuerzo vacilante de un niño a la vista de los brazos de su madre, extendidos para animarle a que se adelante. Y ahora, casi imperceptiblemente a pesar de la lentitud de sus últimos pasos, se encontraba frente a frente de aquel tablado, cuyo recuerdo jamas se borró de su memoria, de aquel tablado donde, muchos años antes, Ester Prynne había tenido que soportar las miradas ignominiosas del mundo. ¡Allí estaba Ester teniendo de la mano a Perla! ¡Y allí estaba la letra escarlata en su pecho! El ministro hizo aquí alto, aunque la música continuaba tocando la majestuosa y animada marcha al compás de la cual la procesión iba desfilando. ¡Adelante! le decía la música, ¡adelante, al banquete! Pero el ministro se quedó allí como si estuviera clavado.

El Gobernador Bellingham, que durante los últimos momentos había tenido fijas en el ministro las ansiosas miradas, abandonando ahora su puesto en la procesión, se adelantó para prestarle auxilio, creyendo, por el aspecto del Sr. Dimmesdale que de lo contrario caería al suelo. Pero en la expresión de las miradas del ministro había algo que hizo retroceder al magistrado, aunque no era hombre que fácilmente cediese a las vagas intimaciones de otro. Entre tanto la multitud contemplaba todo aquello con temor respetuoso y admiración. Este desmayo terrenal era, según creían, sólo otra faz de la fuerza celestial del ministro; ni se hubiera tenido por un milagro demasiado sorprendente contemplarle ascender en los espacios, ante sus miradas, volviéndose cada vez mas transparente y mas brillante, hasta verle por fin desvanecerse en la claridad de los cielos.

El ministro se acercó al tablado y extendió los brazos.

–¡Ester! –dijo–, ¡ven aquí! ¡Ven aquí también, Perla!

La mirada que les dirigió fue lúgubre, pero había en ella a la vez que cierta ternura, una extraña expresión de triunfo. La niña, con sus movimientos parecidos a los de un ave, que eran una de sus cualidades características, corrió hacia él y estrechó las rodillas del ministro entre sus tiernos bracitos. Ester, como impelida por inevitable destino, y contra toda su voluntad, se acercó también a Dimmesdale, se detuvo antes de llegar. En este momento el viejo Rogerio Chillingworth se abrió paso a través de la multitud, o, tan sombría, maligna e inquieta era su mirada, que acaso surgió de una región infernal para impedir que su víctima realizara su propósito. Pero sea de ello lo que se quiera, el anciano médico se adelantó rápidamente hacia el ministro y le asió del brazo.

–¡Insensato, detente! ¿Qué intentas hacer? –le dijo en voz baja–. ¡Haz seña a esa mujer que se aleje! ¡Haz que se retire también esta niña! ¡Todo irá bien! ¡No manches tu buen nombre, ni mueras deshonrado! Todavía puedo salvarte! ¿Quieres cubrir de ignominia tu sagrada profesión?

–¡Ah, tentador! Me parece que vienes demasiado tarde –respondió el ministro fijando las miradas en los ojos del médico, con temor, pero con firmeza–. Tu poder no es el que antes era. Con la ayuda de Dios me libraré ahora de tus garras.

Y extendió de nuevo la mano a la mujer de la letra escarlata.

–Ester Prynne –gritó con penetrante vehemencia–, en el nombre de aquel tan terrible y tan misericordioso, que en este último momento me concede la gracia de hacer lo que, con grave pecado y agonía infinita me he abstenido de hacer hace siete años, ven aquí ahora y ayúdame con tus fuerzas. Préstame tu auxilio, Ester, pero deja que lo guíe la voluntad que Dios me ha concedido. Este perverso y agraviado anciano se opone a ello con todo su poder, con todo su propio poder y el del enemigo malo. ¡Ven Ester, ven! Ayúdame a subir a ese tablado.

En la multitud reinaba la mayor confusión. Los hombres de categoría y dignidad que se hallaban mas inmediatos al ministro, se quedaron tan sorprendidos y perplejos acerca de lo que significaba aquello que veían, tan incapaces de comprender la explicación que más fácilmente se les presentaba, o imaginar alguna otra, que permanecieron mudos y tranquilos espectadores del juicio que la Providencia parecía iba a pronunciar. Veían al ministro, apoyado en el hombro de Ester y sostenido por el brazo con que ésta le rodeaba, acercarse al tablado y subir sus gradas, teniendo entre las manos las de aquella niñita nacida en el pecado. El viejo Rogerio Chillingworth le seguía, como persona íntimamente relacionada con el drama de culpa y de dolor en que todos ellos habían sido actores, y por lo tanto con derecho bastante a hallarse presente en la escena final.

–Si hubieras escudriñado toda la tierra –dijo mirando con sombríos ojos al lugar tan secreto–, ni tan alto, ni tan bajo, donde hubieras podido librarte de mí, como este cadalso en que ahora estás.

–¡Gracias sean dadas a Aquel que me ha traído aquí! –contestó el ministro.

Temblaba sin embargo, y se volvió hacia Ester con una expresión de duda y ansiedad en los ojos que fácilmente podía distinguirse, por estar acompañada de una débil sonrisa en sus labios.

–¿No es esto mejor –murmuró–, que lo que imaginamos en la selva?

–¡No sé, no sé! –respondió ella rápidamente.

–¿Mejor? ¡Sí: ojalá pudiéramos morir aquí ambos y Perlita con nosotros!

–¡Respecto a ti y a Perla, sea lo que Dios ordene! –dijo el ministro–, y Dios es misericordioso. Déjame hacer ahora lo que El ha puesto claramente de manifiesto ante mis ojos, porque yo me estoy muriendo, Ester. Deja, pues, que me apresure a tomar sobre mi alma la parte de vergüenza que me corresponde.

En parte sostenido por Ester, y teniendo de la mano a Perla, el Reverendo Sr. Dimmesdale se volvió a los dignos y venerables magistrados, a los sagrados ministros que eran sus hermanos en el Señor, al pueblo cuya gran alma estaba completamente consternada, aunque llena de simpatía dolorosa, como si supiera que un asunto vital y profundo, que si repleto de culpa también lo estaba de angustia y de arrepentimiento, se iba a poner ahora de manifiesto a la vista de todos. El sol, que había pasado ya su meridiano derramaba su luz sobre el ministro y hacía destacar su figura perfectamente, como si se hubiera desprendido de la tierra para confesar su delito ante el tribunal de la Justicia Eterna.

–¡Pueblo de la Nueva Inglaterra! –exclamó con una voz que se elevó por encima de todos los circunstantes, alta, solemne y majestuosa, pero que con todo era siempre algo trémula, y a veces semejaba un grito que surgía luchando desde un abismo insondable de remordimiento y de dolor–, vosotros –continuó–, que me habéis amado, vosotros, que me habéis creído santo, miradme aquí, mirad al mas grande pecador del mundo. Al fin, al fin estoy de pie en el lugar en que debía haber estado hace siete años: aquí, con esta mujer, cuyo brazo, mas que la poca fuerza con que me he arrastrado hasta aquí, me sostiene en terrible momento y me impide caer de bruces al suelo! Ved ahí la letra escarlata que Ester lleva! Todos os habéis estremecido a su vista. Donde quiera qué esta mujer ha ido, donde quiera que, bajo el peso de tanta desgracia, hubiera podido tener la esperanza de hallar reposo, esa letra ha esparcido en torno suyo un triste fulgor que inspiraba espanto y repugnancia. Pero en medio de vosotros había un hombre, ante cuya marca de infamia y de pecado jamas os habéis estremecido!

Al llegar a este punto, pareció que el ministro tenía que dejar en silencio el resto de su secreto; pero luchó contra su debilidad corporal, y aun mucho mas contra la flaqueza de ánimo que se esforzaba en subyugarle. Se desembarazó entonces de todo sostén corporal, y dio un paso hacia adelante resueltamente, dejando detrás de sí a la mujer y a la niña.

–¡Esa marca la tenía él! –continuó con una especie de fiero arrebato–. ¡Tan determinado estaba a revelarlo todo! ¡El ojo de Dios la veía! ¡Los ángeles estaban siempre señalándola! ¡El enemigo malo la conocía muy bien y la estregaba constantemente con sus dedos candentes! Pero él la ocultaba con astucia a la mirada de los hombres, y se movía entre vosotros con rostro apesadumbrado, como el de un hombre muy puro en un mundo tan pecador; y triste, porque echaba de menos sus compañeros celestiales. Ahora, en los últimos momentos de su vida, se presenta ante vosotros; os pide que contempléis de nuevo la letra escarlata de Ester; y os dice que, con todo su horror misterioso, no es sino la pálida sombra de la que él lleva en su propio pecho; y que aun esta marca roja que tengo aquí, esta marca roja mía, es solo el reflejo de la que está abrasando lo mas íntimo de su corazón. ¿Hay aquí quién pueda poner en duda el juicio de Dios sobre un pecador? ¡Mirad! Contemplad un testimonio terrible de ese juicio!

Con un movimiento convulsivo desgarró la banda ecleshística que llevaba en el pecho. ¡Todo quedó revelado! Pero será irreverente describir aquella revelación. Durante un momento las miradas de la multitud horrorizada se concentraron en el lúgubre milagro, mientras el ministro permanecía en pie con una expresión triunfante en el rostro, como la de un hombre que en medio de una crisis del más agudo dolor ha conseguido, una victoria. Después cayó desplomado sobre el cadalso. Ester lo levantó parcialmente y le hizo reclinar la cabeza sobre su seno. El viejo Rogerio se arrodilló a su lado con aspecto sombrío, desconcertado, con un rostro en el cual parecía haberse extinguido la vida.

–¡Has logrado escaparte de mí! –repetía con frecuencia–. ¡Has logrado escaparte de mí!

–¡Que Dios te perdone! –dijo el ministro–. ¡Tú también has pecado gravemente!

Apartó sus miradas moribundas del anciano, y las fijó en la mujer y la niña.

–¡Mi pequeña Perla! –dijo débilmente, y una dulce y tierna sonrisa iluminó su semblante, como el de un espíritu que va entrando en profundo reposo; mejor dicho, ahora que el peso que abrumaba su alma había desaparecido, parecía que deseaba jugar con la niña–, mi querida Perla, ¿me besarás ahora? ¡No lo querías hacer en la selva! Pero ahora si lo harás.

Perla le dio un beso en la boca. El encanto se deshizo. La gran escena de dolor en que la errática – niña tuvo su parte, había madurado de una vez todos sus sentimientos y afectos; y las lágrimas que derramaba sobre las mejillas de su padre, eran una prenda de la que ella iría creciendo entre la pena y la alegría, no para estar siempre en lucha contra el mundo, sino para ser en él una verdadera mujer. También respecto de su madre la misión de Perla, como mensajera de dolor, se había cumplido plenamente.

–¡Ester –dijo el ministro–, adiós!

–¿No nos volveremos a encontrar? –murmuró Ester inclinando la cabeza junto a la del ministro–. ¿No pasaremos juntos nuestra vida inmortal? Sí, sí, con todo este dolor nos hemos rescatado mutuamente. Tú estás mirando muy lejos, allí en la eternidad, con tus brillantes y moribundos ojos. Dime, ¿qué es lo que ves?

–¡Silencio, Ester, silencio! –dijo el ministro con trémula solemnidad–. La ley que quebrantamos, la culpa tan terriblemente revelada, sean tus solos pensamientos. ¡Yo temo!… ¡Temo!… Quizá desde que olvidamos a nuestro Dios, desde que violamos el respeto que debíamos a nuestras almas, fue ya vano esperar el poder que asociamos después de esta vida en una unión pura y sempiterna. Dios sólo lo sabe y Él es misericordioso. Ha mostrado su compasión, más que nunca, en medio de mis aflicciones, con darme esta candente tortura que llevaba en el pecho; con enviarme a ese terrible y sombrío anciano, que mantenía siempre esa tortura cada vez mas viva; con traerme aquí, para acabar mi vida con esta muerte de triunfante ignominia ante los ojos del pueblo. ¡Si alguno de estos tormentos me hubiera faltado, yo estaría perdido para siempre! ¡Loado sea su nombre! ¡Hágase su voluntad! ¡Adiós!

Con la última palabra, el ministro exhaló también su último aliento. La multitud, silenciosa hasta entonces, prorrumpió en un murmullo extraño y profundo de temor y de sorpresa que no pudieron hallar otra expresión, sino en ese murmullo que resonó tan gravemente después que aquella alma hubo partido.


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