La letra escarlata, novela (capítulo 22) de Nathaniel Hawthorne


XXII. LA PROCESIÓN

Nathaniel Hawthorne

Antes que Ester hubiera podido darse cuenta de lo que pasaba, y considerar lo que podía hacerse en vista de este nuevo e inesperado aspecto del asunto, se oyeron los sones de una música militar que se acercaba por una de las calles contiguas, indicando la marcha de la procesión de los magistrados y ciudadanos en dirección de la iglesia, donde, de acuerdo con una antigua costumbre adoptada en los primeros tiempos de la colonia, el Reverendo Señor Dimmesdale debía predicar el sermón de la elección.

Pronto se dejó ver la cabeza de la procesión que, procediendo lenta y majestuosamente, doblaba una esquina y se abría paso a través de la muchedumbre que llenaba la plaza del mercado. Primeramente venía la banda de música, compuesta de variedad de instrumentos, quizá imperfectamente adaptados unos a otros, y tocados sin mucho arte; sin embargo, se alcanzaba el gran objeto que la armonía de los tambores y del clarín debe producir en la multitud; esto es, revestir de un aspecto mas heroico y elevado la escena que se desarrollaba ante la vista. Perla, al principio, empezó a palmotear, pero luego, por un instante, perdió la agitación febril que la había mantenido en un estado de continua efervescencia toda la mañana: contempló silenciosamente lo que pasaba, y parecía como si los sonidos de la música, arrebatando su espíritu, la hicieran, a manera de ave acuátil, cernerse sobre aquellas oleadas de armonía. Pero volvió a su antigua agitación al ver fulgurar a los rayos del sol las armas y brillantes arreos de los soldados que venían inmediatamente después de la banda de música, y formaban la escolta de honor de la procesión. Este cuerpo militar, que aun subsiste como institución, y continúa su vieja existencia con antigua y honrosa fama, no se componía de hombres asalariados, sino de caballeros que, animados de ardor marcial, deseaban establecer una especie de Colegio de Armas donde, como en una Asociación de Caballeros Templarios, pudieran aprender la ciencia de la guerra y las prácticas de la misma, hasta donde lo permitieran sus ocupaciones pacíficas habituales. La alta estimación en que se tenía a los militares en aquella época, podía verse en el porte majestuoso de cada uno de los individuos que formaban la compañía. Algunos, en realidad de verdad, por sus servicios en los Países Bajos y en otros campos de batalla, habían conquistado perfectamente el derecho de usar el nombre de soldado con toda la pompa y prosopopeya del oficio. Toda aquella columna vestida con petos de luciente acero y brillantes morriones coronados de penachos de plumas presentaba un golpe de vista cuyo esplendor ningún despliegue de tropas modernas puede igualar.

Y sin embargo, los hombres de eminencia en lo civil, que marchaban inmediatamente en seguida de la escolta militar, eran aun más dignos de la observación de una persona pensadora. Su aspecto exterior tenía cierto sello de majestad que hacía parecer vulgar, y hasta absurdo a su lado, el altivo continente del guerrero. Era aquel un siglo en que el talento merecía menos estimación que ahora, reservándose ésta en mayor grado para las cualidades sólidas que denotaban firmeza y dignidad de carácter. El pueblo, por herencia, era respetuoso y deferente; y los colonos ingleses que habían fijado sus moradas en estas ásperas costas, dejando tras sí, rey, nobles, y toda la escala de la jerarquía social, aunque con la idea de respeto y obediencia todavía muy arraigada en ellos, la reservaban para las canas y las cabezas que los años hacían venerables; para la integridad a toda prueba; para la sólida sabiduría y amarga experiencia de la vida; en fin, para todas aquellas cualidades que indican peso, madurez, y se comprenden bajo el calificativo general de respetabilidad. Por lo tanto, aquellos primitivos hombres de Estado, tales como Bradstreet, Endicott, Dudley, Bellingham y sus compañeros, que fueron elevados al poder por la elección popular, no parece que pertenecieron a esa clase de hombres que hoy se llaman brillantes, sino que se distinguían como personas de madurez y de peso, mas bien que de inteligencias vivas y extraordinarias. Tenían fortaleza de ánimo y confianza en sus propias fuerzas, y en tiempos difíciles o peligrosos, cuando se trataba del bienestar de la cosa pública, eran como muralla de rocas contra los embates de las tempestuosas olas. Los rasgos de carácter aquí indicados se manifestaban perfectamente en sus rostros casi cuadrados y en el gran desarrollo fisico de los nuevos magistrados coloniales; y en lo que concierne a porte y autoridad natural, la madre patria no se habría avergonzado de admitir a estos hombres en la Cámara de los Pares o en el Consejo del Soberano.

Después de los magistrados venía el joven y eminente eclesiástico cuyos labios habían de pronunciar el discurso religioso en celebración del acto solemne. En la época que hablamos, la profesión que él ejercía se prestaba mucho mas que la política al despliegue de las facultades intelectuales. Los que veían ahora al Sr. Dimmesdale, observaron que jamas mostró tanta energía en su aspecto y hasta en su modo de andar, como la que desplegaba en la procesión. Su pisada no era vacilante, como en otras ocasiones, sino firme; no iba con el cuerpo casi doblado, ni se llevaba como de costumbre la mano al corazón. Sin embargo, bien considerado, su vigor no parecía corporal sino espiritual, como si se debiera a favor especial de los ángeles; o quizá era la animación procedente de una inteligencia absorbida por serios y profundos pensamientos; o acaso su temperamento sensible se veía vigorizado por los sonidos penetrantes de la música que, ascendiendo al cielo, le arrastraban y hacían mover con inusitada vivacidad. Sin embargo, tal era la abstracción de su miradas, que podía pensarse que el Sr. Dimmesdale ni aún siquiera oía la música. Allí estaba su cuerpo marchando adelante con vigor no acostumbrado. ¿Pero dónde estaba su espíritu? Allí en las profundidades de su ser, ocupado con actividad extraordinaria en coordinar la legión de pensamientos majestuosos que pronto habían de verter sus labios; y de consiguiente ni veía, ni oía, ni tenía idea de nada de lo que le rodeaba; pero la parte espiritual se apodera de aquella débil fábrica y la arrastró consigo adelante, inconscientemente, y convertida también en espíritu. Los hombres de inteligencia poco común, que han llegado a adquirir cierta condición mórbida, poseen a veces esta facultad de hacer un esfuerzo poderoso en el cual invierten la fuerza vital de muchos días, para permanecer después como agotados durante mucho tiempo.

Ester, con los ojos fijos en el ministro, se sentía dominada por tristes ideas, sin saber por qué ni de qué provenían. Se había imaginado que una mirada, siquiera rápida, tenía que cambiarse entre los dos. Recordaba la oscura selva con su pradillo solitario, y el amor y la angustia de la que había sido testigo; y el tronco mohoso del árbol donde, sentados, asidos de las manos, mezclaron sus tristes y apasionadas palabras al murmullo melancólico del arroyuelo. ¡Cuán profundo conocimiento adquirieron entonces de lo que eran en realidad uno y otro! ¿Y era éste el mismo hombre? Apenas lo conocía ahora. ¿Era acaso él, ese hombre que pasaba altivo al compás de la hermosa música, en compañía de los venerables y majestuosos magistrados, él, tan inaccesible en su posición social, y aún mucho mas como ahora le veía allí, entregado a los poco simpáticos pensamientos que le preocupaban? El corazón de Ester se entristeció a la idea de que todo había sido una ilusión, y que por vívido que hubiera sido su sueño, no podía existir un verdadero lazo de unión entre ella y el ministro. Y había en Ester tal suma de sentimiento femenino, que apenas podía perdonarle, y menos que nunca ahora cuando casi se oían, cada vez mas próximas, las pisadas del Destino que se acercaba a toda prisa, no, no podía perdonarle que de tal modo le fuera dado abstraerse del mundo que a los dos les era común, mientras ella, perdida en las tinieblas, extendía las manos congeladas buscándole, sin poder hallarle.

Perla, o vio y respondió a los pensamientos íntimos de su madre, o sintió por sí misma también el alejamiento del ministro y creyó notar la especie de barrera inaccesible que los separaba. Mientras pasaba la procesión, la niña estuvo inquieta, moviéndose y balanceándose como un ave a punto de emprender el vuelo; pero cuando todo hubo terminado, miró a Ester en el rostro, y le dijo:

–Madre, ¿es ese el mismo ministro que me besó junto al arroyo?

–Calla ahora, mi querida Perla –le contestó su madre en voz baja–, no debemos hablar siempre en la plaza del mercado de lo que nos acontece en la selva.

–¡No puedo estar segura de que sea él, tan diferente me parece! –continuó la niña–; de otro modo habría corrido hacia él y le hubiera pedido que me besara ahora, delante de todo el mundo, como lo hizo allá, bajo aquellos árboles sombríos. ¿Qué habría dicho el ministro, madre? ¿Se habría llevado la mano al corazón, riñéndome y ordenándome que me alejara?

–¿Qué otra cosa podría haber dicho, Perla –respondió su madre–, sino que no era esta la ocasión de besar a nadie, y que los besos no deben darse en la plaza del mercado? Perfectamente hiciste, locuela, en no hablarle.

Hubo otra persona que expresó igualmente sus ideas acerca del Sr. Dimmesdale. Esta persona era la Sra. Hibbins, cuyas excentricidades, o mejor dicho, locura, la llevaban a hacer lo que pocos de la población se hubieran atrevido a realizar, esto es: sostener una conversación, delante del público, con la portadora de la letra escarlata. Vestida con gran magnificencia, con un triple cuello alechugado, talle bordado, bata de rico terciopelo y apoyada en un bastón de puño de oro, había salido a ver la procesión cívica. Como esta anciana señora tenía la fama (que después le costó la vida) de ser parte principal en todos los trabajos de nigromancía que continuamente se estaban ejecutando, la multitud le abrió paso franco y se apartó de ella, pareciendo temer el contacto de sus vestidos, como si llevaran la peste oculta entre sus primorosos pliegues. Vista en unión de Ester Prynne, a pesar del sentimiento de benevolencia con que muchos miraban a esta última, el terror que de suyo inspiraba la Sra. Hibbins se aumentó y dio lugar a un alejamiento general de aquel sitio en que re encontraban las dos mujeres.

–¿Qué imaginación mortal podría concebirlo? –dijo la anciana en voz baja, confidencialmente, a Ester–. ¡Ese hombre religioso, ese santo en la tierra como el pueblo lo creía, y como realmente lo parece! ¿Quién que le vio ahora en la procesión podría pensar que no hace mucho que salió de su estudio, apostaría que murmurando algunas frases de la Biblia en hebreo, a dar una vuelta por la selva? ¡Ah! Nosotras, Ester Prynne, sabemos lo que eso significa. Pero, en realidad de verdad, no puedo resolverme a creer que ese sea el mismo hombre. He visto marchando detrás de la música a mas de un eclesiástico que ha bailado conmigo cuando Alguien, que no quiero nombrar aquí, tocaba el violín, y que tal vez sea un hechicero indio o un brujo japonés que nos saluda y estrecha las manos en otras ocasiones. Pero eso es una bicoca, para quien sabe lo que es el mundo. ¿Pero este ministro? ¿Podrás decirme con seguridad, Ester, si es el mismo hombre a quien encontraste en el sendero de la selva?

–Señora, no sé de qué me estais hablando –respondió Ester, conociendo, como conocía, que la dama Hibbins no tenía todos sus sentidos cabales, pero sorprendida en extremo, y hasta amedrentada, al oír la seguridad con que afirmaba las relaciones personales que existían entre tantos individuos (entre ellos Ester misma) y el enemigo malo.

–No me corresponde a mí hablar con ligereza de un ministro tan piadoso y sabio como el Reverendo Sr. Dimmesdale.

–¡Ja! ¡Ja! ¡mujer! –exclamó la anciana señora alzando el dedo y moviéndolo de un modo significativo–. ¿Crees tú qué después de haber ido yo a la selva tantas veces, no me será dado conocer a los que han estado también allí? Sí; aunque no hubiera quedado en sus cabellos ninguna hojita de las guirnaldas silvestres con que se adornaron la cabeza mientras bailaban. Yo te conozco, Ester; pues veo la señal que te distingue entre todas las demas. Todos podemos verla a la luz del sol; pero en las tinieblas brilla como una llama rojiza. Tú la llevas a la faz del mundo; de modo que no hay necesidad de preguntarte nada acerca de este asunto. ¡Pero este Ministro!… ¡Déjame decírtelo al oído! Cuando el Hombre Negro ve a alguno de su propios sirvientes, que tiene la marca y el sello suyo, y que se muestra tan cauteloso en no querer que se sepan los lazos que a él le ligan, como sucede con el Reverendo Sr. Dimmesdale, entonces tiene un medio de arreglar las cosas de manera que la marca se ostente a la luz del día y sea visible a los ojos de todo el mundo. ¿Qué es lo que el ministro trata de ocultar con la mano siempre sobre el corazón? ¡Ah! ¡Ester Prynne!

–¿Qué es lo que oculta, buena Sra. Hibbins? –preguntó con vehemencia Perla. ¿Lo has visto?

–Nada, querida niña –respondió la Sra. Hibbins haciendo una profunda reverencia a Perla–. Tú misma lo verás algún día. Dicen, niña, que desciendes del Príncipe del Aire. ¿Quieres venir conmigo una noche que sea hermosa a visitar a tu padre? Entonces sabreis por qué el ministro se lleva siempre la mano al corazón.

Y riendo tan estrepitosamente, que todos los que estaban en la plaza del mercado pudieron oírla, la anciana hechicera se separó de Ester.

Mientras esto pasaba, se había hecho la plegaria preliminar en la iglesia, y el Reverendo Sr. Dimmesdale había comenzado su discurso. Un sentimiento irresistible mantenía a Ester cerca del templo. Como el sagrado edificio estaba tan lleno que no podía dar cabida a ninguna persona mas, se situó junto al tablado de la picota, hallándose lo bastante cerca de la iglesia para poder oír todo el sermón como si fuera un murmullo vago, pero variado, lo mismo que el débil acento de la voz peculiar del ministro.

El órgano vocal del Sr. Dimmesdale era de suyo un rico tesoro, de modo que el oyente, aunque no comprendiera nada del idioma en que el orador hablaba, podía sin embargo sentirse arrastrado por el simple sonido y cadencia de las palabras. Como toda otra música respiraban pasión y vehemencia, y despertaban emociones ya tiernas, ya elevadas, en una lengua que todos podían entender. A pesar de lo indistinto de los sonidos, Ester escuchaba con atención tal y con tan profunda simpatía, que el sermón tuvo para ella una significación propia, completamente personal, y sin relacionarse en manera alguna con las palabras; las cuales, si las hubiera podido oír mas claramente, sólo habrían sido un medio materializado que hubiera oscurecido su sentido espiritual. Ya oía las notas bajas a semejanza del viento que se calma como para reposarse; ya se elevaba con los sonidos, como si diera por gradaciones progresivas, ora suaves, ya fuertes, hasta que el volumen de la voz parecía envolverla en una atmósfera de respetuoso temor y solemne grandeza. Y sin embargo, a pesar de lo imponente que a veces se volvía aquella voz, tenía siempre algo esencialmente quejumbroso. Había en ella una expresión de angustia, ya leve, ya aguda, el murmullo o el grito, como quiera concebírsele, de la humanidad sufriente, que brotaba de un corazón que padecía e iba a herir la sensibilidad de los demas corazones. A veces lo único que se percibía era esta expresión inarticulada de profundo sentimiento, a manera de un sollozo que se oyera en medio de hondo silencio. Pero aún en los momentos en que la voz del ministro adquiría mas fuerza y vigor, ascendiendo de una manera irresistible, con mayor amplitud y volumen, llenando la iglesia de tal modo que parecía querer abrirse paso a través de las paredes y difundirse en los espacios, aún entonces, si el oyente prestaba cuidadosa atención, con ese objeto determinado, podía descubrir también el mismo grito de dolor. ¿Qué era eso? La queja de un corazón humano, abrumado de penas, quizá culpable, que revelaba su secreto, cualquiera que éste fuese, al gran corazón de la humanidad, pidiendo su simpatía o su perdón, a cada momento, en cada acento y nunca en vano. Esta nota profunda y dominante, era lo que proporcionaba gran parte de su poder al ministro.

Durante todo este tiempo Ester permaneció, como una estatua, clavada al pie del tablado fatídico. Si la voz del ministro no la hubiese mantenido allí, habría de todos modos un inevitable magnetismo en aquel lugar, en que comenzó la primera hora de su vida de ignominia. Reinaba en Ester la idea vaga, confusa, aunque pesaba gravemente en su espíritu, que toda la órbita de su vida, tanto antes como después de aquella fecha, estaba relacionada con aquel sitio, como si fuera el punto que le diera unidad a su existencia.

Perla, entretanto, se había apartado de su madre y estaba jugando como mejor le parecía en la plaza del mercado, alegrando a aquella sombría multitud con sus movimientos y vivacidad, a manera de un ave de brillantes plumas que ilumina todo un árbol de follaje oscuro saltando de un lado a otro, medio visible y medio oculta entre la sombra de las espesas hojas. Tenía movimientos ondulantes, a veces irregulares que indicaban la inquietud de su espíritu, mucho mayor en aquel día porque reflejaba la de su madre. Donde quiera que Perla veía algo que excitaba su curiosidad, siempre alerta, allí se dirigía rápidamente, pudiendo decirse que la niña tomaba plena posesión de lo que fuere, como si lo considerase su propiedad. Los puritanos la miraban y se sonreían; mas no por eso se sentían menos inclinados a creer que la niña era el vástago de un espíritu malo, a juzgar por el encanto indescriptible de belleza y excentricidad que brillaba en todo su cuerpecito y se manifestaba en su actividad. Se dirigió hacia el indio salvaje y le miró fijamente al rostro, ha que el indio tuvo conciencia que se las había con un ser mas selvático que él mismo. De allí, con innata audacia, pero siempre con característica reserva, corrió al medio de un grupo de marineros de tostadas mejillas, aquellos salvajes del océano, como los indios lo eran de la tierra, los que con sorpresa y admiración contemplaron a Perla como a una espuma del mar hubiese tomado la forma de una niñita, y estuviera dotada de un alma con esa fosforescencia de las olas que se vio brillar de noche bajo la proa del buque que va cortando las aguas.

Uno de estos marinos, el capitán seguramente, que había hablado con Ester, se quedó tan prendado del aspecto de Perla, que intentó asirla para besarla; pero viendo que eso era tan imposible como atrapar un colibrí en el aire, tomó la cadena de oro que adornaba su sombrero, y se la arrojó a la niñita. Perla inmediatamente se la puso al rededor del cuello y de la cintura con tal habilidad que, al verla, parecía que formaba parte de ella y era dificil imaginarla sin ese adorno.

–¿Es tu madre aquella mujer que está allí con la letra escarlata? –dijo el capitán–. ¿Quieres llevarle un recado mío?

–Si el recado me agrada, lo haré –dijo Perla.

–Entonces dile –replicó el capitán–, que he hablado otra vez con el viejo médico de rostro moreno, y que él se compromete a traer a su amigo, el caballero que ella sabe, a bordo de mi buque. De consiguiente, tu madre sólo tiene que pensar en ella y en ti. ¿Quieres decirle esto, niña brujita?

–La Sra. Hibbins dice que mí padre es el Príncipe del Aire –exclamó Perla con una maligna sonrisa–. Si vuelves a llamarme bruja, se lo diré a ella, y perseguirá tu buque con una tempestad.

Atravesando la plaza del mercado regresó la niña junto a su madre y le comunicó lo que el marino le había dicho. Ester, a pesar de su ánimo fuerte, tranquilo, resuelto, y constante en la adversidad, estuvo a punto de desmayarse al oír esta noticia precursora de inevitable desastre, precisamente en los momentos en que parecía haberse abierto un camino para que ella y el ministro pudieran salir del laberinto de dolor y de angustias en que estaban perdidos.

Abrumado su espíritu y llena de terrible complejidad con las noticias que le comunicaba el capitán del buque, se vio ademas sujeta en aquellos momentos a otra clase de prueba. Se hallaban allí presentes muchos individuos de los lugares circunvecinos, que habían oído hablar con frecuencia de la letra escarlata, y para quienes ésta se había convertido en algo terrífico por los millares de historias falsas o exageradas que acerca de ella circulaban, pero que nunca la habían visto con sus propios ojos; los cuales, después de haber agotado toda otra clase de distracciones, se agolpaban en torno de Ester de una manera rudamente indiscreta.

Pero a pesar de lo poco escrupulosos que eran, no podían llegar sino a unas cuantas varas de distancia de ella. Allí se detenían, merced a la especie de fuerza repulsiva de la repugnancia que les inspiraba el místico símbolo. Los marineros, observando la aglomeración de los espectadores, y enterados de lo que significaba la letra escarlata, vinieron con sus rostros ennegrecidos por el sol, y de hombres de alma atravesada, a formar también parte del círculo que rodeaba a Ester; y hasta los indios se vieron contagiados con la curiosidad de los blancos, y deslizándose a través de la multitud, fijaron sus ojos negros, a manera de serpiente, en el seno de la pobre mujer, creyendo acaso que el portador de este brillante emblema bordado tenía que ser persona de alta categoría entre los suyos. Finalmente, los vecinos de la población, a pesar que no experimentaban ya interés alguno en este asunto, se dirigieron también a aquel sitio y atormentaron a Ester, tal vez mucho mas que todo el resto de los circunstantes, con la fría e indiferente mirada que fijaban en la insignia de su vergüenza. Ester vio y reconoció los mismos rostros de aquel grupo de matronas que habían estado esperando su salida en la puerta de la cárcel siete años antes; todas estaban allí, excepto la mas joven y la única compasiva entre ellas; cuya veste funeraria hizo después de aquel acontecimiento. En aquel final, cuando creía que pronto iba a arrojar para siempre la letra candente, se había ésta convertido singularmente en centro de la mayor atención y curiosidad, abrasándole el seno más dolorosamente que en ningún tiempo desde el primer día que la llevó.

Mientras Ester permanecía dentro de aquel círculo mágico de ignominia donde la crueldad de su sentencia parecía haberla fijado para siempre, el admirable orador contemplaba desde su púlpito un auditorio subyugado por el poder de su palabra hasta las fibras mas íntimas de su múltiple ser. ¡El santo ministro en la iglesia! ¡La mujer de la letra escarlata en la plaza del mercado! ¿Qué imaginación podría hallarse tan falta de reverencia que hubiera sospechado que ambos estaban marcados con el mismo candente estigma?


Comenta con FB

comentarios

Comentarios cerrados.

USO DE COOKIES

Este sitio utiliza cookies para una mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento a nuestra Política de Cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies
www.scriptsell.netwww.freepiratemovie.comBest Premium Wordpress Theme/Best Premium Wordpress Theme/