La letra escarlata, novela (capítulo 21) de Nathaniel Hawthorne


XXI. EL DÍA DE FIESTA EN LA NUEVA INGLATERRA

Nathaniel Hawthorne

Muy temprano, en la mañana del día en que el nuevo Gobernador había de ser elegido por el pueblo, fueron Ester y Perla a la plaza del mercado, que ya estaba llena de artesanos y otros plebeyos habitantes de la ciudad en un número considerable. Entre estos había muchos individuos de aspecto rudo, cuyos vestidos, hechos de piel de ciervo, daban a conocer que pertenecían a algunos de los establecimientos situados en las selvas que rodeaban la pequeña metrópoli de la colonia.

En este día de fiesta, como en todas las demas ocasiones durante siete últimos años, llevaba Ester un traje de paño burdo de color gris, que no tanto por su color como por cierta peculiaridad indescriptible de su corte, daba por resultado relegar su persona a la oscuridad, como si la hiciera desaparecer a la miradas de todos, mientras la letra escarlata, por el contrario, la hacía surgir de esta especie de crepúsculo o penumbra, presentándola al mundo bajo el aspecto moral de su propio brillo. Su rostro, por tanto tiempo familiar a las gentes de la ciudad, dejaba ver la calma marmórea que estaban acostumbrados a contemplar. Era una especie de mascara; o mejor dicho, era la calma congelada de las facciones de una mujer ya muerta, y esta triste semejanza se debía a la circunstancia que Ester estaba en realidad muerta, en lo concerniente a poder reclamar alguna simpatía o afecto, y a que ella se había segregado por completo del mundo con el cual parecía que aún se mezclaba.

Quizá en este día especial pudiera decirse que había en el rostro de Ester una expresión no vista hasta entonces, aunque en realidad no tan marcada que pudiese notarse fácilmente, a no ser por un observador dotado de tales facultades de penetración que leyera, primero, lo qué pasaba en el corazón, y luego hubiese buscado un reflejo correspondiente en el rostro y aspecto general de esa mujer. Semejante observador, o mas bien adivino, podría haber pensado que, después de haber sostenido Ester las miradas de la multitud durante siete largos y malhadados años soportándolas como una necesidad, una penitencia, y una especie de severa religión, ahora, por la última vez, las afrontaba libre y voluntariamente para convertir también en una especie de triunfo lo que había sido una prolongada agonía. ¡Mirad por última vez la letra escarlata y la que la lleva! parecía decirles la víctima del pueblo. Esperad un poco y me veré libre de vosotros. ¡Unas cuantas horas, no mas, y el misterioso y profundo océano recibirá en su seno, y ocultaráen él siempre, el símbolo que habéis hecho brillar por tanto tiempo en mi pecho!

Ni será incurrir en una inconsistencia demasiado grande, si supiéramos que Ester experimentaba cierto sentimiento de pesar en aquellos instantes mismos en que estaba a punto de verse libre del dolor, que puede decirse se había encarnado profundamente en su ser. ¿No habría quizá en ella un deseo irresistible de apurar por última vez, y a grandes tragos, la copa del amargo absintio acíbar que había estado bebiendo durante casi todos los años de su juventud? El licor que en lo sucesivo se llevaría a los labios, tendría que ser seguramente rico, delicioso, vivificante y en pulido vaso de oro; o de otro modo produciría una languidez inevitable y tediosa, viniendo después de las heces de amargura que hasta entonces había apurado a manera de cordial de intensa potencia.

Perla estaba ataviada alegremente. Habría sido imposible adivinar que esta brillante y luminosa aparición debía su existencia a aquella mujer de sombrío traje; o que la fantasía tan espléndida, y a la vez tan delicada, que ideó el vestido de la niña, era la misma que llevase a cabo la tarea, quizá mas difícil de dar al sencillo traje de Ester el aspecto peculiar tan notable que tenía. De tal modo se adaptaba a Perlita su vestido, que éste parecía la emanación o el desarrollo inevitable y la manifestación externa de su carácter, tan imposible de separarse de ella, como el ala de una mariposa desprenderse de su brillantez abigarrada, o a los pétalos de una espléndida flor despojarse de su radiante colorido. En este día extraordinario, había sin embargo una cierta inquietud y agitación singular en todo el ser de la niña, parecidas al brillo de los diamantes que fulguran y centellean al compás de los latidos del pecho en que se ostentan. Los niños participan siempre de las agitaciones de aquellas personas con quienes están en íntima relación; experimentan siempre el malestar debido a cualquier disgusto o trastorno inminente, de cualquier clase que sea, en el hogar doméstico; y por lo tanto Perla, que era entonces la joya del inquieto corazón de la madre, revelaba en su misma vivacidad las emociones que nadie podía descubrir en la impasibilidad marmórea de la frente de Ester.

Esta efervescencia la hizo moverse como un ave, más bien que andar al lado de su madre, prorrumpiendo continuamente en exclamaciones inarticuladas, agudas, penetrantes. Cuando llegaron a la plaza del mercado, se volvió aún mas inquieta y febril al notar el bullicio y movimiento que allí reinaban, pues por lo común aquel lugar tenía en realidad el aspecto de un solitario prado frente a la iglesia de una aldea, y no el del centro de los negocios de una población.

–¿Qué significa esto, madre? –gritó la niña–. ¿Por qué han abandonado todos hoy su trabajo? ¿Es un día de fiesta para todo el mundo? Mira, ahí está el herrero. Se ha lavado su cara sucia y se ha puesto la ropa de los domingos, y parece que quisiera estar contento y alegre, si hubiese solamente quien le enseñase el modo de estarlo. Y aquí está el Sr. Brackett, el viejo carcelero, que se sonríe conmigo y me saluda. ¿Por qué lo hace, madre?

–Se acuerda cuanto tú eras muy chiquita, hija mía –respondió Ester.

–Ese viejo horrible, negro y feo, no debe sonreírme ni saludarme –dijo Perla–. ¡Que lo haga contigo si quiere, porque estás vestida de color oscuro y llevas la letra escarlata. Pero mira, madre, cuántas gentes extrañas, y entre ellos indios y también marineros! ¿Para qué han venido todos esos hombres a la plaza del mercado?

–Están esperando que la procesión pase para verla –dijo Ester–, porque el Gobernador y los magistrados han de venir, y los ministros, y todas las personas notables y buenas han de marchar con música y soldados a la cabeza.

–¿Y estará allí el ministro? –preguntó Perla–, ¿y extenderá las dos manos hacia mí, como hizo cuando tú me llevaste a su lado desde el arroyuelo?

–Sí estará –respondió su madre–, pero no te saludará hoy, ni tampoco debes tú saludarle.

–¡Qué hombre tan triste y tan raro es el ministro! –dijo la niña como si hablara en parte a solas y consigo misma–. En medio de la noche nos llama y estrecha tus manos y las mías, como cuando estuvimos juntas con él sobre el tablado. Y en el bosque, donde solo los antiguos árboles pueden oír a uno, y donde solo un pedacito de cielo puede vernos, se pone a hablar contigo sentado en un tronco de árbol. Y me besa la frente de modo que el arroyuelo apenas puede borrar su beso. Pero aquí, a la luz del sol, y en medio de todas estas gentes, no nos conoce, ni nosotros debemos conocerle. ¡Sí, un hombre raro y triste con la mano siempre sobre el corazón!

–No hables más, Perla –le dijo su madre–, tú no entiendes de estas cosas. No pienses ahora en el ministro, sino mira lo que pasa a tu alrededor y verás cuán alegre parece hoy todo el mundo. Los niños han venido de sus escuelas, y las personas crecidas han dejado sus tiendas, sus talleres y los campos con el objeto de divertirse; porque hoy empieza a regirlos un nuevo Gobernador.

Como Ester decía, era mucho el contento y alegría que brillaban en el rostro de todos los presentes. En un día semejante, como sucedió después durante la mayor parte de dos siglos, los puritanos se entregaban a todo el regocijo y alborozo público que consideraban permisibles a la fragilidad humana; disipando solo en el espacio de un día de fiesta, aquella nube sombría en que siempre estaban envueltos, pero de manera tal, que apenas si aparecían menos graves que otras comunidades en tiempo de duelo general.

Pero tal vez exageramos el aspecto sombrío que indudablemente caracterizaba la manera de ser de aquel tiempo. Las personas que se hallaban en la plaza del mercado de Boston no eran todas herederas del adusto y triste carácter puritano. Había allí individuos naturales de Inglaterra, cuyos padres habían vivido en la época de la Reina Isabel, cuando la vida social inglesa, considerada en conjunto, parece haber sido tan magnífica, fastuosa y alegre como el mundo pueda haber presenciado jamas. Si hubieran seguido su gusto hereditario, los colonos de la Nueva Inglaterra habrían celebrado todos los acontecimientos de interés público con hogueras, banquetes, procesiones cívicas, todo con gran pompa y esplendor. Ni habría sido dificil combinar, en majestuosas ceremonias, el recreo alegre con la solemnidad, como si el gran traje de gala que en tales fiestas reviste una nación estuviese adornado de una manera brillante a la vez que grotesca. Algo parecido a esto había en el modo de celebrar el día que daba comienzo al año político de la colonia. El vago reflejo de una magnificencia que vivía en el recuerdo, una imitación pálida y débil de lo que habían presenciado en el viejo Londres, no diremos de una coronación real, sino de las fiestas con que se inaugura el Lord Corregidor de aquella gran capital, podría trazarse en las costumbres que observaban nuestros antepasados en la instalación anual de sus magistrados. Los padres y fundadores de la República, el hombre de Estado, el sacerdote y el militar, creían de su deber revestirse en esta oportunidad de toda la pompa y aparato majestuoso que, de acuerdo con las antiguas tradiciones, se consideraba el adminículo indispensable de la eminencia pública o social. Todos venían a formar parte de la procesión que había de desfilar ante las miradas del pueblo, comunicando de este modo cierta dignidad a la sencilla estructura de un gobierno tan recientemente constituido.

En ocasiones semejantes se le permitía al pueblo, y hasta se le animaba, a que se solazara y dejase sus diversos trabajos e industrias, a que en todo tiempo parecía se aplicaba con la misma rigidez y severidad que a sus austeras prácticas religiosas. Por descontado que aquí no podía esperarse nada parecido a lo que se hubiera visto en las fiestas populares de Inglaterra en tiempos de la Reina Isabel; ni rudas representaciones teatrales; ni ministriles con sus arpas y baladas legendarias; ni músicos ambulantes con un mono bailando al son de la música; ni jugadores de mano y titiriteros con sus suertes y artificios de hechicería; ni payasos y saltimbanquis tratando de alegrar la multitud con sus chistes, quizá de varios siglos de antigüedad, pero surtiendo siempre buen efecto, porque se dirigen a los sentimientos universales dispuestos a la alegría y buen humor. Toda esta clase de profesores de los diferentes ramos de diversión y entretenimiento habían sido severamente suprimidos, no solo por la rígida disciplina de la ley, sino por sanción general que es lo que constituye la vitalidad de las leyes. Sin embargo, aún careciendo de todo esto, la honrada y buena cara del pueblo sonreía, quizá con cierta dureza, pero también a quijada batiente. Ni se diga por eso que faltaban juegos y recreos de la clase que los colonos habían presenciado muchos años atrás, en las ferias campestres de Inglaterra, en los que acaso tomaron parte, y consideraban será conveniente conservar en estas nuevas tierras; por ejemplo, se veían luchas a brazo partido, de diferentes clases, aquí y allí en la plaza del mercado; en una esquina había un combate amistoso al garrote; y lo que mas que todo llamaba la atención, en el tablado de la picota a que ya se ha hecho referencia varías veces en estas páginas, dos maestros de armas comenzaban a dar una muestra de sus habilidades con broquel y espadón. Pero con gran chasco y disgusto de los espectadores, este entretenimiento fue suspendido mediante la intervención del alguacil de la ciudad, que no quería permitir que la majestad de la ley se violase con semejante abuso de uno de sus lugares consagrados.

Aunque los colores del cuadro de la vida humana que se desplegaba en la plaza del mercado fueran en lo general sombríos, no por eso dejaban de estar animados con diversidad de matices. Había una cuadrilla de indios con trajes de piel de ciervo curiosamente bordados, cinturones rojos y amarillos, plumas en la cabeza, y armados con arco, flechas y lanzas de punta de pedernal que permanecían aparte, como separados de todo el mundo, con rostros de inflexible gravedad, que ni aun la de los puritanos podía superar. Pero a pesar de todo, no eran estos salvajes pintados de colores, los que pudieran presentarse como tipo de lo mas violento o licencioso de las gentes que allí estaban congregadas. Semejante honor si en ello le hay, podían reclamarlo con mas fundamento algunos de los marineros que formaban parte de la tripulación del buque procedente del Mar Caribe, que también habían venido a tierra a divertirse el día de la elección. Eran hombres que se habían echado el alma a las espaldas, de rostros tostados por el sol y grandes y espesas barbas; sus pantalones, cortos y anchos, estaban sostenidos por un cinturón, que a veces cerraban placas o hebillas de oro, y del cual pendía siempre un gran cuchillo, y en algunos casos un sable. Por debajo de las anchas alas de sus sombreros de paja, se veían brillar ojos que, aun en momentos de alegría y buen humor, tenían una especie de ferocidad instintiva. Sin temor ni escrúpulo de ninguna especie, violaban las reglas de buen comportamiento a que se sometían todos los demas, fumando a las mismas narices del alguacil de la población, aunque cada bocanada de humo habría costado buena suma de reales por vía de multa, a todo otro vecino de la ciudad, y apurando sin ningún reparo tragos de vino o de aguardiente en frascos que sacaban de sus faltriqueras, y que ofrecían liberalmente a la asombrada multitud que los rodeaba. Nada caracteriza tanto la moralidad a medias de aquellos tiempos, que hoy calificamos de rígidos, como la licencia que se permitía a los marineros, no hablamos sólo de sus calaveradas cuando estaban en tierra, sino aún mucho mas tratándose de sus actos de violencia y rapiña cuando se hallaban en su propio elemento. El marinero de aquella época correría hoy el peligro que se le acusara de pirata ante un tribunal. Por ejemplo, poca dada podría abrigarse que los tripulantes del buque que hemos hablado, aunque no de lo peor de su género, habían sido culpables de depredaciones contra el comercio español, de tal naturaleza, que pondrían en riesgo sus vidas en un moderno tribunal de justicia.

Pero en aquellos antiguos tiempos el mar se alborotaba, se henchía y se rizaba, según su capricho, o estaba sujeto solamente a los vientos tempestuosos, sin que apenas se hubiera intentado establecer código alguno que regulase las acciones de los que lo surcaban. El bucanero podía abandonar su profesión y convertirse, si así lo deseaba, en hombre honrado y piadoso, dejando las olas y fijándose en tierra; y ni aun en plena carrera de su existencia borrascosa se lo consideraba como individuo con quien no era decente tener tratos ni relación social, aunque fuera casualmente. De consiguiente, los viejos puritanos con sus capas negras y sombreros puntiagudos, no podían menos de sonreírse ante la manera bulliciosa y ruda de comportarse de estos alegres marineros; sin que excitara sorpresa, ni diese lugar a críticas, ver que une persona tan respetable como el anciano Rogerio Chillingworth entrase en la plaza del mercado en íntima y amistosa plática con el capitán del buque de dudosa reputación.

Puede afirmarse que entre toda aquella multitud allí congregada no había figura de aspecto tan vistoso y bizarro, al menos en lo que hace al traje, como la de aquel capitán. Llevaba el vestido profusamente cubierto de cintas, galón de oro en el sombrero que rodeaba una cadenilla, también de oro, y adornado ademas con una pluma. Tenía espada al cinto, y ostentaba en la frente una cuchillada que, merced a cierto arreglo especial del cabello, parecía mas deseoso de mostrar que de esconder. Un ciudadano que no hubiera sido marino, apenas se habría atrevido a llevar ese traje y mostrar esa cara, con tal desenfado y arrogancia, sabiendo que se exponía a sufrir un mero interrogatorio ante un magistrado, incurriendo probablemente, en una crecida multa o en algunos cuantos días de cárcel: pero tratándose de un capitán de buque, todo se consideraba perteneciente al oficio, así como las escamas son parte de un pez.

Después de separarse del médico, el capitán del buque con destino a Bristol empezó a pasearse lentamente por la plaza del mercado, hasta que, acercándose por casualidad al sitio en que estaba Ester, pareció reconocerla y no vaciló en dirigirle la palabra. Como acontecía por lo común donde quiera que se hallaba Ester, en torno suyo se formaba un corto o vacío, una especie de círculo mágico en el que, aunque el pueblo se estuviera codeando y pisoteando a muy corta distancia, nadie se aventuraba ni se sentía dispuesto a penetrar. Era un ejemplo vivo de la soledad moral a que la letra escarlata condenaba a su portadora, debido en parte a la reserva de Ester, y en parte al instintivo alejamiento de sus conciudadanos, a pesar que hacía ya tiempo que habían dejado de mostrarse poco caritativos para con ella. Ahora, mas que nunca, le sirvió admirablemente, pues le proporcionó el modo de hablar con el marino sin peligro que los circunstantes se enteraran de su conversación; y tal cambio se había operado en la reputación que gozaba Ester a los ojos del público, que la matrona mas eminente de la colonia en punto a la rígida moralidad, no podría haberse permitido aquella entrevista, sin dar margen al escándalo.

–De modo, señora –dijo el capitán–, que debo ordenar a mi mayordomo que prepare otro camarote, ademas de los que Ud. ha contratado. Lo que es en este viaje no habrá temor de escorbuto o tifus; porque con el cirujano de abordo, y este otro médico, nuestro único peligro serán las pildoras o las drogas que nos administren, pues tengo en el buque una buena provisión de medicinas que compré a un buque español.

–¿Qué está Ud. diciendo? –preguntó Ester con mayor alarma de la que quisiera haber mostrado.

–¿Tiene Ud. otro pasajero?

–¡Cómo! ¿No sabe Ud. –exclamó el capitán barco–, que el médico de esta plaza, Chillingworth como dice llamarse, está dispuesto a compartir mi cámara con Ud.? Sí, sí, Ud. debe saberlo, pues me ha dicho que es uno de la compañía, y ademas íntimo amigo del caballero de quien Ud. habló, de ese que corre peligro aquí en manos de estos viejos y ásperos puritanos.

–Sí, se conocen íntimamente –replicó Ester con semblante sereno, aunque toda llena de la más profunda consternación–, han vivido juntos mucho tiempo.

Nada más pasó entre el marino y Ester. Pero en aquel mismo instante vió ésta al viejo Rogerio de pie en el ángulo mas remoto de la plaza del mercado, sonriéndole; sonrisa que, a través de aquel vasto espacio de terreno, y en medio de tanta charla, alegría, bullicio y animación, y de tanta diversidad de intereses y de sentimientos, encerraba una significación secreta y terrible.


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