La letra escarlata, novela (capítulo 20) de Nathaniel Hawthorne


XX. EL MINISTRO PERDIDO EN EL LABERINTO

Nathaniel Hawthorne

Arturo Dimmesdale partió el primero, adelantándose a Ester y a Perla, y ya a acierta distancia dirigió una mirada hacia atrás, como si esperara descubrir tan sólo algunos rasgos débiles o los contornos de la madre y de la niña desvaneciéndose lentamente en la semi oscuridad de la selva. Acontecimiento de tal importancia en su existencia, no podía concebir que fuese real. Pero allí estaba Ester, vestida con su traje de pardo color, de pie todavía junto al tronco del árbol que algún viento tempestuoso derrumbó en tiempos inmemoriales, todo cubierto de musgo, para que esos dos seres predestinados, con el alma abrumada de pesar, pudieran sentarse allí juntos y encontrar una sola hora de descanso y solaz. Y alli también estaba Perla, bailando alegremente a orillas del arroyuelo, ahora que aquel extraño intruso se había ido, y la dejaba ocupar su antiguo puesto al lado de su madre. No: el ministro no se había quedado dormido, ni había soñado.

Para conseguir que desaparecieran de su mente la vaguedad y confusión de sus impresiones, que le hacían experimentar una extraña inquietud, se puso a recordar de una manera precisa y definida los planes y proyectos que él y Ester habían bosquejado para su partida. Se había convenido entre los dos que el Antiguo Mundo, con sus ciudades populosas, les ofrecería mejor abrigo y mayor oportunidad, para pasar inadvertidos, que no las selvas mismas de la Nueva Inglaterra o de toda la América, con sus alternativas de una que otra choza de indios o las pocas ciudades de europeos, escasamente pobladas, esparcidas aquí y alli a lo largo de las costas. Todo esto sin hablar de la mala salud del ministro, que no se prestaba ciertamente a soportar los trabajos y privaciones de la vida de los bosques, cuando sus dones naturales, su cultura y el desenvolvimiento de todas sus facultades le adaptaban para vivir tan sólo en medio de pueblos de adelantada civilización. Para que pudiesen llevar a cabo lo que habían determinado, la casualidad les deparó que hubiera en el puerto un buque, una de esas embarcaciones de dudoso carácter, cosa muy común en aquellos tiempos, que sin ser realmente piratas, recorrían sin embargo los mares con muy poco respeto a las leyes de propiedad. Este buque había llegado recientemente del Mar de las Antillas, y debía hacerse a la vela dentro de tres días con rumbo a Bristol en Inglaterra. Ester, cuya vocación para hermana de la Caridad la había puesto en contacto con el capitán y los tripulantes de la nave, se ocuparía en conseguir el pasaje de dos individuos y una niña, con todo el secreto que las circunstancias hacían mas que necesario.

El ministro había preguntado a Ester, con no poco interés, la fecha precisa en que el buque había de partir. Probablemente será dentro de cuatro días a contar de aquel en que estaban. ¡Feliz casualidad! se dijo para sus adentros. Por qué razón el Reverendo Arturo Dimmesdale lo consideró una feliz casualidad, vacilamos en revelarlo. Sin embargo, para que el lector lo sepa todo, diremos que dentro de tres días tenía que predicar el sermón de la elección; y como semejante acto formaba una época honrosa en la vida de un eclesiástico de la Nueva Inglaterra, el Sr. Dimmesdale no podía haber escogido una oportunidad más conveniente para terminar su carrera profesional. A lo menos, dirán de mí, pensó este hombre ejemplar, que no he dejado por desempeñar ningún deber público, ni lo he desempeñado mal. ¡Triste es, indudablemente, ver que una persona que podía hacer un examen tan profundo y minucioso de sí mismo, se engañara a tal extremo! Ya hemos dicho y aun nos quedan por decir, cosas peores de él; pero ninguna tan lastimosamente débil; ninguna que diera una prueba tan irrefragable de la sutil enfermedad que había, desde tiempo atrás, minado la verdadera base de su carácter. Ningún hombre puede llevar por mucho tiempo, por decirlo así, dos rostros: uno en público y otro frente a frente de su conciencia, sin que al fin llegue a no saber cuál es el verdadero.

La agitación que experimentó el Sr. Dimmesdale al regresar de su entrevista con Ester, le comunicó una energía fisica inusitada, y le hizo caminar hacia la población con rápido paso. El sendero a través de los bosques le pareció mas bravío, mas áspero con sus obstáculos naturales, y menos hollado por pies humanos, que cuando lo recorrió en sentido inverso. Pero saltaba sobre los lugares pantanosos, se introducía por entre el frondoso ramaje, trepaba cuando encontraba cuestas que subir, o descendía a las hondonadas; en una palabra, venció todas las dificultades que se le presentaron en el camino, con una actividad infatigable que a él mismo le sorprendía. No pudo menos de recordar cuán fatigosamente, y con cuántas paradas para recobrar aliento, había recorrido ese mismo camino tan solo dos días antes. A medida que se acercaba a la ciudad fue creyendo que notaba un cambio en los objetos que le eran mas familiares, como si desde que salió de la población no hubieran transcurrido solamente dos o tres días, sino muchos años.

Ciertamente que las calles presentaban el mismo aspecto que antes, según las recordaba, y las casas tenían las mismas peculiaridades, con su multitud de aleros y una veleta precisamente en el lugar en que su memoria se lo indicaba. Sin embargo, la idea de cambio le acosaba a cada instante, aconteciéndole igual fenómeno con las personas conocidas que veía, y con todas las que le eran familiares en la pequeña población. No las hallaba ahora ni mas jóvenes ni mas viejas; las barbas de los ancianos no eran mas blancas, ni el niño que andaba a gatas ayer podía moverse hoy haciendo uso de sus pies: era imposible decir en qué diferían de las personas a quienes había visto antes de partir; y sin embargo, algo interno parecía sugerirle que se había efectuado un cambio. Recibió una impresión de esta naturaleza, de la manera más notable, al pasar junto a la iglesia que estaba a su cargo. El edificio se le presentó con un aspecto a la vez tan extraño y tan familiar que el Sr. Dimmesdale estuvo vacilando, entre estas dos ideas: o que hasta entonces lo había visto solamente en un sueño, o que ahora estaba simplemente soñando.

Este fenómeno, en las varias formas que iba tomando, no indicaba un cambio externo, sino un cambio tan repentino e importante en el espectador mismo, que el espacio de un solo día de intervalo había sido para él equivalente al transcurso de varios años. La voluntad del ministro y la de Ester, y el destino que sobre ellos pesaba, habían operado esta transformación. Era la misma ciudad que antes; pero no era el mismo ministro el que había regresado de la selva. Podría haber dicho a los amigos que le saludaban: No soy el hombre por quien me tomáis. Lo he dejado allí en la selva, retirado en un oculto vallecillo, junto a un tronco musgoso de árbol, no lejos de un melancólico arroyuelo. Id: buscad a vuestro ministro, y ved si su cuerpo extenuado, sus mejillas descarnadas, y su pálida frente surcada de arrugas por el dolor, no han sido arrojados allí como vestido que uno se deshace Sin duda alguna sus amigos habrían insistido, diciéndole: Tú eres el mismo hombre; pero el error hubiera estado de parte de sus amigos y no del ministro.

Antes que el Sr. Dimmesdale llegara a su morada, su ser íntimo le dio otras pruebas que una revolución se había operado en su modo de pensar y de sentir. A la verdad, solo a una revolución de esa naturaleza, completa y total, podían atribuirse los impulsos que agitaban al infortunado ministro. A cada paso se sentía movido del deseo de hacer algo extraño, inusitado, violento o perverso, con la convicción que será a la vez involuntario e intencional y a despecho de sí mismo, pero emanando de un sentimiento mas profundo que el que se oponía al impulso. Por ejemplo, se encontró con uno de los diáconos de su iglesia, buen anciano que le saludó con el afecto paternal y el aire patriarca1 a que tenía derecho por sus años, sus virtudes y su posición, y al mismo tiempo con el profundo respeto, casi veneración, que el carácter público y privado del ministro reclamaban. Nunca se vio un ejemplo mas hermoso de cómo la majestad y sabiduría de los años pueden hermanarse a la obediencia y respeto que una categoría social e inteligencia inferiores deben a una persona superior en esas cualidades. Pues bien, durante una conversación de unos pocos momentos entre el Reverendo Sr. Dimmesdale y este excelente y anciano dhícono, solo merced a la mas cuidadosa circunspección y casi haciéndose violencia, evitó el ministro proferir ciertas reflexiones heréticas que se le ocurrieron sobre varios puntos religiosos. Temblaba y palidecía temiendo que sus labios, a despecho de sí mismo, emitiesen algunos de los horribles pensamientos que le cruzaban por la mente. Y sin embargo, aunque con el corazón lleno de tal terror, no pudo menos de sonreírse al imaginar lo estupefacto que se habría quedado el santo varón y patriarcal diácono ante la impiedad de su ministro.

Referiremos otro incidente de igual naturaleza yendo a todo prisa por la calle, el Reverendo Sr. Dimmesdale tropezó de manos a boca con uno de los mas antiguos miembros de su iglesia, una anciana señora, la mas piadosa y ejemplar que pueda darse: pobre, viuda, sola, y con el corazón todo lleno de reminiscencias de su marido y de sus hijos, ya muertos, así como de sus amigos fallecidos también hacía tiempo. Sin embargo, todo esto, que de otro modo habría sido un dolor intenso, se había casi convertido para esta alma piadosa en un goce solemne, gracias a los consuelos religiosos y a las verdades de las Sagradas Escrituras, con que puede decirse que se había nutrido continuamente por espacio de mas de treinta años. Desde que el Reverendo Sr. Dimmesdale la tomó a su cargo, el principal consuelo terrenal de la buena señora consistía en ver a su pastor ritual, ya de propósito deliberado, ya por casualidad, y sentir confortada el alma con una palabra que respirase las verdades consoladoras del Evangelio, y que saliendo de aquellos labios reverenciados, penetrase en su pobre pero atento oído. Mas en la presente ocasión, al querer el Reverendo Sr. Dimmesdale abrir los labios, no le fue posible recordar un solo texto de las Sagradas Escrituras, y lo único que pudo decir fue algo breve, enérgico que según le pareció a él mismo entonces, venía a ser un argumento irrefutable contra la inmortalidad del alma. La simple insinuación de semejante idea habría hecho probablemente caer a tierra sin sentido a esta anciana señora, como por efecto de una infusión de veneno intensamente mortífero. Lo que el ministro dijo en realidad, no pudo recordarlo nunca. Tal vez hubo en sus palabras una cierta oscuridad que impidió a la buena viuda comprender exactamente la idea que Dimmesdale quiso expresar, o quizá ella las interpretó allá a su manera. Lo cierto es, que cuando el ministro volvió la mirada hacia atrás, notó en el rostro de la santa mujer una expresión de éxtasis y divina gratitud, como si estuviera iluminado por los resplandores de la ciudad divina.

Aun referiremos un tercer ejemplo. Después de separarse de la anciana viuda, encontró a la más joven de sus feligreses. Era una tierna doncella a quien el sermón predicado por el Reverendo Sr. Dimmesdale, el día después de la noche pasada en vela en el tablado, había hecho trocar los goces transitorios del mundo por la esperanza celestial que iría ganando brillantez a medida que las sombras de la existencia fueran aumentando, y que finalmente convertiría las tinieblas potreras en oleadas de luz gloriosas. Era tan pura y tan bella como un lirio que hubiese florecido en el Paraíso. El ministro sabía perfectamente que su imagen se hallaba venerada en el santuario inmaculado del corazón de la doncella, que mezclaba su entusiasmo religioso con el dulce fuego del amor, y comunicaba al amor toda la pureza de la religión. De seguro que el enemigo del género humano había apartado aquel día a la joven doncella del lado de su madre, para ponerla al paso de este hombre que podemos llamar perdido y desesperanzado. A medida que la joven se iba acercando al ministro, el maligno espíritu le murmuró a éste en el oído que condensara en la forma mas breve, y vertiera en el tierno corazón de la virgen, un germen de maldad que pronto produciría negras flores y frutos aún mas negros. Era tal la convicción de su influencia sobre esta alma virginal, que de este modo a él se confiaba, que el ministro sabía muy bien que le era dado sola mirada perversa, o hacerle florecer en virtudes con una sola buena palabra. De consiguiente, después de sostener consigo mismo una lucha mas fuerte que las que ya había sostenido, se cubrió el rostro con el capote y apresuró el paso sin darse por entendido que la había visto, dejando a la pobre muchacha que interpretase su rudeza como quisiera. El escudriñó su conciencia, llena de pequeñas acciones inocentes, y la infeliz se reprochó mil faltas imaginarias, y al día siguiente estuvo desempeñando sus quehaceres domésticos toda cabizbaja y con ojos llorosos.

Antes que el ministro hubiera tenido tiempo de celebrar su victoria sobre esta última tentación, experimentó otro impulso, no ya ridículo, sino casi horrible. Era, nos avergonzamos de decirlo, nada menos que detenerse en la calle y enseñar algunas palabrotas muy malsonantes a un grupo de niños puritanos, que apenas empezaban a hablar. Habiendo resistido este impulso como completamente indigno del traje que vestía, encontró a un marinero borracho de la tripulación del buque del Mar de las Antillas que hemos hablado; y esta vez, después de haber rechazado tan valerosamente todas las otras perversas tentaciones, el pobre Sr. Dimmesdale deseó, al fin, dar un apretón de manos a este tunante alquitranado, y recrearse con alguno de esos chistes de mala ley que tal acopio tienen los marineros, sazonado todo con una andanada de ternos y juramentos capaces de estremecer el cielo. Detuviéronle no tanto sus buenos principios, como su pudor innato y las decorosas costumbres adquirida bajo su traje de eclesiástico.

–¿Qué es lo que me persigue y me tienta de esta manera? –se preguntó el ministro a si mismo, y deteniéndose en la calle y golpeándose la frente–. ¿Estoy loco por ventura, o me hallo completamente en poder del enemigo malo? ¿Hice un pacto con él en la selva y lo firmé con mi propia sangre? ¿Y me pide ahora que lo cumpla, sugiriéndome que lleve a cabo todas las iniquidades que pueda concebir su perversa imaginación?

En los momentos en que el Reverendo Sr. Dimmesdale razonaba de este modo consigo mismo, y se golpeaba la frente con la mano, se dice que la anciana Sra. Hibbins, la dama reputada por hechicera, pasaba por allí vestida con rico traje de terciopelo, fantásticamente peinada, y con un hermoso cuello de lechuguilla, todo lo cual le daba una apariencia de persona de muchas campanillas. Como si la hechicera hubiese leído los pensamientos del ministro, se detuvo ante él, fijó las miradas astutamente en su rostro, sonrió con malicia, y, aunque no muy dada a hablar con gente de la iglesia, tuvo con el él siguiente dialogo:

–De modo, Reverendo Señor, que habéis hecho una visita a la selva –observó la hechicera inclinando su gran peinado hacia el ministro–. La próxima vez que vayáis, os ruego me lo aviséis en tiempo, y me consideraré muy honrada en acompañaros. Sin querer exagerar mi importancia, creo que una palabra mía servirápara proporcionar a cualquier caballero extraño una excelente recepción de parte de aquel potentado que sabéis.

–Os aseguro, señora –respondió el ministro con respetuoso saludo, como demandaba la alta jerarquía de la dama, y como su buena educación se lo exigía–, os aseguro, bajo mi conciencia y honor, que estoy completamente a oscuras acerca del sentido que entrañan vuestras palabras. No he ido a la selva a buscar a ningún potentado; ni intento hacer allí una futura visita con el fin de ganarme la protección y favor de semejante personaje. Mi único objeto fue saludar a mi piadoso amigo el apóstol Eliot, y regocijarme con él por las muchas preciosas almas que ha arrancado a la idolatría.

–¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! –exclamó la anciana bruja, inclinando siempre su alto peinado hacia el ministro–. Bien, bien: no necesitamos hablar de esto durante el día; pero a media noche, y en la selva, tendremos juntos otra conversación.

La vieja hechicera continuó su camino con su acostumbrada majestad, pero de cuando en cuando volvía atrás las miradas y se sonreía, exactamente como quien quisiera dar a entender que existía entre ella y el ministro una secreta y misteriosa intimidad.

–¿Me habré vendido yo mismo –se preguntó el ministro–, al maligno espíritu a quien, si es verdad lo que se dice, esta vieja y amarillenta bruja, vestida de terciopelo, ha escogido por en príncipe y señor?

¡Infeliz ministro! Había hecho un pacto muy parecido a ese que hablaba. Alucinado por un sueño de felicidad, había cedido, deliberadamente, como nunca lo hizo antes, a la tentación de lo que sabía que era un pecado mortal; y el veneno inficionador de ese pecado se había difundido rápidamente en todo su ser moral; adormeciendo todos sus buenos impulsos, y despertando en él todos los malos a vida animadísima. El odio, el desprecio, la malignidad sin provocación alguna, el deseo gratuito de ser perverso, de ridiculizar todo lo bueno y santo, se despertaron en él para tentarle al mismo tiempo que le llenaban de pavor. Y su encuentro con la vieja hechicera Hibbins, caso que hubiera acontecido realmente, sólo vino a mostrarle sus simpatías y su compañerismo con mortales perversos y con el mundo de perversos espíritus.

Ya para este tiempo había llegado a su morada, cerca del cementerio, y subiendo apresuradamente las escaleras se refugió en su estudio. Mucho se alegró el ministro de verse al fin en este asilo, sin haberse vendido él mismo cometiendo una de esas extrañas y malignas excentricidades, a que había estado continuamente expuesto, mientras atravesaba las calles de la población. Entró en su cuarto, y dio una mirada alrededor examinando los libros, las ventanas, la chimenea para el fuego, y los tapices, experimentando la misma sensación de extrañeza que le había acosado durante el trayecto desde la selva a la ciudad. En esta habitación había estudiado y escrito: aquí había ayunado y pasado las noches en vela, hasta quedar casi medio muerto de fatiga y debilidad; aquí se había esforzado en orar; aquí había padecido mil y mil tormentos y agonías. Allí estaba su Biblia, en el antiguo y rico hebreo, con Moisés y los Profetas que le hablaban constantemente, y resonando en toda ella la voz de Dios. Allí, sobre la mesa, con la pluma al lado había un sermón por terminar, con una frase incompleta tal como la dejó cuando salió a hacer su visita dos días antes. Sabía que él era el mismo, el ministro delgado de pálidas mejillas que había hecho y sufrido todas estas cosas, y tenía ya muy adelantado su sermón de la elección. Pero parecía como si estuviera aparte contemplando su antiguo ser con cierta curiosidad desdeñosa, compasiva y semi envidiosa. Aquel antiguo ser había desaparecido, y otro hombre había regresado de la selva: más sabio, dotado de un conocimiento ocultos misterios que la sencillez del primero nunca pudo haber conseguido. ¡Amargo conocimiento por cierto!

Mientras se hallaba ocupado en estas reflexiones, resonó un golpecito en la puerta del estudio, y el ministro dijo: Entrad no sin cierto temor que pudiera ser un espíritu maligno. ¡Y así fue! Era el anciano Rogerio Chillingworth. El ministro se puso de pie, pálido y mudo, con una mano en las Sagradas Escrituras y la otra sobre el pecho.

–¡Bienvenido, Reverendo Señor! –dijo el médico–. ¿Y cómo habéis hallado a ese santo varón, el apóstol Eliot? Pero me parece, mi querido señor, que estáis pálido; como si el viaje a través de las selvas hubiera sido muy penoso. ¿No necesitáis de mi auxilio para fortaleceros algo, cosa que podáis predicar el sermón de la elección?

–No, creo que no –replicó el Reverendo Sr. Dimmesdale–. Mi viaje, y la vista del santo apóstol, y el aire libre y puro que allí he respirado, después de tan largo encierro en mi estudio, me han hecho mucho bien. Creo que no tendré más necesidad de vuestras drogas, mi benévolo médico, a pesar de lo buenas que son y de estar administradas por una mano amiga.

Durante todo este tiempo el anciano Rogerio había estado contemplando al ministro con la mirada grave y fija de un médico para con su paciente; pero a pesar de estas apariencias, el ministro estaba casi convencido que Chillingworth sabía, o por lo menos sospechaba, su entrevista con Ester. El médico conocía, pues, que para su enfermo él no era ya un amigo íntimo y leal, sino su mas encarnizado enemigo; de consiguiente, era natural que una parte de esos sentimientos tomara forma visible. Es sin embargo singular el hecho que a veces transcurra tanto tiempo antes de que ciertos pensamientos se expresen por medio de palabras, y así vemos con cuanta seguridad dos personas, que no desean tratar el asunto que mas a pecho tienen, se acercan hasta sus mismos limites y se retiran sin tocarlo. Por esta razón, el ministro no temía que el médico tratara de un modo claro y distinto la posición verdadera en que mutuamente se encontraban uno y otro. Sin embargo, el anciano Rogerio, con su manera tenebrosa de costumbre, se acercó considerablemente al particular del secreto.

–¿No será mejor –dijo– que os sirvierais esta noche de mi poca habilidad? Realmente, mi querido señor, tenemos que esmeramos y hacer todo lo posible para que estéis fuerte y vigoroso el día del sermón de la elección. El público espera grandes cosas de vos, temiendo que al llegar otro año ya su pastor haya partido.

–Sí, a otro mundo –replicó el ministro con piadosa resignación–. Concédame el cielo que sea a un mundo mejor, porque, en verdad, apenas creo que podré permanecer entre mis feligreses las rápidas estaciones de otro año. Y en cuanto a vuestras medicinas, buen señor, en el estado actual de mi cuerpo, no les necesito.

–Mucho me alegro de oírlo –respondió el médico–. Pudiera ser que mis remedios, administrados tanto tiempo en vano, empezaran ahora a surtir efecto. Por feliz me tendría si así fuere, pues merecería la gratitud de la Nueva Inglaterra, si pudiese efectuar tal cura.

–Os doy las gracias con todo mi corazón, vigilante amigo –dijo el Reverendo Sr. Dimmesdale con una solemne sonrisa–. Os doy las gracias, y sólo podré pagar con mis oraciones vuestros buenos servicios.

–Las preces de un hombre bueno son la más valiosa recompensa –contestó el anciano médico al despedirse–. Son las monedas de oro corriente en la Nueva Jerusalén, con el busto del Rey grabado en ellas.

Cuando estuvo solo, el ministro llamó a un sirviente de la casa y le pidió algo de comer, lo que traído que fue, puede decirse que despachó con voraz apetito; y arrojando a las llamas lo que ya tenía escrito de su sermón, empezó acto continuo a escribir otro, con tal afluencia de pensamientos y de emoción que se creyó verdaderamente inspirado, admirándose sólo de que el cielo quisiera transmitir la grande y solemne música de sus oráculos por un conducto tan indigno como él se consideraba. Dejando, sin embargo, que ese misterio se resolviese por sí mismo, o permaneciera eternamente sin resolverse, continuó su labor con empeño y entusiasmo. Y así se pasó la noche hasta que apareció la mañana, arrojando un rayo dorado en el estudio, donde sorprendió al ministro, pluma en mano, con innumerables páginas escritas y esparcidas por donde quiera.


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