La letra escarlata, novela (capítulo 19) de Nathaniel Hawthorne


XIX. LA NIÑA JUNTO AL ARROYUELO

Nathaniel Hawthorne

–Tú la amarás tiernamente –repitió Ester mientras en unión de Dimmesdale contemplaban a Perla–. ¿No la encuentras bella? Y mira con qué arte tan natural ha convertido en adorno esas flores tan sencillas. Si hubiera recogido perlas, y diamantes, y rubíes en el bosque, no le sentarían mejor. ¡Es una niña espléndida! Pero bien sé a qué frente se parece la suya.

–¿Sabes tú, Ester –dijo Arturo Dimmesdale con inquieta sonrisa–, que esta querida niña, que va siempre dando saltitos a tu lado, me ha producido mas de una alarma? Me parecía… ¡Oh Ester!… ¡Qué pensamiento es ese, y qué terrible la idea!… Me parecía que los rasgos de mis facciones se reproducían en parte en su rostro, y que todo el mundo podría reconocerlas. ¡Tal es su semejanza! ¡Pero mas que todo es tu imagen!

–No, no es así –respondió la madre con una tierna sonrisa–. Espera algún tiempo, no mucho, y no necesitarás asustarte ante la idea que se vea de quien es hija. ¡Pero qué singularmente bella parece con esas flores silvestres con que se ha adornado el cabello! Se diría que una de las hadas que hemos dejado en nuestra querida Inglaterra la ha ataviado para que nos salga al encuentro.

Con un sentimiento que jamas hasta entonces ninguno de los dos había experimentado, contemplaban la lenta marcha de Perla. En ella era visible el lazo que los unía. En estos siete años que habían transcurrido, fue la niña para el mundo un jeroglífico viviente en que se revelaba el secreto que ellos de tal modo trataron de ocultar: en este símbolo estaba todo escrito, todo patente de un modo sencillo, de haber existido un profeta o un hábil mago capaces de interpretar sus caracteres de fuego. Sea cual fuere el mal pasado, ¿cómo podrían dudar que sus vidas terrenales y sus futuros destinos estaban entrelazados, cuando veían ante sí tanto la unión material como la idea espiritual en que ambos se confundían, y en que habían de morar juntos inmortalmente? Pensamientos de esta naturaleza, y quizá otros que no se confesaban o no describían, revistieron a la niña de una especie de misteriosa solemnidad a medida que se adelantaba.

–Que no vea nada extraño, nada apasionado, ni ansiedad alguna en tu manera de recibirla y dirigirte a ella –le dijo Ester al ministro en voz baja–. Nuestra Perla es a veces como un duende fantástico y caprichoso. Especialmente no puede tolerar las fuertes emociones, cuando no comprende plenamente la causa ni el objeto de las mismas. Pero la niña es capaz de afectos intensos. Me ama y te amará.

–Tú no tienes una idea –dijo el ministro mirando de soslayo a Ester–, de lo que temo esta entrevista, y al mismo tiempo cuánto la anhelo. Pero la verdad es, como ya te he dicho, que no me gano fácilmente la voluntad de los niños. No se me suben a las rodillas, no me charlan al oído, no responden a mi sonrisa; sino que permanecen alejados de mí y me miran de una manera extraña. Aun los recién nacidos lloran fuertemente cuando los tomo en brazos. Sin embargo, Perla ha sido cariñosa para conmigo dos veces en su vida. La primera vez… ¡bien sabes cuando fue! La última, cuando la llevaste contigo a la casa del severo y anciano Gobernador.

–Y cuando tú abogaste tan valerosamente en favor de ella y mío –respondió la madre–. Lo recuerdo perfectamente, y también deberá recordarlo Perla. No temas nada! Al principio podrá parecerte singular y hasta huraña, pero pronto aprenderá a amarte.

Ya Perla había llegado a la orilla del arroyuelo, y allí se quedó contemplando silenciosamente a Ester y al ministro, que permanecían sentados juntos en su tronco musgoso del viejo árbol, esperando que viniese. Precisamente donde la niña se había detenido, el arroyuelo formaba un charco tan liso y tranquilo que reflejaba una imagen perfecta de su cuerpecito, con toda la pintoresca brillantez de su belleza, que su cual manera en que Perla permanecía allí, mirándoles fijamente a través de la semi oscuridad de la selva, era realmente extraña; iluminada ella, sin embargo, por un rayo de sol atraído allí por cierta oculta simpatía. Ester misma se sentía de un modo vago y misterioso como alejada de su hija; como si ésta, en su paseo solitario por la selva, se hubiera apartado por completo de esfera en que tanto ella como su madre habitaban juntas, y estuviese ahora tratando de regresar, aunque en vano, al perdido hogar.

Y en esta sensación había a la vez verdad y error: hija y madre se sentían ahora mutuamente extrañas, pero por culpa de Ester, no de Perla. Mientras la niña se paseaba solitariamente, otro ser había sido admitido en la esfera de los sentimientos de la madre, modificando de tal modo el aspecto de las cosas, que Perla, al regresar de su paseo, no pudo hallar su acostumbrado puesto y apenas reconoció a su madre.

–Una singular idea se ha apoderado de mí, dijo el enfermizo ministro. Se me figura que este arroyuelo forma el limite entre dos mundos, y que nunca mas has de encontrar a tu Perla. ¿O acaso es ella una especie de duende o espíritu encantado a los que, como nos decían en los cuentos de nuestra infancia, les está prohibido cruzar una corriente de agua? Te ruego que te apresures, porque esta demora ya me ha puesto los nervios en conmoción.

–Ven, querida niña –dijo Ester animándola y extendiéndole los brazos hacia ella–. ¡Ven: qué lenta eres! ¿Cuándo, antes de ahora, te has mostrado tan floja? Aquí está un amigo mío que también quiere ser tu amigo. En adelante tendrís dos veces tanto amor como el que tu madre sola puede darte. Salta sobre el arroyuelo y ven hacia nosotros. Tú puedes saltar como un corzo.

Perla, sin responder de ningún modo a estas melosas expresiones, permaneció al otro lado del arroyuelo, fijando los brillantes ojos ya en su madre, ya en el ministro, o incluyendo a veces a entrambos en la misma mirada, como si quisiera descubrir y explicarse lo que había de común entre los dos. Debido a inexplicable motivo, al sentir Arturo Dimmesdale que las miradas de la niña se clavaban en él, se llevó la mano al corazón con el gesto que le era tan habitual y que se había convertido en acción involuntaria. Al fin, tomando cierto aspecto singular de autoridad, Perla extendió la mano señalando con el dedo índice evidentemente el pecho de su madre. Y debajo, en el cristal del arroyuelo, se veía la imagen brillante y llena de flores de Perla, señalando también con su dedito.

–Niña singular, ¿por qué no vienes donde estoy? –exclamó Ester.

Perla tenía extendido aun el dedo índice, y frunció el entrecejo, lo que le comunicaba una significación mas notable, atendida las facciones infantiles que tal aspecto tomaban. Como su madre continuaba llamándola, lleno el rostro de inusitadas sonrisas, la niña golpeó la tierra con el pie con gestos y miradas aun más imperiosos, que también reflejó el arroyuelo, así como el dedo extendido y el gesto imperioso de la niña.

Apresúrate, Perla, o me incomodaré –gritó Ester, quien, acostumbrada a semejante modo den proceder de parte de su hija en otras ocasiones, deseaba, como era natural, un comportamiento algo mejor en las circunstancias actuales–. ¡Salta el arroyuelo, traviesa niña, y corre hacia aquí: de lo contrario yo iré a donde tú estás!

Pero Perla no hizo caso de las amenazas de su madre, como no lo había hecho de sus palabras afectuosas, sino que rompió en un arrebato de cólera, gesticulando violentamente y agitando su cuerpecito con las mas extravagantes contorsiones, acompañando esta explosión de ira de agudos gritos que repercutió la selva por todas partes; de modo que a pesar de lo sola que estaba en su infantil e incomprensible furor, parecía que una oculta multitud la acompañaba y hasta la alentaba en sus acciones. Y en el agua del arroyuelo se reflejó una vez mas la colérica imagen de Perla, coronada de flores, golpeando el suelo con el pie, gesticulando violentamente y apuntando con el dedo índice al seno de Ester.

–Ya sé lo que quiere esta niña –murmuró Ester al ministro, y palideciendo, a pesar de un gran esfuerzo para ocultar su disgusto y su mortificación, dijo–: los niños no permiten el más leve cambio en el aspecto acostumbrado de las cosas que tienen diariamente a la vista. Perla echa de menos algo que siempre me ha visto llevar.

–Si tienes algún medio de apaciguar a la niña –le dijo el ministro–, te ruego que lo hagas inmediatamente. Excepto el furor de una vieja hechicera, como la Sra. Hibbins, agregó tratando de sonreír, nada hay que me asuste tanto como un arrebato de cólera cual éste en un niño. En la tierna belleza de Perla, así como en las arrugas de la vieja hechicera, tiene ese arrebato algo de sobrenatural. Apacíguala, si me amas.

Ester se dirigió de nuevo a Perla, con el rostro encendido, dando una mirada de soslayo al ministro, y exhalando luego un hondo suspiro; y aun antes de haber tenido tiempo de hablar, el color de sus mejillas se convirtió en mortal palidez.

–Perla –dijo con tristeza–, mira a tus pies… Ahí frente a ti… al otro lado del arroyuelo.

La niña dirigió las miradas al punto indicado, y allí vio la letra escarlata, tan cerca de la orilla de la corriente, que el bordado de oro se reflejaba en el agua.

–Tráela aquí –dijo Ester.

–Ven tú a buscarla –respondió Perla.

–¡Jamás se habrá visto niña igual! –observó Ester aparte al ministro–. ¡Oh! Te tengo que decir mucho acerca de ella. Pero a la verdad, en el asunto de este odioso símbolo, tiene razón. Debo sufrir este tormento todavía algún tiempo, unos cuantos días más, hasta que hayamos dejado esta región y la miremos como un país con que hemos soñado. La selva no puede ocultarla. ¡El océano recibirá la letra de mis manos y la tragará para siempre!

Diciendo esto se adelantó a la margen del arroyuelo, recogió la letra escarlata y la fijó de nuevo en el pecho. Un momento antes, cuando Ester habló de arrojarla al seno del océano, había en ella un sentimiento de fundada esperanza; al recibir de nuevo este símbolo mortífero de la mano del destino, experimentó la sensación de una sentencia irrevocable que ella pesaba. La había arrojado espacio infinito, había respirado una hora el aire de la libertad, y de nuevo estaba aquí la letra escarlata con todo su suplicio, brillando en el lugar acostumbrado. De la misma manera una mala acción se reviste siempre del carácter de ineludible destino. Ester recogió inmediatamente las espesas trenzas de sus cabellos y las ocultó bajo su gorra. Y como si hubiera un maleficio en la triste letra, desapareció su hermosura y todo lo que en ella había de femenino, a manera de rayo de sol que se desvanece, y como si una sombra se hubiera extendido sobre todo su ser.

Efectuado el terrible cambio, extendió la mano a Perla.

–¿Conoces ahora a tu madre, niña? –le preguntó con acento de reproche, aunque en un tono moderado–. ¿Quieres atravesar el arroyo, y venir a donde está tu madre, ahora que se ha puesto de nuevo su ignominia, ahora que está triste?

–Sí, ahora quiero –respondió la niña atravesando el arroyuelo, y estrechando a su madre contra su pecho–. Ahora eres realmente mi madre, y yo soy tu Perlita.

Y con una ternura que no era común en ella, atrajo hacia sí la cabeza de su madre y la besó en la frente y en las mejillas. Pero entonces, por una especie de necesidad que siempre la impulsaba a mezclar en el contento que proporcionaba una parte de dolor, Perla besó también la letra escarlata.

–Eso no es bueno –dijo Ester–, cuando me has demostrado un poco de amor, te mofas de mí.

–¿Por qué está sentado el ministro allí? –preguntó Perla.

–Te está esperando para saludarte –replicó su madre–. Ve y pídele su bendición. El te ama, Perlita mía, y también ama a tu madre. ¿No lo amarás tú igualmente? Ve: él desea acariciarte.

–¿Nos ama realmente? –dijo Perla mirando a su madre con expresión de viva inteligencia–. ¿Irá con nosotros, dándonos la mano, y entraremos los tres juntos en la población?

–Ahora no, mi querida hija –respondió Ester–. Pero dentro de algunos días iremos juntos de la mano, y tendremos un hogar y una casa nuestra, y te sentarás sobre sus rodillas, y te enseñará muchas cosas y te amará muy tiernamente. Tú también lo amarás, ¿no es verdad?

–¿Y conservará siempre la mano sobre el corazón?

–¿Qué pregunta es esa, locuela? –exclamó la madre–: ven y pídele su bendición.

Pero sea que influyeran en ella los celos que parecen instintivos en todos los niños mimados, en presencia de un rival peligroso, o que fuese un capricho de su naturaleza singular, Perla no quiso dar muestras de afecto alguno a Arturo Dimmesdale. Solamente, y a la fuerza, la llevó su madre hacia el ministro, y eso quedándose atrás y manifestando su mala gana con raros visajes, de los cuales, desde su mas tierna infancia, poseía numerosa variedad, pudiendo transformar su móvil fisonomía de diversas maneras, y siempre con una expresión mas o menos perversa. El ministro, penosamente desconcertado, pero con la esperanza que un beso podría ser una especie de talismán que le ganara la buena voluntad de la niña, se inclinó hacia ella y la besó en la frente. Inmediatamente Perla logró desasirse de las manos de su madre, y corriendo hacia el arroyuelo, se detuvo en la orilla y se lavó la frente en sus aguas, hasta que creyó borrado completamente el beso recibido de mala gana. Después permaneció un lado contemplando en silencio a Ester y al ministro, mientras éstos conversaban juntos y hacían los arreglos sugeridos por su nueva posición y por los propósitos que pronto habían de realizar.

Y ahora esta fatídica entrevista quedó terminada. Aquel lugar donde se encontraban, permanecería abandonado en su soledad entre los sombríos y antiguos árboles de la selva que, con sus numerosas lenguas, susurrarían largamente lo que allí había pasado, sin que ningún mortal fuera por eso más cuerdo. Y el melancólico arroyuelo agregaría esta nueva historia a los misteriosos cuentos que ya conocía, y contmuaría su antiguo murmullo, no por cierto mas alegre de lo que había sido durante siglos y siglos.


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