La letra escarlata, novela (capítulo 18) de Nathaniel Hawthorne


XVIII. UN TORRENTE DE LUZ

Nathaniel Hawthorne

Arturo Dimmesdale fijó los ojos en Ester con miradas en que la esperanza y la alegría brillaban, seguramente, si bien mezcladas con cierto miedo y una especie de horror, ante la intrepidez con que ella había expresado lo que él vagamente indicó y no se atrevió a decir.

Pero Ester Prynne, con un espíritu lleno de innato valor y actividad, y por largo tiempo no sólo segregada, sino desterrada de la sociedad, se había acostumbrado a una libertad de especulación completamente extraña a la manera de ser del eclesiástico. Sin guía ni regla de ninguna clase había estado vagando en una especie de desierto espiritual; tan vasto, tan intrincado, tan sombrío y selvático como aquel bosque en que estaban ahora sosteniendo un dialogo que iba a decidir del destino de ambos. El corazón y la inteligencia de Ester puede decirse que se hallaban en su elemento en los lugares desiertos que ella recorría con tanta libertad como los indios salvajes sus bosques. Durante años había contemplado las instituciones humanas, y todo lo establecido por la religión o las leyes, desde un punto de vida que le era peculiar; criticándolo todo con tan poca reverencia como la que experimentaría el indio de las selvas por la toga judicial, la picota, el cadalso, o la iglesia. Tanto su destino como los acontecimientos de su vida habían tendido a hacer libre su espíritu. La letra escarlata era su pasaporte para entrar en regiones a que otras mujeres no osaban acercarse. La Vergüenza, la Desesperación, la Soledad: tales habían sido sus maestras; rudas y severas pero que la habían hecho fuerte, aunque induciéndola al error.

El ministro, por el contrario, nunca había pasado por una experiencia tal que le condujera a poner en tela de juicio las leyes generalmente aceptadas; bien que en una sola ocasión hubiera quebrantado una de las más sagradas. Pero esto había sido un pecado cometido por la pasión, no las consecuencias de principios determinados, ni siquiera de un propósito. Desde aquella malhadada época, había observado con mórbido celo y minuciosidad, no sus acciones, porque éstas eran fáciles de arreglar, sino cada emoción por leve que fuera, y hasta cada pensamiento. Hallándose a la cabeza del sistema social, como lo estaba el eclesiástico en aquella época, se encontraba por esa misma causa mas encadenado por sus reglas, sus principios y aún sus prevenciones injustas. Como ministro del altar que era, el mecanismo del sistema de la institución lo comprimía inevitablemente. Como hombre que había cometido una falta una vez, pero que conservaba su conciencia viva y penosamente sensible, merced al roce constante de una herida que no se había cicatrizado, podía suponérsele mas a salvo de pecar de nuevo que si nunca hubiese delinquido.

Así nos parece observar que, en cuanto a Ester, los siete años de ignominia y destierro social habían sido solo una preparación para esta hora. Pero, ¿y Arturo Dimmesdale? Si este hombre delinquiera de nuevo, ¿qué excusa podría presentarse para atenuar su crimen? Ninguna, a menos que le valiera de algo decir que sus fuerzas estaban quebrantadas en virtud de largos e intensos padecimientos; que su espíritu estaba oscurecido y confuso por el remordimiento que lo corroía; que entre la alternativa de huir como un criminal confeso o permanecer siendo un hipócrita, será difícil hallar la decisión mas justa; que está en la naturaleza humana evitar el peligro de muerte e infamia y las sutiles maquinaciones de un enemigo; y, finalmente, que este pobre peregrino, débil, enfermo, infeliz, vio brillar inesperadamente, en su senda desierta y sombría, un rayo de afecto humano y de simpatía, una nueva vida, llena de sinceridad, en cambio de la triste y pesada vida de expiación que estaba ahora llevando. Y dígase también la siguiente y amarga verdad: la brecha que el delito ha abierto una vez en el alma humana, jamas queda completamente cerrada mientras conservamos nuestra condición mortal. Tiene que vigilarse y guardarse, para que el enemigo no penetre de nuevo en la fortaleza, y escoja quizá otros medios de entrar que los empleados antes. Pero siempre está allí el muro abierto, y junto a él el enemigo artificioso que, con cautela y a hurtadillas, trata de obtener de nuevo una victoria mas completa.

La lucha, si hubo alguna, no es preciso describirla; baste decir que Dimmesdale resolvió emprender la fuga, y no solo.

–Si en todos estos siete años pasados –pensó–, pudiera yo recordar un solo momento de paz o de esperanza, aún lo soportaría todo confiando en la clemencia del Cielo; pero puesto que estoy irremediablemente condenado, ¿por qué no gozar del solaz concedido al sentenciado antes de su ejecución? O si este sendero, como Ester trata de persuadirme, es el que conduce a una vida mejor, ¿por qué no seguirlo? Ni puedo vivir por mas tiempo sin la compañía de Ester, cuya fuerza para sostenerme es tan vigorosa, así como lo es también su poder para calmar las angustias de mi alma. Oh tú a quien no me atrevo a levantar las miradast ¿Me perdonarás?

–Tú partirás –dijo Ester con reposado acento al encontrar las miradas de Dimmesdale.

Una vez tomada la decisión, el brillo de una extraña alegría esparció su vacilante esplendor sobre el rostro inquieto del ministro. Fue el efecto animador que experimenta un prisionero, que precisamente acababa de librarse del calabozo de su propio corazón, al respirar la libre y borrascosa atmósfera de una región selvática, sin leyes y sin freno de ninguna especie. Su espíritu se elevó, como de un golpe, a alturas mas excelsas de las que le fue dado alcanzar durante todos los años que el infortunio le había mantenido clavado en la tierra; y como era de un temperamento en extremo religioso, en su actual animación había inevitablemente algo espiritual.

–¿Siento de nuevo la alegría? –se preguntaba, sorprendido de sí mismo–. Creía que el germen de todo contento había muerto en mí. ¡Oh Ester, tú eres mi ángel bueno! Me parece que me arrojé, enfermo, contaminado por la culpa, abatido por el dolor, sobre estas hojas de la selva, y que me he levantado otro hombre completamente nuevo, y con nuevas fuerzas para glorificar a Aquel que ha sido tan misericordioso. Esta es ya una vida mejor. ¿Por qué no nos hemos encontrado antes?

–No miremos hacia atrás –respondió Ester–, lo pasado es pasado: ¿para qué detenemos ahora en él? ¡Mira! Con este símbolo deshago todo lo hecho y procedo como si nunca hubiera existido.

Y diciendo esto, desabrochó los corchetes que aseguraban la letra escarlata, y arrancándola de su pecho la arrojó a una gran distancia entre las hojas secas. El símbolo místico cayó en la misma orilla del arroyuelo, y a poco mas lo habría hecho en el agua que le hubiera arrastrado en su melancólica corriente, agregando un nuevo dolor a la historia que constantemente estaba refiriendo en sus murmullos. Pero allí quedó la letra bordada brillando como una joya perdida que algún malhadado viajero podría recoger, para verse después perseguido, quizá por extraños sueños de crimen, abatimiento del corazón e infortunio sin igual.

Una vez arrojada la insignia fatal, dio Ester un largo y profundo suspiro con el que su espíritu se libro de la vergüenza y angustia que la habían oprimido. ¡Oh exquisito alivio! No había conocido su verdadero peso hasta que se sintió libre de él. Movida de otro impulso, se quitó la gorra que aprisionaba sus cabellos, que cayeron sobre sus espaldas, ricos, negros, con una mezcla de luz y sombra en su abundancia, comunicándole al rostro todo el encanto de una suave expresión. Jugueteaba en los labios y brillaba en los ojos una tierna y radiante sonrisa, que parecía tener su origen en su femenino corazón. Las mejillas, tan pálidas hasta entonces, se veían animadas de rosado color. Su sexo, su juventud, y toda la riqueza de su hermosura se diría que habían surgido de nuevo de lo que se llama el pasado irrevocable, y se agrupaban en torno de ella con su esperanza virginal y una felicidad hasta entonces desconocida, y todo dentro del mágico círculo de esta hora. Y como si la oscuridad y tristeza de la tierra y del firmamento solo hubieran sido el reflejo de lo que pasaba en el corazón de estos dos mortales, se desvanecieron también con su dolor. De pronto, como con repentina sonrisa del cielo, el sol hizo una especie de irrupción en la tenebrosa selva, derramando un torrente de esplendor, alegrando cada hoja verde, convirtiendo las amarillentas en doradas, y brillando entre los negruzcos troncos de los solemnes árboles. Los objetos, que hasta entonces habían esparcido solamente sombras, eran ahora cuerpos luminosos. El curso del arroyuelo podría trazarse, merced a su alegre murmullo, hasta allí a lo lejos en el misterioso centro de aquella selva que se había convertido en testigo de una alegría aún mas misteriosa.

Tal fue la simpatía de la Naturaleza con la felicidad de estos dos espíritus. El amor, ya brote por vez primera, o surja de cenizas casi apagadas, siempre tiene que crear un rayo de sol que llena el corazón de esplendores tales, que se esparcen en todo el mundo interior. Si la selva hubiera conservado aun su triste oscuridad, habría parecido sin embargo brillante a los ojos de Ester, y brillante igualmente a los de Arturo Dimmesdale.

Ester le dirigió una mirada llena de la luz de una nueva alegría.
–¡Tienes que conocer a Perla –le dijo–, nuestra Perlita! Tú la has visto, sí, yo lo sé, pero la verás ahora con otros ojos. Es una niña singular. Apenas la comprendo. Pero tú la amarás tiernamente, como yo, y me aconsejarís acerca del modo de manejarla.

–¿Crees que la niña se alegrará de conocerme? –preguntó el ministro visiblemente inquieto–. Siempre me he alejado de los niños, porque con frecuencia demuestran cierta desconfianza, una especie de encogimiento en entrar en relaciones familiares conmigo. ¡Yo he temido siempre a Perla!

–Eso era triste –respondió la madre–, pero ella te amará tiernamente y tú la amarás también. No se encuentra muy lejos. Voy a llamarla. ¡Perla! ¡Perla!

–Desde aquí la veo, observó el ministro. Allí está, en medio de la luz del sol, al otro lado del arroyuelo. ¿De modo que crees que la niña me amará?

Ester sonrió y llamó de nuevo a Perla que estaba visible a cierta distancia, como el ministro había dicho, y semejaba una brillante visión iluminada por un rayo de sol que caía sobre ella a través de las ramas de los árboles. El rayo se agitaba de un lado a otro, haciendo que la niña pareciera mas o menos confusa, ya como una criatura humana, ora como una especie de espíritu, a medida que el esplendor desaparecía y retomaba. Oyó la voz de su madre, y se dirigió a ella cruzando lentamente la selva.

Perla no había hallado largo ni fastidioso el tiempo, mientras su madre y el ministro estuvieron hablando. La gran selva, que tan sombría y severa se presentaba a los que allí traían la culpa y las angustias del mundo, se convirtió en compañera de los juegos de esta solitaria niña. Se diría que, para divertirla, había adoptado las maneras mas cautivadoras y halagüeñas: le ofreció bayas exquisitas de rojizo color, que la niña recogió, deleitándose con su agreste sabor. Los pequeños moradores de aquella soledad apenas se apartaban del camino de la niña. Cierto es que una perdiz, seguida de diez perdigones, se adelantó hacia ella con aire amenazador, pero pronto se arrepintió de su fiereza y se volvió tranquila al lado de su tierna prole, como diciéndoles que no tuvieran temor. Un pichón de paloma, que estaba solo en una rama baja, permitió a Perla que se le acercase, y emitió un sonido que lo mismo podía ser un saludo que un grito de alarma. Una ardilla, desde lo alto del árbol en que tenía su morada, charlaba en son de cólera o de alegría, porque una ardilla es un animalito tan colérico y caprichoso que es muy dificil saber si está iracundo o de buen humor, y le arrojó una nuez a la cabeza. Una zorra, a la que sobresaltó el ruido ligero de los pasos de la niña sobre las hojas, miró con curiosidad a Perla como dudando qué será mejor, sí alejarse de allí, o continuar su siesta como antes. Se dice que un lobo, pero aquí ya la historia ha degenerado en lo improbable, se acercó a Perla, olfateó el vestido de la niña e inclinó la feroz cabeza para que se la acariciara con su manecita. Sin embargo, lo que parece ser la verdad es que la selva, y todas estas silvestres criaturas a que daba sustento, reconocieron en aquella niña un ser humano de una naturaleza tan libre como la de ellas mismas.

También la niña desplegaba aquí un carácter más suave y dulce que en las calles herbosas de la población, o en la morada de su madre. Las flores parecían conocerla, y en un susurro le iban diciendo cuando cerca de ellas pasaba: Adórnate conmigo, linda niña, adórnate conmigo, y para darles gusto, Perla cogió violetas, y anémonas, y colombinas, y algunos ramos verdes, y se adornó los cabellos, y se rodeó la cintura, convirtiéndose en una ninfa infantil, en una tierna dríada, o en algo que armonizaba con el antiguo bosque. De tal manera se había adornado cuando oyó voz de ala madre y se dirigía a ella lentamente.

Lentamente, sí, porque había visto al ministro.


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