La letra escarlata, novela (introducción [3]) de Nathaniel Hawthorne

14/06/2012


LA ADUANA [3]

INTRODUCCIÓN A LA LETRA ESCARLATA

Nathaniel Hawthorne
La mayor parte de mis subordinados pertenecía a un partido político distinto del mío. Y no fue poca fortuna para aquella venerable fraternidad, que el nuevo Inspector no fuera lo que se llama un politicastro, ni hubiera recibido su empleo en recompensa de servicios prestados en el terreno de la política. De lo contrario, al cabo de un mes de haber subido el ángel exterminador las escaleras de la Aduana, ni un solo hombre del antiguo personal de funcionarios hubiera quedado en pie. Y en remate de cuentas, no habría hecho ni más ni menos que conformarse a la costumbre establecida en casos semejantes por la política. Bien visible era que aquellos viejos lobos marinos temían que yo hiciera algo parecido; y no poca pena, mezclada con cierta risa, produjeron en mí los terrores a que dio origen mi llegada, al notar cómo aquellos rostros curtidos por medio siglo de exposición a las tempestades del mar, palidecían al ver a un individuo tan inofensivo como yo; o al percibir, cuando alguno me hablaba, el temblor de una vez que, en años ya remotos, acostumbraba resonar en la bocina del buque tan ronca y vigorosa que habría causado espanto al mismísimo Boreal. Muy bien sabían aquellos excelentes ancianos que, según las prácticas usuales, y, respecto de algunos de ellos en razón de su falta de aptitud para los negocios, deberían haber cedido sus puestos a hombres mas jóvenes, de distinto credo político, y mas adecuados para el servicio de nuestro Gobierno. Yo también lo sabía, pero no pude resolverme a proceder de acuerdo con ese conocimiento. Por lo tanto, con grande y merecido descrédito mío y considerable detrimento de mi conciencia oficial, continuaron, durante mi época de mando arrastrándose, como quien dice, por los muelles, y subiendo y bajando las escaleras de la Aduana. Una parte del tiempo, no poca en honor de la verdad, pasaban dormidos en sus rincones acostumbrados, con las sillas reclinadas contra la pared, despertando sin embargo una o dos veces al mediodía para aburrirse mutuamente refiriéndose, por la milésima vez, su viejas historias marítimas y sus chistes o enmohecidas jocosidades que ya todos se sabían de memoria.

Me parece que no tardaron en descubrir que el nuevo jefe era hombre de buena pasta, de quien no había mucho que temer. De consiguiente, con corazones contentos y con la íntima convicción de empleados de utilidad y provecho, al menos en beneficio propio, si no en el de nuestra amada patria estos santos varones continuaron desempeñando, nominalmente, en realidad de verdad, sus varios empleos. ¡Con qué sagacidad, auxiliados por sus grandes espejuelos, dirigían una mirada al interior de las bodegas de los buques! ¡Qué gresca armaban a veces con motivo de nimiedades, mientras otras, con maravillosa estupidez, dejaban pasar por alto cosas verdaderamente dignas de toda atención! Cuando algo por el estilo acontecía, por ejemplo, cuando un carromato cargado de valiosas mercancías había sido transbordado subrepticialmente a tierra, en pleno mediodía, bajo sus mismas narices, sin que se lo olieran, era de ver entonces la energía y actividad que desplegaban, cerrando a doble llave toda las escotillas y aperturas del buque delincuente, redoblando la vigilancia, de tal modo, que en vez de recibir una reprimenda por su anterior negligencia, parecía que eran mas bien acreedores a todo elogio por su celo y sus medidas precautorias, después que el mal estaba hecho y no tenía remedio.

A no ser que las personas con quienes tenga yo algún trato, sean en extremo displicentes y desagradables, es mi costumbre, tonta si se quiere, cobrarles afecto; pues las cualidades mejores de mis compañeros, caso que las tengan, son las que comúnmente noto, y constituyen el rasgo saliente que me hace apreciar al hombre. Como la mayor parte de aquellos viejos empleados del resguardo tenían buenas cualidades, y como mi posición respecto de ellos era casi paternal y protectora, y favorable por lo tanto al desarrollo de sentimientos amistosos, pronto se granjearon todos mis cariños. En el verano, al mediodía, cuando los fuertes calores que casi hacían derretir al resto del género humano apenas si vivificaban sus soñolientos organismos, era sumamente grato oírlos charlar recostados todos en hilera, como de costumbre, contra la pared, trayendo a la memoria los chistes ya helados de pasadas generaciones que se referían, medio balbuceando, entre sonoras carcajadas. He notado que, exteriormente por lo menos, la alegría de los ancianos tiene muchos puntos de contacto con la de los niños, en cuanto que ni la inteligencia ni un profundo sentimiento humorístico entran por algo en el asunto. Tanto en el niño como en el anciano viene a ser a manera de un rayo de sol que juguetea sobre la superficie, impartiendo un aspecto luminoso y risueño, lo mismo a la rama verde del árbol, que al tronco decaído y seco. Sin embargo, en uno es un verdadero rayo de sol; en el otro, se asemeja más bien al brillo fosforescente de la madera carcomida.

Sería realmente injusto que el lector llegase a creer que todos mis excelentes viejos amigos estaban chocheando. En primer lugar, no todos eran ancianos: había, entre mis compañeros subordinados, hombres en toda la lozanía y fuerza de la edad: hábiles, inteligentes, enérgicos, y en todo y por todo superiores a la ocupación rutinaria a que los había condenado su mala estrella. Ademas, las canas de más de uno cubrían un cerebro dotado de inteligencia conservada en muy buenas condiciones. Pero respecto a la mayoría de mi cuerpo de veteranos, no cometo injusticia alguna si la califico, en lo general, de conjunto de seres fastidiosos que de su larga y variada experiencia de la vida no habían sacado nada que valiera la pena de conservarse. Se diría que, habiendo esparcido a todos los vientos los granos de oro de la sabiduría príctica que tuvieron tantas oportunidades de atesorar, habían conservado, con el mayor esmero, tan solo la inútil e inservible císcara. Hablaban con mayor interés y abundancia de corazón de lo que habían almorzado aquel día, o de la comida del anterior, o de la que harían el siguiente, que del naufragio de hace cuarenta o cincuenta años, y de todas las maravillas del mundo que habían visto aun sus ojos juveniles.

El abuelo de la Aduana, el patriarca, no sólo de este reducido grupo de empleados, sino estoy por decir que de todo el personal respetable de todas las Aduanas de los Estados Unidos, era cierto funcionario inamovible. Podría apellidársele, con toda exactitud, el hijo legítimo del sistema aduanero, nacido y criado en el regazo de esta noble institución, como que su padre, coronel de la guerra de la Independencia, y en otro tiempo Administrador de Aduana, había creado para él un destino en una época que pocos de los hombres que hoy viven pueden recordar. Cuando conocí a este empleado, tendría a cuestas sus ochenta años, poco mas o menos: con las mejillas sonrosadas; cuerpo sólido y trabado; levita azul de brillantes botones; paso vigoroso y rápido, y aspecto sano y robusto, parecía, si no joven, por lo menos una nueva creación de la Madre Naturaleza en forma de hombre, con quien ni la edad ni los achaques propios de ella, nada tenían que hacer. Su voz y su risa, que resonaban constantemente en todos los ámbitos de la Aduana adolecían de ese sacudimiento trémulo a manera cacareo de gallina tan común en la vejez: parecíase al canto de un gallo o al sonido de un clarín. Considerándole simplemente desde el punto de vista zoológico, y tal vez no había otro modo de considerarlo, era un objeto realmente interesante, al observar cuan saludable y sana era su constitución, y la aptitud que en su avanzada edad tenía para gozar de todos o de casi todos los placeres a que siempre había aspirado. La certidumbre de tener la existencia asegurada en la Aduana, viéndose exento de cuidados, y casi sin temores de ser dado de baja junto con el salario que recibía puntualmente, habían sin duda contribuido a que los años pasaran por él sin dejar ninguna huella. Sin embargo, había causas mucho mas poderosas, que consistían en la rara perfección de su naturaleza física, la moderada proporción de su inteligencia, y el papel tan reducido que desempeñaban en él las cualidades morales y espirituales, que era para decir la verdad, a duras penas bastaban para impedir que el anciano caballero imitase en la manera de andar al rey Nabucodonosor durante los años de su transformación. La fuerza de su pensamiento era nula; la facultad de experimentar afectos, ninguna; y en cuanto a sensibilidad, cero. En una palabra, en él no había sino unos cuantos instintos que, auxiliados por el humor que era el resultado inevitable de su bienestar físico, hacían las veces de corazón. Se había casado tres veces, y otras tantas había enviudado: era el padre de veinte niños, la mayor parte de los cuales había pagado, a diversas edades, el tributo común a la madre tierra. Esto es bastante para hacemos suponer que la naturaleza mas feliz, el hombre mas contento con su suerte, tenía que dar cabida a un dolor suficiente para engendrar cierto sentimiento de melancolía. ¡Nada de esto con nuestro anciano empleado! En un breve suspiro se exhalaba toda la tristeza de estos recuerdos; y al momento siguiente estaba tan dispuesto y alegre como un niño; mucho mas que el escribiente más joven de la Aduana que, a pesar de no contar sino diecinueve años de edad, era con todo un hombre mas grave y reposado que el octogenario oficial del resguardo.

Yo estudiaba y observaba a este personaje patriarcal con una curiosidad mayor que la que hasta entonces me hubiera inspirado ningún ser humano; pues era, en realidad, un raro fenómeno: tan perfecto y completo, desde un punto de vista, como superficial, ilusorio, impalpable, y absolutamente insignificante desde cualquier otro. Llegué a creer a puño cerrado que ese individuo no tenía ni alma, ni corazón, ni intelecto, ni nada, como ya he dicho, excepto instintos; y sin embargo, de tal manera estaba compaginado lo poco que en realidad había en él, que no producía una impresión penosa de deficiencia; antes al contrario, por lo que a mí hace, me daba por muy satisfecho con lo que en él había hallado. Dificil será concebir mi existencia espiritual futura, en vista de lo completamente terrenal y material que parecía; pero es lo cierto que su existencia en este mundo nuestro, suponiendo que terminara con su último aliento, no le había sido concedida bajo duras condiciones: su responsabilidad moral no era mayor que la de los seres irracionales, aunque poseyendo mayores facultades que ellos, para gozar de la vida, y viéndose exento igualmente de los achaques y tristezas de la vejez.

En un particular les era vasta, inmensamente superior: en la facultad de recordar las buenas comidas que había disfrutado y que constituían no pequeña parte de su felicidad terrenal. Era un gastrónomo consumado. Oírle hablar de un asado, bastaba ya para despertar nuestro apetito; y como nunca poseyó otras dotes superiores, ni pervirtió ni sacrificó ningún don espiritual anteponiéndolo a la satisfacción de su paladar y de su estómago, me causaba siempre gran placer oírle discurrir acerca del pescado, de la volantería, de los mariscos, y de la diversidad de carnes, espaciándose en lo referente al mejor modo de condimentarlos y servirlos en la mesa. Sus reminiscencias de una buena comida, por antigua que fuera su fecha eran tan vivas que parecía que estaba realmente aspirando el olor de un lechoncito asado o de un pavo trufado. Su paladar conservaba todavía el sabor de los manjares que había comido hacía sesenta o setenta años, como si tratara de las chuletas de carnero del almuerzo de aquel día. Recordaba con verdadero deleite, con fruición sin igual, un pedazo de lomo asado, o un pollo especial, un pavo digno de particular elogio, un pescado notable, u otro manjar cualquiera que adornó su mesa allí en los días de su primera juventud; mientras los grandes acontecimientos que había sido teatro el mundo durante los largos años de su existencia, habían pasado por él como pasa la brisa, sin dejar la menor huella. Hasta donde me ha sido dable juzgar, el acontecimiento mas trágico de su vida, fue cierto percance con un pato que dejó de existir hace treinta o cuarenta años, pato cuyo aspecto auguraba momentos deliciosos; pero que una vez en la mesa, resultó tan inveteradamente duro, que el trinchante no hizo mella alguna en él, y hubo necesidad de apelar a un hacha y a un serrucho de mano para dividirlo.

Pero es tiempo ya de terminar este retrato, aunque tendría el mayor placer en dilatarme en él indefinidamente, pues de todos los hombres que he conocido, este individuo me parece el mas a propósito para vista de Aduana. La mayoría de las personas, debido a causas que no tengo tiempo ni espacio para explicar, experimentan una especie de detrimento moral en consecuencia del género peculiar de vida de dicha profesión. El anciano funcionario era incapaz de experimentarlo; y si pudiera continuar desempeñando su empleo hasta el Fin de los siglos, seguiría siendo tan bueno como era entonces, y se sentaría a la mesa para comer con tan excelente apetito como de costumbre.

Hay aún otra figura sin la cual mi galería de retratos de empleados de la Aduana quedaría incompleta; pero que me contentaré simplemente con bosquejar, porque mis oportunidades para estudiarla no han sido muchas. Me refiero a nuestro Administrador, al bizarro y antiguo general Miller quien, después de sus brillantes servicios militares y de haber gobernado por algún tiempo uno de los incultos territorios del Oeste, había venido, hacía veinte años, a pasar en Salem el resto de su honorable y agitada vida. El valiente soldado contaba ya unos setenta años de edad, y estaba abrumado de achaques que ni aun su marcial espíritu, ni los recuerdos de sus altos hechos podían mitigar. Solo con el auxilio de un sirviente, y asiéndose de los pasamanos de hierro, podía subir lenta y dolorosamente las escaleras de la Aduana; y luego, arrastrándose con harto trabajo, llegar a su asiento de costumbre junto a la chimenea. Allí permanecía observando con sereno semblante a los que entraban y salían, en medio del rumor causado por la discusión de los negocios, la charla de la oficina, el crujir de los papeles, etc., todo lo cual parecía no influir en manera alguna en sus sentidos, ni mucho menos penetrar, perturbándola, en la esfera de sus contemplaciones. Su rostro, cuando el General se hallaba en semejante estado de quietud, era benévolo y afable. Si alguno se le acercaba en demanda de algo, iluminaba sus facciones una expresión de cortesía y de interés, que bien a las claras demostraba que aun ardía interiormente el fuego sagrado, y que sólo la corteza exterior se oponía al libre paso de su luz intelectual. Cuanto más de cerca se le trataba, tanto mas sana se revelaba su inteligencia. Cuando no se veía como forzado a hablar o a prestar atención a lo que se le decía, pues ambas operaciones le costaban evidentemente un esfuerzo, su rostro volvía a revestirse de la tranquila placidez de costumbre. Debo agregar que su aspecto no dejaba en el ánimo del que le contemplaba ninguna impresión penosa, pues nada acusaba en él la decadencia intelectual propia de la vejez. Su armazón corpórea, de suyo fuerte y maciza, no se estaba todavía desmoronando.

Bajo condiciones tan poco favorables, era dificil estudiar su verdadero carácter y definirlo, como lo será, por ejemplo, reconstruir, por medio de la imaginación, una antigua fortaleza como la de Ticonderoga, teniendo a la vista sólo sus ruinas. Aquí y allí tal vez se encuentre un paño de muralla casi completo; pero en lo general se ve únicamente una masa informe, oprimido por su mismo peso, y a lo que largos años de paz y de abandono han cubierto de hierbas y abrojos.

Sin embargo, contemplando al viejo guerrero con afecto, pues a pesar de nuestro poco trato mutuo, los sentimientos que hacia él abrigaba, como acontecía con cuantos le conocieron, no podían menos de ser afectuosos, pude discernir los rasgos principales de su carácter. Descollaban en él las nobles y heroicas cualidades que ponían de manifiesto que el nombre distinguido que disfrutaba, no lo había alcanzado por un mero capricho de la fortuna, sino con toda justicia. Su actividad no fue hija de un espíritu inquieto, sino que necesitó siempre algún motivo poderoso que le imprimiera el impulso; pero una vez, puesta en movimiento, y habiendo obstáculos que vencer, y un resultado valioso que alcanzar, no fue hombre que cediera ni fracasara. El fuego que le animó un tiempo, y que aún no estaba extinguido sino entibiado, no era de esas llamaradas que toman cuerpo rápidamente, brillan y se apagan al punto, sino una llama intensa y rojiza, como la de un hierro candente. Solidez, firmeza, y peso: tal es lo que expresaba el reposado continente del General en la época a que me refiero, aun en medio de la decadencia que prematuramente se iba enseñoreando de su naturaleza; si bien puedo imaginarme que, en circunstancias excepcionales, cuando se hallase agitado por un sentimiento vivo que despertara su energía, que sólo estaba adormecida, era capaz de despojarse de sus achaques, como un enfermo de la ropa que le cubre, y arrojando a un lado el báculo de la vejez, empuñar de nuevo el sable de batalla, y ser guerrero de otros tiempos. Y aun entonces su aspecto habría revelado calma.

Semejante exhibición de sus facultades físicas es solo para concebirse con la fantasía, y no fuera de desearse que se realizara. Lo que vi en él fueron los rasgos de una tenaz y decidida perseverancia, que en su juventud pudiera haber sido obstinación; una integridad que, como la mayor parte de sus otras cualidades, era maciza, sólida, tan poco dúctil y tan inmanejable como una tonelada de mineral de hierro y una benevolencia que, a pesar del impetuoso ardor con que al frente de sus soldados mandó las cargas a la bayoneta en Chippewa o el Fuerte Erie, era tan genuina y verdadera como la que pueda mover a cualquier filántropo de nuestro siglo. Mas de un enemigo, en el campo de batalla, perdió la vida al filo de su acero; y ciertamente que muchos quedaron allí tendidos, como en el prado la hierba segada por la guadaña, a impulsos de aquellas cargas a que su espíritu comunicó su triunfante energía. Pero de todos modos, nunca hubo en su corazón crueldad bastante para poder ni aun despojar a una mariposa del polvo brillante de sus alas. No conozco a otro hombre en cuya innata bondad tanto pudiera yo confiar.

Muchas de las cualidades características del General, especialmente las que habrían contribuido en sumo grado a que el bosquejo que voy trazando se pareciese al original, debían de haberse desvanecido o debilitado antes que yo le hubiera visto por primera vez. Sabido es que los atributos mas delicados son también los que mas pronto desaparecen; ni tiene la naturaleza por costumbre adornar las ruinas humanas con las flores de una nueva hermosura cuyas raíces yacen en las grietas y hendiduras de los escombros de donde sacan su sustento, como las que brotan en las arruinadas murallas de la fortaleza de Ticonderoga; y sin embargo, en lo que toca a gracia y belleza, había en él algo digno de atención. De vez en cuando iluminaba su rostro, de agradable manera, un rayo de buen humor socarrón; mientras que también podía notarse un ruego de elegancia y gusto delicado natural, que no siempre se ve en las almas viriles pasada la primera juventud, en el placer que causaban al General la vista y fragancia de las flores. Es de suponerse que un viejo guerrero estima, antes que todo, el sangriento laurel para sus sienes; pero aquí se daba el ejemplo de un soldado que participaba de las preferencias de una joven muchacha hacia las bellas producciones de Flora.

Allí, junto a la chimenea, acostumbraba sentarse el anciano y valiente General; mientras el Inspector, que si podía evitarlo, raras veces tomaba sobre sí la difícil tarea de entablar con él una conversación, se complacía en quedarse a cierta distancia observando aquel apacible rostro, casi en un estado de semi somnolencia. Parecía como si estuviera en otro mundo distinto del nuestro, aunque lo veíamos a unas cuantas varas de nosotros; remoto, aunque pasábamos junto a su sillón; inaccesible, aunque podríamos alargar las manos y estrechar las suyas. Era muy posible que allá, en las profundidades de sus pensamientos, viviera una vida mas real que no en medio de la atmósfera que le rodeaba en la poco adecuada oficina de un Administrador de Aduana. Las evoluciones de las maniobras militares; el tumulto y fragor de la batalla; los bélicos sonidos de antigua y heroica música oída hacía treinta años, tales eran quiza las escenas y armonías, que llenaban su espíritu y se desplegaban en su imaginación. Entre tanto, los comerciantes y los capitanes de buques, los dependientes de almacén y los rudos marineros entraban y salian: en torno suyo continuaba el mezquino ruido que producía la vida comercial y la vida le la Aduana: pero ni con los hombres, ni con los asuntos que les preocupaban, parecía que tuviera la mas remota relación. Allí, en la Aduana, estaba tan fuera de su lugar, como una antigua espada, ya enmohecida, después de haber fulgurado en cien combates, pero conservando aun algún brillo en la hoja, lo estará en medio de las plumas, tinteros, pisapapeles y reglas de caoba del bufete de uno de los empleados subalternos.

Había especialmente una circunstancia que me ayudó mucho en la tarea de reanimar y reconstruir la figura del vigoroso soldado que peleó en las fronteras del Canada, cerca del Niágara, del hombre de energía sencilla y verdadera. Era el recuerdo de aquellas memorables palabras suyas; ¡Lo probaré, señor! -pronunciadas en los momentos mismos de llevar a cabo una empresa tan heroica cuanto desesperada, y que respiraban el indomable espíritu de la Nueva Inglaterra. Si en nuestro país se premiase el valor con títulos de nobleza, esa frase, repito, será el mote mejor, y el mas apropiado, para el escudo de armas del General.


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Un comentario para La letra escarlata, novela (introducción [3]) de Nathaniel Hawthorne

  1. Bitacoras.com on 14/06/2012 at 07:11

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