El gran Gatsby, novela (capítulo 8) de Francis Scott Fitzgerald


Francis Scott Fitzgerald

VIII

No pude dormir en toda la noche, una sirena de niebla lloró sin cesar en el estuario, y yo me revolcaba, medio enfermo, entre la grotesca realidad y las aterradoras pesadillas. Hacia la madrugada oí un taxi que subía por el camino de Gatsby, y enseguida brinque de la cama y comencé a vestirme; sentía que tenía que decirle algo, que debía prevenirlo, y que en la madrugada ya sería demasiado tarde.

Al atravesar el jardín vi que su puerta delantera estaba abierta aún y que él estaba recostado sobre una mesa en el vestíbulo, agobiado por la desesperanza o el sueño.

-Nada pasó -dijo alicaído-; me quedé esperando, y hacia las cuatro de la mañana ella salió a la ventana, se quedó allí de pie un minuto y después apagó la luz.

Nunca me había parecido tan enorme su caserón como aquella noche cuando salimos a buscar cigarrillos por los grandes cuartos. Descorrimos cortinas que parecían pabellones, y tanteamos innumerables pies de pared oscura buscando los interruptores de la luz eléctrica; una vez me resbalé y produje un ruido estridente sobre las teclas de un fantasmagórico piano. Había una inexplicable cantidad de polvo en todas partes y los cuartos olían a humedad, como si no hubiesen sido aireados durante muchos días. Encontré el humidificador en una mesa que nunca antes había visto, con dos cigarrillos secos y viejos. Tras abrir los ventanales de la sala nos sentamos a fumar en la oscuridad.

-Tienes que marcharte -dije-; estoy completamente seguro de que van a dar con tu auto.

-¿Irme ahora, viejo amigo?

-Vete para Atlantic City por una semana o sube hasta Montreal.

No quiso ni considerarlo. No podía dejar a Daisy hasta que supiera qué iba a hacer ella. Se estaba aferrando a una última esperanza y yo no podía soportar liberarlo.

Fue aquella noche cuando me contó la extraña historia de su juventud con Dan Cody; me la contó porque “Jay Gatsby “ se había quebrado, como el cristal, contra la dura malevolencia de Tom; la larga y secreta extravagancia había sido ejecutada en público. Creo que él habría reconocido cualquier cosa ahora, sin reservas, pero quería hablar de Daisy.

Ella había sido la primera niña “bien” que había conocido. Por varias razones que no me reveló había llegado a entrar en contacto con personas de su clase, pero siempre con un indiscernible alambre de puras en medio. Él la encontraba deseable y excitante. Al principio iba a su casa con otros oficiales de Camp Taylor; después, solo. Lo maravillaba; nunca había estado en una casa tan hermosa. Pero lo que le proporcionaba aquella atmósfera de inefable intensidad era que Daisy vivía allí; para ella era algo tan normal como para él su carpa del campamento. Había un misterio maduro en la casa, la insinuación de alcobas en el piso de arriba, más hermosas y frescas que las demás, de actividades alegres y radiantes en sus corredores, de romances que no eran mustios y que no estaban guardados en naftalina, sino frescos y vivos y con olor a brillantes autos último modelo y a bailes cuyas flores no estaban marchitas aún.  También lo excitaba el hecho de que muchos hombres la hubieran amado; ello aumentaba su valor a ojos de Gatsby.  Sentía la presencia de Daisy por toda la casa, penetrando el aire con sombras y ecos de emociones aun vibrantes.

Pero sabía que estaba en casa de Daisy por un colosal accidente. No obstante lo glorioso que su futuro como Jay Gatsby pudiera llegar a ser, en el presente era un joven sin cinco centavos, sin pasado, y sometido a que en cualquier movimiento la invisible capa de su uniforme cayera de sus hombros. Por eso le sacó el mayor partido posible al tiempo de que disponía. Tomó lo que pudo, ávido y sin escrúpulos.

Y por último, una serena noche de octubre, tomó a Daisy también; la tomó porque no tenía verdadero derecho a tocar su mano.

Podía haberse despreciado a si mismo, porque en realidad la había tomado bajo pretensiones falsas. No pretendo decir que mintió hablándole de millones imaginarios, pero le había dado a Daisy, adrede, un sentido de seguridad; la había dejado creer que provenía de un estrato social semejante al suyo, que era muy capaz de sostenerla.  De hecho, esto no era así; no tenía una familia acomodada que lo respaldara, y era posible que, al capricho de un gobierno impersonal, reventara en cualquier parte del mundo.

Pero no se despreciaba a si mismo, y las cosas no resultaron como habla imaginado.  Es probable que hubiera tenido la intención de tomar lo que podía e irse; pero encontró de pronto que se habla comprometido en la búsqueda de un grial. Sabía que Daisy era extraordinaria, pero no se habla dado cuenta con exactitud de cuán extraordinaria una “niña bien” podía ser. Ella desaparecía en su casa opulenta, en su vida opulenta y plena, dejando a Gatsby con las manos vacías. El se sentía casado con ella, eso era todo.

Cuando se encontraron de nuevo, dos días después, era Gatsby quien estaba sin aliento, quien se sentía, de alguna manera, traicionado.  El pórtico de la casa de Daisy brillaba con el esplendor comprado del brillo de las estrellas; el mimbre de la silla hacía chasquidos muy a la moda mientras se volvía hacia él y la besaba en la boca curiosa y fascinante. Tenía un resfriado y esto le ponía la voz más ronca y más embrujadora que nunca, y Gatsby quedó totalmente anodadado al darse cuenta de la juventud y el misterio aprisionados entre el dinero y preservados en él, y de la frescura de un nutrido guardarropas, y de Daisy, resplandeciente como la plata, a salvo y orgullosa, por encima de las feroces luchas de los pobres.

-No soy capaz de describirte cuán sorprendido quedé cuando me di cuenta de que la amaba, viejo amigo. Un tiempo tuve incluso esperanzas de que ella me echara; pero no lo hizo; y es que también estaba enamorada de mí. Me creía muy sabio porque sabía algunas cosas diferentes de las que ella conocía… Ahí estaba yo, alejándome de mis ambiciones, enamorándome cada día más, y, de pronto, no me importó.¿De qué servía hacer cosas grandes si yo podía divertirme más contándole a ella lo que iba hacer?

La última tarde antes de su marcha al exterior, se sentó con Daisy en los brazos, un rato largo y silencioso. Era un frío día otoñal; había fuego en el cuarto y las mejillas de Daisy estaban encendidas.  A ratos, ella se movía y él cambiaba su brazo de posición un poco, y una vez besó su oscuro y sedoso cabello. La tarde los había apaciguado por un momento, como para darles un profundo recuerdo para la larga partida que el día siguiente prometía. Jamás habían estado tan cerca durante el mes que llevaban amándose, ni se habían comunicado con mayor profundidad el uno con el otro que cuando ella rozó sus silentes labios contra la hombrera de su abrigo o cuando él toco la punta de sus dedos con suavidad, como si estuviera dormida.

Le fue extraordinariamente bien en la guerra.  Lo hicieron capitán antes de ir al frente, y después de la batalla de Argona consiguió que lo ascendieran a mayor y lo pusieran al comando de la división de ametralladoras. Después del Armisticio trató desesperadamente de volver a casa, pero por alguna complicación o malentendido lo mandaron a Oxford en su lugar.  Estaba preocupado; habla un toque de desesperanza nerviosa en las cartas de Daisy. No podía entender por qué no regresaba.  Estaba sintiendo la presión del mundo exterior; quería verlo, sentir su presencia junto a ella y convencerse de que a pesar de todo estaba haciendo lo correcto.

Porque Daisy era joven, y su mundo artificial estaba cargado de orquídeas y de modas bonitas y alegres y de orquestas que imponían el ritmo del año, resumiendo la tristeza y la inspiración de la vida en nuevas tonadas. Toda la noche lloraban los saxofones el desesperanzado comentario de Beale Street Blues, mientras cien pares de zapatillas doradas y plateadas revolvían el reluciente polvillo. A la hora gris del té siempre había cuartos que palpitaban sin cesar con esta fiebre baja y dulce, al tiempo que pasaban por doquier rostros frescos, cual pétalos de rosa, impulsados por todo el piso por las tristes trompetas.

Por entre este universo crepuscular comenzó Daisy a moverse otra vez en la temporada; súbitamente tenía de nuevo media docena de invitaciones al día con media docena de jóvenes, y se acostaba en la madrugada con las perlas y el chifón de un vestido de noche enredados entre las orquídeas marchitas en el piso junto a su cama. Y todo el tiempo algo dentro de ella clamaba por una decisión. Quería que su vida quedara definida ahora, ya mismo; y la decisión debía tomarse por medio de alguna fuerza; la del amor, la del dinero, la de algo de incuestionable conveniencia, algo que estuviera a mano. Aquella fuerza se fue perfilando a mediados de la primavera con la llegada de Tom Buchanan.  Tom era dueño de una robusta imponencia, tanto en su persona como en su posición, y Daisy se sintió halagada. Tuvo, sin duda, una cierta batalla y un cierto alivio. La carta te llego a Gatsby mientras todavía estaba en Oxford.

Estaba va a punto de amanecer en Long Island; nos dedicamos a abrir el resto de las ventanas de abajo, llenando la casa de una luz que se tornó gris y luego dorada. La sombra de un árbol cayó abrupta a lo largo del rocío y los pájaros fantasmagóricos comenzaron a cantar entre las hojas azules. Había un movimiento lento y agradable en el aire, una brisa apenas, promesa de un día fresco y bonito.

-Yo no creo que ella lo hubiera amado nunca -Gatsby se dio la vuelta desde una ventana y me miró retador-. Tienes que recordar, viejo amigo, que estaba muy excitada aquella tarde. La manera como él le contó aquellas cosas la asustó, y me hizo parecer un contrabandista barato. El resultado fue que ella no sabía bien lo que decía. Se sentó, deprimido.

Es posible que lo hubiese amado por un tiempo corto, cuando estaban recién casados; y que me amara a mí aún más. ¿Ves?

De pronto hizo una curiosa anotación.

-En cualquier caso dijo- era sólo personal.

-¿Qué se podía deducir de aquéllo, excepto sospechar una inconmensurable intensidad en su concepción del asunto?

Gatsby regresó de Francia cuando Tom y Daisy se hallaban en plena luna de miel, e incapaz de resistirse, realizó un deprimente viaje a Louisville con la última paga del ejército. Permaneció allí una semana, caminando por las calles donde sus pasos habían tintineado juntos a lo largo de aquella noche de noviembre, visitando otra vez los lugares fuera del camino adonde hablan ido en el auto deportivo blanco de ella. Así como la casa de Daisy siempre le había parecido más misteriosa y alegre que las demás, su idea de la ciudad misma, aunque ella ya se hubiera marchado de allí, estaba invadida de una belleza melancólica.

Se marchó, sintiendo que si hubiera seguido buscando podría haberla encontrado; que la estaba dejando atrás. En el vagón de segunda clase -no tenía un centavo- estaba haciendo calor ahora.  Salió al corredor abierto y se sentó en una silla plegable; la estación se alejó y las partes de atrás de edificios desconocidos pasaron veloces. Salieron entonces a los campos primaverales, donde los persiguió por un minuto un tranvía amarillo lleno de gente que podría alguna vez haber visto la pálida magia del rostro de Daisy caminando por una calle cualquiera.

La carrilera formó una curva y se alejó del sol, que al hundirse pareció difundir una bendición sobre la ciudad que desaparecía, la ciudad donde ella había aprendido a respirar. Estiró la mano con desesperación, como para agarrar al menos una corriente de aire, para salvar un fragmento del lugar que ella había hecho encantador para él. Pero ahora todo se movía con demasiada rapidez para sus ojos empañados y supo que había perdido una parte de Daisy, la más fresca y la mejor, para siempre.

Eran las nueve de la mañana cuando terminamos de desayunar y salimos al pórtico. La noche había traído una aguda diferencia en el clima y ahora el aire tenía un sabor otoñal. El jardinero, el último de los primeros sirvientes de Gatsby, se acercó a la base de las escalinatas.

-Voy a vaciar la piscina hoy, señor Gatsby; las hojas van a empezar a caer muy pronto, y siempre tenemos problemas con la tubería.

-No lo hagas hoy -contestó Gatsby. Se volvió hacia mi como pidiendo perdón.- ¿Tú sabes, viejo amigo, que en todo el verano jamás usé la piscina?

Miré el reloj y me levanté.

-Doce minutos para mi tren.

No quería ir a la ciudad.  No sería capaz de hacer ningún trabajo bien hecho, pero era más que eso; no quería dejar a Gatsby. Perdí aquel tren, y luego otro, antes de que lograra obligarme a mi mismo a ir.

-Te llamo -dije al fin.

-Hazlo, por favor, viejo amigo.

-Te llamo más o menos a medio día.

Bajamos lentamente las escaleras.

-Supongo que Daisy también llamará -me miró con ansiedad, como si tuviera la esperanza de que yo corroboraría sus palabras.

-Eso supongo.

-Bien, adiós.

Nos dimos la mano y comencé a alejarme. Pero justo antes de llegar a la cerca recordé algo y me di la vuelta.

-Son gente podrida -le grité a través del prado-. Tú vales más que todo ese maldito grupo junto.

Siempre me he alegrado de haber dicho esto.  Fue el único cumplido que le hice en todo el tiempo, porque nunca llegué a aceptarlo a él, desde el principio hasta el final.  Primero asintió con cortesía, y luego su rostro se abrió en aquella sonrisa suya, radiante y comprensiva, como si hubiéramos estado en un extático acuerdo sobre aquel hecho todo el tiempo. Su fabuloso vestido color rosa, bastante arrugado, formaba una mancha de luz contra las escalinatas blancas, y pensé en la noche que vine por vez primera a su hogar ancestral, tres meses antes. El prado y el camino estaban atestados de rostros de aquellos que imaginaban su corrupción; y él había estado de pie en aquellas escalinatas escondiendo su sueño incorruptible, cuando le decíamos adiós con la mano.

Le agradecí la hospitalidad.  Siempre se la estábamos agradeciendo; yo y los demás.

-Adiós -le grité-.  Estuvo muy sabroso el desayuno, Gatsby.

Ya en la ciudad traté durante un rato de hacer la lista de las cotizaciones de una interminable serie de valores, y después me quedé dormido en la silla giratoria. Poco antes del mediodía me despertó el teléfono, y me sobresalté con sudor en la frente. Era Jordan Baker; a menudo me llamaba a esta hora a causa de lo incierto de sus movimientos entre hoteles, clubes y casas de amigos, que hacía difícil encontrarla de otra manera. Por regla general su voz me llegaba a través de la línea como algo fresco y frío, como un fragmento de césped de un campo de golf, que viniera volando y entrara por la ventana de la oficina; pero esta mañana parecía dura y seca.

Acabo de marcharme de la casa de Daisy -dijo-.  Estoy en Hampstead y me voy para Southampton esta tarde.

Probablemente había sido muestra de tacto irse de la casa de Daisy, pero el hecho me molestó, y su comentario siguiente me puso rígido.

-No estuviste muy amable conmigo anoche.

-¿Qué importancia podía tener entonces?

Silencio por un momento.  Entonces:

-Sin embargo, quiero verte.

-Yo también te quiero ver.

-¿Sería preferible entonces que no me fuera para Southampton y más bien ir a la ciudad esta tarde?

-No; esta tarde no.

-Muy bien.

-Es imposible esta tarde.  Vamos…..

Hablamos de esta manera un rato, y de pronto, abruptamente, ya no estábamos hablando. Yo no sé quién le tiro el teléfono a quién, pero sí sé que no me importaba. No habría sido capaz de conversar con ella sentados a una mesa de té aquel día aunque nunca pudiera volverle a hablar en la vida.

Llamé a la casa de Gatsby unos minutos después pero la línea estaba ocupada. Ensayé cuatro veces; al fin, la operadora, exasperada, me dijo que tenían abierta la línea para una llamada de larga distancia desde Detroit. Saqué la guía y marqué un pequeño círculo alrededor del tren de las 3:50. Entonces me recosté en la silla y traté de pensar. Eran sólo las doce del día.

Aquella mañana, cuando iba a pasar los morros de ceniza en el tren, me había acomodado a propósito al otro lado del vagón. Suponía que habría una multitud curiosa reunida todo el día, con los niños buscando las manchas oscuras en el polvo, y algún gárrulo contando una y otra vez lo que había sucedido, hasta que cada vez le fuera menos real y no pudiera seguirlo contando, y la trágica proeza de Myrtle cayera en el olvido.

Quisiera ahora regresar atrás y contar qué sucedió en el taller luego de que nosotros nos marcháramos de allí la noche antes.

Tuvieron dificultad en localizar a Catherine, la hermana. Ella debió haber roto su regla contra el trago aquella noche, pues cuando llegó estaba embotada por el licor y era incapaz de entender que la ambulancia se había ido hacia flushing. Apenas lograron convencerla se desmayó, como si aquélla fuera la parte intolerable de todo el asunto.  Alguien, por nobleza o curiosidad, la llevó en su auto, a la estela del cuerpo de su hermana.

Hasta mucho después de la media noche una muchedumbre cambiante se agolpó frente al taller, mientras George Wilson se mecía hacia atrás y hacia adelante en el diván.  Al principio la puerta de la oficina se mantuvo abierta, y todo el que llegaba al taller era incapaz de no asomarse. Al final Michaelis dijo que esto era una vergüenza y cerró la puerta. Michaelis y otros hombres estaban con él; primero fueron cuatro o cinco, después dos o tres.  Más tarde, Michaelis tuvo que pedirle al último extraño que esperara quince minutos más mientras él regresaba a su restaurante para hacer una olla de café.  Después de esto se quedó solo con Wilson hasta el amanecer. Más o menos a las tres de la mañana la calidad de los murmullos incoherentes de Wilson cambió; se aquietó y comenzó a hablar sobre el auto amarillo.  Anunció que tenía manera de averiguar a quién pertenecía, y después salió con la idea de que hacía unos meses su esposa había llegado de la ciudad con la cara aporreada y la nariz hinchada.

Pero cuando se oyó a sí mismo decir esto, se replegó y comenzó a gritar: “¡Oh Dios mío!” de nuevo, en su voz gimiente. Michaelis  hizo un torpe intento de distraerle.

-¿Hace cuánto te casaste, George? Ven, trata de quedarte quieto un minuto y contesta mi pregunta. ¿Hace cuánto te casaste?

-Doce años.

-¿No tuviste hijos?  Ven, George, siéntate quieto; te hice una pregunta. ¿No tuviste hijos?

Los cimarrones, duros y negros, seguían dándose contra la luz suave y cada vez que Michaelis oía pasar un auto corriendo por el camino, le sonaba como el auto que no se había detenido unas lloras antes.  No le gustaba entrar al taller  porque la mesa de trabajo había quedado manchada en el lugar donde habían puesto el cadáver, y entonces se movía incómodo por toda la oficina. Antes de que amaneciera se había aprendido cada objeto de los que estaban allí y de vez en cuando se sentaba junto a Wilson, tratando de sosegarlo.

-¿Hay algún templo a donde vayas alguna vez, George? ¿Aunque lleves mucho tiempo sin haber ido? ¿De pronto yo puedo llamar a la iglesia y hacer que un sacerdote venga y hable contigo, sí?

-No pertenezco a ninguna.

-Debes tener tina iglesia, George, para tiempos como éste. Debiste haber ido alguna vez a la iglesia.

¿No te casaste en una?  Escucha, George, escúchame ¿No te casaste en una iglesia?

-Eso fue hace mucho tiempo.

El esfuerzo por contestar rompió el ritmo con que se mecía; por un momento se quedó callado.  Entonces, la misma mirada medio conocedora y medio desconcertada regresó a sus ojos apagados.

-Mira en este cajón -dijo-, señalando al escritorio.

-¿En cuál cajón?

-En este cajón, éste.

Michaelis abrió el cajón que tenía más cerca a la mano. No habla en él nada más que una traílla para perros, pequeña y costosa, hecha de cuero y plata trenzada.  Parecía nueva.

-¿Esto? -inquirió, sosteniéndola

Wilson miró y asintió.

-Me la encontré ayer por la tarde. Ella trató de contarme qué era, pero pensé que ahí había gato encerrado.

-¿Quieres decir que tu esposa la compró?

-La tenía envuelta en papel de seda en su armario.

Michaelis no veía nada de raro en eso, y le dio a Wilson una docena de razones por las cuales su esposa podía haber comprado una traílla. Pero era probable que Wilson hubiera escuchado algunas de estas mismas explicaciones antes, de labios de su esposa, porque comenzó a susurrar: “¡Oh, Dios mío!”, de nuevo; su consuelo había dejado varias explicaciones en el aire.

-Entonces él la mató -dijo Wilson-.  Su boca cayó abierta de repente.

-¿Quién lo hizo?

-Tengo manera de averiguarlo.

-Estás enfermo, George -dijo su amigo-; ésta ha sido una pena muy grande para ti y no sabes lo que dices.  Mejor quédate quieto hasta que amanezca.

-Él la asesinó.

-Fue un accidente, George.

Wilson movió la cabeza hacia los lados. Sus ojos se entrecerraron y su boca se abrió un poco con el fantasma de un “¡ájá!” conocedor.

-Yo lo sé -dijo en forma contundente-; soy de aquellas personas confiadas que no les gusta hacerle daño a nadie, pero cuando sé algo, lo sé.  Fue el hombre del auto. Ella salió corriendo para hablar con él y él no le quiso parar.

Michaelis también había visto lo mismo, pero no se le había ocurrido que tuviera algún significado especial. Creyó que la señora Wilson había huído de su esposo y no que había tratado de detener a algún auto en particular.

-¿Cómo pudo haber hecho eso?

-Es muy intensa -dijo Wilson como si eso contestara la pregunta.

-Ah…

Comenzó a mecerse de nuevo, y Michaelis se quedó dándole vueltas a la traílla en la mano.

-¿Acaso, tienes algún amigo a quien pudieras telefonear, George?

Esta era una esperanza vana; estaba casi seguro de que Wilson no tendría ningún amigo. No alcanzaba más que para su esposa. Un poco después, se alegró al notar un cambio en el cuarto, un despertar azul en la ventana, y se dio cuenta de que ya casi amanecería. Cerca de las cinco de la mañana ya estaba lo suficientemente claro afuera para poder apagar la luz.

Los ojos inexpresivos de Wilson se volvieron hacia los morros de ceniza sobre los que tomaba fantásticas formas una pequeña nube gris y se escucha de un lado a otro en el leve viento matutino.

Hablé con ella -masculló, después de un largo silencio-.  Le dije que a mí me podía engañar, pero a Dios no. La llevé hasta la ventana -con un esfuerzo se levantó y caminó hacia la ventana de atrás y recostó su rostro contra ella-.  Y le dije: “¡Dios sabe lo que has estado haciendo, todo lo que has estado haciendo.  Me puedes engañar a mí pero a Él no!”

De pie tras él, Michaelis vio con sorpresa que miraba los ojos del doctor T. J. Eckleburg surgiendo, pálidos y enormes, de entre la noche que se disolvía.

-Dios lo ve todo -repitió Wilson.

-Esto es una propaganda -le aseguró Michaelis. Algo lo hizo alejarse de la ventana y mirar de nuevo hacia el cuarto.  Pero Wilson permaneció allí un largo rato con el rostro pegado al cristal de la ventana, moviendo la cabeza de un lado a otro en la luz matinal.

Hacia las seis Michaelis estaba ya fundido, y agradeció el sonido de un auto que se detuvo.  Era uno de los vigilantes de la noche anterior, que había prometido regresar; entonces hizo desayuno para todos, y se lo comieron entre los dos. Wilson estaba más calmado ya, y Michaelis se fue a casa a dormir.  Cuando despertó, cuatro horas más tarde, y caminó de prisa al garaje, Wilson se había marchado.

Sus pasos -estuvo todo el tiempo a pie- fueron rastreados hasta Puerto Roosevelt y luego hasta Gad’s Hill, donde compró un sandwich que no se comió, y una taza de café. Debía haber estado cansado y haber caminado con lentitud, porque no llegó hasta allí sino hasta las doce del día. Hasta entonces no hay dificultad en dar cuenta de su tiempo; algunos muchachos vieron a un hombre “que parecía un poco loco” y se sabe que miró a unos choferes de manera extraña desde el lado de la carretera. Entonces, durante tres horas, desapareció. La policía, basada en lo que le había dicho Michaelis sobre que tenía “manera de darse cuenta”, supuso que paso este tiempo yendo de taller en taller, por los alrededores, preguntando por un auto amarillo. Por otra parte, ningún mecánico se presentó a atestiguar que lo había visto y es posible que haya tenido una manera más fácil de encontrar lo que deseaba saber. Más o menos a las dos y media estaba en West Egg, donde le preguntó a alguien como llegar a la casa de Gatsby.  De manera que hacía aquella hora ya conocía el nombre de Gatsby.

A las dos de, la tarde Gatsby se puso su vestido de barco y le dejó dicho a su mayordomo que si alguien lo llamaba le avisaran a la piscina. Se detuvo en el garaje para tomar una colchoneta inflable, de aquellas que habían divertido a sus huéspedes durante el verano, y el chofer le ayudó a inflarla.  Entonces dio instrucciones de que el auto convertible no debía sacarse bajo ninguna circunstancia, cosa extraña porque el guardafangos delantero derecho necesitaba ser reparado. Gatsby se echó la colchoneta al hombro y salió hacia la piscina. Se detuvo una vez para acomodársela mejor, y el chofer le preguntó si necesitaba ayuda; dijo qué no y en un momento desapareció entre los árboles, que ya se estaban poniendo amarillos. Aunque no llegó mensaje telefónico alguno, el mayordomo siguió sin dormirse y lo esperó hasta las cuatro de la tarde, mucho después de que hubiera a quien darle un mensaje de haber llegado éste. Tengo la idea de que Gatsby mismo no creía que recibirla ninguno, y quizás ni siquiera le importaba ya. Si esto era cierto, debió haber sentido que había perdido su viejo y cálido mundo, que había pagado un precio demasiado alto por vivir con un solo sueño.  Debió haber mirado hacia el cielo desconocido a través de las hojas atemorizadas y debió haber temblado al encontrar cuán grotesca es un rosa y cuán cruda la luz del sol que caía sobre la hierba escasamente creada.  Un nuevo mundo, material más no real, donde unos pobres fantasmas, respirando sueños en vez de aire, vagaban fortuitamente por todos lados… como la figura cenicienta y fantástica que se deslizaba hacia él por entre los amorfos árboles.

El chofer, que era uno de los protegidos de Wolfsheim, escuchó los disparos; después, sólo pudo decir que no había pensado mucho en ellos. Yo llegué de la estación derecho a la casa de Gatsby y el hecho de que saliera corriendo ansiosamente hacia las escalinatas fue lo primero que alarmó a la gente. Pero ellos ya lo sabían, de eso estoy seguro. Sin decir casi ni una palabra, nosotros cuatro, el chofer, el mayordomo, el jardinero y yo, salimos corriendo hacia la piscina.

Había un movimiento leve del agua, escasamente perceptible, al moverse la corriente de un extremo al otro, por donde salía. Con pequeños rizos, que no eran más que la sombra de olas, la colchoneta con su carga, se movía de manera irregular por la piscina.  Una pequeña corriente de viento que corrugaba un poco la superficie era suficiente para perturbar su curso accidentado con su accidentada carga. El choque contra un montón de hojas la hizo girar levemente, trazando, como la estela de  un objeto en tránsito, un pequeño circulo rojo en el agua.

Fue después de que salíamos con Gatsby hacia la casa cuando el jardinero vio el cuerpo de Wilson semiescondido entre la hierba y el holocausto se completó.


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