El gran Gatsby, novela (capítulo 7) de Francis Scott Fitzgerald


Francis Scott Fitzgerald

VII

En el momento en que la curiosidad que Gatsby excitaba estaba en su apogeo, las luces de su casa no se encendieron un sábado en la noche, y, del mismo modo oscuro como habla principiado, terminó su carrera de Trimalción. Sólo en forma gradual me di cuenta de que los automóviles que llegaban llenos de expectativas a su explanada permanecían sólo un minuto y luego se marchaban de mala gana.  Preguntándome si estaría enfermo, resolví pasar a su casa a averiguarlo: un mayordomo desconocido con cara de villano me dio una recelosa mirada de soslayo desde la puerta.

-¿Está el señor Gatsby enfermo?

-No -después de una pausa agregó: “señor”, de manera dilatoria y a regañadientes.

-Como no lo he visto por los alrededores, estaba un poco preocupado. Dígale que el señor Carraway pasó por acá.

-¿Quién? -preguntó altanero.

-Carraway.

-Carraway. Está bien; se lo diré.

Y sin más, cerró la puerta de un golpe.

Mi finlandesa me informó que el señor Gatsby había despedido a todos los criados de su casa la semana anterior, reemplazándolos por media docena de gente nueva, que jamás iba al pueblo de West Egg para recibir sobornos de los comerciantes sino que ordenaban un mercado moderado por teléfono. El muchacho de la tienda de abarrotes contó que la cocina parecía una pocilga, y la opinión generalizada en el pueblo era que estos nuevos empleados no eran ningunos criados.

Al día siguiente Gatsby me llamó por teléfono.

-¿Te vas de aquí? -pregunté.

-No, viejo amigo.

-Escuché que despediste a todos tus criados.

-Quería gente que no chismeara. Daisy viene con frecuencia… por las tardes.

Así que la gran ostentación se había desplomado como un castillo de naipes ante los ojos llenos de reproche de Daisy.

-Estas, son algunas personas por las cuales Wolfsheim quería hacer algo. Son todos hermanos y solían regentar un hotelito.

-Ya veo.

Me llamaba a petición de Daisy… ¿quería ir a almorzar a la casa de ella al día siguiente?. La señorita Baker estaría allí. Media hora después, Daisy misma llamó y pareció sentir alivio al saber que también yo iría. Algo pasaba. Y sin embargo, no podía yo creer que hubieran escogido aquella ocasión para hacer una escena…,  y en especial para la desgarradora escena que Gatsby había esbozado en el jardín.

El día siguiente estaba que hervía, era casi el último del verano y, de hecho, el más caluroso. Cuando mi tren emergió del túnel hacia la luz del sol, las sirenas calientes de la Compañía Nacional de Galletas eran lo único que rompía el sereno silencio del medio día. Los asientos de paja del vagón vacilaban, al borde de la combustión; la mujer sentada junto a mi sudó delicadamente un rato hasta empapar su vestido camisero blanco y luego, cuando el periódico se humedeció bajo sus dedos, se dejó desesperar por el intenso calor y emitió un grito desolado.  Se le cayó la monedera al suelo.

-¡Ay, Dios -dijo asfixiada.

Yo me agaché, desganado, a recogérsela y se la devolví, sosteniéndola con el brazo estirado y asiéndola por todo el extremo, para indicar que no tenía planes de quedarme con ella, pero aún así los que me rodeaban, incluida la dama, me miraron con desconfianza.

-¡Qué clima éste! -dijo el conductor a los rostros familiares- ¡Qué calor… ! ¡Está caliente… !, ¡caliente…! ¡caliente… !, ¿no tienen mucho calor?, ¿no les parece … ?

Me devolvió el tiquete de transferencia con una mancha oscura, producida por su mano. ¡Cómo le podía importar a alguien en este calor cuáles labios rojos quisiera besar, o qué cabeza iba a humedecer el bolsillo de la piyama que cubre el corazón!

… En el vestíbulo de la casa de los Buchanan soplaba un viento suave que nos trajo el sonido del timbre del teléfono a Gatsby y a mí mientras esperábamos en la puerta.

-¡El cuerpo del señor! – rugió el mayordomo en la bocina–; lo siento, señora, pero no se lo podemos facilitar… ¡está haciendo demasiado calor para tocarlo esta tarde!

Lo que en realidad dijo fue:

-Sí… sí… voy a ver.

Colgó el receptor y vino hacia nosotros, un poco brillante, para recibirnos los rígidos sombreros de paja.

-¡La señora los espera en el salón! exclamó, indicando sin necesidad la dirección. En aquel calor, cualquier gesto superfluo era una afrenta a las reservas comunes de vida.

La habitación, bien ensombrecida por las marquesinas, estaba oscura y fresca. Daisy y Jordan, desmadejadas sobre un enorme sofá como ídolos de plata, se pisaban los vestidos blancos para protegerse de la cantarina brisa de los ventiladores.

No somos capaces de movernos -dijeron al unísono.

Los dedos de Jordan, empolvados de blanco para disimular su piel bronceada, descansaron un rato sobre los míos.

-Y el señor Thomas Buchanan, el atleta? -pregunté.

En el preciso instante escuché, apagada, su voz gruñona y ronca en el teléfono del vestíbulo.

Gatsby estaba de pie en el centro del tapete carmesí, mirando en derredor con ojos fascinados. Daisy lo observaba, riendo con su risa dulce y excitante; una minúscula nubecilla de polvo salió al aire desde su pecho.

Dicen las malas lenguas – susurró Jordan – que en el teléfono está la chica de Tom.

Guardábamos silencio.  La voz del vestíbulo se elevó, mostrando disgusto:

-Muy bien, entonces; ya no le voy a vender el auto… No tengo ninguna obligación con usted… ¡y molestarme con eso a la hora de almorzar, no se lo permito!

-Tiene el auricular abajo -exclamó Daisy con cinismo.

-No es así -le aseguré-.  Es una transacción de verdad.  Lo sé por casualidad.

Tom abrió la puerta de golpe, tapando el espacio por un instante con su gran tamaño, y entró al salón.

-¡Señor Gatsby! estiró su mano ancha y aplanada con un bien disimulado disgusto. Me place verlo, señor… Nick…

-Prepáranos un trago frío -exclamó Daisy.

Cuando hubo salido de la habitación de nuevo, ella se levantó, caminó hacia Gatsby y atrayendo su rostro le dio un beso en la boca.

-Tú sabes que te amo -murmuró.

-Te olvidas que hay una dama presente -dijo Jordan.

Daisy miró en derredor con dudas.

-Besa también tú a Nick.

-¡Qué chica más baja y vulgar!

-¡No me importa! -exclamó Daisy y comenzó a cargar la chimenea de ladrillo-. Recordó entonces el calor y, culpable, se sentó en el sofá, justo en el momento en que una niñera con la ropa recién aplanchada entraba a la habitación, llevando a una niñita de la mano.

-Mi-di-osa, pre-cio-sa -canturreó, extendiendo las manos-; ven a donde tu mamita que te ama tanto.

La niña, a quien la niñera había soltado ya, salió corriendo por la habitación y se hundió con timidez en el vestido de la madre.

-¡Mi-dio-sa, pre-cio-sa! ¿ Te empolvo tu madre tu pobre pelito rubio?  Párate y di: “¿Cómo están?”

Gatsby y yo nos agachamos por turnos para apretar su manita reacia. Después, él siguió mirando a la niña con sorpresa.  No creo que hasta aquel momento hubiera creído que en verdad existía.

-Me vestí antes del almuerzo -dijo la niña, volviéndose ansiosa hacia Daisy.

-Eso fue porque tu mamá quiere que te vean bien linda -su rostro se hundió en el único pliegue del pequeño cuello blanco-.  Eres un sueño. Un absoluto sueñito.

-Sí -admitió la niña con calma-.  La tía Jordan también tiene un vestido blanco.

-¿Te gustan los amigos de mamá? -Daisy la hizo volverse para que pudiera dar la cara a Gatsby-. ¿Te parecen bonitos?

-¿Dónde está papi?

-Ella no se parece a su papá explicó Daisy . Se parece a mí.  Tiene mi cabello y el óvulo de mi cara.

Daisy se sentó de nuevo en el sofá.  La niñera dio un paso adelante y la tomó de la mano.

-Ven, Pammy.

-¡Adiós, cariño!

Con tina mirada reticente hacia atrás, la obediente niña se pegó de la mano de la niñera, que la sacó del cuarto, al tiempo que Tom regresaba precediendo cuatro trigos de ginebra que tintineaban llenos de hielo.

Gatsby tomo el suyo.

-¡Qué fríos se ven! -dijo con visible tensión.

Tomamos unos sorbos largos y voraces.

-Leí en algún lado que el sol se pone más caliente cada año dijo Tom  de buen humor-. Parece ser que muy pronto la tierra se va a caer en el sol o, tal vez, es todo lo contrario: el sol se está poniendo más frío cada año.

-Ven, salgamos -le sugirió a Gatsby-; quiero que le eches una mirada al lugar.

Yo salí con ellos a la terraza. En el verde estuario, estancado por el calor, un botecito de vela se arrastraba con lentitud hacia el mar más fresco. Los ojos de Gatsby lo siguieron por un momento; levantó la mano y señaló hacia el otro lado de la bahía.

-Vivo exactamente al frente de ustedes.

-Eso veo.

Nuestros ojos se elevaron por sobre el rosal y el prado caliente y las basuras llenas de malezas de los días de sol canicular de la playa.  Lentas, las blancas alas del bote se movían contra el frío limite azul del firmamento.  Más allá se extendía el ondulado océano con su miríada de plácidas islas.

-Ese es un buen deporte-dijo Tom, asintiendo con la cabeza-.  Me gustaría estar con él allá una hora.

Almorzamos en el comedor, oscurecido también para contrarrestar el calor, pasando la alegría  tensa con cerveza fría.

-¿Qué va a ser de nosotros esta tarde? -exclamó Daisy-, ¿y el día siguiente, y los próximos treinta años?

-No seas morbosa-dijo Jordan-.  La vida comienza de nuevo cuando llega la frescura del otoño.

-Pero es que está haciendo tanto calor -dijo Daisy, a punto de llorar-. Y todo está tan confuso. ¡Vámonos para la ciudad!

Su voz luchó contra el calor, golpeándolo, esculpiendo formas a partir de su sinsentido.

-He oído decir que la gente convierte un establo en garage le decía Tom a Gatsby, pero soy el primero  en hacer de un garage un establo.

-¿Quién quiere ir a la ciudad? preguntó Daisy con insistencia. Los ojos de Gatsby flotaron hacia los suyos.

-¡Ah! exclamó-, te ves tan fresco.

Sus ojos se encontraron y se miraron el uno al otro, solos en el espacio. Con gran esfuerzo bajó Daisy la mirada hacia la mesa.

-Te ves siempre tan fresco repitió.

Ella le había dicho que lo amaba, y Tom Buchanan se había dado cuenta. Se quedó atónito. Entreabrió los labios y miro a Gatsby, y luego a Daisy, como si acabara de darse cuenta de que ella era una persona a quien conocía desde hacía mucho tiempo.

-Te pareces a la propaganda esa del hombre -prosiguió Daisy inocente-. Tu conoces esa propaganda del hombre…

Está bien- interrumpió Tom enseguida-. Estoy listo para ir a la ciudad. Vengan… nos vamos todos a la ciudad.

Se levantó, sus ojos pasando todavía veloces de Gatsby a su esposa. Nadie se movió.

-¡Vamos, pues! estaba un poco irritado-. ¿Qué, es lo que pasa?  Si vamos a ir a la ciudad, entonces salgamos ya -su mano, temblando de esfuerzo por controlarse, llevó a sus labios lo que quedaba del vaso de cerveza.

La voz de Daisy hizo que nos levantáramos y saliéramos al ardiente camino empedrado.

-¿Nos vamos a ir así sin más? -objetó-. ¿No vamos a permitirle a nadie fumarse un cigarrillo primero?

-Ya fumamos durante todo el almuerzo.

-Ah, divirtámonos -le suplicó ella-.  Está haciendo demasiado calor para discutir por bagatelas.

No contestó.

-Como quieras -dijo ella-.  Vamos, Jordan.

Subieron a arreglarse mientras los tres hombres permanecimos dándoles patadas a los guijarros. Un plateado cachito de luna pendía ya sobre el cielo en el oeste. Gatsby empezó a hablar y cambió de idea, pero no antes de que Tom se volviera y lo encarara expectante.

-¿Tiene aquí sus establos? -dijo Gatsby haciendo un esfuerzo.

-Como a un cuarto de milla de aquí, por el camino.

-Ah.

Una pausa.

-No veo para qué tenemos que ir a la ciudad -estalló Tom con furia-.  A las mujeres se les meten unas ideas en la cabeza…

-¿Llevamos algo para tomar? -gritó Daisy desde una ventana del piso de arriba.

-Voy por whiskey –contestó Tom, entrando.

Gatsby se volvió hacia mí, muy tenso.

-No soy capaz de decir nada en esta casa, viejo amigo.

-La voz de Daisy es indiscreta -anoté-.  Está llena de… –vacilé.

-Su voz está llena de dinero -dijo él, de súbito.

Había dado en el clavo.  Yo nunca lo habla entendido antes.  Estaba llena de dinero… era éste el inagotable encanto que subía y bajaba en ella, su tintineo, el canto de platillos que tenía… Alta en un blanco palacio, la hija del rey, la dorada joven…

Tom salió de la casa envolviendo la botella en una toalla, seguido por Daisy y Jordan, que lucían unas apretadas gorras de tela metálica y llevaban los abrigos ligeros en el brazo.

-¿Vamos todos en mi auto? -insinuó Gatsby.  Tocó el caliente cuero verde del asiento-.  Debí haberlo dejado a la sombra.

-¿Es de cambios corrientes? preguntó Tom.

-Sí.

-Bueno. Toma entonces mi cupé y déjame manejar tu auto hasta la ciudad.

A Gatsby no le gustó la idea.

-Creo que no tiene mucha gasolina-objetó.

Hay de sobra -dijo Tom con furia contenido. Miró el marcador-. Y si se acaba, puedo parar en una droguería.  Hoy en día se puede comprar de todo en las droguerías.

Una pausa siguió a su comentario, insustancial en apariencia. Daisy miró a Tom con el ceño fruncido; una expresión indefinible, que me resultaba al mismo tiempo definitivamente desconocida y vagamente reconocible -como si sólo la hubiera oído descrita con palabras-, surcó el rostro de Gatsby.

-Ven, Daisy -dijo Tom, empujándola con la mano hacia el auto de Gatsby-.Yo te llevaré en este caromato.

Abrió la puerta, pero ella se salió del circulo de sus brazos.

-Lleva tú a Nick y a Jordan. Nosotros te seguiremos en el cupé.

Ella se acerco a Gatsby y le tocó el saco con la mano. Jordan, Tom y yo nos acomodamos en el asiento delantero del auto de Gatsby; Tom empujó los cambios desconocidos para ensayarlos y salimos disparados hacia el opresivo calor, dejándolos atrás, fuera de nuestra vista.

-¿Notaron eso? -preguntó Tom.

-¿Qué?

Me dio una mirada penetrante, dándose cuenta de que Jordan y yo debíamos haber estado enterados todo el tiempo.

-¿Ustedes me creen tonto, no? -insinuó-. Quizás lo sea, pero tengo… una especie de sexto sentido, algunas veces, que me dice qué hacer.  Tal vez no lo crean, pero la ciencia…

Hizo una pausa. La contingencia inmediata lo apabulló, salvándolo del borde del precipicio de lo teórico.

-Hice una pequeña averiguación sobre ese tipo -continuó-.  Hubiera ido más a fondo, de haber sabido que…

-¿Quieres decir que fuiste adonde un médium? -preguntó Jordan charlando.

-¿Qué? -confundido nos veía reir-. ¿Un médium?

-En relación con Gatsby.

-¡Con Gatsby!, no; dije que había estado llevando a cabo una pequeña averiguación sobre su pasado.

Y encontraste que era egresado de Oxford-dijo Jordan por ayudarle.

-¿De Oxford? -incrédulo-. ¡Ni por el diablo!  Usa vestidos rosados.

-Pero a pesar de todo si es egresado de Oxford.

-Oxford, Nuevo México-estalló Tom con desdén-, o algo por el estilo.

Escucha, Tom. Si eres tan pretencioso ¿por qué lo invitaste a almorzar? -preguntó Jordan irritada.

-Fue Daisy; ella lo conocía antes de que nos casáramos.. ¡sabrá Dios de donde!

Todos estamos irritados pues se nos había pasado el efecto de la cerveza, y conscientes de ello, viajamos en silencio un rato. Luego, cuando los ojos desteñidos del doctor T. J. Eekleburg empezaron a divisarse a lo lejos, recordé la advertencia de Gatsby sobre la gasolina.

-Tenemos suficiente para llegar a la ciudad dijo Tom.

-Pero hay una gasolinera aquí mismo -objetó Jordan-. No quiero quedarme varada en este horno.

Tom accionó ambos frenos al tiempo con impaciencia, y nos deslizamos hasta llegara un alto, polvoriento y abrupto, bajo el aviso de Wilson. Al cabo de un rato el propietario salió del interior de su establecimiento y dirigió una mirada vacía al auto.

-¡Gasolina! -exclamó Tom con grosería-. ¿Para qué cree que paramos, para admirar el paisaje?

-Estoy enfermo -dijo Wilson sin moverse . Llevo así todo el día.

-¿Qué pasa?

-Estoy anonadado.

-¿Y por eso voy, a tener que echarle la gasolina yo? -preguntó Tom-.  Parecías bien por el teléfono.

Con un esfuerzo dejó Wilson la sombra y el quicio de la puerta y   respirando con dificultad, destapó la tapa del tanque.  A la luz del sol su rostro se veía verde.

-No fue mi intención interrumpir su almuerzo -dijo-, pero necesito el dinero con mucha urgencia y quería saber qué iba a hacer usted con su auto viejo.

-¿Cómo te parece éste? -preguntó Tom-.  Lo compré la semana pasada.

-Es un amarillo muy bonito -dijo Wilson moviendo con trabajo la manivela.

-¿Te gustaría comprarlo?

-¡Vaya oportunidad! -esbozó una sonrisa-.  No; pero podría ganarle algo al otro.

-¿Para qué, quieres dinero tan de repente?

-Llevo aquí demasiado tiempo. Quiero irme.  Mi esposa y yo deseamos marcharnos al oeste.

-¿Tu esposa lo desea? -exclamó Tom, sorprendido.

-Ha hablado de ello durante diez años -descansó un instante apoyándose en la bomba y tapándose los ojos del sol-. Y ahora se va, lo quiera o no. Yo me la voy a llevar.

El cupé paso veloz por nuestro lado, dejando una nube de polvo y la visión fugaz de una mano que decía adiós.

-¿Qué te debo? -dijo Tom con voz tajante.

-Hace dos días me enteré de algo raro -anotó Wilson-. Por eso es que me quiero largar. Por eso lo he estado molestando con lo de su auto.

-¿Qué te debo?

-Un dólar con veinte.

El sol implacable empezaba a aturdirme y pasé un mal momento antes de darme cuenta de que hasta ahora su recelo no habla recaído sobre Tom.  Wilson había descubierto que Myrtle llevaba algún tipo de vida, alejada de la suya, en otro mundo, y la impresión lo habla dejado físicamente enfermo. Los miré, primero a él y luego a Tom, que había hecho un descubrimiento paralelo hacía menos de una hora, y se me ocurrió que no había diferencia entre los hombres, en inteligencia o raza, tan profunda como la diferencia entre el enfermo y el sano. Wilson estaba tan enfermo que parecía culpable, imperdonablemente culpable … como si hubiera acabado de dejar a una pobre chica esperando hijo.

-Te daré el auto – dijo Tom-. Te lo mando mañana por la tarde.

Este lugar tenía siempre un no sé qué de inquietante, aun a plena luz del día; en ese momento volví la cabeza como si me hubiesen prevenido con respecto a algo detrás de mi. Sobre los morros de ceniza los ojos gigantes del doctor ‘I’.J. Eckelburg mantenían su vigilia, pero después de un instante vi que otros ojos nos miraban con especial intensidad a menos de veinte pies de distancia.

Una de las ventanas que quedaban encima del taller tenía corridas las cortinas hacia un lado y Myrtle Wilson miraba hacia abajo, al auto. Tan embebida estaba que no tenía ninguna conciencia de estar siendo observada, y una emoción tras otra fueron trepando a su rostro, como objetos en una película en cámara lenta. Su expresión guardaba para mí una curiosa familiaridad; era una expresión que había visto con frecuencia en rostros femeninos, pero que en el de Myrtle Wilson parecía sin propósito ni explicación; y entonces caí en cuenta de que sus ojos, abiertos por el terror de los celos, estaban fijos no en Tom sino en Jordan Baker, a quien había tomado por esposa suya.

No hay conclusión igual a la conclusión de una mente simple, y cuando nos alejamos, Tom estaba sintiendo los ardientes latigazos del pánico. Su esposa y su amante, que una hora antes parecían tan seguras e inviolables, se escurrían a pasos agigantados de su control. El instinto lo hizo pisar el acelerador con el doble propósito de pasársela a Daisy y dejar atrás a Wilson, y aceleró hacia el Astoria a cincuenta millas por hora, hasta que entre la telaraña de vigas del paso elevado alcanzamos a ver el cupé azul rodando suavemente.

-Las grandes salas de cine de los alrededores de la calle cincuenta son frescas -sugirió Jordan-. Yo adoro a Nueva York en las tardes de verano cuando no hay nadie en ella. Tiene algo de sensual, de archimaduro, como si de un momento a otro toda clase de frutas raras te fueran a caer en las manos.

La palabra “sensual” tuvo el efecto de inquietar a Tom, pero antes de que pudiera inventarse una replica, cupé se detuvo y Daisy nos hizo señales para que nos atuviéramos a su lado.

-¿Adónde vamos? -exclamó.

-¿Qué tal el cine?

-Está haciendo mucho calor-se quejó-.  Vayan ustedes.  Nosotros daremos una vuelta y nos encontramos después con el esfuerzo se aguzó su ingenio-. Nos encontraremos en alguna esquina. Yo seré la persona que está fumándose dos cigarrillos.

-No podemos discutir esto aquí -dijo Tom con impaciencia al oír que detrás de nosotros un camión nos insultaba con la bocina-.  Síganme para el lado sur del Parque Central, al frente del Plaza.

Varias veces volvió la cabeza para mirar si el auto venía detrás; si el tráfico lo retenía, él disminuía la velocidad hasta volverlo a ver. Creo que temía que se escaparan por alguna calle secundaria, saliendo de su vida para siempre.

Pero no lo hicieron, y todos dimos el paso, menos explicable, de alquilar la sala de una suite en el hotel Plaza.

Aunque la prolongada y bulliciosa discusión que terminó llevándonos a todos como un rebaño a aquel cuarto se me escapa, tengo un claro recuerdo físico de que en el curso de ella mis calzoncillos se enroscaban como una serpiente alrededor de las piernas y que por mi espalda bajaban, intermitentes, frías gotas de sudor. La idea se originó a partir de la sugerencia de Daisy, de que alquiláramos cinco baños y nos bañáramos con agua fría, y luego asumió una forma más tangible como “un sitio para tornarnos un julepe de menta.” Cada uno de nosotros dijo una y otra vez que era una “idea loca”; le hablamos al mismo tiempo al perplejo empleado y pensamos, o aparentamos pensar, que estábamos siendo muy graciosos…

El cuarto era espacioso y sofocante, y, aunque ya eran las cuatro de la tarde, lo único que conseguirnos al abrir las ventanas fue que entrara el tenue olor de los arbustos del Parque. Daisy se encamino hacia el espejo y se quedó allí de pie, dándonos la espalda mientras se arreglaba el cabello.

-Es una super suite-susurró Jordan muy impresionada, y todos reímos.

-Abran otra ventana -ordenó Daisy, sin volverse.

-No hay más.

-Llamemos entonces para que nos manden un hacha.

-Lo que hay que hacer es olvidarse del calor- dijo Tom con impaciencia-. Con rezongar tanto lo que logras es empeorarlo.

Sacó la botella de whiskey de la toalla y la puso sobre la mesa.

-¿Por qué no la dejas en paz, viejo amigo? -anotó Gatsby- Tú fuiste quien quiso venir a la ciudad.

Hubo un momento de silencio.  El directorio telefónico se salió del clavo y cayó desparramado al piso, con lo que Jordan murmuró: “Excúsenme”; pero esta vez nadie rió.

-Yo lo recojo -me ofrecí.

-Ya lo tengo -Gatsby examinó la cuerda partida, y murmuró: “¡hum!”, con interés; entonces arrojó el libro sobre un sillón.

-¿Esta es una gran expresión tuya, no?- dijo Tom cortante.

-¿Cuál?

-Todo ese asunto de “viejo amigo”. ¿Dónde te la levantaste?

-Mira, Tom, por favor -dijo Daisy, volviéndose del espejo-; si vas a ponerte a hacer comentarios personales, no me quedo ni un minuto más.  Llama y ordena que traigan hielo para el julepe.

Cuando Tom tomó el auricular, el calor comprimido explotó en sonidos y en ese momento comenzamos a escuchar los portentosos acordes de la Marcha nupcial de Mendelssohn desde el salón de bailes de la planta baja.

-¡Imagínense casarse uno con alguien en medio de semejante calor! -exclamó Jordan con desaliento.

-Ya ven, y yo me casé a mediados de junio -recordó Daisy-. ¡Louisville en junio! Alguien se desmayó.

¿Quién fue el que se desmayó, Tom?

-Biloxi -se limitó a contestar su marido.

-Un hombre llamado Biloxi. “Bloques” Biloxi, y fabricaba cajas-es cierto-; y era de Biloxi, Mississippi.

-Lo entraron cargaclo a mi casa – añadió Jordan porque nosotros vivíamos a dos casas de la iglesia. Y allí se quedó tres semanas, hasta que papi le dijo que se largara. Un día después, papi murió.

Un instante después agregó, como si pudiera haber sonado ireverente:

-No había ninguna relación.

-Yo conocí a un Bill Biloxi, de Memphis anoté.

-Era primo suyo. Me supe toda la historia de su familia antes que sé marchara. Me dio un palo de golf de aluminio, que todavía uso.

La música había cedido al comenzar la ceremonia y ahora entraba flotando por la ventana un largo brindis, seguido de intermitentes gritos de: “¡Sí, sí, bravo!” y luego un estallido de jazz cuando comenzó el baile.

Nos estamos volviendo viejos-dijo Daisy-. Si estuviéramos jóvenes nos levantaríamos y nos pondríamos a bailar.

-Recuerda lo que le pasó a Biloxi -la previno Jordan-. ¿Dónde lo conociste, Tom?

-¿Biloxi? -se concentró con esfuerzo-. Yo no lo conocía.  Era amigo de Daisy.

-No era amigo mío –negó Daisy-. Jamás lo había visto antes. Vino en el vagón particular.

-Pues él dijo que te conocía. Dijo que había crecido en Louisville.  Asa Bird lo trajo al último minuto y preguntó si había sitio para él.

Jordan sonrió.

-Estaba viajando “de gorra” para llegar a su casa. Me dijo que habla sido presidente de tu grupo en Yale.

Tom y yo nos miramos extrañados.

-¿Biloxi?

-Como primera medida, no teníamos ningún presidente…

El pie de Gatsby estaba dando una serie de inquietos y cortos tamborileos, y de repente Tom lo miró.

-A propósito, señor Gatsby, entiendo que usted es egresado de Oxford.

-No exactamente.

-Oh, si. Entiendo que usted estudió allí. – Si… allí estudié.

Una pausa; luego, Tom, con voz incrédula e insultante:

-Usted debió de haber estado allí más o menos por la misma época en que Biloxi estuvo en New Haven.

Otra pausa. Un camarero entró trayendo la menta y el hielo picados, pero no rompió el silencio con su “gracias” y con la suavidad al cerrar la puerta.

Este tremendo detalle iba a ser aclarado al fin.

-Ya le dije que estudié allí -dijo Gatsby.

-Ya le oí. Pero quiero saber cuándo.

-Fue en 1919. Sólo me quedé cinco meses.  Por eso no puedo considerarme en realidad un oxfordiano.

Tom miró en derredor para ver si reflejábamos su incredulidad. Pero todos mirábamos a Gatsby.

-Fue una oportunidad que le dieron a algunos de los oficiales después del Armisticio -continuó odiamos ir a cualquier universidad de Inglaterra o Francia.

Yo quería levantarme y darle una palmada en la espalda. Sentí un renovarse de mi más plena confianza en él, como el que habla sentido algunas veces en el pasado.

Daisy se levantó, con una sonrisa insipiente, y se acercó a la mesa.

-Destapa el whiskey, Tom -le ordenó-, y te preparo un julepe de menta. Entonces dejará de parecerte a ti mismo lo estúpido que eres… ¡mira la menta!

-Espera un minuto, deseo hacerle a Gatsby una pregunta más.

-Adelante- dijo Gatsby cortésmente.

-¿Qué clase de lío está usted tratando fe armar en mi casa, eh?

Las cartas estaban sobre la mesa al fin, y Gatsby se sentía contento.

-Él no está armando ningún lío. Daisy miraba desesperada a uno y otro. Tú eres quien lo está haciendo.

Por favor, muestra un poco de autocontrol.

-¡Autocontrol! -repitió Tom incrédulo. Supongo que la última moda es sentarse callado y dejar que un Don Nadie, oriundo de Ninguna Parte le haga el amor a tu esposa. Pues bien, si esa es la idea, no cuenten conmigo… En estos tiempos la gente comienza desdeñando la vida conyugal y la institución del matrimonio y lo que sigue de ahí es que acaban echándolo todo por la borda y casándose interracialmente blancos con negros.

Sofocado con una apasionada diatriba, se vio a sí mismo de pie, solo, sobre la última barrera de civilización.

-Aquí todos somos blancos murmuró Jordan.

-Ya sé que no soy muy popular. No doy grandes fiestas. Supongo que uno debe volver la casa una pocilga para conseguir amigos… en el mundo moderno.

Enojado como estaba yo, como lo estábamos todos, me daban ganas de reír cada vez que él abría la boca, tan completa era su transición de inmoral a moralista.

Tengo algo que decirle a usted, viejo amigo…-comenzó Gatsby-. Pero Daisy adivinó sus intenciones.

-¡No, por favor! lo interrumpió impotente-. ¿Por qué más bien no nos vamos a casa todos?

-Es una buena idea -me levanté-.  Ven Tom, nadie quiere un trago.

-Quiero saber qué es lo que el señor Gatsby tiene que decirme.

-Su esposa no lo ama -dijo Gatsby-; jamás lo ha hecho. A quien quiere es a mi.

-¡Debe usted estar loco! exclamó Tom sin vacilación.

Gatsby se levantó, encendido de la emoción.

-Jamás lo amó, ¿me oye? -exclamó-. Sólo se casó con usted porque yo era pobre y estaba cansada de esperarme. Fue un error terrible, pero en el fondo de su corazón ¡jamás amó a nadie más que a mi!

En este punto, Jordan y yo tratamos de marcharnos, pero Tom y Gatsby insistieron con firmeza competitiva en que nos quedáramos, como si ninguno tuviera nada que esconder y fuera para nosotros un privilegio poder participar, si bien de modo vicario, de sus emociones.

-Siéntate, Daisy -Tom buscó sin éxito darle un tono paternal a su voz-. ¿Qué ha estado pasando aquí?  Quiero saberlo todo.

-Ya le conté qué estaba sucediendo -dijo Gatsby-. Venía sucediendo durante cinco años, y usted sin darse cuenta.

Tom se volvió hacia Daisy con brusquedad.

-¿Has estado viéndote con este tipo durante cinco años?

-Viéndonos no -dijo Gatsby-.  No podiamos encontrarnos. Pero nos estuvimos amando todo este tiempo, viejo amigo, y usted no se daba cuenta. A ratos me daba risa -pero no había risa en sus ojos- saber que usted no se daba cuenta.

-Ah, eso es todo -Tom juntó sus gruesos dedos como si fuera un sacerdote y se recostó en la silla.

-¡Está usted loco! -explotó. Yo no puedo hablar de lo que sucedió hace cinco años porque no conocía a Daisy entonces, y que me maten si logro comprender cómo pudo arrimársele a menos de una milla, a no ser que fuera usted el mensajero de la tienda que le traía el mercado a la puerta trasera… Pero todo lo demás es una maldita mentira.  Daisy me amaba cuando se casó conmigo y me ama ahora.

-No -dijo Gatsby, moviendo la cabeza.

-Ella me ama, para que lo sepa. El problema es que a veces se le meten ideas tontas en la cabeza y no sabe lo que hace- asintió con la cabeza haciendo un ademán de sabiduría-. Y lo que es más: yo también la amo. De vez en cuando me echo una canita al aire y meto las patas, pero siempre regreso, y en el fondo de mi corazón la he amado siempre.

-Me das asco -dijo Daisy.  Se volvió hacia mí y su voz, una octava más baja, llenó la habitación de emotivo desdén. -¿Sabes por qué nos vinimos de Chicago? Me extraña que no te hayan invitado a escuchar la historia de aquella canita.

Gatsby atravesó la habitación y se paró al lado de ella.

Daisy, ya todo se acabó dijo con seriedad ya no importa. Dile sólo la verdad, que nunca lo amaste, y con eso todo queda borrado.

Lo miró como sin verlo.

-Pues… ¿cómo podía yo amarlo … cómo podía?

-Jamás lo amaste.

Ella vaciló. Sus ojos cayeron sobre Jordan y sobre con una especie de apelación, como dándose cuenta al fin de lo que hacia, y como si nunca, durante todo este tiempo, hubiera tenido intenciones de hacer nada. Pero ya estaba hecho. Era demasiado tarde.

-Nunca lo amé -dijo, con visible reticencia.

-¿Ni en Kapiolani? -preguntó Tom de repente.

-No.

Desde el salón de baile de abajo los sofocados acordes subían, apagados, con las corrientes de aire caliente.

– ¿Ni aquel día en que te cargué desde el Punch Bowl para que no se te mojaran los zapatos? -había una brusca ternura en su tono de voz…-.

-Por favor, no sigas -su voz era fría, pero todo rencor la había abandonado. Miró a Gatsby-.

-Oh, Jay -dijo, pero su mano temblaba al prender un cigarrillo. De pronto arrojó el cigarrillo y el fósforo prendido al tapete-.

¡Oh, tú pides demasiado! -le gritó a Gatsby-. Te amo ahora. ¿No es suficiente?  No puedo evitar lo del pasado -comenzó a sollozar impotente-. Sí, lo amé una vez, pero a ti también te amé -los ojos de Gatsby se abrieron y se cerraron.

-¿Me amaste a mí también? -repitió.

-Hasta eso es una mentira -dijo Tom con furia. Ni sabía que estabas vivo. Es que… hay cosas entre Daisy y yo que jamás vas a conocer, cosas que ninguno de los dos podremos olvidar jamás.

Las palabras parecieron horadar físicamente a Gatsby.

-Quiero hablar con Daisy a solas -insistió-.  Ella está muy excitada ahora.

-Aun a solas no puedo decir que nunca haya amado a Tom -admitió con voz lastimera-.  No sería cierto.

-Claro que no lo sería -asintió Tom.

Ella se volvió hacia su esposo.

-Como si te importara -dijo.

-Claro que me importa. De ahora en adelante voy a cuidarte mejor.

-Usted no entiende -dijo Gatsby, con un toque de pánico-. Ya no va a cuidarla más.

-Ah, ¿no? -Tom abrió sus ojos rió. Ahora podía darse el lujo de controlarse-. ¿Y eso por qué?

-Daisy lo va a dejar a usted.

-¡Qué ridiculez!

-Sí- dijo ella, haciendo un esfuerzo visible.

-¡No me va a dejar! -Las palabras de Toro cayeron de repente sobre Gatsby-. Y mucho menos por un vulgar estafador, que tendría que robarse la sortija que le pondría en el dedo.

-¡No aguanto más!- exclamó Daísy-.  Oh, por favor, vámonos.

-Y, además, ¿quién es usted -reventó Tom-.  Uno de los secuaces de Meyer Wolfsheim; hasta ese punto sí lo sé. Hice una pequeña averiguación sobre sus asuntos y mañana voy a ahondar en ella.

-Puede hacer lo que le venga en gana, viejo amigo – dijo Gatsby sin miedo.

-Descubrí qué clase de “droguerías” tenía usted -se volvió hacia nosotros y habló de prisa-.  El y Meyer Wolfsheim compraron un gran número de droguerías de segunda en Chicago y vendían alcohol de grano

en el mostrador.  Ese es uno de sus truquitos.  A mí me entró la espina de que era un contrabandista de licores desde la primera vez que lo vi, y no estaba muy equivocado.

-¿Y eso qué? -dijo Gatsby cortésmente-. Supongo que su amigo Walter Chase no era demasiado orgulloso para meterse en eso.

-¡Y usted lo dejó colgado de la brocha!, ¿no?  Lo dejó en la cárcel un mes en New Jersey. ¡Dios!, debería oír lo que Walter dice de usted.

-Vino donde nosotros en la pura ruina. Se puso muy contento de conseguirse unos dólares, viejo amigo.

-¡Deje de llamarme “viejo amigo”! -exclamó Tom.

Gatsby no contestó-. Walter también podría haberlo denunciado a usted por violar las leyes de apuestas, pero Wolfsheim lo obligó a callarse la boca.

Aquella mirada desconocida pero reconocible volvió al rostro de Gatsby.

-Ese negocio de las droguerías era sólo para ganar unos centavos -continuó Tom con lentitud-; pero ahora está usted metido con algo que Walter teme contarme.

Observé a Daisy, que miraba aterrorizada ya a Gatsby ya a su marido, y a Jordan, que había comenzado a poner en equilibrio el invisible pero absorbente objeto en la punta de su mentón.  Entonces me volví hacia Gatsby, y me quedé pasmado con su expresión. Parecía, y esto lo digo con el desprecio olímpico por los chismes inusitados en su jardín, como si hubiese “asesinado a un hombre”.  Por un instante la configuración de su rostro podría ser descrita de esta fantástica manera.

Pero aquéllo le pasó y comenzó a hablarle a Daisy con gran excitación, negándolo todo, defendiendo su nombre contra acusaciones que no le habían hecho. Pero con cada palabra ella se retraía más y más en sí misma, por lo que él dejó de hablar, y sólo el sueño muerto siguió luchando en el transcurso de la tarde, tratando de tocar lo que no era tangible ya, luchando angustiado, sin desfallecer, por la voz perdida que se encontraba en el otro lado de la habitación.

La voz suplicó de nuevo que se marcharan.

-¡Por favor, Tom!  No soporto esto más.

Los ojos aséstalos de Daisy decían que cualquier intención, cualquier valor que hubiera tenido, la habían abandonado para siempre.

-Ustedes dos váyanse a casa, Daisy -dijo Tom.

En el auto del señor Gatsby.

Ella miró a Tom, alarmada ahora, pero él insistió, con magnánimo desdén.

-Sigue. Él no te va a molestar. Creo que se ha dado cuenta de que su presuntuoso e insignificante cortejo se acabó.

Se marcharon sin una palabra; expulsados; convertidos en algo pasajero; aislados, cual fantasmas, incluso de nuestra piedad.

Después de un momento Tom se levantó y comenzó a envolver en la toalla la botella de whiskey que no había sido abierta.

-¿Quieren un poco de esto? ¿Jordan … ? ¿Nick?

No contesté.

-¿Nick? preguntó de nuevo.

-¿Qué?

-¿Quieres?

-No… -yo acababa de recordar que hoy era mi cumpleaños.

Tenía treinta años.  Ante mí se extendía el ominoso y amenazante sendero de una nueva década. Eran las siete de la noche cuando subimos al cupé con Tom y partimos para Long Island. Tom hablaba sin cesar, entusiasmado y riendo, pero su voz estaba tan distante de Jordan y de mí como el clamor foráneo del andén o la algarabía del paso elevado, encima de nosotros. La compasión humana tiene sus límites y nosotros estábamos contentos de dejar que todas sus discusiones se desvanecieran con las luces de la ciudad que dejábamos atrás. Treinta años, la promesa de una década de soledad, la lista, cada vez más escasa, de hombres solteros por conocer, la maleta cargada de entusiasmo escaso, el cabello escaso ya.  Pero a mi lado se encontraba Jordan, que, a diferencia de Daisy, era demasiado lista para llevar sueños, ya olvidados, de una era a otra. Al pasar sobre el puente oscuro su rostro pálido cayó lánguido sobre el hombro de mi chaqueta y el formidable golpe de los treinta murió en la distancia con la tranquilizadora presión de su mano. Entonces continuamos nuestro viaje hacia la muerte, en un atardecer cada vez más fresco.

 

Michaelis, el joven griego dueño de la cafetería cercana a los morros de ceniza, fue el principal testigo en la indagatoria. Se había que dado dormido durante las horas de calor, hasta las cinco, momento en que caminó hacia el taller, donde encontró a George Wilson enfermo en la oficina; muy enfermo en realidad, tan pálido como su cabello, y con temblor en todo el cuerpo. Michaelis le aconsejó que se acostara, pero Wilson rehusó, diciendo que podría perder clientes si lo hacía. Mientras el vecino trataba de persuadirlo se desató un alboroto tremendo arriba.

Tengo a mi mujer encerrada explicó Wilson con calma-. Allá se va a quedar hasta pasado mañana, y entonces nos vamos a ir de aquí.

Michaelis se quedó asombrado; habían sido vecinos durante cuatro años, y Wilson jamás había parecido ni remotamente capaz de decir algo así. Casi todo el tiempo daba la impresión de ser un hombre agotado: cuando no estaba trabajando, se sentaba en una silla a la entrada a mirar a la gente y los autos que pasaban por la carretera. Cuando alguien le hablaba, reía con amabilidad pero sin gracia.  Era un hombre dependiente de su esposa y no su propio dueño.

Entonces Michaelis, como es natural, trató de descubrir qué había acontecido, pero Wilson no soltaba prenda; en lugar de responder, comenzó a echarle miradas curiosas y llenas de recelo y a preguntarle qué. había estado haciendo ciertos días a ciertas horas. En el momento en que éste último comenzaba a sentirse incómodo, un grupo de trabajadores pasó por la puerta rumbo a su restaurante y Michaelis aprovechó la oportunidad para marcharse, con intenciones de regresar más tarde. Pero no lo hizo. El cree que se le olvido, eso es todo. Cuando salió de nuevo, a las siete pasadas, se acordó de la conversación al escuchar la voz de la señora Wilson, alta y en tono de regaño, abajo en el taller.

-¡Pégame! -oyó que gritaba-. ¡Tírame al suelo y pégame; tú, asqueroso cobarde, insignificante!

Un segundo más tarde salió corriendo en la oscuridad, agitando las manos y gritando, y antes que el hombre pudiera moverse de la puerta el asunto había terminado.

El “auto de la muerte”, como los periodistas lo llamaron, no se detuvo; salió de la atenazadora penumbra, hizo un breve y trágico zig-zag y desapareció en la siguiente curva. Michaelis ni siquiera estaba seguro del color; al primer policía le dijo que era verde claro. El otro auto, el que se dirigía a Nueva York, vino a detenerse cien yardas más adelante y su chofer se apresuró a ir al lugar donde Myrtle Wilson, su vida apagada con violencia, estaba de hinojos en el camino, su espesa sangre oscura mezclada con el polvo.

Michaelis y aquel hombre fueron los primeros en llegar allí, pero cuando le rasgaron el vestido camisero, todavía empapado de sudor, vieron que su seno izquierdo colgaba suelto como una aleta, y que no había necesidad de auscultarle el corazón. Tenía la boca bien abierta y rasgada por las comisuras, como si se hubiera ahogado un poco al renunciar a la tremenda vitalidad que había almacenado por tanto tiempo.

Cuando estábamos a alguna distancia todavía, vimos tres o cuatro automóviles y una muchedumbre.

-¡Un choque! -dijo Tom-.  Qué bien.  Así Wilson tendrá algo que hacer al fin.

Disminuyó la velocidad, pero sin intención de detenerse, hasta que, al acercarnos, los rostros demudados y atentos de la gente que estaba en el taller lo llevaron a frenar automáticamente.

-Echemos una miradita -dijo vacilando-.  Sólo un vistazo.

Me di cuenta entonces de que del taller salía sin interrupciones un gemido hueco, que, a medida que salíamos del cupé y caminábamos hacia la puerta, se convirtió en las palabras: ¡oh, Dios mío!”, pronunciadas una y otra vez en una queja entrecortada.

-Algo muy grave pasó aquí dijo Tom asustado.

Se empinó y miró por sobre el círculo de cabezas hacia el taller alumbrado sólo por una luz amarilla que colgaba del techo, y se mecía en una canasta. Dejó escapar entonces un gruñido ronco de la garganta, y empujando a la gente con sus poderosos brazos, logró abrirse paso.

El círculo se volvió a cerrar con un murmullo general de protesta; pasó un minuto antes de que yo pudiera ver algo.  Luego, unos recién llegados desbarataron el círculo otra vez y de repente Jordan y yo fuimos empujados hacia adentro.

El cuerpo de Myrtle Wilson, envuelto en una sábana, y luego en otra, como si estuviera con escalofríos en esta calurosa noche, yacía sobre una mesa de trabajo que estaba junto al muro, y Tom, inmóvil y dándonos la espalda, se inclinaba sobré él. A su lado había un policía de moto, apuntando nombres en una libreta con mucho sudor y, circunspección. Al principio no pude encontrar la fuente de, las agudas y quejumbrosas palabras que sonaban como un eco clamoroso en el vacío taller; pero luego vi a Wilson de pie sobre el dintel elevado de su oficina, meciéndose hacia atrás y hacia adelante, pegado del quicio con ambas manos. Un hombre le hablaba en voz baja, tratando de vez en cuando de ponerle el brazo en los hombros, pero Wilson ni veía ni entendía. Sus ojos bajaban lentos desde la lámpara colgante hasta la cargada mesa de junto a la pared, para después subir con brusquedad de nuevo hacia la luz, emitiendo sin cesar su horrible clamor:

-¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mio! ¡Oh, Dios mío!

Al cabo de un momento Tom levantó la cabeza con brusquedad y, después de pasar por el taller una mirada vacía, le dirigió una observación incoherente y confusa al policía.

-M-a-v -decía el policía-, o…

-No, erre…corregía el hombre-, M-a-v-r-o -¡Escúcheme! -masculló Tom con rabia. -Erre -dijo el policía-, o…

-Ge…

-Ge… -miró a Tom en el momento en que su pesada mano le cayó con fuerza sobre el hombro-.

-¿Qué quiere, hombre?

-¿Qué pasó?, eso es lo único que quiero saber. -Un auto la golpeó.  La mató ahí mismo.

-La mató ahí mismo -repitió Tom, con la mirada fija.

-Ella echó a correr por la carretera.  El malnacido ni siquiera detuvo el auto.

-Había dos autos -dijo Michaelis-; uno que iba, otro que venía, ¿ve?

-¿Iba adónde? -preguntó el policía con perspicacia.

-Cada uno por su vía.  Entonces ella… -alzó la mano hacia las sábanas, pero se contuvo en mitad del camino y la dejó caer al lado-… ella salió corriendo de aquí y el que venía de Nueva York le dio duro, iba a treinta o cuarenta millas por hora.

-¿Cómo se llama este lugar? preguntó el agente.

No tiene nombre.

Un negro, pálido y bien vestido, se acercó.

-Era un auto amarillo dijo -, un auto amarillo grande. Nuevo.

.¿Presenció usted el accidente? preguntó el policía.

-No, pero el auto me superó en la carretera, iba a más de cuarenta; a cincuenta o sesenta.

-Venga para acá y deme su nombre. Cuidado ahora.  Quiero su nombre.

Algunas palabras de esta conversación debieron de haberle llegado a Wilson, que se balanceaba en el quicio de la puerta de su oficina, porque de un momento a otro un nuevo tema encontró salida entre sus ahogados gritos:

-¡No me tienen que decir que auto era! ¡Yo sé qué clase de auto era!

Al mirar a Tom vi la masa muscular en su espalda contraerse bajo el saco. Caminó de prisa hacia Wilson y de pie al frente suyo, lo alzó con firmeza por los antebrazos.

-Tienes que controlarte le dijo con brusquedad, para calmarlo.

Los ojos de Wilson cayeron sobre él; comenzó a empinarse, y de no haber sido por Tom se hubiera ido de bruces.

-Escucha- dijo Tom, zarandeándolo un poco. Acabo de llegar desde Nueva York. Venía a traerte aquel cupé de que hablamos. Aquel auto amarillo que yo manejaba esta tarde no era mío, ¿me oyes?  No lo he visto en toda la tarde.

Sólo el negro y yo estábamos a la distancia suficiente para oír lo que decía, pero el agente captó algo en el tono y se volvió a mirar con ojos maliciosos.

-¿Qué es todo eso? -preguntó.

-Soy amigo suyo -Tom volvió la cabeza, pero mantuvo a Wilson firmemente asido-. Él dice que sabe cuál auto fue… Un auto amarillo.

Un fugaz impulso llevó al policía a mirar a Tom con recelo.

-¿Y de qué color es su auto?

-Azul; es un cupé.

-Acabamos de llegar de Nueva York -dije.

Alguien que había andado un poco detrás de nosotros lo confirmó, y el policía se dio la vuelta.

-Ahora, si me lo permiten, yo anoto bien ese nombre…

Agarrando a Wilson como si fuera un juguete, Tom se lo llevó a la oficina, lo sentó en un taburete y regresó.

-Alguien haga el favor de ir allá y sentarse con él -ordenó autoritario. Observé que los dos hombres que estaban más cerca se miraron y entraron a regañadientes a la habitación. Entonces les cerró la puerta y bajó de un solo paso, evitando mirar la mesa.  Al pasar junto a mi me susurró:

-Vámonos.

Consciente de lo que hacía, abriéndose paso con sus brazos autoritarios, empujamos a la multitud que seguía formándose, y pasamos junto a un médico que venía de prisa, maletín en mano, a quien habían llamado con esperanzas absurdas media hora antes.

Tom manejó con lentitud hasta que doblamos la curva; entonces apoyó el pie con fuerza en el acelerador y el cupé salió despedido y se adentró en la noche.  Un rato más tarde escuché un sollozo ronco y  quedo, y vi que tenía el rostro bañado en lágrimas.

-¡Ese maldito cobarde! -gimió-.  No fue capaz ni de detener el auto.

La casa de los Buhanan se nos presentó de repente a través de los árboles oscuros y rumorosos. Tom se detuvo junto al pórtico y miró al segundo piso, donde dos ventanas luminosas parecían flores entre la hiedra.

-Daisy está en casa -dijo-.  Al salir del auto me miró y frunció un poco el ceño.

Debí haberte dejado en West Egg, Nick. No hay nada que podamos hacer esta noche, había sufrido un cambio, y hablaba con seriedad y decisión. Mientras caminábamos por los guijarros hacia el pórtico a la luz de la luna, despachó la situación con unas cuantas frases contundentes.

-Voy a llamar un taxi para que te recoja y te lleve a casa, y mientras esperas, lo mejor es que Jordan y tú vayan a la cocina a comer alguna cosa, si lo desean -abrió la puerta-. Sigan.

-No, gracias. Pero sí te agradecería que me consiguieras un taxi. Esperaré afuera.

Jordan me puso la mano sobre el brazo.

-¿No quieres entrar, Nick?

-No, gracias.

Sentía náuseas y deseaba estar solo. Pero Jordan se quedó un momento más.

-Son tan sólo las nueve y media – dijo.

Por nada del mundo pensaba entrar; ya había tenido bastante de ellos para un sólo día, y de repente, también estaba incluida Jordan. Ella debió haber visto algo en mi expresión porque se volvió de manera abrupta y subió las escalinatas del pórtico para entrar a la casa.

Yo me senté unos minutos con la cabeza entre las manos hasta que oí que tomaban el teléfono adentro y escuché la voz del mayordomo llamar un taxi. Entonces me fui caminando sin prisa por el sendero, alejándome de la casa, con la intención de esperar el taxi en la portada.

No había recorrido veinte yardas cuando oí que me llamaban y, de entre dos arbustos, Gatsby brincó al camino. Yo me debía estar sintiendo demasiado extraño en aquel momento, porque no recuerdo haber pensado más que en la luminosidad de su vestido color rosa bajo la luna.

-¿Qué estás haciendo? -pregunté.

-Aquí no más, viejo amigo.

Por alguna razón parecía que iba a hacer algo malo. A juzgar por lo que yo sabía, bien podía estar a punto de meterse a la casa a robar; no me hubiera sorprendido ver rostros siniestros, los de la “gente de Wolfsheim”, tras él, en el matorral oscuro.

-¿Viste algún problema en el camino? -me preguntó enseguida.

-Sí.

Vaciló.

-¿Está muerta?

-Si.

-Eso pensé; le dije a Daisy que así lo creía. Era mejor que el golpe le cayera de una vez. Lo soportó bastante bien.

Hablaba como si la reacción de Daisy fuera lo único que importara.

-Llegué a West Egg por un camino secundario -continuó-, y dejé el auto en mi garaje.  No creo que nadie nos hubiera visto, pero, obviamente, no puedo estar seguro.

Para ese momento me disgustaba tanto, que no encontré necesario decirle que se equivocaba.

-¿Quién era la mujer-? – preguntó.

-Su apellido era Wilson. Su esposo es el dueño del taller-. ¿Cómo diablos sucedió?

-Bueno, yo traté de voltear el timón…-se calló y de pronto, me di cuenta de la verdad.

¿Iba Daisy manejando?

-Sí-,dijo en seguida; pero claro que voy a decir que era yo. Mira, cuando salimos de Nueva York iba muy nerviosa y pensó que manejando se calmaría… y esa mujer salió corriendo en el momento preciso en que pasaba un auto por la otra vía. Aunque esto sucedió en un santiamén, me pareció que ella quería hablarnos, que creyó que éramos conocidos suyos. Bien, al principio Daísy logró esquivar a la mujer y giro el volante hacia el otro auto, pero después perdió el control y devolvió la rueda. En el momento en que mi mano llegó al volante, sentí el golpe; debió haberla matado en forma instantánea.

-La partió en dos.

No me lo digas, viejo amigo-dijo impresionado.

Al fin y al cabo Daisy le pasó por encima. Traté de que se detuviera, pero no pudo, y entonces halé del freno de emergencia. En ese momento se desplomó sobre mis piernas y yo seguí manejando.

…- Mañana va a estar bien dijo enseguida-. Lo único que voy a hacer es esperar aquí para ver si él trata de molestarla con relación a las cosas desagradables de esta tarde. Ella se encerró en su alcoba y si él se porta como un energúmeno, va a apagar la luz y a encenderla de nuevo.

-No la va a tocar -,dije yo-.  No está pensando en ella.

-No confío en él, viejo amigo.

-¿Cuánto tiempo vas a esperar?

-Toda la noche, de ser necesario.  Por lo menos hasta que se acuesten.

Una nueva posibilidad se me ocurrió. Suponiendo que Tom descubriera que Daisy era quien habla estado manejando, podría pensar que había algo significativo en esto. Podría pensar cualquier cosa.  Miré hacia la casa; se veían dos o tres ventanas iluminadas abajo, y el brillo color rosa de la alcoba de Daisy en el segundo piso.

-Espera tú aquí -dije yo-.  Voy a ver si hay algún signo de conmoción.

Regresé por el límite del prado, atravesé el empedrado sin hacer ruido y caminé de puntillas hasta las escaleras de la terraza.  Las cortinas de la sala estaban semiabiertas y vi que la habitación se encontraba vacía. Cruzando el balcón donde habíamos cenado aquella noche de junio hacia tres meses, llegué a un pequeño rectángulo de luz que adiviné era la ventana de la despensa. La persiana estaba abajo, pero encontré una rendija en el alféizar.

Daisy y Tom estaban sentados uno frente al otro en la mesa de la cocina, con un plato de pollo frito frío en medio y dos botellas de cerveza. Él le hablaba con gran concentración, y en su seriedad había dejado caer su mano sobre la de ella. Daisy lo miraba de vez en cuando y asentía con una inclinación de cabeza.

Si bien no estaban contentos, y ninguno de los dos había tocado la cerveza o el pollo, tampoco parecían infelices. En el cuadro se percibía la inconfundible atmósfera de una intimidad natural y cualquiera  hubiera dicho que conspiraban.

Cuando me iba alejando del pórtico en las puntas de los pies, escuché que el taxi tanteaba el camino en la oscura senda que daba a la casa. Gatsby esperaba en el punto donde yo lo había dejado, en la explanada.

-¿Está todo en calma por allá?- preguntó angustiado.

-Sí; todo en calma vacilé. Es mejor que te marches a tu casa y te acuestes.

Indicó que no con un gesto.

-Quiero esperar a que Daisy se vaya a la cama.  Buenas noches, viejo amigo.

Se metió las manos en los bolsillos del saco y, ansioso, dio la vuelta para seguir su escrutinio de la casa, como si mi presencia hubiera mancillado la santidad de su vigilia. Entonces me alejé, dejándolo solo a la luz de la luna, vigilando nada.


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