El gran Gatsby, novela (capítulo 6) de Francis Scott Fitzgerald


Francis Scott Fitzgerald

VI

Más o menos por esta época, un joven y ambicioso reportero de Nueva York llegó una mañana a la puerta de Gatsby y le preguntó si tenía algo para decir.

-¿Algo de qué? -preguntó Gatsby cortésmente.

-Pues…, cualquier declaración para dar.

Después de unos cinco minutos de confusión, trascendió que el periodista había oído el nombre de Gatsby en la oficina, en relación con algo que no quería revelar o no entendía bien.  Este era su día libre y con laudable iniciativa se apresuró a salir “para ver” que ocurría.

Era un tiro al azar, y sin embargo, el instinto del reportero iba por buena ruta.  La fama de Gatsby, difundida por los miles de personas que habían aceptado su hospitalidad convirtiéndose en autoridad sobre su pasado, había crecido todo el verano, hasta que lo único que le faltaba era volverse noticia de los periódicos.  Le achacaron leyendas contemporáneas tales como “la tubería subterránea hasta el Canadá”, y se difundió la historia recurrente de que no vivía en ninguna casa sino en un bote que parecía una casa y que se movía en secreto, de un lado a otro, por las playas de Long Island. Por qué podían ser estos inventos fuente de satisfacción para James Gatz, natural de Dakota del Norte, no es fácil saberlo.

James Gatz; éste era real o al menos legalmente su nombre.  Se lo había cambiado a la edad de 17 años, en el momento específico que fue testigo del comienzo de su carrera, cuando vio el yate de Dan Cody anclar en el banco más traicionero del lago Superior. Era James Gatz quien había estado deambulando por la playa aquella tarde en un harapiento suéter verde y en un par de pantalones de dril pero fue James Gatsby quien pidió prestado un bote de remos, salió hacia el Tuolomee e informó a Cody que un ventarrón podría cogerlo y volverlo trizas en media hora.

Supongo que tendría el nombre listo desde hacia largo tiempo, ya en aquel entonces.  Sus padres fueron

agricultores, incapaces y poco prósperos; en su imaginación jamás los había aceptado como tales.  La verdad es que aquel James Gatstby de West Egg, Long lsland, surgió de la concepción platónica que se hacía hecho de sí mismo.  Era hijo de Dios -una frase que de, significar algo, significa exactamente eso, y debía estar al tanto del negocio de Su Padre, al servicio de una belleza vasta, vulgar y prostituida.  Entonces se inventó la clase de James Gatsby que le hubiera gustado inventar a un chico de diecisiete años, y a esta concepción le fue fiel hasta el final.

Durante más de un año había estado abriéndose camino a lo largo de la playa sureña del lago Superior como buscador de almejas y pescador de salmones o en cualquier otra posición que le diera para conseguir comida y alojamiento. Su cuerpo bronceado, cada vez más duro, vivía con naturalidad el trabajo, unas veces fuerte, otras descansado, de los tórridos días. Conoció mujeres a una edad temprana, y como lo mimaban comenzó a desdeñarlas; a las jóvenes vírgenes por su ignorancia, a las otras porque se ponían histéricas por cosas que, con su apabullante absorción en si mismo, daba por sentadas.

Pero su corazón se mantenía en constante turbulencia. Los caprichos más grotescos y fantásticos lo perseguían en su lecho por la noche. Un universo de inefable vistosidad giraba como un remolino en su cerebro mientras el reloj hacía tic-tac en el lavamanos y la luna empapaba de húmeda luz su ropa desordenada, tirada sobre el piso. Cada noche le agregaba Gatsby más y más detalles al modelo de sus fantasías, hasta que, borracho de sueño, le llegaba el descanso reparador con alguna vivida escena en la mente. Durante un tiempo estos sueños fueron un escape para su imaginación; le daban una idea satisfactoria de la irrealidad de la realidad, una promesa de que el peñón del mundo estaba asentado de manera firme en el ala de un hada.

Un instinto hacía la gloria futura lo habla llevado, algunos meses antes, a la pequeña universidad luterana de St. Olaf en el sur de Minnesota.  Permaneció allí dos semanas, desilusionado por su brutal indiferencia hacia los tambores de su destino, hacia el destino mismo, despreciando el trabajo de conserje con el cual se habría de pagar los estudios. Entonces regresó al lago Superior, y todavía andaba buscando qué hacer, el día que el yate de Dan Cody ancló en los bajos junto a la playa.

Por ese entonces hombre de cincuenta años, era Cody producto de los campos de plata de Nevada, del Yukón y de todas las fiebres de metales desde el año setenta y cinco.  Las transacciones con el cobre de Montana que le hicieron muchas veces millonario, lo dejaron físicamente sano pero en los limites de la debilidad mental y, sospechando esto, un infinito número de mujeres trataron de separarlo de su dinero.  Las tretas de mal gusto por medio de las cuales Ella Kaye, la periodista, desempeñó el papel de madame de Maintenon de su debilidad, enviándolo en un yate a la mar, fueron noticia común de los pasquines truculentos de 1902.  Llevaba cerca de cinco años viajando por playas hospitalarias cuando apareció, encarnando el destino de James Gatz, en la bahía de Littie Girl.

Para el joven Gatz, que descansaba en sus remos y miraba la cubierta con sus barandas, aquel yate representaba toda la belleza y el glamour del mundo. Supongo que le habrá sonreído a Cody; ya habría descubierto, y probablemente, que él le gustaba a la gente cuando sonreía. De todos modos Cody le hizo algunas preguntas (una de ellas le permitió estrenar nombre) y encontró que era ágil y de una ambición desmedida. Unos pocos días después se lo llevó a Duluth y le compró un saco azul, seis pares de pantalones marineros y una cachucha, marinera también. Y cuando el Tuolomee zarpó hacia las Indias occidentales y la costa de Berbería, Gatsby también zarpó.

Estaba empleado en una calidad vaga; mientras permaneció con Codv fue por turnos camarero, maestre, capitán, secretario y hasta carcelero, porque el Dan Cody sobrio sabía muy bien qué locuras era capaz de hacer el Dan Cody ebrio y solucionaba tales contingencias depositando cada vez más confianza en Gatsby. Este arreglo duró cinco años, durante los cuales el barco dio tres veces la vuelta al continente.  Hubiera podido durar indefinidamente si no hubiera sido por el hecho de que Ella Kaye subió a bordo una noche en Boston; una semana más tarde Dan Cody moría de manera inhóspita.

Recuerdo el retrato de Cody en la alcoba de Gatsby; un hombre gris y grueso de rostro duro y vacío, el típico libertino pionero que durante una fase de la vida norteamericana trajo de regreso al litoral oriental la violencia salvaje del burdel y de la taberna de la frontera. Se debía a Cody, de manera indirecta, el que Gatsby tomara tan poco licor. Algunas veces, en el curso de alguna animada francachela, a las mujeres les daba por frotarle champaña en el cabello; en cuanto a él, se formó el hábito de dejar el licor en paz.

Y fue de Cody de quien heredó dinero; un legado de veinticinco mil dólares. No se lo dieron. Nunca entendió la argucia legal que emplearon contra él, pero lo que quedó de los millones se fue intacto a Ella Kaye. Lo que sacó fue esta singular educación, tan apropiada para él; el vago perfil de James Gatsby se había rellenado con la sustancia de un hombre.

Él mismo me contó todo esto mucho después, pero yo lo puse aquí con la idea de hacer reventar aquellos primeros rumores locos sobre sus antecedentes, que ni siquiera se acercaban un poco a la verdad. Además, él me lo contó en un momento de confusión, cuando yo había llegado al punto de creerlo todo y nada acerca de él. Entonces saqué ventaja de este pequeño alto -en que Gatsby, por así decirlo, hacía una pausa para respirar-, para aclarar esta cantidad de concepciones falsas.

Fue un alto, también, en mi asociación con sus asuntos… Durante una semana no lo vi ni oí su voz por teléfono; la mayor parte del tiempo yo estaba en Nueva York, trotando de aquí para allá con Jordan y tratando de congraciarme con su senil tía; pero al fin, una tarde dominical, me encaminé a su casa. No llevaba allí dos minutos cuando alguien trajo a Tom Buchanan para tomarse un trago. Yo me sobresalté, como es natural, pero lo que más me sorprendió es que esto no hubiera sucedido antes.

Era un grupo de tres jinetes; Tom, un hombre de apellido Sloane y una hermosa mujer ataviada en un bello vestido de montar, color castaño, que ya había estado allí antes.

-Que bueno verlos -dijo Gatsby, de pie en su pórtico-.  Me encanta que hayan caído por acá.

¡Como si les importara!

-Siéntense por favor. ¿Desean un cigarrillo o un cigarro? -caminaba por el cuarto con rapidez, tocando timbres . Haré que les traigan algo de beber en un minuto.

Lo afectaba profundamente que Tom se encontrará allí. Pero se sentiría mal de todas maneras hasta que les hubiera podido ofrecer algo, intuyendo que para eso venían. El señor Sloane no quería nada. ¿Una limonada?  No, gracias. ¿Un poco de champaña?  Nada, muchas gracias… lo sientó…

-¿Estuvo agradable el paseo a caballo?

-Hay caminos muy buenos por aquí.

-Supongo que los automóviles…

-Sí.

Movido por un impulso irresistible, Gatsby se volvió hacia Tom, que había aceptado ser presentado como un desconocido.

-Creo que nos hemos encontrado en alguna otra parte antes, señor Buchanan.

-Oh, sí -dijo Tom, con cortesía hosca, pero, obviamente, sin recordarlo-; sí, nos encontramos antes.  Lo recuerdo muy bien.

-Hace más o menos dos semanas.

-Es cierto.  Usted estaba con Nick.

Conozco a su mujer continuó Gatsby casi con agresividad.

-¿De veras?

Tom se volvió hacia mí.

-¿Vives cerca de aqui, Nick?

-Soy vecino.

-No me lo diga.

El señor Sloane no entró en la charla sino que se quedó recostado con altivez en su sillón; la mujer tampoco decía nada, pero de un momento a otro, después de dos highballs, se volvió cordial.

-Todos vendremos a su próxima fiesta, señor Gatsby -insinuó.

-¿Cómo dice? Claro, me encantaría tenerlos aquí.

-Sería muy bueno -dijo el señor Sloane sin sentir gratitud-. Bueno, pienso que ya debemos irnos.

-Por favor, no se apresuren -les insistió Gatsby-.

Ya había logrado controlarse, y quería ver a Tom más tiempo-. ¿Por qué no… por que no se quedan a comer?  No me sorprenderla que llegara otra gente de Nueva York.

-Vengan ustedes a comer conmigo -dijo la dama con entusiasmo-.  Los dos.

Esto me incluía a mí. El señor Sloane se levantó.

-Ven -dijo, pero sólo a ella.

-De veras -insistió ella- . Me gustaría que vinieran.  Tengo mucho espacio.

Gatsby me miró inquisitivo. Deseaba ir, y no se percataba de que el señor Sloane estaba decidido a que no fuera.

-Yo creo que no voy a poder -dije.

-Entonces venga usted -insistió ella, concentrándose en Gatsby.

El señor Sloane murmuró algo al oído de la mujer.

-No llegaremos tarde si salimos ya -insistió ella en voz alta.

-No tengo caballo -dijo Gatsby-.  Solía montar en el ejército, pero nunca he comprado un caballo.  Tendría que seguirlos en mi auto.  Excúsenme un minuto.

Los demás salimos caminando hacia el pórtico, donde Sloane y la dama sostuvieron una apasionada conversación a un lado.

-Dios mío, me parece que el hombre sí viene -dijo Tom . ¿No se da cuenta que ella no quiere?

Ella dice que sí quiere.

-Tiene una comida grande y él no va a conocer un alma allí-frunció el ceño-. Me pregunto dónde diablos conocería a Daisy. Por Dios, puede que sea anticuado en mis ideas, pero las mujeres andan rodando demasiado estos días para mi gusto. Conocen toda suerte de bichos raros.

De un momento a otro, el señor Sloane y la dama bajaron las escalinatas y se montaron a los caballos.

-Ven -dijo el señor Sloane a Tom; estamos retrasados. Nos tenemos que ir -y después me dijeron a mí:

-Dígale por favor que no lo pudimos esperar, ¿Lo hará?

Tom y yo nos dimos un apretón de manos, los demás intercambiaron un saludo con la cabeza y el grupo se marchó trotando veloz por la vereda, desapareciendo bajo el follaje de agosto en el preciso instante en que Gatsby, de sombrero y con una chaqueta liviana en la mano, salía por la puerta delantera.

Era evidente que a Tom le molestaba que Daisy estuviera saliendo sola, porque el sábado siguiente vino con ella a la fiesta de Gatsby por la noche. Tal vez fue su presencia lo que le dio a la velada su peculiar tinte de opresión; se destaca ésta en mi memoria sobre todas las otras fiestas de Gatsby de aquel verano.  Había concurrido la misma gente, o al menos la misma clase de gente; había la misma profusión de champaña, el mismo alboroto abigarrado y multitonal, pero yo sentía algo desagradable en el ambiente, una dureza que lo invadía todo, que nunca había estado allí antes.

O quizás era simplemente que yo me había acostumbrado a él, que había llegado a aceptar a West Egg como un mundo completo en sí mismo, con sus propias normas y sus propios personajes, no inferior a nada, porque no tenía conciencia de serlo, y ahora lo veía de nuevo, a través de los ojos de Daisy.  No dejaba nunca de entristecerme mirar a través de ojos nuevos las cosas en las cuales uno ha gastado la capacidad de adaptación.

Ellos llegaron al atardecer, y mientras paseábamos entre los cientos de personas efervescentes, la voz de Daisy le hacia numerosos trucos en la garganta.

-Estas cosas me excitan tanto -murmuró-. Si quieres besarme en cualquier momento durante la velada, Nick, déjamelo saber y tendré todo gusto en permitírtelo. No más menciona mi nombre. O preséntame una tarjeta verde.  Estoy repartiendo tarjetas verdes…

-Mira allí -sugirió Gatsby.

Estoy mirando en derredor.  Estoy pasando delicioso…

-Tienes que estar viendo los rostros de mucha gente sobre la cual has oído hablar.

Los ojos arrogantes de Tom se posaron sobre la multitud.

-Nosotros no salimos mucho -dijo él-; es más, estaba pensando que no conozco a nadie aquí.

-Tal vez conozcas a aquella dama -Gatsby señaló a una fabulosa y poco humana orquídea de mujer, sentada con gran pompa bajo un ciruelo blanco. Tom y Daisy miraron con aquel sentimiento particularmente irreal que acompaña el reconocimiento de una estrella de cine hasta aquel entonces famosa de una manera fantasmagórica.

-Es hermosa dijo Daisy.

El hombre que está agachado a su lado es su director.

Gatsby los llevó con gran formalidad de grupo en grupo:

La señora Buchanan… y el señor Buchanan… y tras vacilar un instante-: El jugador de polo.

Oh, no objetó Tom enseguida-; yo no.

Pero era claro que el sonido de esta frase le agradó a Gatsby, porque Tom siguió siendo “el jugador de polo” por el resto de la velada.

-Jamás había encontrado tanta gente famosa exclamó Daisy-.  Me gustó ese hombre… ¿Cómo se llama…. el de la nariz esa, como azul.

Gatsbv lo identificó, agregando que era un pequeño productor.

-Bueno, en todo caso me gustó.

-Yo no quisiera seguir siendo el jugador de polo dijo Tom con amabilidad-, preferiría dedicarme a mirar a toda aquella gente famosa, y pasar desapercibido.

Daisy y Gatsby bailaron. Recuerdo mi sorpresa por su fox-trot conservador y gracioso; jamás lo había visto bailar. Luego, se fueron caminando hacia mi casa y se sentaron en las gradas por media hora, mientras, a petición de ella, yo me quedé vigilando en el jardín.

-En caso de que haya un incendio o una inundación .–explicó ella-, o cualquier acto de la Providencia.

Tom salió de su anonimato y apareció cuando estábamos comiendo juntos.

-¿Les importa si ceno allí con otra gente? -dijo-.  Hay un tipo echándose unos chistes muy graciosos.

-Adelante -contestó Daisy de muy buen humor-, y si quieres apuntar alguna dirección, aquí tienes mi lapicito de oro…. después de un momento miró en derredor y me dijo que la chica era “ordinaria pero bonita”, y yo supe que, salvo la media hora que había pasado con Gatsby, no se habla divertido.

Nosotros estábamos en una mesa más achispada de lo normal. Esto era culpa mía… a Gatsby lo habían llamado al teléfono, y yo me había sentido bien con esta misma gente tan sólo dos semanas antes. Pero lo que me habla divertido aquella vez ahora me hacía sentir un olor fétido en el aire.

-¿Cómo se siente, señorita Baedeker?

La chica a quien se le hablaba estaba tratando, sin éxito, de desplomarse sobre mi hombro. Al hacerle esta pregunta se sentó y abrió los ojos.

-¿Qué?

Una mujer gruesa y letárgica que habla estado insistiéndole a Daisy que jugara golf con ella en el club local al día siguiente salió en defensa de la señorita Baedeker.

-Oh, ella ya está bien. Cuando ha bebido cinco o seis cocteles siempre comienza a gritar así. Tengo que decirle que deje de tomar.

-Ya dejé de tomar -afirmó la acusada con voz hueca.

-Te escuchamos gritar y le dije al doctor Civet, que está aquí:

-Hay alguien que necesita su ayuda, doctor.

-Ella le está muy agradecida, -dijo otra amiga sin gratitud-, pero usted le mojó todo el vestido cuando le metió la cabeza a la piscina.

-Lo que más me puede molestar es que me metan la cabeza a la piscina murmuro la señorita Baedeker-.

-Casi me ahogan una vez en Nueva jersey.

-Entonces deje de tomar –replicó el  doctor Civet.

-¡Mira quién habla! exclamó la señorita Baedeker con violencia-.  A usted le tiembla la mano. ¡No dejaría que me operara!

Esas eran las cosas que sucedían. Mi último recuerdo fue cuando estaba de pie con Daisy, viendo al director de películas con su estrella. Seguían bajo el ciruelo blanco y sus rostros se tocaban, excepto por un pálido y débil rayo de luz de luna que se escurría entre ambos. Se me ocurrió que él había estado agachándose con suma lentitud toda la tarde para lograr esta proximidad, y mientras lo miraba lo vi agacharse el último grado y besarle la mejilla.

-Me gusta ella -dijo Daisy-, me parece bonita.

Pero todo lo demás la ofendía, y sin posibilidad de discutirle, porque la suya no era una pose sino una emoción. Estaba pasmada por West Egg -este “lugar” sin precedentes que Broadway había engendrado en una alargada población pesquera de una isla-; estaba apabullada por su vigor virgen, exacerbado bajo los viejos eufemismos y el destino demasiado atrevido, que llevaba a sus habitantes a dar un atajo de la nada a la nada.  Vio algo terrible en esta simplicidad, que no logró entender.

Yo me senté en las escalinatas delanteras con ellos mientras esperaban el auto. Aquí, en el frente, estaba oscuro. Sólo la brillante puerta lanzaba diez pies cuadrados de luz al aire suave de la madrugada oscura.  Algunas veces una sombra se movía contra la persiana de algún tocador del segundo piso y le cedía el puesto a otra, en una procesión sin fin de sombras que se echaban colorete y polvo en un espejo invisible.

-¿Quién es este Gatsby, pues? -preguntó Tom de repente-. ¿Algún gran contrabandista de licor?

-¿Dónde escuchaste eso? -pregunté.

-No lo escuché. Lo imagino. Muchos de estos nuevos ricos son sólo eso, como tú sabes; grandes contrabandistas de licor.

-Gatsby no -dije cortante.

Se quedó callado por un momento.  Los guijarros del camino le tallaban los pies.

-Bueno, seguro que debió haber sudado mucho para lograr reunir este zoológico.

La brisa movía la neblina gris del cuello de piel de Daisy.

-Al menos son más interesantes que la gente que conozco -dijo con un esfuerzo.

-No me pareciste tan interesada. -Pues sí lo estaba.

Tom rió y se volvió hacia mí.

-¿Te diste cuenta de la cara que hizo Daisy cuando aquella chica le pidió que la metiera en una ducha fría?

Daisy comenzó a cantar al compás de la música, con un susurro ronco y rítmico que arrancaba significado a cada palabra donde nunca antes lo había tenido y nunca después lo volverla a tener.  Cuando la melodía subió, su voz se quebró con dulzura, siguiéndola, con esa cualidad que tienen las voces de contralto, y cada cambio hacía salir un poco más de su cálida magia humana al aire.

-Mucha gente que está aquí no fue invitada-dijo de pronto-. A aquella chica no la invitaron. Simplemente se cuelan aquí y él es demasiado cortés para decir algo.

-A mí me gustaría saber quién es y qué hace insistió Tom-. Y creo que me voy a dedicar a averiguarlo.              -Yo te lo puedo decir ya mismo contestó ella.

Era dueño de unas droguerías, de una gran cantidad de droguerías. Él mismo las fundó.

La demorada limosina llegó rodando por el camino.

-Buenas noches, Nick dijo Daisy.

Su mirada me dejó y buscó el extremo iluminado de las escaleras donde estaban tocando Las tres de la mañana, un triste valsecito de aquel arco, que se escuchaba por la puerta. Después de todo, en la falta misma de distinción de la fiesta de Gatsby se daban posibilidades románticas ausentes del todo en el mundo de ella.¿Qué tenía aquella canción que parecía llamarla a regresar al interior? ¿Qué, sucedería ahora en las incalculables y oscuras horas? Tal vez llegaría algún huésped increíble, una persona completamente extraña de la cual uno se tendría que maravillar; alguna chica joven, verdaderamente radiante, que con una fresca mirada a Gatsby, en un momento de encuentro mágico, borraría aquellos cinco años de devoción completa.

Me quedé hasta tarde aquella noche; Gatsby me pidió que esperara hasta que estuviera libre, y yo permanecí en el jardín hasta cuando el infaltable grupo de nadadores regresó, enfriados pero alegres, de la playa oscura, y hasta que las luces se extinguieron en los cuartos de huéspedes de los pisos de arriba.  Cuando él bajó por las escaleras al fin, su piel bronceada estaba especialmente ceñida al rostro, y en sus ojos brillantes se observaba cansancio.

-A ella no le gustó esto -dijo él enseguida.

-Claro que sí.

-No le gustó -insistió él-.  No se divirtió.

Se quedó en silencio y yo adiviné su inexpresable depresión. Siento que me alejo de ella-dijo-. Es difícil hacerla entender.

-¿Te refieres al baile?

-¿El baile?-hizo un gesto de desdén para todos los bailes que había ofrecido, haciendo sonar sus dedos-. Viejo amigo, el baile no importa.

Quería de Daisy nada más y nada menos que fuera adonde Tom y le dijera: “jamás te he amado.”

Borrando cuatro años con aquella frase, podrían ellos, después, decidir sobre las medidas prácticas que se deberían tomar. Una de ellas era que, al recuperar Daisy su libertad, regresaran a Lousville y se casaran saliendo de su casa, como si esto sucediera hace cinco años.

-Pero ella no entiende -dijo él- . Antes ella era capaz de entender.  Nos sentábamos horas y horas…

Se derrumbó y comenzó a caminar por el desolado sendero lleno de cáscaras de frutas y favores descartados y de flores aplastadas.

-Yo no le pedirla tanto -aventuré yo-.  Uno no puede repetir el pasado.

-¿No se puede repetir el pasado? -exclamó él, no muy convencido de ello. ¡Pero claro que se puede!

Miró a su alrededor con desesperación, como si el pasado acechara aquí, en la sombra de su casa, lejos de su alcance por muy poco.

-Voy a organizar las cosas para que todo sea igual que antes, hasta el último detalle -dijo, moviendo la cabeza con determinación-.  Ella verá.

Habló largo sobre el pasado y colegí que deseaba recuperar algo, alguna imagen de sí mismo quizás, que se había ido en amar a Daisy. Había llevado una vida desordenada y confusa desde aquella época, pero si alguna vez pudiera regresar a un punto de partida y volver a vivirla con lentitud, podría encontrar qué era la cosa…

… Una noche de otoño, cinco años atrás, habían estado caminando por la calle mientras caían las hojas, cuando llegaron a un lugar donde no había árboles y el andén estaba iluminado de luz de luna. Allí se detuvieron y se miraron cara a cara. La noche estaba fría ya, llena de aquella misteriosa emoción que se da dos veces al año, con el cambio de estación. Las inmóviles luces de las casas susurraban en la oscuridad y las estrellas titilaban agitadas. Por el rabillo del ojo vio Gatsby que los bloques del andén formaban en realidad una escalera que llevaba a un lugar secreto entre los árboles; él podría trepar, si lo hacía solo y una vez allí, podría succionar la savia de la vida, tragar el inefable néctar del asombro.

Su corazón comenzó a latir con más y más fuerza a medida que Daisy acercaba el rostro al suyo. Sabía que cuando besara a esta chica y esposara por siempre sus inexpresibles visiones con el perecedero aliento de ella, su mente dejaría de vagar inquieta como la mente de Dios. Esperó un instante, escuchando, por un momento más, el diapasón que había sido golpeado contra una estrella. Y la besó.  Al tocarla con sus labios, ella se al)rió para él como una flor, y la encarnación se completó.

En medio de todo lo que dijo, aun en medio de su apabullante sentimentalismo, yo recordaba algo, un ritmo esquivo, el fragmento de palabras perdidas que había escuchado hacía largo tiempo. Durante un instante una frase trató de formarse en mi boca y mis labios se separaron como los de un mudo, como si hubiera más batallas en ellos que el mero jirón de aire asombrado. Pero no emitieron sonido alguno, y aquello que estuve a punto de recordar quedó incomunicado por siempre jamás.


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