En Ojos que no ven, el escritor argentino Vicente Battista plantea un policial aparentemente clásico que parte de la noticia de un adolescente encontrado sin vida en un club aristocrático porteño, cuya muerte decide investigar el periodista Raúl Benavides -protagonista de su anterior novela- bajo la sospecha de que el caso encubre negocios turbios bajo el contexto político de los 90.
“Cuando escribo policiales prefiero ir a lo concreto y hacer que los personajes, a su manera, con su accionar, vayan contando la historia”, indica Battista. Y agrega: “si bien soy un ferviente admirador, por su ironía, sarcasmo e inteligencia, de (Raymond) Chandler, me seduce más la escritura de (Dashiell) Hammett o Jim Thompson, que son más directos”.
La novela, publicada por El Ateneo, comienza con la noticia de la muerte de Juan Ignacio Aráoz, un adolecente que cayó del techo de un club aristocrático porteño, y a pesar de haber quedado caratulada como accidente, la madre del joven sostiene que se trata de un asesinato.
Esto lleva al periodista Raúl Benavides -protagonista de la novela Cuaderno del ausente- a realizar una serie de notas del caso para una revista de corte sensacionalista, haciéndose cargo de una investigación que primero quiere quitarse de encima, pero que después lo sumerge en oscuros entramados que lo convierten en una estrella televisiva de un día para el otro.
“Siempre consideré que el narrador omnisciente es formidable, pero le pertenece al siglo XIX. A partir del siglo XX, los autores empezamos a dudar de los personajes: describimos lo que hacen, pero no estamos muy seguros de lo que va a pasar”, sostiene el autor.
En este sentido, prosigue, “el narrador que configuro funciona como ojo de una cámara cinematográfica: a partir de un recorte, muestro y no explico. El espectador es el que comienza a darse cuenta de las cosas”.
Battista nació en Buenos Aires en 1940. Trabajó como periodista, editor y crítico literario. Fue parte, en los años 60, de la mítica revista literaria El escarabajo de oro. Como autor, publicó volúmenes de cuentos como El final de la calle, Esta noche reunión en casa y La huella del crimen. Entre sus novelas figuran Sucesos argentinos, El libro de todos los engaños, Siroco y Gutiérrez a secas.
Según Battista, “hay un quiebre muy importante dentro de la historia del policial. Sabemos que está fundado por (Edgar Allan) Poe, con su Auguste Dupin: el detective intuitivo, lógico, razonador, que logra situarse en la mente del otro. Características que luego vamos a encontrar en Sherlock Holmes, en el Hércules Poirot de Agatha Christie, en el comisario Maigret de Georges Simenon, en el Philip Marlowe de Chandler, y en otros”.
“Son personajes con alta ética y moral noble -destaca-. Pero de pronto, aparece Hammett y pone en movimiento otra manera de configurar el policial, creando a un detective como Sam Spade, que no es una buena persona. Es parte de un mundo corrupto, donde no interesa tanto quién cometió el crimen. El crimen lo está cometiendo toda una sociedad”.
Entonces, a partir de Hammett, “los jueces, los políticos, los policías, son todos socios de un mismo negocio sucio, cosa que no sucedía en los relatos de Holmes y los que nombré anteriormente, donde se resolvía el crimen, se descubría al asesino y terminaba la historia: una especie de juego”, explica.
De esa forma, “el policial ganó en calidad literaria -sostiene Battista-. En la concepción clásica, una vez resuelto el crimen, ya no interesa mucho seguir leyendo. En cambio, en la novela negra las cosas son distintas. En 1.280 almas (1964) de Jim Thompson, por ejemplo, más allá del crimen, están sucediendo cosas rarísimas todo el tiempo”.
“Una de las cosas maravillosas que tiene este género es que va transformándose con la época -indica el autor-. Porque el policial clásico llegó hasta su máxima expresión con casos donde el narrador era el asesino. Entonces, la irrupción de la novela negra hizo que el género pueda continuar”.
Y señala: “ahora, más reciente, aparecen autores como Stieg Larsson o Henning Mankell, donde además de la intriga y la crítica social, se suma la información histórica, política, geográfica: es una manera de replantear el policial”.
“Un detective en el que siempre pienso -indica Battista-, es Philip Marlowe. Es una especie de Quijote. En Adiós, muñeca (1940), él cobra finalmente los cinco mil dólares -que entonces era una suma importante-, y a pesar de que no tenía mucho dinero, se lo da todo al hijo del músico de jazz que mataron”.
En El largo adiós (1953), “también se maneja de esta forma; recibe el cheque y lo rompe. Es un romántico”, sostiene. Y explica: “por otro lado, Sam Spade, no tiene ningún problema en mandar a la cárcel a la mujer que lo ama, porque así es la ley”.
“Los autores que afrontamos el policial en la Argentina tenemos un serio problema: no tenemos una tradición de detectives -asegura el autor-. Entonces, sucede mucho que los que se deciden por el policial, en vez de crear un detective, crean un doctor, un médico forense, un ex policía, o algo así”.
En este libro es un periodista, “un antihéroe que primero no quiere saber nada con el caso, pero después se va involucrando cada vez más por la intriga que le genera, por las exigencias laborales, y por qué en un momento se ve convertido en una estrella de los medios, seducido por ese mundo televisivo”, concluye Battista.
Juan Rapacioli / Télam

El escritor catalán Luis Goytisolo ganó la 41 edición del Premio Anagrama de Ensayo por su obra Naturaleza de la novela, en el que plantea y desarrolla los aspectos fundamentales de la novela, como qué se entiende por ésta y cuáles son sus orígenes. El libro se publicará en mayo y Librerías –el otro ensayo finalista–, de Jorge Carrión, aparecerá en setiembre





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