El gran Gatsby, novela (capítulo 4) de Francis Scott Fitzgerald



Francis Scott Fitzgerald

IV

El domingo por la mañana, mientras las campanas de las iglesias repicaban en las poblaciones costeras, los huéspedes de la noche anterior regresaron a casa de Gatsby, y se contoneaban risueños en su jardín.

-Es un contrabandista de licores decían las señoras jóvenes, moviéndose todo el tiempo entre sus cócteles y flores-. Una vez asesinó a un hombre que descubrió que era sobrino de Von Hindenburg y primo segundo del diablo.  Pásame una rosa, cariño, y sírveme un último trago en aquella copa de cristal que está allá.

Una vez escribí en los espacios vacíos de una guía los nombres de quienes estuvieron en casa de Gatsby aquel verano. La guía está ya muy vieja y a punto de desintegrarse por los pliegues; su encabezamiento dice: “Esta guía es válida para el 5 de julio de 1922”, pero aún se pueden leer los nombres grises, y ellos les darán una mejor impresión que mis generalidades sobre quiénes aceptaron la hospitalidad de Gatsby, pagándole el sutil tributo de hacerse los de la vista gorda.

Vinieron en aquel entonces, desde East Egg, Chester Becker y señora, los Leeches, un hombre de apellido Bunsen, a quien conocí en Yale, y un médico, Webster Civet, que se ahogó el verano pasado en Maine.  Y los Hornbeams, Willie Voltaire con su mujer, y todo un clan de apellido Blackbuck, que solía reunirse en una esquina y levantarle las narices como cabras a quien pasara por su lado.  Los Ismay y los Chrystie (o mejor, Hubert Auerbach y la esposa del señor Criystie), y Edgar Beaver, cuyo cabello, según dicen, se tornó blanco como la nieve una tarde de invierno sin la más mínima razón.

Clarence Endive, procedente de East Egg, según recuerdo, sólo vino una vez, de bombachos blancos, y tuvo una pelea en el jardín con un papanatas de apellido Etty.  Desde un lugar más alejado de la isla vinieron los Cheadles y O.R.P. y señora, Stonewall Jackson Abrams y señora, los Fishguards y Ripley Snell con su mujer. Snell estuvo allí tres días antes de que lo metieran a la cárcel, y estaba tan borracho que en el camino empedrado el automóvil de la esposa de Ulysses Swett le pasó por encima de la mano derecha.  También vinieron los Dancies, S. B. Whitebait, que ya tenía más de sesenta años, Maurice A. Flink, los Hammerhead, y Beluga, el importador de tabaco, y las chicas de Beluga.

De West Egg vinieron los Pole, los Mulready, Cecil Roebuck y Cecil Schoen, Gulick, el senador del estado, Newton Orchid, que controlaba la films Par Excellence, Eckhaust, Clyde Cohen, don S. Schwartz (el hijo) y Arthur McCarty, todos relacionados con el cine de una manera u otra.  Y los Catlips, los Bemberg y G. Earl Muldoon, hermano de aquel Muldoon que más tarde estrangulara a su mujer. Da Fontano, el agente, también vino, y Ed Legros y James B. Ferret, Alias Tripa-Mala, los De Jongs y Ernest Lilly -ellos venían a jugar cartas, y cuando Ferret entraba al jardín quería decir que lo habían desplumado y que la Tracción Asociados tendría que fluctuar con buen rendimiento el día siguiente.

Un hombre de apellido Klipspringer se mantenía allí tan a mentido y permanecía por tanto tiempo que lo apodaron “el interno”; dudo que tuviera un hogar. Entre los teatreros estuvieron Gus Waize, Horace O’Donovan, Lester Myer, George Duckweed y Francis Bull. También de Nueva York, vinieron los Chrome, los Backhysson, los Dennycker, Russell Betty, los Corrigan, los Kelleher, los Dewer, los Skully,  S. W. Belcher, los Smirke, los jóvenes Quinn, divorciados hoy día, y Henry L. Palmetto, que se suicidó arrojándosele al metro en Times Square.

Benny McClenahan llegaba siempre con cuatro chicas. Casi nunca eran las mismas en su persona física, pero se parecían tanto la una a la otra que daba la impresión de que ya hubieran estado aquí antes. Se me olvidan sus nombres, Jaqueline, creo; o si no, Consuelo, Gloria, Judy o June, y sus apellidos eran o bien los melodiosos nombres dé flores o de meses, o los más serios de grandes capitalistas norteamericanos cuyas primas, si se las presionaba, confesaban ser.

Además de todos éstos puedo recordar que Faustina O’Brien estuvo allí al menos una vez, las jóvenes Baedcker y el joven Brewer, quien perdió la nariz de un disparo en la guerra, el señor Albrucksburger y la señorita Haag, su prometida, Ardita Fitz-Peters y el señor P. Jewett, alguna vez jefe de la Legión Americana, la señorita Claudia Hip, con un hombre de quien se decía era su chofer, y un príncipe de alguna clase, a quien llamábamos Duque, y cuyo nombre, si es que alguna vez lo supe, lo he olvidado ya.

Todas estas personas estuvieron en la casa de Gatsby aquel verano.

A las nueve de la noche, una mañana de finales de julio, el fabuloso carro de Gatsby subió dando tumbos hasta el empedrado caminito de mi casa y emitió un estallido melódico con su bocina de tres notas.  Era la primera vez que me visitaba, aunque yo ya había ido a dos fiestas suyas, había montado en su hidroplano y, haciendo caso a su insistencia, usaba a menudo su playa.

-Buenos días, viejo amigo.  Vas a almorzar conmigo hoy y pensé que era mejor que nos fuéramos juntos.

Se estaba balanceando en el guardafangos de su carro con aquella agilidad de movimiento tan peculiar en Norteamérica, producto, supongo, de la ausencia de trabajos pesados o de rigidez al sentarse en la juventud, y de la gracia informe de nuestros juegos, nerviosos y esporádicos.  Esta costumbre que se le escapaba todo el tiempo a su manera puntilloso de ser, daba la apariencia de inquietud: nunca se quedaba quieto del todo, se mantenía dando golpecitos con el pie en alguna cosa, o cerrando y abriendo la mano con impaciencia.

Vio que observaba su carro con admiración.

-¡Es bonito, ¿no?, viejo amigo!  Se movió para permitirme una vista mejor. ¿No lo habías visto antes?

Yo sí lo había visto antes. ¿Quién no?  Era de un color crema subido, con el brillo del níquel; abultado aquí y allí en toda su monstruosa longitud con triunfantes cajas para sombreros, cajas para almuerzos y cajas de herramientas, y adornado por una serie de terrazas laberínticas de parabrisas que reflejaban una docena de soles.  Sentado bajo varias capas de vidrio, sobre una especie de invernadero de cuero verde, arrancamos hacia la ciudad.

Yo había conversado con él unas seis veces en el curso del mes anterior y había encontrado, para mi decepción, que tenía muy poco de qué, hablar. La primera impresión que tuve de él, por tanto, fue la de una persona de posición social indefinida, que poco a poco se había desdibujado, volviéndose solamente el propietario de un recargado estadero vecino a mi casa.

Y vino entonces aquel desconcertante viaje.  No hablamos llegado aún al pueblo de West Egg antes de que Gatsby comenzara a dejar inacabadas sus elegantes oraciones, al tiempo que se daba palmaditas en la rodilla de su vestido color caramelo.

-Ahora sí, viejo amigo estalló sin mecha-, ¿qué opinas de mí, pues?

Un tanto incómodo comencé, a dar las evasivas genéricas que aquella pregunta se merece.

-Pues te voy a contar algo de mi vida me interrumpió-.  No quiero que te lleves una mala impresión mía a causa de los cuentos que andan por allí.

Era entonces consciente de las estrafalarias acusaciones que le daban sabor a las conversaciones en sus pasillos.

-Te voy a decir la verdad, te lo juro -su brazo derecho le ordenó de repente al castigo divino que estuviera listo-.  Soy hijo de una adinerada familia del Oeste Medio, todos muertos ya. Crecí en los Estados Unidos pero me eduqué en Oxford; desde hace muchos años todos mis parientes se educan allí.  Es una tradición familiar.

Me miró de soslayo, y comprendí por qué Jordan lo creía mentiroso.  Dijo la frase “educado en Oxford” a toda carrera, o se la tragó, o se ahogó con ella, como si le hubiera estado molestando.  Con esta vacilación toda su frase se vino al suelo, y me pregunté si después de todo no habría algo un poco siniestro en él.

-¿De qué parte del Oeste Medio? -inquirí sin darle mucha importancia.

-De San Francisco.

-Ya veo.

-Mis padres murieron y me quedó una buena cantidad de dinero.

Su voz se hizo grave, como si aún lo persiguiera el recuerdo de la súbita extinción de un clan.  Aunque por un momento sospeché que me tomaba el pelo, una mirada que le dirigí me convenció de lo contrario.

-Después de eso viví como un rajá en las capitales de Europa: París, Venecia, Roma…. coleccionando joyas -más que todo rubíes-; haciendo caza mayor, pintando a ratos, -sólo para mí-, y tratando de olvidar algo muy triste que me habla acontecido tiempo atrás.

Haciendo un esfuerzo logré contener la risa de incredulidad. Las frases mismas eran expresadas con tan poca sustancia que no evocaban imagen alguna, salvo la de un “personaje” de turbante, sudando aserrín por  cada poro mientras perseguía algún tigre por el Bosque de Bolonia.

Entonces llego la guerra, viejo amigo. Fue un gran alivio e hice cuanto pude para morir, pero parece que la mía fuera una vida encantada. Cuando comenzó acepté una comisión como teniente primero. En el bosque de Argona llevé a dos destacamentos de ametralladoras hasta tan lejos que había media milla de brecha a cada lado de nosotros, que la infantería no podía franquear.  Allí permanecimos dos días con sus noches ciento treinta hombres con diez y seis ametralladoras Lewis, y cuando la infantería subió por fin, encontró la insignias de tres divisiones mayores alemanas entre las pilas de muertos. Me promovieron a mayor, y todos los gobiernos aliados me condecoraron, incluso el de Montenegro, el pequeño Montenegro, enclavado en el mar Adriárico!

¡El pequeño Montenegro!  Elevó las palabras y les hizo un gesto de afirmación, con una sonrisa en la que abarcaba la difícil historia del lugar y simpatizaba con las valientes luchas de sus habitantes. Con ella mostraba que apreciaba bien las circunstancias nacionales que lo habían hecho merecedor de un tributo por parte del pequeño corazoncito de Montenegro. Mi incredulidad quedó aplastada por la fascinación; era como hojear a la carrera una docena de revistas.

Metió sur mano al bolsillo y un pedazo de metal, colgado de una cinta, cayó a la palma de la mía.

-Esta es la de Montenegro.

Para mi sorpresa, el objeto tenía cara de ser legítimo.  “Orderi de Danilo” decía la leyenda circular.  “Montenegro.  Nicolás Rex”.

-Voltéala.

-Al señor Jay Gatsby -leí-.  Por su Valor Extraordinario.

-He aquí otro artículo que siempre llevo conmigo. Un recuerdo de los días de Oxford. Fue tomada en a Trinidad Quad; el hombre que está mi izquierda es el conde de Doncaster.

Era una fotografía de una docena de jóvenes en chaquetas livianas, moviéndose en una arcada a través de la cual se veía una cantidad de torrecillas. Allí se encontraba Gatsby, más joven, pero no mucho, con un palo de cricket en la mano.

Entonces todo era cierto. Vi las pieles de flamantes tigres en su palacio del Gran Canal; lo vi abriendo un estuche de rubíes para calmar, con sus profundidades iluminadas de carmesí, los anhelos de su roto corazón.

-Hoy te voy a pedir un favor muy grande -dijo, metiendo otra vez los objetos en su bolsillo con gran satisfación-, y por eso creí mejor que supieras algunas cosas sobre mi.  No quería que pensaras que soy un Don Nadie.  Mira, me mantengo casi siempre entre extraños porque voy de un lugar a otro, tratando de olvidar una triste historia -vaciló-.  Ya la escucharás esta tarde.

-¿Al almuerzo?

-No.  Esta tarde. Por casualidad me enteré de que vas a salir con la señorita Baker a tomar el té.

-¿No me digas que estás enamorado de ella?

-No, viejo amigo.  No lo estoy.  Pero la señorita Baker ha tenido la amabilidad de consentir en hablar contigo sobre este asunto.

No tenía la menor idea de qué seria “este asunto’ , pero me sentía más molesto que interesado.  No había invitado a Jordan a tomar el té con el objeto de hablar sobre el señor Jay Gatsby.  Estaba convencido de que el favor sería algo totalmente fantástico, y por un momento me pesó haber puesto la planta del pie en su superpoblado prado.

No quiso adelantar nada. Mientras más cerca estábamos de la ciudad, más crecía su corrección. Pasamos por Puerto Roosevelt, donde echamos un vistazo a los transatlánticos de fajón rojo, y recorrimos la calle sin pavimento de la barriada, bordeada por atiborrados cafés decorados con el apagado oro de principios de siglo.  Entonces se abrió, a lado y lado, el valle de las cenizas, y al pasar pude ver por un instante la figura de la señora Wilson trabajando en la bomba con jadeante vitalidad.

Con los guardabarros extendidos como alas pasamos volando la mitad del Astoria; sólo la mitad, pues cuando estábamos dando vueltas entre los pilares del paso elevado, oí el run-run familiar de una motocicleta y vi a un policía correr frenético a nuestro lado.

-Tranquilo, viejo amigo -gritó Gatsby. Disminuimos la velocidad.  Saco una tarjeta blanca de su billetera y se la agitó al policía en los ojos.

-Tiene razón – aceptó el policía, tocándose la punta de la cachucha. ¡La próxima vez ya lo reconoceré, señor Gatsby.  Excúseme!

-¿Qué era eso? –pregunté-. ¿La foto de Oxford?

Alguna vez tuve la oportunidad de hacerle un favor al comisario, y cada año me envía una tarjeta de navidad.

Nos montamos al gran puente, con la luz del sol a través de las vigas produciendo un parpadeo constante sobre los autos en movimiento, con la ciudad que se levantaba al otro lado del río como hecha de montículos y cubos de azúcar blancos, construida por el deseo con dineros no olorosos.  La ciudad vista desde el puente de Queens es siempre una ciudad vista por primera vez, que promete un primer atisbo salvaje a todo el misterio y la belleza del mundo.

Un muerto se nos pasó en un carro mortuorio, atiborrado de flores, seguido por dos coches con las  persianas abajo y por otros, mas animados, para los amigos.  Los amigos nos miraron con los ojos trágicos y los labios superiores cortos típicos del sureste de Europa, y me alegré de que la visión del espléndido carro de Gatsby estuviera incluida en su sombrío día santo.  Cuando atravesábamos la isla de Blackwell una limusina se nos adelantó; la manejaba un chofer blanco, y adentro iban tres negros muy a la moda; dos tipos y una joven. Me reí en voz alta cuando la yema de sus ojos se volteó hacia nosotros en altiva rivalidad.

-Cualquier cosa puede acontecer una vez nos bajemos de este puente -pensé-; cualquier cosa…

Aún a Gatsby podía sucederle, sin que causara mayor asombro.

Tarde bulliciosa. en un sótano bien ventilado de la calle 42 me encontré con Gatsby para almorzar. Parpadeé para quitarme el resplandor de la calle y mis ojos lo detectaron en la oscuridad de la antesala, hablando con otro hombre.

-Señor Carraway, este es mi amigo Wolfsheim.

Un judío bajito y de nariz aplastada alzó su cabezota y me miró con dos finos y exhuberantes crecimientos de pelo en cada fosa nasal.  Al cabo de un rato descubrí sus ojillos en la semipenumbra.

-…Entonces le di una mirada -dijo el señor Wolfsheiin, dándome un fuerte apretón de mano-, ¿Y qué crees que hice?

-¿Qué? -indagué cortésmente.

Era evidente que no se dirigía a mí, porque dejó caer mi mano y apuntó hacia Gatsby con su expresiva nariz.

-Le entregue el dinero a Katspaugh y le dije: “Está bien, hombre, no le des ni un peso hasta que se calle la boca”.  En ese mismo punto y llora se calló.

Gastby nos asió por el brazo a cada uno y se adentro en el restaurante; allí, el señor Wolfsheim se tragó la frase que estaba comenzando a decir y cayó en un ensimismamiento sonámbulo.

-¿Highballs? preguntó el jefe de los meseros. Es un buen restaurante éste -dijo el señor Wolfsheim, mirando a las ninfas presbiterianas del techo-. ¡Pero me gusta más el de enfrente!

-Sí, highballs aceptó Gatsby, y entonces le dijo al señor Wolfsheim

-Hace demasiado calor allá.

-Es caliente y pequeño…. sí  -dijo el señor Wolfsheim-, pero lleno de recuerdos.

-¿Qué lugar es? -pregunté. -El viejo Metropol.

-El viejo Metropol -se lamentó el señor Wolf’sheim con nostalgia-.  Lleno de rostros muertos y ausentes.  Lleno de amigos idos ya, para siempre. No olvidaré mientras viva la noche en que mataron a Rosy Rosenthal allí. Eramos seis en la mesa, y Rosy comió y bebió cantidades aquella tarde. Casi al amanecer- el mesero, con un aspecto raro, se le acerca y le dice que alguien quiere hablar con él afuera. “Voy” -dice Rosy y comienza a levantarse, pero yo lo obligo a sentarse de nuevo. “Que entren esos bastardos hasta aquí, si te necesitan, Rosy; por ninguna razón te vas a mover de este cuarto.”

-Eran las cuatro de la mañana ya y si hubiéramos levantado la bersiana podríamos haber visto la luz.

-¿Y salió? -pregunté inocente.

-Desde luego -la nariz del señor Wolfsheim brillaba de indignación hacia mi lado.

-Ya en la puerta se da la vuelta y dice: “¡No dejen que el mesero se me lleve el café!” Salió entonces al andén, le dispararon tres veces en todo el estómago y se marcharon.

-Cuatro de ellos fueron electrocutados -dije, recordándolo.

-Cinco, contando a Becker -volvió hacia mi, con interés, las fosas nasales-. Entiendo que busca usted una conexión de negocios.

La yuxtaposición de aquellos dos comentarios era sorprendente. Gatsby respondió por mí:

-Oh, no -exclamó-; este no es el hombre.

-¿No? el señor Wolfsheim pareció desilusionarse.

-Es sólo un amigo.  Te dije que sobre aquéllo hablaríamos algún otro día.

-Berdóname -dijo el señor Wolfsheim-.  Me equivoqué de bersona.

Llegó una picada suculenta y el señor Wolfsheim, olvidando la atmósfera más sentimental del viejo Metropol, se dedicó a comer con feroz finura, mientras sus ojos se paseaban con gran lentitud por todo el cuarto; completó el arco volviéndose a inspeccionar a la gente que había detrás suyo. Creo que de no haber estado yo presente hubiera mirado incluso debajo de nuestra propia mesa.

-Déjame que te diga algo, viejo amigo -dijo Gatsby inclinándose hacia mí-.  Temo que te hice enojar un poco esta mañana en el auto.

De nuevo esgrimió aquella sonrisa, pero esta vez no me conquistó con ella.

Detesto los misterios – contesté y no comprendo por qué, no viene a mí con franqueza y me dice qué es lo que desea. ¿Por qué tiene que pasar a través de la señorita Baker?

-Ah, no es nada clandestino me aseguró-. La señorita Baker es una magnífica deportista, como sabes, y jamás haría nada incorrecto.

De repente miró al reloj, se sobresaltó y salió corriendo del cuarto, dejándome a mí con el señor Wolfsheim.

-Tiene que hacer una llamada telefónica-, dijo el hombre, siguiéndolo con los ojos. Buen muchacho, ¿no? Agradable a la vista y un berfecto caballero.

-Sí.

-Y es egresado de Ogsford.

-¡Oh!

-Estuvo en la Universidad de Ogsford, en Inglaterra. ¿Ha oído usted hablar de ella, claro?

-Sí; he oído hablar de ella.

-Es una de las más famosas del mundo.

-¿Conoce usted a Gatsby desde hace mucho? -pregunté.

-Desde hace varios años -contestó con voz agradecida-. Tuve el placer de conocerlo apenas terminada la guerra. Pero supe que había encontrado un hombre de casta citando apenas había hablado con él una hora nada más. Me dije entonces: “Es la clase de bersona a quien a uno le gustaría invitar a su casa para bresentárselo a su mamá y a su hermana -hizo una pausa-. Veo que está mirando mis mancornas.

No lo estaba haciendo, pero ahora si las miré. Estaban hechas de unos pedazos de marfil que me eran extrañamente familiares.

-Los más finos especimenes de molares humanos -me informó.

-¡Vaya! -las examiné–.  Es una idea interesante.

-Sí -le dio un tirón a las mangas bajo su saco-.  Sí. Gatsby es muy correcto en su relación con las mujeres. No se le pasaría por la cabeza echarle el ojo a la mujer de un amigo.

Cuando el objeto de su confianza instintiva hubo regresado a la mesa para sentarse, el señor Wolfsheim bebió su café de un trago y se levantó.

-Estaba delicioso el almuerzo dijo- y ya me les voy a ir a ustedes, jóvenes, antes de que deje de ser bienvenido.

-No te apresures, Meyer -dijo Gatsby sin entusiasmo-. El señor Wolfsheim levantó la mano como dándoles una especie de bendición.

-Son ustedes muy amables, pero pertenezco a otra generación -anunció con solemnidad-.  Quédense sentados aquí y hablen de sus deportes, de sus mujeres y de sus… -reemplazó el sustantivo imaginario con otro ademán de la mano-.  En cuanto a mi, yo ya tengo cincuenta años y no los voy a seguir molestando.

Cuando nos dio la mano y se volvió, su trágica nariz temblaba. Me pregunté si había dicho algo que lo pudiera haber ofendido.

-A ratos se pone muy sentimental -explicó Gatsby-. Está en uno de esos días.  Es todo un personaje aquí en Nueva York, un residente extranjero en Broadway.

-¿Y quién es, pues?; ¿un actor?

-No.

-¿Un dentista?

-¿Meyer Wolfsheim?, no.  Es un jugador -vaciló, para después agregar con toda tranquilidad:

-Es el hombre que arregló la serie mundial de 1919.

-¿Arregló la serie mundial? -repetí.

La idea me dejó pasmado.  Claro que recordaba que en 1919 la serie había sido arreglada, pero de habérseme   ocurrido pensar en aquello, hubiese creído que era algo que simplemente sucedió, el final de alguna cadena inexorable. No se me habría pasado por la mente que un hombre pudiera jugar con la buena fe de cincuenta millones de personas con la misma tenacidad de un ladrón que viola una caja fuerte.

-¿Cómo se las arregló para hacerlo? -pregunté un minuto después.

-Sencillamente vio la oportunidad.

-¿Por qué no está en la cárcel?

-No lo pueden apresar, viejo amigo. Es un hombre astuto.

Insistí en pagar la cuenta. Mientras el mesero me traía el cambio alcancé a ver a Tom Buchanan al otro lado del congestionado recinto.

-Ven conmigo un segundo -dije-; tengo que saludar a alguien.

Al vernos, Tom se incorporó de un salto y avanzó unos pasos en dirección nuestra.

-¿Dónde te has metido? -preguntó con interés Daisy está furiosa porque no has vuelto.

Le presento al señor Gatsby, señor Buchanan.

Se dieron un breve apretón de manos y una tensa y extraña turbación pareció inundar el rostro de Gatsby.

-De todos modos, ¿cómo has estado? -me preguntó Tom-. ¿Por qué viniste hasta tan lejos para comer?

-Almorcé con el señor Gatsby.

Me volví hacia Gatsby pero ya no estaba allí

 

-Un día de octubre, en mil novecientos diez y siete… (Decía Jordan Baker aquella tarde, en el Hotel  Plaza sentada muy tiesa en una silla de espaldar rígido en el jardín del té).

-…Iba yo caminando de un lado a otro, a ratos en el césped, otros en la acera.  Me sentía mejor en el césped porque tenía unos zapatos ingleses con carramplones que mordían la tierra suave.  Llevaba una falda escocesa nueva que se elevaba un poco con el viento, y cuando esto sucedía se ponían rígidas las banderas rojas, blancas y azules del frente de las casas y decían bah-bah-bah, con desaprobación.

La más grande de las banderas en el más grande de los céspedes pertenecía a la casa del padre de Daisy Fay.  Ella tenla sólo diez y ocho años, dos mas que yo, y era, de sobra, la chica más popular de Louisville. Se vestía de blanco y tenía un auto deportivo; todo el día repicaba el teléfono de su casa y los entusiasmados oficiales de Camp Taylor se peleaban por el privilegio de monopolizar su noche. “¡Siquiera una hora!”

Aquella mañana, cuando yo pasaba por el frente de su casa, su deportivo blanco estaba junto al andén y ella conversaba con un joven teniente a quien yo jamás había visto.  Estaban tan embelesados el uno con el otro que sólo me vieron cuando me encontraba a cinco pies de distancia. “Hola, Jordan”-me llamó ella intempestivamente -. “Ven, por favor”.

Me halagó que quisiera hablar conmigo, porque entre todas las chicas mayores era a ella a quien más admiraba.  Me preguntó si iba a ir a la Cruz Roja a hacer vendas.  Sí iba. ¿Quería, entonces, hacerle el favor de decirles que ella no podía ir ese día?  Mientras hablaba, el oficial miraba a Daisy en la forma en que cada chica quiere ser mirada alguna vez, y como me pareció tan romántico, recuerdo el incidente desde aquel entonces. Su nombre era Jay Gatsby, y no volví a posar mis ojos en él durante cuatro años… después de aquello. En Long Island no me había dado cuenta de que se trataba del mismo hombre.

Estábamos en el año diez y siete. Ya para el año siguiente yo también tenia algunos enamorados y había comenzado a jugar en torneos; por, eso no veía a Daisy a menudo. Ella salía con un grupo un poco mayor…, cuando lo hacía. Locos rumores circulaban acerca de ella: que su madre la había encontrado empacando su maleta una noche invernal para irse a Nueva York a despedir al marinero que se marchaba a ultramar.  Lograron evitar que se fuera, pero dejó de hablarle a su familia por varias semanas. Después de eso no volvió a meterse más con los soldados; sólo con algunos jóvenes de la ciudad, miopes y de pie plano, que no habían sido recibidos en el ejército.

Para el otoño siguiente ya estaba otra vez contenta, contenta como siempre. Después del armisticio se había presentado en sociedad y en febrero se decía que estaba comprometida con un hombre de Nueva Orleans. En junio se casó con Tom Buchanan, de Chicago, en la ceremonia más pomposa que hubiera conocido Louisville jamás. Él bajó con cien personas, en cuatro vagones privados, y alquiló todo un piso del hotel Muhlbach; la víspera de la boda le regaló un collar de perlas avaluado en trescientos cincuenta mil dólares.

Yo fui dama de honor.  Llegué a su cuarto una hora antes de la cena nupcial y la encontré sobre la cama, luciendo tan hermosa como la noche de junio de su vestido de flores…. y tan borracha como una mica. Tenía una botella de Sauterne en una mano y una carta en la otra. “Felicítame” – farfulló-. “jamás había bebido antes pero, oh, cuánto lo disfruto.”

“¿Qué te pasa, Daisy?”

Yo estaba asustada, te lo aseguro; nunca había visto a una chica en un estado así.  “Mira, queri…” -buscó a tientas en una basurera que tenía consigo en la cama y sacó el collar de perlas-, “llévalas abajo y devuélveselas a quien pertenezca, diles a todos que Daisy cambió de parecer.  Di: “¡Daisy cambió de parecer!”

Comenzó a llorar…, lloró y lloró.  Yo me fui corriendo y llamé a la criada de su madre, y cerramos la puerta con llave y le dimos un baño frío.  No quería soltar la carta. Se la llevó consigo a la bañera y la volvió una pelota húmeda, y sólo me dejó ponerla en la jabonera cuando vio que se estaba disolviendo como la nieve.

Pero no dijo nada más.  Le dimos sales de amonio, le pusimos hielo en la frente, volvimos a meterla en el vestido y, media hora más tarde, cuando salimos del cuarto, las perlas estaban en su cuello y el incidente había pasado. Al día siguiente a las cinco se casó con Tom Buchanan sin el más mínimo temblor y salió para un crucero de tres meses por los mares de1 sur.

Yo los vi en Santa Bárbara a su regreso, y pensé que jamás había conocido a una chica tan loca por su esposo . Si él abandonaba el cuarto por un minuto ella miraba inquieta a su alrededor y decía: “¿Dónde está Tom?”, y se le ensombrecía el rostro de preocupación hasta que lo veía en la puerta de nuevo. Solía sentarse en la arena con la cabeza de él sobre su regazo por horas, acariciándole los ojos con los dedos y mirándolo con insondable delicia.  Era enternecedor verlos juntos… a uno le daban ganas de reír… de turbación y dicha. Esto sucedía en agosto. Una semana después de que yo me fuera de Santa Bárbara, Tom chocó contra un camión en el camino de Ventura una noche, y se desprendió la llanta delantera del carro.  La chica que iba con él también salió en la prensa porque se quebró un brazo… era una de las mucamas del hotel de Santa Bárbara.

En abril del año siguiente Daisy tuvo a su hijita y se marcharon a Francia por un año. Yo los vi una primavera en Cannes y luego en Deauville; más tarde regresaron a Chicago para quedarse del todo.  Daisy fue muy popular en Chicago, como bien lo sabes. Andaban con un grupo que vivía a mil, todos ellos jóvenes, acaudalados y locos, y salió con la reputación absolutamente intacta. Quizá porque no bebe. Es una ventaja estar en sano juicio en medio de tomadores. Uno puede cuidarse de lo que dice, y además, programar cualquier pequeña irregularidad propia en momentos en que los otros están tan ciegos que no ven o no les importa. Es posible que Daisy nunca le hubiera sido infiel a Tom, y, sin embargo, hay algo en esa voz suya…

Pues bien, hace como seis semanas escuchó el nombre de Gatsby por primera vez en años.  Fue cuando yo te pregunté, ¿recuerdas?, si conoces a Gatsby en West Egg.  Después de que te marchaste subió a mi cuarto, me despertó y me dijo: “¿Cuál Gatsby?”

Y cuando se lo describí -estaba medio dormida me dijo, en la voz más extraña, que debía ser el mismo que había conocido antes. No fue sino en aquel momento cuando relacioné a este Gatsby con el oficial de su deportivo blanco.

Cuando Jordan Baker hubo terminado de contar toda esta historia hacía una hora habíamos abandonado el Plaza e íbamos en una victoria por todo el Central Park. El sol se había puesto tras los altos edificios donde viven las estrellas de cine en las calles de la 50 Oeste, y las voces claras de las niñas, reunidas a esta hora como grillos en el césped, se imponían sobre el caliente atardecer.

 

El jeque de Arabia soy
cuando estés dormida hoy
en tu carpa me entraré
y tu amor me robaré

 

-¡Qué extraña coincidencia! -dije.

-No fue ninguna coincidencia.

-¿Cómo que no?

Gatsby compró esa casa sólo para tener a Daisy al otro lado de la bahía.

Entonces no aspiraba sólo a las estrellas aquella noche de junio; en ese momento Gatsby cobró vida para mí, expulsado de repente del útero de su esplendor sin propósito.

-Él desea saber – continuó Jordan- si tú invitarías a Daisy a tu casa una tarde y entonces lo dejarías pasar.

La modestia de su petición me impresionó. Había esperado cinco años y había adquirido una mansión en la que brindaba luz a las chapolas pasajeras… con el objetivo de que pudiera “pasar” una tarde al jardín de un extraño.

-¿Era necesario que yo conociera todo esto antes de que se atreviera a pedirme un favor tan pequeño como éste?

-Siente temor; ha esperado mucho tiempo. Pensó que te podías ofender. Como ves, es un tipo sano en medio de todo.

Algo me preocupaba.

-¿Por qué no te pidió a ti que arreglaras un encuentro?

-Él quiere que ella conozca su casa -explicó Jordan-, y la tuya queda enseguida.

-¡Oh!

-Creo que él albergaba una pequeña esperanza de verla venir un día a alguna de sus fiestas -continuó Jordan , pero ella nunca lo hizo. Comenzó entonces a preguntarle a la gente de modo informal si la conocían, y yo fui la primera que encontró. Esto sucedió la noche que me mandó ir a donde él en la fiesta, y no te imaginas la manera tan complicada que se ideó para lograrlo. Yo, por supuesto, le insinué enseguida un almuerzo en Nueva York, y pensé que iba a enloquecer:”¡No deseo hacer nada que esté mal hecho!” -decía una y otra vez-. “Sólo quiero verla en la casa vecina”.

-Cuando le conté que tú eras un amigo muy especial de Tom, comenzó a abandonar la idea. No sabe mucho de él, aunque dice que ha leído los diarios de Chicago por años, sólo por la posibilidad de encontrar en ellos el nombre de Daisy.

Ya estaba oscuro y mientras pasábamos bajo un puentecito puse mi brazo alrededor de los hombros dorados de Jordan, la atraje hacia mí y la invité a cenar, de repente había dejado de pensar en Daisy y en Gatsby, para hacerlo en esta mujer limpia, dura y limitada, que manejaba un escepticismo universal y se recostaba con garbo justo entre el círculo de mi brazo. Con una especie de emoción vehemente comenzó a sonar en mis oídos una frase: “Existen tan sólo los perseguidos y los perseguidores, los ocupados y los ociosos”.

-Y Daisy tiene que tener algo en la vida -me susurró Jordan.

-¿Desea ella verlo a él?

-Ella no sabe de esto. Gatsby no desea que lo sepa. Tu trabajo consiste sólo en invitarla a tomar el té.

Pasarnos por una barrera de árboles oscuros y luego por la fachada de la calle 59; un rayo de luz, delicada y pálida, llenaba de esplendor el parque. A diferencia de Gatsby y de Tom Buchanan, no tenía yo una mujer cuyo rostro, separado del cuerpo, flotara por entre las oscuras cornisas y los avisos enceguecedores, y entonces atraje a esta chica hacia mí y la estreché en un abrazo. Su pálida y displicente boca sonrió, y la atraje aún más, esta vez hacia mi rostro.


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