El gran Gatsby, novela (capítulo 3) de Francis Scott Fitzgerald



Francis Scott Fitzgerald

III

A lo largo de las noches del verano llegaba  la música desde la casa de mi vecino. Por sus jardines azules se paseaban hombres y mujeres cual chapolas, en medio de susurros, champaña y estrellas. En las tardes, cuando la marea estaba alta, yo veía a sus huéspedes zambullirse en el agua desde la torre de su plataforma flotante, o tomar el sol en la arena caliente de su playa, mientras sus dos botes de motor cortaban las aguas del estuario, arrastrando los deslizadores sobre cataratas de espuma. En los fines de semana, su Rolls Royce se convertía en ómnibus para traer y llevar grupos de la ciudad entre las nueve de la mañana y hasta mucho después de la media noche, mientras su camioneta correteaba corno un vivaz insecto amarillo al encuentro de todos los trenes. Y los lunes, ocho sirvientes, incluyendo al jardinero adicional, trabajaban el día entero con escobas y trapeadoras, martillos y tijeras de jardinería, en la reparación de los destrozos de la noche anterior.

Cada viernes llegaban, enviadas por un frutero de Nueva York, cinco cajas de naranjas y limones; y cada lunes, esas mismas naranjas y esos mismos limones salían por su puerta trasera, convertidos en una pirámide de mitades despulpadas.  En la cocina había una máquina que podía extraer el jugo de doscientas naranjas en media hora si el dedo pulgar de un mayordomo apretaba un botoncito doscientas veces.

Por lo menos, una vez cada quince días un equipo de banqueteros bajaba con una lona de varios cientos de pies y suficientes luces de color para convertir el enorme jardín de Gatsby en un árbol de navidad. Sobre las mesas del bufet, guarnecidos con brillantes pasabocas, se apilaban las condimentadas carnes frías contra  las ensaladas con diseños abigarrados, los cerdos de pastel y los pavos, fascinantes en su oro oscuro.  En el vestíbulo principal habían instalado un bar con tina barra de cobre legítimo, bien aperado de ginebras, licores, y cordiales olvidados hace tanto, que  la mayor parte de las invitadas eran demasiado jóvenes para distinguir los unos de los otros.

Hacia las siete de la noche llega la orquesta, que no era un conjunto de cuatro o cinco pelagatos, sino todo un foso de oboes y trombones, saxos y violas, cornetas y pícolos, bongos y tambores. Los últimos  nadadores ya han subido de la playa y se están  vistiendo arriba; los autos de Nueva York están parqueados de a cinco en fondo en la explanada, y ya los vestíbulos, salones y terrazas exhiben los llamativos colores primarios; los cabellos están motilados a la extravagante moda, y los chales superan los sueños de Castilla.  El bar está a plena marcha, y  rondas flotantes de cócteles permean el jardín exterior, hasta que la atmósfera se llena de risas, y charlas, y de insinuaciones casuales, y de presentaciones olvidadas en el acto, y de encuentros entusiastas entre damas que nunca se acuerdan de sus respectivos nombres.

Las luces aumentan su brillo a medida que la tierra se aleja del sol, y ahora la orquesta está tocando la estridente música de cóctel, y la ópera de voces se eleva un tono más alto.  La risa se hace más fácil a cada minuto; se derrama con prodigalidad, se otorga a la menor palabra alegre.  Los grupos varían  con mayor rapidez, crecen con nuevas llegadas, se disuelven y se reagrupan como una exhalación; ya se puede ver a las chicas itinerantes, muchachas seguras de si mis mas que pican aquí y allí entre los más sólidos y estables, que se convierten por un momento agudo y feliz en el centro de un grupo, para luego, embriagadas con el triunfo, seguir deslizándose entre el mar de rostros, voces y colores diferentes, bajo la luz siempre cambiante.

De repente, una de aquellas gitanas, de trémulo ópalo, levanta un cóctel que flota en el aire, se lo bebe para darse valor y moviendo sus manos como Frisco se pone a bailar sola en la plataforma.  Un silencio momentáneo; el director de la orquesta cambia el ritmo para darle gusto, y estalla la conversación al correr el rumor de que ella es la actriz suplente de Gilda Gray en los Follies.  La fiesta ha comenzado.

Creo que la primera noche en que fui a la casa de Gatsby yo era uno de los pocos huéspedes que si habían sido invitados.  A la gente no la invitaban…, iba.  Se subían a automóviles que los transportaban hasta Long Island y, sin saber ni cómo ni cuándo, terminaban ante su puerta.  Una vez allí, eran presentados a Gatsby por alguien que lo conociera y después de esto se seguían comportando de acuerdo a reglas de urbanidad adecuadas a un parque de diversiones.  A menudo llegaban y se marchaban sin siquiera haber visto a Gatsby; venían en pos de una fiesta con una simplicidad de corazón que era su propia boleta de entrada.

A mí sí me había invitado. Un chofer con un uniforme color azul aguamarina cruzó el césped de mi casa muy temprano aquel sábado, portando una nota sorprendente por lo formal, de parte de su patrón: el honor sería sólo suyo, decía, si yo asistía a su “fiestecita” aquella noche.  Me había visto varias veces y había tenido la intención de visitarme mucho antes, pero una especial combinación de circunstancias lo había hecho imposible; firmada: Jay Gatsby, con ampulosa caligrafía.

Me puse unos pantalones de paño blanco y pasé a su prado poco después de las siete.  Caminaba de una parte a otra, sintiéndome algo incómodo entre aquellos remolinos y torbellinos de gente que no conocía, aunque aquí y allí había de pronto alguna cara que me resultaba familiar del tren en que viajaba a diario.  Lo primero que me impresiona fue el número de ingleses jóvenes que salpicaban el lugar; todos bien vestidos, todos con caras ávidas, y todos hablándoles en voz baja y seria a los sólidos y prósperos norteamericanos.  Me, pareció obvio que estaban vendiendo algo: bonos, seguros o automóviles.  Por lo menos ellos eran penosamente conscientes de que había dinero fácil en el vecindario Y estaban convencidos de que este sería suyo por algunas palabras en el tono correcto.

Tan pronto llegué hice el intento de dar con mi anfitrión, pero las dos o tres personas a quienes pregunté dónde se podría encontrar me miraron con tal extrañeza y negaron con tanta vehemencia cualquier conocimiento de sus andanzas, que me escurrí en dirección a la mesa de los cócteles, el único lugar del jardín donde un hombre solo podía permanecer un rato sin parecer falto de propósito y solitario.

Estaba en vías de emborracharme como una cuba de pura timidez cuando Jordan Baker salió de la casa y se paró en el extremo de la escalinata de mármol, recostándose un poco y mirando con displicente interés hacia el jardín.

Sin saber si sería bienvenido o no, encontré necesario hacerme junto a alguien antes de que se me ocurriera hacerle comentarios cordiales a cualquiera que pasara por ahí.

-¡Hola! -vociferé, avanzando hacia ella.  Mi voz sonaba más alta de lo natural a través del jardín.

-Pensé que estarías aquí -respondió indiferente, mientras yo subía adonde ella-. Recordé que eres vecino de…

Me apretó la mano de modo impersonal, como prometiendo que dentro de un rato me atendería, y se puso a escuchar a dos chicas vestidas en trajes amarillos gemelos que se hablan detenido al pie de las escalinatas.

-¡Hola! -exclamaron al unísono-. ¡Qué lástima que no hubieras ganado!

Se referían al torneo de golf.  Había perdido en las finales de la semana pasada.

-Usted no sabe quiénes somos -dijo una de las chicas de amarillo-, pero nosotras la conocimos aquí hace cosa de un mes.

-Ustedes se tiñeron el pelo después de esa vez -anotó mi amiga; yo miré, pero las chicas se habían ido de ahí sin más, y Jordan dirigió su comentario a la luna temprana, que sin duda había salido, como la comida, de la canasta de algún banquetero. Con el esbelto y bronceado brazo de Jordan apoyado en el mío, descendimos los peldaños y  nos fuimos a pasear por el jardín.  Una bandeja de cócteles flotó hacia nosotros en el crepúsculo y nos sentamos en una mesa con las dos chicas de amarillo y tres hombres, a cada uno de los cuales presentaron como el señor  Mumble.

-¿Vienes a menudo a estas fiestas? -le preguntó Jordan a la chica que se encontraba a su lado.

-La última fue aquella en que te conocí -contestó la joven con voz despierta y segura . Se volvió hacia su compañera:

-¿No era para ti, Lucille?

También era para Lucille.

-Me gusta venir dijo Lucille -. Me da lo mismo hacer cualquier cosa, por tanto siempre la paso bien.  La última vez que estuve aquí me rasgué el vestido con una silla; entonces él me pidió mi nombre y la dirección: en menos de una semana me llegó un paquete Croirier con un traje de fiesta nuevo.

¿Te quedaste con él? preguntó Jordan.

Por supuesto.  Lo iba a estrenar esta noche, pero me quedaba grande de busto y tenía que mandarlo reformar.

Era azul petróleo con cuentas color lavanda.  Doscientos sesenta y cinco dólares.

-Tiene que haber algo raro en un tipo que hace una cosa así dijo la otra chica, interesada.  No quiere tener líos con nadie.

-¿Quién? pregunté.

-Gatsby.  Alguien me contó…

Las dos jóvenes y Jordan se acercaron para oírla confidencia.

-Alguien me dijo que creía que una vez había asesinado a un hombre.

Un escalofrío nos sacudió.  Los tres señores Mumble se inclinaron hacia adelante para escuchar mejor.

-No creo que sea eso -arguyó Lucille escéptica-; es más bien que fue espía alemán durante la guerra.                                  Uno de los hombres hizo un gesto de confirmación.

-Me lo contó un hombre que lo sabe todo acerca de Gatsby, pues creció con él en Alemania -nos aseguro muy convencida.

-¡Oh no! -Dijo la primera chica-; eso no puede ser, porque él estuvo en el ejército americano durante la guerra.

Al volver a creer nosotros, en su versión, ella se inclinó para adelante entusiasmada.

-Obsérvenlo en algún momento en que crea que nadie lo está mirando.  Les apuesto que mató a un hombre. Entrecerró los ojos con un estremecimiento.  Lucille temblaba.  Todos nos volvimos y buscamos a Gatsby a nuestro alrededor.  El hecho de lograr arrancar rumores de aquéllos que encontraban poco sobre qué murmurar en este mundo, era el mejor testimonio de la especulación romántica que inspiraba.

Estaban sirviendo ya la primera cena -habría otra después de media noche-, y Jordan me invitó a   sumarme al grupo suyo, explayado alrededor  de una mesa al otro lado del jardín y compuesto por tres parejas casadas y el acompañante de Jordan, un testarudo estudiante universitario, dado a insinuaciones violentas bajo la impresión obvia de que tarde o temprano Jordan le iba a ceder su cuerpo en mayor o menor grado.  En vez de mezclarse en busca de aventuras, este grupo  había conservado una homogeneidad digna, abrogándose la función de representar a la rancia nobleza del campo: East Egg condescendiendo con West Egg, cuidadosamente en guardia contra su espectroscópica alegría.

Vámonos de aquí -dijo Jordan después de media hora de algún modo perdida y poco apropiada-; son demasiado corteses para mi.

Nos levantamos y explicó que íbamos a buscar al anfitrión. Les dijo que yo no lo había visto y que esto me esta haciendo sentir incómodo. El universitario asintió de modo cínico y melancólico.

El bar, a donde miramos primero, estaba atestado, pero Gatsby no se  hallaba allí.  No lo pudo encontrar en el rellano de las escaleras y tampoco en la terraza. Al azar ensayamos abrir una puerta que parecía importante y nos encontramos en una biblioteca gótica, de techo alto, forrada en roble inglés tallado, y probablemente transportada en su totalidad desde alguna ruina de ultramar.

Un hombre robusto de mediana edad, con unos anteojos enormes como de búho, estaba sentado, bastante borracho, en el borde de una imponente mesa mirando, con concentración inestable los anaqueles de libros. Cuando entramos dio la vuelta emocionado y examinó a Jordan de pies a cabeza.

-¿Qué  le parece?- preguntó entusiasmado.

-¿Que me parece qué?

Señaló en dirección a los estantes. Yo  ya lo hice. Son de verdad.

-¿Los libros?

Dijo que sí.

-Absolutamente reales…. tienen páginas y todo.

Yo pensé que serían sólo una cubierta fina y bonita, y adentro nada.  Pero no, son de verdad.  Páginas y… ¡venga, le muestro!

Dando por sentado nuestro escepticismo, se dirigió hacia los libros y regresó con el tomo I de las Conferencias Stoddard.

-¡Ven! -exclamó triunfante-.  Es un ejemplar auténtico.  Me engañó.  Este tipo es un verdadero Belasco.  Es un triunfo. ¡Qué perfección! ¡Qué realismo!  Y además sabe cuando parar: no cortó las páginas.  Pero, ¿que más quieren?, ¿qué esperan?

Me arrebató el libro y lo volvió a colocar, presuroso, en el estante, murmurando que si se quitaba un solo ladrillo, la biblioteca entera podía venirse abajo.

-¿Quién los trajo a ustedes? -preguntó-. ¿O vinieron así no más?  A mi me trajeron.  Lo mismo que a la mayor parte de la gente.

Jordan lo miró animada, contenta, sin responder. -A mí me trajo una mujer de apellido Roosevelt -continuó-.  La señora Claude Roosevelt. ¿La conocen?  Yo la conocí en algún lugar anoche.  Llevo ya una semana borracho y pensé que se me podía pasar la borrachera sentado en una biblioteca.

-¿Y se le pasó?

-Un poco, creo.  No lo puedo decir aún.  Llevo sólo una hora. ¿Les conté ya lo de los libros?  Son reales.  Son…

-Nos contó.

Le estrechamos la mano con formalidad y volvimos a salir.

Estaban bailando ahora en la lona del jardín; una serie de hombres de edad empujaban a las muchachas jóvenes a dar vueltas interminables y poco elegantes; las parejas de mejor clase sufrían la tortura de bailar amacizados, como es de rigor, y lo hacían en los extremos de la pista, y un gran número de jóvenes solteras bailaban solas o relevaban a la orquesta, por un momento, de, la carga del banjo o de la percusión.  Hacia la medianoche la hilaridad había aumentado.  Un famoso tenor cantó en italiano y una notable contralto cantó en jazz, y entre número y número salía gente a hacer trucos en el jardín, mientras que mil carcajadas vacías y felices se elevaban hasta el cielo estival.  Un par de actrices gemelas, que resultaron ser las chicas de amarillo, hicieron una representación infantil con disfraces, y se sirvió champaña en copas más grandes que aguamaniles. La luna estaba más alta y, flotando en el estuario, había un triángulo de escamas de plata, que temblaban levemente al son del tenso punteo metálico de los banjos del jardín.

Yo seguía con Jordan Baker.  Estábamos sentados en una mesa con un hombre más o menos de mi edad y una bulliciosa chica, muy joven, que a la menor provocación prorrumpía en carcajadas incontrolables.  Ahora sí me estaba divirtiendo.  Me había tomado dos aguamaniles de champaña y a mis ojos la escena se había convertido en algo significativo, elemental y profundo.

En una pausa del show el hombre me miró sonrió.

Su cara me es conocida dijo cortés . ¿No estuvo usted en la Tercera División durante la guerra?

-Claro que sí. Estuve en el batallón noveno de ametralladoras.

-Yo estuve en la séptima infantería hasta junio del diez y ocho.  Sabía que lo conocía de alguna parte.

Hablamos un rato obre los húmedos y grises villorios de Francia.

Me di cuenta de que vivía cerca porque me contó que había acabado de comprar un hidroplano y que lo iba a ensayar por la mañana.

-¿Quieres acompañarme, viejo amigo?  Es aquí mismo, en la playa del estuario.

-¿A qué hora?

-Cuando te convenga más.

Ya iba a preguntarle su nombre cuando Jordan miró en derredor y sonrió.

-¿Ahora si estas divirtiéndose? -preguntó.

-Mucho más -me volví hacia mi nuevo conocido-.  Este es un tipo de fiesta al que no estoy acostumbrado.  Ni siquiera he visto al anfitrión.  Yo vivo allí -moví la mano hacia el seto, invisible en la distancia; y el tipo, Gatsby, mandó su chofer, con una invitación.

Por un momento me miro como si no entendiera.

-Yo soy Gatsby dijo de repente.

-¡Qué! –exclamé! – Oh, le ruego me disculpe.

-Pensé que lo sabía, viejo amigo.  Me temo que no soy muy buen anfitrión.

Esbozó una sonrisa comprensiva; mucho más que sólo comprensiva.  Era una de aquellas sonrisas excepcionales, que tenía la cualidad de dejarte tranquilo.  Sonrisas como esa se las topa uno sólo cuatro ó cinco veces en toda la vida, y comprenden, o parecen hacerlo, todo el mundo exterior en un instante, para después concentrarse en ti, con un prejuicio irresistible a tu favor.  Te mostraba que te entendía hasta el punto en que quedas ser comprendido, creía en ti  como a ti te gustaría creer en ti mismo y te aseguraba que se llevaba de ti la impresión precisa que tú, en tu mejor momento, querrías comunicar. Justo en este punto se desvaneció, y yo me quedé mirando a un joven elegante y rufián, uno o dos años por encima de los treinta, cuya manera de hablar demasiado formal apenas se escapaba de ser absurda. Un poco antes de presentárseme, me  había dado la impresión de que escogía sus palabras con cuidado.

Casi en el mismo instante en que Gatsby se identificaba, el mayordomo se aproximó de prisa para informarle que tenía una llamada de Chicago.  Se excusó y nos hizo una ligera venia a cada uno de nosotros.

-Si deseas algo, pídelo no más, viejo amigo -me insistió-.  Excúsenme, Ya regreso.

Cuando se hubo marchado me volví enseguida hacia Jordan, loco por mostrarle mi sorpresa.  Me imaginaba al señor Gatsby como un hombre rollizo y corpulento de edad mediana.

-¿Quién es? -pregunté -, ¿no lo sabes?

Es sólo un hombre llamado Gatsby.

-Quiero decir, ¿de dónde es? y ¿qué hace?

-Ahora va eres un iniciado en el tema-contestó con una tenue sonrisa-.  Una vez me dijo exalumno de Oxford.

Un difuso fondo comenzó a insinuarse tras él, pero con su siguiente comentario se disolvió.

-Pero no lo creo.

-¿Por qué no?

-No lo sé insistió ella . Es sólo que no creo que haya estado allá.

Algo en su tono me recordó el “creo que mató a un hombre” de la otra chica y tuvo el efecto de estimular mi curiosidad.  Habría aceptado sin dificultad la información de que Gatsby había emergido de las ciénagas de Lousiana o de los barrios bajos de Nueva York.  Esto era comprensible.  Pero un hombre no sale de la nada -o al menos así lo creía yo, en mi experiencia pueblerina- a comprar un palacio en el estuario de Long Island.

-De todos modos hace fiestas grandes dijo Jordan, cambiando el tema y mostrando el disgusto -de la gente culta por lo prosaico-.  Y a mí me gustan las fiestas grandes.  Son tan íntimas.  En las reuniones privadas no hay ninguna intimidad -se oyó el tronar de los bombos y la voz del director de la orquesta sobresalió con gran volumen sobre la ecolalia del jardín.

-Damas y caballeros – exclamó-.  A petición del señor Gatsby vamos a tocar para ustedes la última obra de Vladimir Tostoff, que tuvo tanto éxito en el Carnegie Hall el pasado mes de mayo.  Si leyeron ustedes los periódicos, saben que fue una gran sensación -sonrió con jovial condescendencia y agregó: “vaya sensación”, con lo cual todos prorrumpieron a reír.

-La pieza se conoce -concluyó lascivo- como La historia jazzística del mundo, de Vladimir Tostoff.

La naturaleza de la composición de Vladimir Tostoff se me escapó porque apenas comenzaba mis ojos cayeron sobre Gatsby, que estaba de pie, solo, en las escalinatas de mármol, mirando a los diversos grupos con ojos de aprobación.  Su piel bronceada se ceñía con gran atractivo al rostro, y el cabello parecía como si todos los días lo recortaran.  No veía nada siniestro en él.  Me pregunté si el hecho de no estar bebiendo contribuía a apartarlo de sus huéspedes, porque me pareció que se tornaba más correcto a medida que aumentaban la animación y la confianza entre ellos. Cuando La historia jazzística del  mundo hubo terminado, algunas chicas comenzaron a apoyar sus cabezas en los hombros de los señores, como cachorritas juguetonas, mientras otras se hacían las desmadejadas para caer en brazos de alguno, o incluso de un grupo, a sabiendas de que siempre encontrarían uno que las atajaría para impedir que se fueran al suelo; pero nadie se le desmadejaba a Gatsby, y ningún corte de pelo a la francesa rozaba su hombro, y ningún cuarteto se formaba con él como una de sus voces.

-Con su permiso.

El mayordomo de Gatsby se encontró de pronto a nuestro lado.

-¿Señorita Baker? – preguntó-.  Le ruego me excuse, pero el señor Gatsby quiere hablar con usted a solas.

-¿Conmigo? -exclamó sorprendida.

-Sí, señorita.

Se levantó sin prisa, alzándome las cejas con sorpresa, y siguió al mayordomo hacia la casa. Noté que Jordan llevaba su traje de noche, todos sus trajes, cual si fuesen atuendos deportivos: sus movimientos tenían un garbo como si hubiera aprendido a caminar sobre campos de golf en mañanas límpidas y frescas.

Me encontraba solo y eran casi las dos de la mañana.  Durante un rato se oyeron, provenientes de un cuarto de muchas ventanas que se encontraba encima de la terraza, una serie de sonidos confusos e inquietantes. Escapándome del estudiante de Jordan, que estaba entretenido en una conversación obstétrica con dos coristas y que me imploró que me quedara con él, entré a la casa.

El gigantesco salón estaba repleto de gente.  Una de las chicas de amarillo tocaba el piano, y a su lado, de pie, una muchacha alta y pelirroja, integrante de un coro famoso, cantaba una canción.  Había ingerido buena cantidad de champaña y durante el curso de su canción había decidido, la muy tonta, que todo era triste, tristísimo y no se limitaba a cantar; también sollozaba.  Cuando quiera que había una pausa en la canción la llenaba con sollozos jadeantes y entrecortados, para después retomar la letra en un trémulo soprano.  Las lágrimas rodaban tormentosas por sus mejillas mas no con entera libertad, pues al ponerse en contacto con las gruesas gotas de pestañina, tornaban un color como de tinta y proseguían el resto de su camino en lentos y negros surcos. Alguien le sugirió en charla que cantara las notas de su rostro, provocando con ello que tirara las manos hacia arriba, se hundiera en un sillón y se sumiera en un profundo sueño vinoso.

-Tuvo una pelea con un hombre que dice ser su esposo explicó una chica que se hallaba detrás de mi.

Miré en derredor.  La mayoría de las mujeres se peleaban con hombres de quienes se decía eran sus esposos.  Incluso el grupo de Jordan, el cuarteto de West Egg, estaba dividido por la disensión.  Uno de los hombres le hablaba con curiosa intensidad a una joven actriz, y su esposa, después de tratar la situación con gran dignidad e indiferencia, se descompuso por completo y recurrió a golpes bajos: a intervalos se aparecía súbitamente junto a él, como un demonio enojado, y le silbaba al oído: “¡Me lo prometiste!”.

La renuencia a irse a casa no era exclusividad de hombres encaprichados.  El vestíbulo estaba ocupado en aquel momento por dos señores deplorablemente serios y sus indignadísimas consortes.  Ellas se compadecían mutuamente, quejándose en voz mas alta de lo normal:

-Apenas ve que estoy empezando a divertirme se quiere ir.

-No he llegado a ver egoísmo igual en toda mi vida.

-Siempre somos los primeros en marchamos.

-Igual que nosotros.

-Y bien, somos casi los últimos esta noche –dijo uno de, los hombres con mansedumbre-.  La orquesta se marchó hace media hora.

A pesar de que ambas mujeres estaban de acuerdo en que tanta maldad era inconcebible, la discusión acabó en una pelea corta, y ambas fueron llevadas, en vilo y dando patadas, al interior de la noche.

Mientras esperaba mi sombrero en el vestíbulo se abrió la puerta de la biblioteca y salieron Gatsby y Jordan al tiempo. Él le estaba diciendo alguna palabra final, pero la ansiedad en su comportamiento se tornó de súbito en tensa formalidad al acercársele varias personas para despedirse.

El grupo de Jordan estaba llamando impaciente desde el pórtico, pero ella permaneció un rato más para estrechar manos.

-Acabo de oír algo impresionante -susurró-.

¿Cuánto tiempo estuvimos adentro?

-Pues… como una hora.

-Fue… ni más ni menos, impresionante- repitió ensimismada- Pero juré que no iba a contar nada y aquí estoy, intrigándote- me dio un gracioso bostezo a la cara-. Ven a verme por favor … El directorio telefónico… Bajo el nombre de Sigourney Howard…

Mi tía -hablaba a la carrera y con la mano bronceada hizo un gesto garboso mientras se fundía con su grupo en la puerta.

Con un poco de vergüenza por haberme quedado hasta tan tarde la primera vez que asistía, me uní a los últimos invitados de Gatsby, que lo rodeaban en un círculo apretado.  Quería explicarle que yo lo había estado buscando más temprano y disculparme por no haberío reconocido en el jardín.

-No te preocupes -me ordenó sincero-. No pienses más en ello, viejo amigo –la familiar expresión ya no contenía más familiaridad que la mano que había rozado mi hombro para tranquilizarme-.  Y no olvides que vamos a volar en el hidroplano mañana por la mañana a las nueve en punto.

Entonces el mayordomo por encima de su hombro le dijo:

-Filadelfia lo necesita al teléfono, señor.

-Está bien, voy en un minuto.  Dígales que ya voy… buenas noches.

-Buenas noches.

-Buenas noches -sonrió, y de repente pareció haber sido una buena idea haber estado entre los últimos en partir, como si él lo hubiese deseado toda la noche-.  Buenas noches, viejo amigo… buenas noches.

Mas cuando bajé las escaleras vi que la velada no había acabado del todo aún.  A cincuenta yardas de la puerta una docena de luces de autos iluminaban una escena extraña y bulliciosa.  En la cuneta, con el lado derecho hacia arriba, después de haber perdido de modo violento una llanta, descansaba un cupé nuevecito que habla partido de donde Gatsby no hacía dos minutos.  Una protuberancia en un muro había sido la causa del desprendimiento de la llanta que ahora llamaba tanto la atención de una docena de choferes curiosos.  Sin embargo, como habían dejado sus autos atravesarlos en el camino, se empezó a escuchar un estrépito fuerte y discordante, que se sumó a la ya violenta confusión de la escena.

Un hombre vestido con un guardapolvo largo se había bajado del auto chocado y se encontraba de pie en la mitad de la carretera, mirando ya al auto, ya a la llanta, ya a los curiosos con una actitud afable y perpleja.

-¿Ven? -dijo-, se fue a la zanja.

El hecho lo dejaba absolutamente pasmado; y reconocí primero que todo la excepcional cualidad del asombro, y después al hombre: era el tardío cliente de la biblioteca de Gatsby.

-¿Cómo fue?

Se encogió de hombros.

-No sé nada de mecánica dijo con voz segura.

-Pero ¿cómo sucedió? ¿Chocó usted con el muro?

-No me lo pregunte -dijo Ojos de Búho, limpiándose las manos en todo este asunto.  Sucedió, es cuanto sé.

-Pues bien; si usted es sin mal chofer no debería tratar de conducir de noche.

-Pero es que no estaba tratando -explicó indignado-.  Ni siquiera lo estaba intentando.

Los espectadores, atónitos, se quedaron callados.

-¿Qué es lo que busca, suicidarse?

-¡Tuvo suerte de que no hubiera sido sino una llanta! ¡Un mal chofer y ni siquiera estaba tratando!

-Ustedes no entienden -explicó el criminal-.  Yo no manejaba.  Hay otro hombre en el auto.

El asombro subsiguiente encontró expresión en un prolongado “ah-h-h” al ver que la puerta del cupé se abría poco a poco.  La multitud –era  ya una multitud- dio un paso atrás de modo involuntario, y cuando la puerta se acabó de abrir se hizo una pausa fantasmagórica. Entonces, de modo muy gradual, poco a poco, un individuo pálido y vacilante salió del auto chocado y tanteó con su pie el piso con un zapato de bailar, grande e incierto.

Enceguecido por el resplandor de las luces y confundido por el incesante pito de los autos, la aparición se tambaleó un instante antes de que percibiera al hombre del guardapolvos.

-¿Qué sucede? -preguntó calmado-. ¿Se acabó la gasolina?

-¡Mire!

Media docena de dedos señalaban la llanta amputada;  él la miró un momento y después miró hacia arriba, como si sospechara que había caído del cielo.

-Se salió –explicó alguien.

Él asintió.

-Al principio no me había dado cuenta de que nos habíamos detenido.

Una pausa.  Entonces, aspirando hondo y enderezando los hombros, anotó con voz decidida.

-¿Me pueden decir adónde hay una estación de gasolina?

Al menos una docena de hombres, algunos en un estado un poco mejor que el suyo, le explicaron que la llanta del auto ya no estaba unida a él por ningún lazo físico.

-Dele marcha atrás -sugirió un rato después-.

Marcha atrás.

-¡Pero la llanta se salió!

Vaciló.

-No hacernos ningún daño si ensayamos, -dijo.

Los maullidos de los pitos  habían llegado a un crescendo y yo regresé y me metí por un atajo hasta mi casa. Una sola vez me volteé a mirar. La luna, sobreviviendo a la risa y el sonido de su jardín, todavía alumbrado, brillaba como un hostia sobre la casa de Gatsby, haciendo que la noche fuera tan agradable como antes. Un vacío repentino parecía emanar de los ventanales y portones, envolviendo en completa soledad la figura del anfitrión, ahora de pie en el pórtico con la mano alzada en gesto formal de despedida.

Releyendo cuanto he escrito veo que he dado la impresión de que los acontecimientos de tres noches separas por varias semanas fueron lo único que me absorbió. Por el contrario, se trató de meros acontecimientos casuales en un verano muy activo que, hasta mucho tiempo después, me absorbieron infinitamente menos que mis asuntos, personales.

La mayor parte del tiempo me la pasaba trabajando. Temprano en las mañanas el sol lanzaba mi sombra hacia el oeste, mientras caminaba de prisa por los abismos de la parte baja de Nueva York para llegar Probity Trust. Ya conocía a los otros empleados y a los jóvenes vendedores de bonos por su nombre de pila y almorzaba con ellos, en oscuros y atestados restaurantes, salchichitas de cerdo con puré de papas y café.

Tuve incluso una relación romántica breve con una chica que vivía en la ciudad de Jersey y trabajaba en departamento de contabilidad, pero su hermano comenzó a lanzar miradas de desconfianza en mi dirección, así que, cuando llegaron las vacaciones de julio, dejé que la cosa se enfriara sin hacer nada.

Por regla general cenaba en el Club Yale -no sé por qué éste era el momento más deprimente del día-, y  luego subía a la biblioteca a estudiar sobre inversiones y papeles durante una juiciosa hora.  Había por lo general unos cuantos juerguistas por ahí, pero como nunca entraban a la biblioteca, era éste un buen sitio para trabajar.  Después, si la noche estaba bonita, me iba a pasear por la avenida Madison, más allá del viejo hotel Murray Hill, y pasando la calle 33, hasta la estación Pennsylvania.

Me empezó a gustar Nueva York, la sensación chispeante de animación nocturna y la satisfacción que el constante revoloteo de hombres, mujeres y máquinas le dan al ojo inquieto.  Me gustaba caminar por la Quinta Avenida, elegir entre la muchedumbre románticas mujeres e imaginar que en un momento yo entrarla en sus vidas y que nadie lo sabría o podría reprochármelo.  Algunas veces, en mi mente, las seguía hasta sus apartamentos en las esquinas de calles recónditas, y ellas se volteaban y me devolvían una sonrisa antes de desvanecerse por entre una puerta en la cálida oscuridad.  En el encantador crepúsculo metropolitano sentía a veces que me atenazaba la soledad, y la sentía en los demás: en los empleaduchos que deambulaban frente a las vitrinas, esperando que fuera hora de una solitaria cena en algún restaurante, jóvenes empleados desperdiciando en la penumbra los momentos más intensos de la noche y de la vida.

A las ocho de la noche, cuando los oscuros carriles de la calle 40 estaban de a cinco en fila de vibrantes taxímetros camino de la zona teatral, sentía que se me encogía el corazón.  Siluetas expectantes se recostaban unas sobre otras en los taxis, las voces cantaban, se oían risas de chistes no escuchados, y los cigarrillos encendidos demarcaban gestos ininteligibles en su interior. Imaginando que también me precipitaba hacia la alegría, y compartiendo su emoción íntima, yo les deseaba suerte.

Durante un tiempo perdí de vista a Jordan Baker, para después, en pleno verano, encontrarla de nuevo. Al principio me sentía halagado de salir con ella, porque era campeona de golf y todo el mundo la conocía de nombre. Más tarde hubo algo más.  Aunque no estaba propiamente enamorado, sentía una especie de tierna curiosidad. El altivo y aburrido rostro que le presentaba al mundo escondía algo: la mayor parte de las afectaciones terminan por esconder algo, aunque no hubiera sido así al comienzo, y un buen día encontré qué era. Una vez que fuimos juntos a una casa campestre en Warwick dejó a la intemperie, con la capota abajo, un auto prestado y luego mintió sobre el asunto. De pronto me acordé de la historia que se me había escapado aquella noche en casa de Daisy.  La primera vez que jugó en un torneo importante hubo un lío que casi llega a los periódicos; la idea era que ella había movido una bola mal colocada en la ronda de semifinales. El asunto adquirió proporciones de escándalo, para luego apagarse del todo. Un cady se retractó de su declaración, y el único otro testigo admitió que pudo haberse equivocado. El incidente y el nombre se me quedaron grabados en la mente.

Jordan Baker evitaba instintivamente a los hombres agudos e inteligentes, y ahora me daba cuenta de que ello se debía a que se sentía más segura en un plano en donde se considera imposible cualquier divergencia con respecto a un código.  Era una deshonesta incurable.  No podía soportar estar en desventaja, y supongo que por esta dificultad había comenzado a valerse de subterfugios desde que era muy joven, para mantener aquella sonrisa suya, fría e insolente, vuelta al mundo, y al mismo tiempo satisfacer las exigencias de un cuerpo duro y garboso.

A mí me daba igual.  La deshonestidad femenina es algo que no se puede criticar en serio; me sentí triste en un momento y luego lo olvidé.  Fue en aquel mismo paseo donde tuvimos una curiosa conversación acerca de su manera de manejar auto.  Comenzó porque ella pasó tan cerca de unos trabajadores que el guardafangos de su automóvil le arrancó un botón del saco a uno de ellos.

-Eres un pésimo chofer -protesté-.  Debes poner más cuidado o dejar de manejar.

-Yo sí soy cuidadosa.

-No, no lo eres.

-Pero los otros lo son -dijo a la ligera.

-¿Qué tiene eso que ver contigo?

-No se me atravesarán -insistió-.  Se necesitan dos para que haya un accidente.

-Suponte que te encuentras con alguien tan descuidado como tú.

-Espero que no me ocurra jamás -contestó-.  Detesto la gente descuidada.  Por eso me gustas tú.

Sus ojos grises, entrecerrados por el sol miraron hacia adelante, pero ella de manera deliberada les había dado un giro a nuestras relaciones, y por un momento pensé que la amaba. Como soy lento en caer en cuenta de las cosas y estoy lleno de normas interiores que actúan como un freno sobre mis deseos, sabía que primero tenía que acabar de salirme del enredo que tenía allá en casa. Había estado escribiendo cartas semanales y firmándolas: “Te ama, Nick”, y en lo único que podía pensar era en cómo, cuándo esa chica jugaba tenis, le sudaba el labio superior. Había, empero, un cierto entendimiento entre nosotros que debía romperse con gran tacto antes de que hubiera considerarme libre.

Cada persona se supone dueña de al menos una de las virtudes cardinales, y esta es la mía: soy uno de los pocos hombres honrados que haya conocido.


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