Una noche cualquiera, a la vuelta de cualquier esquina, el protagonista de Miramar se cruza con quien al parecer será el gran amor de su vida. Las casualidades (o las causalidades) se conjugan –como planetas alineados– para ofrecerle sin quererlo, sin pedirlo, una nueva oportunidad y una nueva y desconocida felicidad.
Sin embargo, todo puede convertirse en una ilusión, en un mero acto de fe en un paraíso que, en realidad, le es y le será esquivo, inasible. No quiere y no puede abandonarlo: una venganza lo espera allí donde la vida cotidiana se sumerge en la miseria.
No retornará a Hurlingham. Nadie podrá obligarme, se dice. Nadie en el mundo lo echará del ansiado paraíso para sumergirlo de nuevo en el infierno. Aunque estos sean retazos deshilachados de un paraíso vivido, soñado.
Él mismo, entonces, habrá de hundirse en el infierno…
Gustavo H. Mayares (Hurlingham, 1962), autor de las novelas Crónica de un amor maldito y La vida es un rompecabezas y del volumen de relatos La de María y otras historias de Hurlingham (todos editados por ZL), con Miramar nos sumerge nuevamente en una historia que aborda los límites extremos de las pasiones humanas: el amor, el miedo, la imperiosa necesidad de continuar viviendo, a cualquier precio.
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El que sigue es el fragmento inicial del primer capítulo de la novela:
1
Bendito sea el día y el mes y el año y la estación y el tiempo y la hora y el punto y el bello país y el lugar donde fui unido a dos bellos ojos que me han atado. FRANCESCO PETRARCA: El Cancionero
¿Existen las casualidades… o todo se debe a una serie de causalidades que gobiernan la vida sin que uno se dé cuenta? ¿La vida es libre albedrío sin plan susceptible de ser discernido… o sigue un curso más o menos lógico, a partir de la primera ficha de dominó que voltea la siguiente y así indefinidamente, hasta estirar la pata? ¿Cuánto de voluntad consciente hay en el curso de nuestro destino… o el tema se reduce a dejarse llevar por los caprichos aleatorios e inextricables de la ecuación tiempo y espacio? ¿Lotería o ajedrez…? En este último caso, ¿es el primer movimiento el día en que nacemos o el instante en que el espermatozoide de papá penetra el óvulo de mamá… o aquel momento en el cual mamá y papá fueron engendrados? ¿O el asunto se inició con el homo erectus o con la primera célula viva… o se remonta más allá todavía, aún antes del big bang, cuando lo que existe –todo lo que existe y existió y existió– se reducía a un punto invisible flotando en medio de la nada?
* * *
Gustavo no se pregunta nada ni remotamente parecido cuando, al doblar la esquina de la estación, donde se topan las dos avenidas con los rieles ferroviarios, oye que alguien pronuncia su nombre apocopado. ¡Gus! ¡Gus! Así, con insistencia. Un eco lejano que no alcanza a focalizar en medio de la maraña letárgica que fluye en su cabeza –como si el letargo pudiese en verdad fluir– y en el oscuro mundo que lo rodea.
Domingo por la noche, tarde. Acaba de devolver a Nico a la casa de la madre y su exclusiva preocupación, mientras anda cansinamente y con la cabeza gacha, consiste en cómo carajo sacudirse la depresión que lo embarga, igual que cada mierdoso domingo. Desempolvarse la angustia que le ha servido de envoltura cada domingo de su vida desde que tiene memoria. Olvidarse por un momento del rostro desencajado y los reclamos de Estela por la hora, por la plata y por todas esas cosas para las cuales él no tiene solución ni la tendrá próximamente. Probablemente nunca jamás. Quitarse de encima, en fin, el peso de la vida.
¡Gus! ¡Gus!
Se detiene; mira hacia la calle alzando apenas los pesados párpados. Por la ventanilla del Renault 12 negro, descascarado, asoma Paula, sonriente y con estrellitas en los ojos. Gustavo se acerca. Hola, cómo estás, tanto tiempo, saluda con formalidad. Bien, ¿y vos? Bien, che, miente deliberadamente.
–¿Adónde vas? –pregunta ella.
–Para mi casa.
–Subí, que te llevo –sugiere Paula.
–Vivo lejos, ¿eh? –se ataja.
–Subí.
Y obedece. Luego, en el habitáculo del auto, la besa en la mejilla y le pregunta qué andás haciendo por acá, te hacía en Villa del Parque. Una eternidad que no se ven; un puñado de años, en realidad.
–Vine a dejar a mi hermano en la estación –responde Paula–. ¿Para dónde vamos?
–A San Alberto, a un par de cuadras de la municipalidad.
El Renault 12, medio ruinoso, cuyo también negro tapizado interior pide por favor que lo cambien, se pone en marcha y avanza por la avenida, hacia la plaza. Gustavo piensa en un par de preguntas de rigor. Vivir es un rigor. Echa un vistazo al cosmos antes de formularlas, no sabe por qué. El cosmos sigue ahí, echo un manto negro al que le han pegado lentejuelas vaya a saber uno por qué razón, con qué fin.
–¿Y el Negro? –hace la primera.
–Nos separamos… ¿No sabías?
–No.
–Sí… ¿Y vos?
–Vengo de dejar a Nico en la casa de Estela.
–…
–También me separé.
–No sabía nada.
–Hace un año largo –precisa él.
–Yo hace un par de meses.
–Mala época para el amor –comenta Gustavo.
–Pésima para la convivencia –objeta ella.
Ambos sonríen. La de ella, su sonrisa, es linda, muy linda, piensa él antes de preguntar dudando un cacho y… ¿cómo estás?
–Hum… –Paula alza los hombros para expresar algo o bastante de resignación–. Bien…, supongo.
Gustavo no puede descifrar cuánto… Cuánto bien y cuánta resignación. Prefiere no observarla así, fijamente, para ver más atrás de sus pupilas, donde la verdad suele asomar como girasoles al amanecer. Él suele pensar de este modo, con bastante poesía en las neuronas, con algunas metáforas que le sirven para explicar lo inexplicable o preguntar, preguntarse, en verdad, lo irrespondible. Las veces que esos pensamientos son pronunciados por sus labios, que los expresa ante algún interlocutor no precavido; cuando el exceso de cerveza lo relaja y trata de articular sus contradicciones, inmediatamente se escuda en la dialéctica hegeliana con cierto tufillo marxista, aun cuando no ha leído ni a uno ni al otro sino muy por encima. Con filosofía barata, bah.
–Fue de mutuo acuerdo o… –pregunta, al fin.
–Si. No daba para más.
–Qué lástima –miente de nuevo.
Miente y no miente, en realidad. Quiere al Negro, con quien ha trabajado en el diario. Fue cuestión de tiempo aprender a sentir un afecto especial por él. Se lo dijo una vez, cuando una fiesta de fin de año en el trabajo, y ambos, el Negro y Paula, eran sólo dos adolescentes que hacían sus palotes en el amor. Un pibe bárbaro, sencillo y simpático; querible, simplemente. De última, nada hay más fácil de hacer que querer a alguien que se hace querer, a alguien querible. Y aquella vez, al decirle que lo quería, también le deseó una larga felicidad con Paula porque se lo merecen, aventuró, sinceramente.
No puede evitar, entonces, en el auto y repentinamente, fantasear con un romance subrepticio; una aventura intensa. A pesar de los casi veinte años que los separan. Pobre Negro, se lamenta, sin embargo.
–¿Estás parando por acá? –le pregunta, seguidamente y sacudiéndose al Negro de la cabeza para no sentir culpa de ninguna especie esta noche. La próxima, veremos.
–En lo de mi vieja –contesta Paula–. Pero solamente por unos días.
El auto dobla en la siguiente esquina y toma por Mascagni, derecho hacia Pedro Díaz. Gustavo medita ahora sobre cuánto le gustan las mujeres al volante. El lado femenino de los hombres –de todos los hombres, cree–, por decirlo así, tiende naturalmente a sufrir una fuerte atracción por aquellas mujeres que, de algún modo, ejercen empíricamente su lado masculino; por ejemplo, al manejar un auto o, va de suyo, una moto de gran cilindrada. Psicología barata, también.
–¿Por?
–Me voy para Miramar. Mi abuelo tiene una casa allá y me la presta por la temporada.
Breve silencio.
–¿Escapando…? –aventura.
–Un poco por eso y otro poco para poder pensar.
–¿Y el laburo?
–Ahora no tengo nada que se parezca a eso, a un laburo –repone ella–; ninguna cosa que se parezca siquiera a una obligación laboral.
–Uy, qué cagada.
–Es otra de las razones para rajarme lo más pronto posible. Nada me ata acá.
–¿Te vas sin un mango…?
–Tengo guardado un poco por un laburo que hice y además mi viejo me tiró algo de guita.
–¿Vas a pasar el verano?
–Si. Además, en la temporada allá se hace buena plata con las artesanías.
Gustavo enciende un cigarrillo. Ha cambiado los Parissiennes por los más baratos del mercado. Los fines de semana, si da, compra Particulares, para darse el gusto. Pero, ¿para qué gastar una fortuna en puchos si al final te matan?, suele excusarse cuando le cuestionan cómo hacés para fumar esos canutos de mierda, en referencia a unos canutos de mierda y cartón corrugado que apestan pero cuestan casi nada, como un par de alfajores Guaymallén.
–Y… ¿qué hacés? –escudriña él para continuar la conversación.
Cuando no se ha visto a alguien por mucho tiempo, nada queda más que preguntar cómo andás, qué hacés, qué es de tu vida, etcétera.
–Cosas en cuero: carteras, cinturones, llaveros… Esas cosas.
–Ah.
–Pienso venderlas en la feria de Miramar y con eso sobrevivir. Después veré –añade Paula.
–Está bueno –observa él, por decir–: laburo y vacaciones al mismo tiempo.
–Ajá.
–Aunque no se debe mezclar el trabajo con el placer, ¿no?
Ríen forzadamente con esa broma estúpida que Gustavo inmediatamente repudia mentalmente. Suele ocurrirle: decir estupideces cual grandes bromas que él y los demás festejan pero todos saben no son más que eso, redondas boludeces que enseguida y hasta mucho más tarde le causan escozor en la conciencia.
Luego suspiran. Sigue el silencio.
–¿Vos seguís en el diario? –ella.
–Por ahora…
–¿Por qué?
–Ando con ganas de cambiar aires. No sé…
–Pero, ¿todo bien?
–Regular, como siempre –repone él, con la vida regularizada desde que nació.
Paula enciende un cigarrillo mientras doblan por Pedro Díaz. Oh casualidad de las casualidades, fuman de la misma porquería. Entonces, con el pucho marrón entre los labios, le pide a Gustavo que le indique el camino a seguir y éste lo hace. Por ahí y por ahí, le indica. Después:
–¿Cuándo te vas?
–Todavía no sé… Pronto, supongo.
Otro breve silencio, con algo de tensión en el ambiente. ¿Por qué…? Quién sabe. Aunque siempre hubo ese algo de tensión indescifrable durante sus largas y pretéritas conversaciones.
–Avisá, ¿eh?
–Seguro.
Tras la indicación de Gustavo, ella detiene el auto ante la pequeña casa sin jardín, apenas césped reseco con manchones de tierra distribuidos en todo el terreno. Acá vivo, dice él. Se estira sobre la butaca y besa a Paula en la mejilla, otra vez, mientras la toma del antebrazo derecho con que ella sujeta el volante. Le agrada sobremanera ese brazo femenino que domina al vehículo.
–Si algún día tenés ganas de charlar –le dice antes de bajarse–, ya sabés dónde encontrarme.
Paula asiente con la cabeza.
–Nos vemos.
–Chau.
Sin más, el auto da marcha atrás y retoma el camino. Gustavo, desde la vereda, la saluda agitando la mano, viendo perderse el Renault en la noche fresca; mediados de noviembre, para más datos. Igual que en las despedidas de película. Qué buena está, piensa.
Entra en la casa y se siente repentinamente confundido: entre solitario, deprimido y feliz, digamos, por haber hallado a Paula en aquella encrucijada de dos avenidas y vías paralelas, en la esquina más impensada de Hurlingham. ¿Eso salva el domingo…?
Piensa en ella mientras saca la cerveza de la heladera; la destapa y se sirve un vaso espumante. Al rato, recién al rato reflexiona sobre las casualidades y las causalidades y todo aquello que un hombre solo es capaz de elucubrar una noche de domingo, de mortal e insalvable domingo, cuando todo ha sido dicho y hecho y hasta el suicidio resulta de un aburrimiento atroz.
¡Qué pedazo de boludo!, se reclama en voz alta tras el segundo vaso. ¿¡Por qué no la invité a pasar!?
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El escritor catalán Luis Goytisolo ganó la 41 edición del Premio Anagrama de Ensayo por su obra Naturaleza de la novela, en el que plantea y desarrolla los aspectos fundamentales de la novela, como qué se entiende por ésta y cuáles son sus orígenes. El libro se publicará en mayo y Librerías –el otro ensayo finalista–, de Jorge Carrión, aparecerá en setiembre





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